La inminente epidemia de cáncer en Gaza

Joshua Frank, TomDispatch.com, 4 septiembre 2025

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Joshua Frank, colaborador habitual de TomDispatch, es coeditor de CounterPunch y copresentador de CounterPunch Radio. Es autor de Atomic Days: The Untold Story of the Most Toxic Place in America (Días atómicos: La historia no contada del lugar más tóxico de Estados Unidos) y del próximo Bad Energy: The Deep Sea Miners, Rogue Lithium Extractors, and Wind Industrialists Who are Selling Off Our Future (Mala energía: los mineros de las profundidades marinas, los extractores de litio sin escrúpulos y los industriales eólicos que están vendiendo nuestro futuro), ambos publicados por Haymarket Books.

Una semana después de los ataques de Hamás el 7 de octubre de 2023, una gran explosión incineró un estacionamiento cerca del concurrido Hospital Árabe Al-Ahli en la ciudad de Gaza, matando a más de 470 personas. Fue una escena horrible y caótica. Había ropa quemada esparcida por todas partes, vehículos calcinados apilados unos sobre otros y edificios carbonizados rodeando la zona del impacto. Israel afirmó que la explosión fue causada por un cohete errado disparado por extremistas palestinos, pero una investigación de Forensic Architecture señaló más tarde que lo más probable es que el misil hubiera sido lanzado desde Israel, y no desde dentro de Gaza.

En aquellos primeros días de la ofensiva, aún no estaba claro que la destrucción de todo el sistema sanitario de Gaza pudiera formar parte del plan israelí. Después de todo, es bien sabido que bombardear o destruir deliberadamente hospitales viola los Convenios de Ginebra y constituye un crimen de guerra, por lo que aún quedaba alguna esperanza de que la explosión en Al-Ahli fuera accidental. Y esa, por supuesto, sería la versión que las autoridades israelíes han seguido postulando durante los casi dos años de muerte y miseria posteriores.

Sin embargo, un mes después del inicio de la ofensiva israelí en Gaza, soldados de las denominadas Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) asaltaron el Hospital Indonesio en el norte de Gaza y desmantelaron su centro de diálisis sin dar ninguna explicación de por qué se había atacado ese equipo médico que salva vidas. (Ni siquiera Israel afirmaba que Hamás tuviera problemas renales). Luego, en diciembre de 2023, el hospital Al-Awda, también en el norte de Gaza, fue atacado, mientras que al menos un médico resultó alcanzado por los disparos de los francotiradores israelíes apostados en el exterior. Por inquietantes que fueran estas noticias, las imágenes más espantosas difundidas en ese momento procedían del hospital infantil Al-Nasr, donde se encontraron bebés muertos y en descomposición en una sala de cuidados intensivos vacía. Se habían dado órdenes de evacuación y el personal médico había huido, sin poder llevarse a los bebés con ellos.

Para quienes seguían estos acontecimientos, empezaba a perfilarse un patrón mortal, y las excusas de Israel para justificar su malévolo comportamiento ya estaban perdiendo credibilidad.

Poco después de que Israel emitiera advertencias para evacuar el hospital Al-Quds de la ciudad de Gaza a mediados de enero de 2024, sus tropas lanzaron cohetes contra el edificio, destruyendo lo que quedaba de su equipo médico en funcionamiento. Tras ese ataque, las fuerzas israelíes atacaron también otras clínicas. Un hospital de campaña jordano fue bombardeado en enero y de nuevo en agosto. A principios de diciembre de 2023, un ataque aéreo alcanzó el hospital de Yafa. El complejo médico Nasser, en Jan Yunis, al sur de Gaza, también sufrió daños en mayo y de nuevo en agosto, cuando el hospital y una ambulancia fueron alcanzados, matando a 20 personas, entre ellas cinco periodistas.

Aunque grupos de derechos humanos como la Corte Penal Internacional, las Naciones Unidas y la Cruz Roja han condenado a Israel por estos ataques, sus fuerzas han seguido destruyendo instalaciones médicas y centros de ayuda. Al mismo tiempo, las autoridades israelíes afirmaron que sólo estaban atacando centros de mando y almacenes de armas de Hamás.

