Norman Solomon, TomDispatch.com, 28 agosto 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Norman Solomon es cofundador de RootsAction y director ejecutivo del Institute for Public Accuracy. Entre sus libros se incluyen War Made Easy, Made Love, Got War y, más recientemente, War Made Invisible: How America Hides the Human Toll of Its Military Machine (The New Press). Vive en la zona de San Francisco.
Matar desde el cielo ha ofrecido durante mucho tiempo un tipo de distanciamiento que la guerra en tierra no puede igualar. Lejos de sus víctimas, el poder aéreo sigue siendo el máximo exponente de la modernidad. Y, sin embargo, como concluyó el monje Thomas Merton en un poema, utilizando la voz de un comandante nazi: «No te creas mejor por quemar a amigos y enemigos con misiles de largo alcance sin ver nunca lo que has hecho».
Han pasado nueve décadas desde que la tecnología aérea comenzó a ayudar de forma notable a los belicistas. A mediados de la década de 1930, cuando Benito Mussolini envió a la fuerza aérea italiana a la invasión de Etiopía, los hospitales fueron uno de sus principales objetivos. Poco después, en abril de 1937, los ejércitos fascistas de Alemania e Italia lanzaron bombas sobre una ciudad española cuyo nombre se convirtió rápidamente en sinónimo de la matanza de civiles: Guernica.
En cuestión de semanas, el cuadro de Pablo Picasso «Guernica» se expuso al público, lo que aumentó la repulsa mundial ante tal barbarie. Cuando comenzó la II Guerra Mundial en septiembre de 1939, se daba por sentado que bombardear centros de población —aterrorizando y matando a civiles— era algo inaceptable. Pero durante los años siguientes, esos bombardeos se convirtieron en una práctica habitual.
Lanzada desde el aire, la crueldad sistemática no hizo más que aumentar con el tiempo. Los bombardeos de la Luftwaffe alemana se cobraron más de 43.500 vidas civiles en Gran Bretaña. A medida que los Aliados ganaban terreno, los nombres de ciertas ciudades pasaron a la historia por las tormentas de fuego generadas por las bombas y los infiernos radiactivos que provocaron. En Alemania: Hamburgo, Colonia y Dresde. En Japón: Tokio, Hiroshima y Nagasaki.
«Entre 300.000 y 600.000 civiles alemanes y más de 200.000 civiles japoneses murieron a causa de los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial, la mayoría como resultado de ataques dirigidos intencionadamente contra la propia población civil», según la documentación del académico Alex J. Bellamy. Contrariamente a las narrativas tradicionales, «los gobiernos británico y estadounidense tenían la clara intención de atacar a la población civil», pero «se negaron a admitir que ese era su propósito y elaboraron argumentos sofisticados para afirmar que no estaban atacando a la población civil».
Las atrocidades del pasado excusan las nuevas
Como informó el New York Times en octubre de 2023, tres semanas después del inicio de la guerra en Gaza, «los funcionarios estadounidenses se dieron cuenta de que los líderes israelíes creían que las bajas civiles masivas eran un precio aceptable en la campaña militar. En conversaciones privadas con sus homólogos estadounidenses, los funcionarios israelíes se refirieron a cómo Estados Unidos y otras potencias aliadas recurrieron a bombardeos devastadores en Alemania y Japón durante la II Guerra Mundial —incluido el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki— para intentar derrotar a esos países».
El primer ministro Benjamin Netanyahu le dijo al presidente Joe Biden prácticamente lo mismo, mientras restaba importancia a las preocupaciones sobre la despiadada matanza de civiles en Gaza por parte de Israel. «Bueno», recordó Biden que le dijo, «ustedes bombardearon Alemania. Lanzaron la bomba atómica. Y murieron muchos civiles».
Los defensores del genocidio de Israel en Gaza han seguido invocando precisamente ese razonamiento. Hace unas semanas, por ejemplo, Mike Huckabee, embajador estadounidense en Israel, respondió con desdén a una declaración del primer ministro británico Keir Starmer en la que afirmaba que «la decisión del Gobierno israelí de intensificar aún más su ofensiva en Gaza es errónea». Citando el ataque aéreo estadounidense-británico sobre Dresde en febrero de 1945, que desencadenó una enorme tormenta de fuego, Huckabee tuiteó: «¿Ha oído hablar de Dresde, primer ministro Starmer?».
En su aparición en Fox & Friends, Huckabee dijo: «Los británicos se quejan de la ayuda humanitaria y del hecho de que no les gusta la forma en que Israel está llevando a cabo la guerra. Me gustaría recordar a los británicos que vuelvan a mirar su propia historia. Al final de la II Guerra Mundial, no lanzaban comida sobre Alemania, sino bombas masivas. No hay más que recordar Dresde: más de 25.000 civiles murieron sólo en ese bombardeo».
Las Naciones Unidas han informado de que las mujeres y los niños representan casi el 70% de las muertes verificadas de palestinos en Gaza. La capacidad de seguir masacrando a civiles allí depende principalmente de la Fuerza Aérea Israelí (bien provista de aviones y armamento por Estados Unidos), que declara con orgullo que: «A menudo es gracias a la superioridad aérea y al avance de la Fuerza Aérea Israelí que sus escuadrones pueden llevar a cabo una gran parte» de las «actividades operativas» del ejército israelí.
La «gracia y el estilo» de la «nación indispensable»
El benefactor que hace posible la destreza militar de Israel, el Gobierno de los Estados Unidos, ha acumulado un historial espantoso en este siglo. El 8 de octubre de 2023, al día siguiente del ataque de Hamás contra Israel que causó cerca de 1.200 muertes, se pudo escuchar un tono siniestro que presagiaba la matanza incontrolada que se avecinaba. «Este es el 11-S de Israel», declaró el embajador israelí ante las Naciones Unidas a las puertas de la sala del Consejo de Seguridad, mientras que el embajador del país ante Estados Unidos decía a los espectadores de la PBS que «esto es, como alguien ha dicho, nuestro 11-S».
Fieles a la marca de la «guerra contra el terrorismo», los medios de comunicación estadounidenses prestaron muy poca atención a las preocupaciones sobre las muertes y el sufrimiento de la población civil. La excusa oficial era que (¡por supuesto!) el armamento más moderno encajaba con un alto propósito moral. Cuando Estados Unidos lanzó su ataque aéreo «conmoción y pavor» sobre Bagdad para iniciar la guerra de Iraq en marzo de 2003, «fue una impresionante demostración de potencia de fuego», dijo el presentador Tom Brokaw a los espectadores de la NBC con una ironía involuntaria. Otro corresponsal de la cadena informó de «un tremendo espectáculo de luces, simplemente un tremendo espectáculo de luces».
A medida que la ocupación estadounidense de Iraq se afianzaba a finales de ese año, el corresponsal del New York Times Dexter Filkins (que ahora cubre asuntos militares para The New Yorker) se mostraba elogioso en la portada del periódico al informar sobre los helicópteros de combate Black Hawk y Apache que sobrevolaban Bagdad «con tanta elegancia y estilo». La reverencia habitual por el arsenal aéreo de alta tecnología de Estados Unidos ha seguido en sintonía con la suposición de que, en manos del Tío Sam, las mejores tecnologías aeroespaciales del mundo se utilizarían para el mayor bien.
En un discurso de graduación pronunciado en West Point en 2014, el presidente Barack Obama proclamó: «Estados Unidos es y sigue siendo la nación indispensable. Así ha sido durante el siglo pasado y así seguirá siendo durante el siglo que viene».