La destrucción del único centro oncológico de Gaza

A principios de 2024, el Hospital de la Amistad Turco-Palestina, alcanzado por primera vez en octubre de 2023 y cerrado en noviembre de ese año, se encontraba en las primeras fases de demolición por parte de batallones de las FDI. Un vídeo publicado en febrero por Middle East Eye mostraba imágenes de un soldado israelí eufórico compartiendo un vídeo de TikTok en el que se le veía conduciendo una excavadora hacia ese hospital, riéndose mientras su excavadora aplastaba un muro de bloques de hormigón. «El hospital se rompió accidentalmente», dijo. Para entonces, se estaban acumulando pruebas de los crímenes de Israel, muchas de ellas proporcionadas por las propias FDI.

Cuando el Hospital de la Amistad Turco-Palestina abrió sus puertas en 2018, se convirtió rápidamente en el centro de tratamiento del cáncer más importante y mejor equipado de Gaza. Cuando la pandemia de Covid-19 llegó a Gaza en 2020, todas las operaciones oncológicas se trasladaron a ese hospital para liberar espacio en otras clínicas, convirtiéndolo en el único centro oncológico que atendía a la población de Gaza, de más de dos millones de habitantes.

«Este hospital contribuirá a transformar el sector sanitario», declaró el ministro de Sanidad palestino, Jawad Awad, poco antes de su inauguración. «Ayudará a las personas que están padeciendo graves problemas de salud».

Poco sabía él que quienes ya se enfrentaban a graves dificultades debido a su diagnóstico de cáncer se verían muy pronto envueltos en una catástrofe total. En marzo de 2025, lo que quedaba del hospital sería arrasado, borrando así todo rastro del que fuera un prometedor tratamiento contra el cáncer en Gaza.

Antes del 7 de octubre de 2023, los tipos de cáncer más comunes que afectaban a los palestinos en Gaza eran el cáncer de mama y el cáncer de colon. Sin embargo, las tasas de supervivencia eran mucho más bajas allí que en Israel, debido a los recursos médicos más limitados y a las restricciones impuestas por ese país. Entre 2016 y 2019, mientras los casos en Gaza iban en aumento, al menos existía la esperanza de que el hospital, financiado por Turquía, ofreciera las tan necesarias pruebas de detección del cáncer que antes no estaban disponibles.

«Las repercusiones del conflicto actual en la atención oncológica en Gaza probablemente se sentirán durante años», según un editorial de noviembre de 2023 de la revista médica Cureus. «Los retos inmediatos que plantean los medicamentos, la infraestructura dañada y el acceso reducido a tratamientos especializados tienen consecuencias a largo plazo en las consecuencias generales de salud de los pacientes actuales».

En otras palabras, la falta de atención médica y el empeoramiento de las tasas de cáncer no sólo seguirán afectando de manera desproporcionada a los habitantes de Gaza en comparación con los israelíes, sino que, sin duda, las condiciones se deteriorarán aún más. Y estas predicciones ni siquiera tienen en cuenta el hecho de que la guerra en sí misma causa cáncer, lo que dibuja un panorama aún más sombrío para el futuro médico de los palestinos en Gaza. 

El caso de Faluya

Cuando la segunda batalla de Faluya, parte de la terrible guerra de Estados Unidos en Iraq, terminó en diciembre de 2004, la asediada ciudad era una zona de guerra tóxica, contaminada con municiones, uranio empobrecido (DU, por sus siglas en inglés) y polvo envenenado procedente de los edificios derrumbados. Como era de esperar, en los años siguientes, las tasas de cáncer aumentaron casi exponencialmente en la zona. Al principio, los médicos comenzaron a notar que se diagnosticaban más casos de cáncer. La investigación científica pronto respaldaría sus observaciones, revelando una tendencia alarmante.

En la década posterior al fin de los combates, las tasas de leucemia entre la población local se dispararon hasta alcanzar un vertiginoso 2.200%. Fue el aumento más significativo jamás registrado después de una guerra, superando incluso el aumento del 660% de Hiroshima durante un período de tiempo más prolongado. Un estudio posterior contabilizó un aumento de cuatro veces en todos los cánceres y, en el caso de los cánceres infantiles, un aumento de doce veces.

La fuente más probable de muchos de esos cánceres era la mezcla de uranio empobrecido, materiales de construcción y otras municiones sobrantes. Los investigadores pronto observaron que residir dentro o cerca de los sitios contaminados en Faluya era probablemente el catalizador del auge de las tasas de cáncer.

«Nuestra investigación en Faluya indicó que la mayoría de las familias regresaron a sus hogares bombardeados y vivieron allí, o bien reconstruyeron sus casas sobre los escombros contaminados de sus antiguos hogares», explicó la Dra. Mozghan Savabieasfahani, toxicóloga ambiental que estudió los efectos de la guerra en la salud en Faluya. «Cuando era posible, también utilizaban materiales de construcción recuperados de los lugares bombardeados. Estas prácticas habituales contribuyen a la exposición continua de la población a metales tóxicos años después de que haya terminado el bombardeo de su zona».

Aunque es difícil de cuantificar, tenemos una idea de la cantidad de municiones y uranio empobrecido que sigue afectando a esa ciudad. Según la Agencia Internacional de Energía Atómica, Estados Unidos disparó entre 170 y 1.700 toneladas de municiones antitanque en Iraq, incluida Faluya, lo que podría haber supuesto hasta 300.000 proyectiles de uranio empobrecido. Aunque sólo es ligeramente radiactivo, la exposición persistente al uranio empobrecido tiene un efecto acumulativo en el cuerpo humano. Cuanto más se expone, más se acumulan las partículas radiactivas en los huesos, lo que, a su vez, puede provocar cánceres como la leucemia.

Con una población de 300.000 habitantes, Faluya sirvió como campo de pruebas militar para municiones muy similares a las que sufre hoy Gaza. En el breve lapso de un mes, del 19 de marzo al 18 de abril de 2003, se lanzaron más de 29.199 bombas sobre Iraq, 19.040 de las cuales eran de precisión, junto con otras 1.276 bombas de racimo. Las consecuencias fueron graves. Más de 60 de las 200 mezquitas de Faluya quedaron destruidas y, de los 50.000 edificios de la ciudad, más de 10.000 quedaron derruidos y 39.000 sufrieron daños. En medio de tanta destrucción, se generó una gran cantidad de residuos tóxicos. Como se señala en un informe de marzo de 2025 del proyecto Costs of War de la Universidad de Brown «Descubrimos que el impacto medioambiental de la guerra y la presencia de metales pesados son duraderos y generalizados tanto en el cuerpo humano como en el suelo».

La exposición a metales pesados está claramente asociada al riesgo de cáncer. «La exposición prolongada a metales pesados específicos se ha correlacionado con la aparición de diversos tipos de cáncer, incluidos los que afectan a la piel, los pulmones y los riñones», explica un informe de 2023 publicado en Scientific Studies. «La acumulación gradual de estos metales en el organismo puede provocar efectos tóxicos persistentes. Incluso niveles mínimos de exposición pueden dar lugar a su acumulación gradual en los tejidos, lo que altera el funcionamiento celular normal y aumenta la probabilidad de padecer enfermedades, en particular cáncer».

Y no fue sólo el cáncer lo que afectó a la población que se quedó o regresó a Faluya. Los bebés comenzaron a nacer con defectos congénitos alarmantes. Un estudio de 2010 reveló un aumento significativo de las enfermedades cardíacas entre los bebés de la zona, con tasas 13 veces superiores y defectos del sistema nervioso 33 veces superiores a los de los nacimientos europeos.

«Ahora tenemos todo tipo de defectos, desde cardiopatías congénitas hasta anomalías físicas graves, en cantidades que ni siquiera se pueden imaginar», declaró en 2013 a Al Jazeera la Dra. Samira Alani, especialista en pediatría del Hospital General de Faluya y coautora del estudio sobre defectos congénitos. «Tenemos tantos casos de bebés con múltiples defectos sistémicos… Múltiples anomalías en un solo bebé. Por ejemplo, acabamos de tener un bebé con problemas en el sistema nervioso central, defectos esqueléticos y anomalías cardíacas. Esto es habitual hoy en día en Faluya».

Aunque las evaluaciones sanitarias exhaustivas en Iraq son escasas, las pruebas siguen indicando que persisten altas tasas de cáncer en lugares como Faluya. «Faluya, entre otras ciudades bombardeadas de Iraq, registra hoy en día una alta tasa de cáncer», afirman los investigadores del estudio Costs of War Project. «Estas altas tasas de cáncer y defectos congénitos pueden atribuirse a la exposición a los restos de la guerra, al igual que otros picos similares, por ejemplo, en los cánceres de aparición temprana y las enfermedades respiratorias».

Por devastadora que fuera la guerra en Iraq, y por muy contaminada que siga estando Faluya, es casi imposible imaginar lo que les depara el futuro a los que se han quedado en Gaza, donde la situación es mucho peor. Si Faluya nos enseña algo, es que la destrucción de Israel provocará un aumento significativo de las tasas de cáncer, que afectará a las generaciones venideras.