Tras lanzar dos grandes invasiones y ocupaciones en este siglo, Estados Unidos no estaba precisamente en una posición moral muy elevada cuando condenó a Rusia por su invasión de Ucrania en febrero de 2022 y los frecuentes bombardeos de las principales ciudades de ese país. Siete meses después del inicio de la invasión, el presidente Vladimir Putin intentó justificar sus imprudentes amenazas nucleares insistiendo de forma alarmante en que los bombardeos atómicos de Japón habían sentado un «precedente».
A quien no cuenta, no se le tiene en cuenta
El periodista Anand Gopal, autor del brillante libro No Good Men Among the Living, pasó años en Afganistán tras la invasión estadounidense de ese país, aventurándose a menudo en zonas rurales remotas que los periodistas occidentales no visitaban. Mientras los medios de comunicación estadounidenses se debatían sobre la conveniencia de retirar finalmente las tropas de ese país en agosto de 2021 y los fallos en la ejecución de la salida, Gopal emitía un veredicto que pocos en el poder mostraban el más mínimo interés en escuchar: la guerra de Estados Unidos en Afganistán había supuesto la matanza a gran escala de civiles desde el aire, y las muertes de civiles se habían «subestimado enormemente».
En la provincia de Helmand («realmente el epicentro de la violencia durante las últimas dos décadas»), Gopal investigó lo que le había sucedido a la familia de una ama de casa llamada Shakira, que vivía en la pequeña aldea de Pan Killay. Como explicó durante una entrevista en Democracy Now!, ella había perdido a 16 miembros de su familia. «Lo más sorprendente o asombroso de esto es que no se trató de un único ataque aéreo o de un único incidente con víctimas múltiples», señaló. «Se trataba de 14 o 15 incidentes diferentes a lo largo de 20 años». Añadió:
«Así pues, la gente vivía y revivía la tragedia una y otra vez. Y no fue sólo Shakira, porque después de entrevistarla me interesó ver hasta qué punto era representativa. Conseguí hablar con más de una docena de familias. Obtuve los nombres de las personas que murieron. Intenté cotejar esa información con los certificados de defunción y otros testigos oculares. El nivel de pérdidas humanas es realmente extraordinario. Y la mayoría de esas muertes nunca se registraron. Por lo general, son los grandes ataques aéreos los que aparecen en los medios de comunicación, porque en estas zonas no hay mucha penetración de Internet, no hay… no hay medios de comunicación allí. Por lo tanto, muchas de las muertes menores, de una o dos personas, no se registran. Esa es la razón por la que creo que hemos subestimado enormemente el número de civiles que murieron en esa guerra».
Al citar un estudio de la ONU sobre las víctimas mortales durante la primera mitad de 2019, la BBC resumió los resultados de la siguiente manera: «Unas 717 personas civiles fueron asesinadas por las fuerzas afganas y estadounidenses, frente a las 531 asesinadas por los militantes… Los ataques aéreos, llevados a cabo en su mayoría por aviones de combate estadounidenses, mataron a 363 personas, entre ellas 89 niños, en los primeros seis meses del año».
Durante mi breve viaje a Afganistán diez años antes, visité el distrito 5 del campo de refugiados de Helmand, en las afueras de Kabul, donde conocí a una niña de siete años llamada Guljumma. Me contó lo que había sucedido una mañana del año anterior, cuando dormía en su casa en el valle de Helmand, en el sur de Afganistán. Hacia las 5 de la madrugada, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos lanzó bombas. Algunas personas de su familia murieron. Ella perdió un brazo.
Mientras Guljumma hablaba, varios cientos de personas tenían que vivir en tiendas de campaña improvisadas en el campo de refugiados. Los productos básicos, como los alimentos, llegaban sólo de forma esporádica. Su padre, Wakil Tawos Khan, me contó que las escasas donaciones procedían de empresarios afganos, mientras que el Gobierno de Afganistán apenas prestaba ayuda. Y Estados Unidos no ofrecía ayuda alguna. La última vez que Guljumma y su padre tuvieron un contacto significativo con el Gobierno estadounidense fue cuando su fuerza aérea los bombardeó.