Una fábrica de cáncer

Las fotografías aéreas y las imágenes de satélite son espeluznantes. La maquinaria militar israelí, respaldada por Estados Unidos, ha lanzado tantas bombas que barrios enteros han quedado reducidos a escombros. Gaza, desde todos los puntos de vista, es una tierra de inmenso sufrimiento. Mientras los niños palestinos se encuentran al borde de la inanición, resulta extraño hablar de los efectos que esto podría tener en su salud en las próximas décadas, si tienen la suerte de sobrevivir.

Aunque los datos a menudo ocultan la verdad, en Gaza las cifras revelan una realidad desoladora. A fecha de este año, casi el 70% de todas las carreteras han sido destruidas, el 90% de todas las viviendas han sufrido daños o han desaparecido por completo, el 85% de las tierras de cultivo se han visto afectadas y el 84% de las instalaciones sanitarias han sido arrasadas. Hasta la fecha, la implacable máquina de la muerte de Israel ha generado al menos 50 millones de toneladas de escombros, restos humanos y materiales peligrosos, todos los ingredientes nocivos necesarios para una futura epidemia de cáncer.

Entre octubre de 2023 y abril de 2024, se lanzaron más de 70.000 toneladas de explosivos sobre Gaza, lo que, según Euro-Med Human Rights Monitor, equivalía a dos bombas nucleares. Aunque no se conoce con exactitud el alcance y los tipos exactos de armamento utilizados, el Parlamento Europeo ha acusado a Israel de utilizar uranio empobrecido, lo que, de ser cierto, no hará sino agravar las futuras enfermedades cancerosas de los habitantes de Gaza. La mayoría de las bombas contienen metales pesados como plomo, antimonio, bismuto, cobalto y tungsteno, que acaban contaminando el suelo y las aguas subterráneas, además de afectar a la agricultura y al acceso al agua potable durante años.

«Los efectos toxicológicos de los metales y los materiales energéticos sobre los microorganismos, las plantas y los animales varían mucho y pueden ser significativamente diferentes dependiendo de si la exposición es aguda (a corto plazo) o crónica (a largo plazo)», se lee en un informe de 2021 encargado por la Guía sobre la contaminación del medio ambiente por municiones explosivas. «En algunos casos, los efectos tóxicos pueden no ser evidentes de inmediato, sino que pueden estar relacionados con un mayor riesgo de cáncer o un mayor riesgo de mutación durante el embarazo, lo que puede no manifestarse hasta muchos años después».

Teniendo en cuenta esta información, sólo podemos empezar a predecir lo tóxica que puede resultar la destrucción. Las viviendas que antes se alzaban en la Franja de Gaza estaban construidas principalmente con hormigón y acero. Las partículas de polvo liberadas por estos edificios derruidos pueden provocar cáncer de pulmón, colón y estómago.

Mientras los actuales pacientes de cáncer mueren lentamente sin acceso a la atención que necesitan, los futuros pacientes, que contraerán cáncer gracias a la obsesión genocida de Israel, correrán sin duda la misma suerte a menos que se produzca una intervención significativa.

«Aproximadamente 2.700 habitantes de Gaza en fases avanzadas de la enfermedad esperan tratamiento sin esperanza ni opciones terapéuticas dentro de la Franja de Gaza, debido al cierre continuo de los pasos fronterizos de Gaza y a la interrupción de los mecanismos de evacuación médica de emergencia», afirma un informe de mayo de 2025 del Centro Palestino para los Derechos Humanos. «Consideramos a Israel plenamente responsable de la muerte de cientos de pacientes con cáncer y de destruir deliberadamente cualquier oportunidad de tratamiento para miles más al destruir sus centros de tratamiento y privarles de la posibilidad de viajar. Tales actos constituyen un delito de genocidio en la Franja de Gaza».

La destrucción metódica de Israel en Gaza ha adoptado muchas formas, desde el bombardeo de enclaves civiles y hospitales hasta la retención de alimentos, agua y atención médica a los más necesitados. A su debido tiempo, Israel utilizará sin duda los cánceres que habrá creado como medio para alcanzar un fin, plenamente consciente de que los palestinos no tienen forma de prepararse para las crisis sanitarias que se avecinan.

El cáncer, en resumen, no será más que otra arma añadida al arsenal cada vez mayor de Israel.

Foto de portada: La destrucción metódica de Israel en Gaza ha adoptado muchas formas. (Mohammed Ibrahim)

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