Normal y letal
Cuando Shakira y Guljumma perdieron a familiares por las bombas que llegaron por cortesía de los contribuyentes estadounidenses, sus seres queridos ni siquiera eran números para el Pentágono. En cambio, el proyecto Costs of War de la Universidad de Brown ha realizado estimaciones meticulosas que sitúan «el número de personas muertas directamente por la violencia de las guerras posteriores al 11-S en Afganistán, Pakistán, Iraq, Siria, Yemen y otros lugares» en más de 905.000, de las cuales el 45% eran civiles. «Muchas más personas han muerto como efecto secundario de las guerras, por ejemplo, debido a la pérdida de agua, los problemas de alcantarillado y otras cuestiones de infraestructura y a las enfermedades relacionadas con la guerra».
La creciente dependencia estadounidense del poder aéreo en lugar de las tropas de combate ha cambiado el concepto de lo que significa «estar en guerra». Por ejemplo, tras tres meses liderando los bombardeos de la OTAN sobre Libia en 2011, el Gobierno estadounidense ya había gastado 1.000 millones de dólares en la operación, y aún quedaba mucho más por gastar. Pero la Administración Obama insistió en que no era necesaria la aprobación del Congreso, ya que Estados Unidos no estaba realmente involucrado en «hostilidades» militares, porque ningún estadounidense estaba muriendo en el proceso.
El asesor jurídico del Departamento de Estado, el exdecano de la Facultad de Derecho de Yale Harold H. Koh, testificó en una audiencia del Comité de Relaciones Exteriores del Senado que las acciones del país contra Libia «no implicaban presencia terrestre estadounidense ni, hasta ese momento, bajas estadounidenses». Tampoco existía «una amenaza de bajas estadounidenses significativas». La idea era que no se trataba realmente de una guerra si los estadounidenses estaban por encima de todo y no morían. En apoyo a Koh, un antiguo colega de la Facultad de Derecho de Yale, Akhil Reed Amar, afirmó que Estados Unidos no estaba realmente involucrado en «hostilidades» en Libia porque «no hay bolsas para cadáveres» de soldados estadounidenses.
Diez años después, en un discurso pronunciado en septiembre de 2021 en las Naciones Unidas, poco después de que las últimas tropas estadounidenses abandonaran Afganistán, el presidente Biden dijo: «Hoy estoy aquí, por primera vez en 20 años, con un Estados Unidos que no está en guerra». En otras palabras, las tropas estadounidenses no estaban muriendo en cantidades apreciables. La codirectora del proyecto Costs of War, Catherine Lutz, señaló ese mismo mes que la participación de Estados Unidos en acciones militares «prosigue en más de 80 países».
A fin de tranquilizar a los estadounidenses y convencerlos de que la retirada de Afganistán era una cuestión de reposicionamiento y no una retirada del uso de la fuerza militar, Biden promocionó una «capacidad más allá del horizonte que nos permitirá mantener la mirada fija en cualquier amenaza directa a Estados Unidos en la región y actuar con rapidez y decisión si es necesario». Durante los cuatro años transcurridos desde entonces, las administraciones de Biden y Trump han enviado directamente bombarderos y misiles a bastantes horizontes, entre ellos Yemen, Iraq, Siria, Somalia e Irán.
De forma menos directa, pero con terribles consecuencias, el aumento de la ayuda militar estadounidense a Israel le ha permitido a su fuerza aérea matar sistemáticamente a niños, mujeres y hombres palestinos con una eficiencia industrial que los líderes fascistas de los años treinta y cuarenta habrían admirado. Los horrores cotidianos en Gaza siguen resonando como el día en que cayeron las bombas sobre Guernica. Pero la magnitud de la matanza es mucho mayor y más implacable en Gaza, donde las atrocidades continúan sin tregua, mientras el mundo observa.
Foto de portada de Duncan Cumming.