Daniel Levy, +972.com, 10 septiembre 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Daniel Levy es el presidente del U.S./Middle East Project. Fue un negociador israelí por la paz en las conversaciones de Oslo-B bajo el mandato del primer ministro Yitzhak Rabin y en las negociaciones de Taba bajo el mandato del primer ministro Ehud Barak.
En agosto de 2005, cuando Israel puso en marcha su «plan de retirada unilateral» en Gaza, supuso un duro golpe para el movimiento de colonos. El plan implicaba la retirada de 21 asentamientos en la Franja de Gaza y otros cuatro en el norte de Cisjordania, con un total de aproximadamente 9.000 colonos reubicados. El ambiente en el país en aquel momento daba la sensación de que se había alcanzado un punto de inflexión: fue el primer ministro Ariel Sharon, un incondicional de la derecha israelí, quien ordenó la retirada del ejército israelí y de los asentamientos ilegales del territorio palestino ocupado.
Veinte años después, la forma en que Israel llevó a cabo la retirada de sus asentamientos de Gaza —y posteriormente narró las consecuencias— puede entenderse como un momento crítico en la desaparición del paradigma de los dos Estados. También fue un presagio de lo que ahora lo está sustituyendo: no sólo separarse de los palestinos, relegados a bantustanes cada vez más pequeños, sino aniquilarlos y borrarlos del mapa.
En la década posterior a la retirada, el bando nacional-religioso de derechas de Israel, con el Likud a la cabeza, logró arraigar profundamente la idea de que la retirada de los asentamientos no podía repetirse jamás. Esto presagió el dominio, desde el 7 de octubre, de lo que durante mucho tiempo se consideraron posiciones extremas, en las que las autoridades israelíes abogan abiertamente por completar la limpieza étnica de los palestinos que quedó inconclusa en la Nakba original de 1948. Y tras los ataques liderados por Hamás, fue el bando nacional-religioso el que más rápido se reajustó e identificó una oportunidad.
Muy pronto se impuso la idea de que, por trágico que fuera, el 7 de octubre era una señal de «tiempos mesiánicos» y una «era de milagros», una intervención divina que presagia la extensión de la soberanía judía por toda la Tierra de la Israel bíblica y la llegada del mesías. Desde entonces, esa creencia ha sido invocada por los líderes de las facciones del Poder Judío y el Sionismo Religioso, sobre todo por la ministra de Asentamientos y Misiones Nacionales, Orit Strook, así como por capellanes rabínicos del ejército israelí, comentaristas de los medios de comunicación y otros.
El Partido Likud y la clase política, que se habían dedicado a promover la anexión de facto de Cisjordania, con los colonos llevando a cabo pogromos en las aldeas cisjordanas e intensificando el robo de tierras, vieron ahora la oportunidad de reordenar sus prioridades. Ya no era necesario ceder Gaza; se podía repoblar. La limpieza étnica del siglo XXI podía ponerse a prueba en Gaza antes de desatarse por completo en Cisjordania.
«Gaza primero» se refirió en su día a la aplicación inicial de la «Declaración de Principios» original entre Israel y la OLP, en la que la Autoridad Palestina (AP) asumía su primera función de autogobierno en lo que se definía como las zonas palestinas de Gaza, así como en la ciudad cisjordana de Jericó. La segunda iteración de «Gaza primero» se refería al plan de retirada de Sharon, con la optimista idea de que Gaza sería el primero de muchos lugares de retirada israelí.

El primer ministro israelí Ariel Sharon recorre la zona de Yad Binyamin, en el centro de Israel, destinada a absorber a los colonos agricultores reubicados desde la Franja de Gaza, el 5 de julio de 2005. (Amos Ben Gershom/GPO)
Pero hoy en día, «Gaza primero» ha adquirido un nuevo significado: Gaza como el lugar inicial de la redención mesiánica y la aniquilación palestina o, en la jerga israelí actual, la «victoria total». No es de extrañar que el grupo israelí de derechos humanos B’Tselem advierta en su reciente informe que lo que está ocurriendo en Gaza ya se está planeando para Cisjordania.
El camino entre 2005 y 2025 no estaba predeterminado, pero ahora sus contornos están claros: las consecuencias de las decisiones políticas que se tomaron entonces y ahora deben deshacerse o reformularse. Describir esta trayectoria pone de relieve la necesidad de una nueva visión política para toda la Palestina histórica, una visión que tendrá que provenir de fuera del consenso sionista.
Los palestinos tendrán que asumir un papel central en la definición de esa visión, y tendrán que hacerlo al margen de las rígidas restricciones de la Autoridad Palestina, que se sustenta en el statu quo. Es fundamental que la política y la sociedad israelíes puedan superar este momento genocida, lo que dependerá en gran medida de la interacción entre la dinámica interna y la presión externa. Pero mientras esta última sea tan limitada y ausente, es poco probable que la primera cambie de forma significativa.
Fortalecimiento de la presencia de los colonos
Para comprender el legado de la retirada de Israel de Gaza, un punto de partida útil es recordar cómo el propio Ariel Sharon definió las intenciones que motivaron la medida en 2005. Aunque ignorado por sus críticos de la derecha, Sharon afirmó explícitamente que la retirada unilateral se concibió para contrarrestar la presión a favor de una retirada más profunda en las zonas más importantes desde el punto de vista bíblico y estratégico de Cisjordania ocupadas por Israel.
La visión de Sharon para los palestinos era la de una subyugación permanente sin derechos políticos, siguiendo el modelo de los bantustanes del apartheid sudafricano, que le habían impresionado durante una visita a principios de la década de 1980. «El plan de retirada es la congelación del proceso de paz», comentó el jefe de gabinete de Sharon, Dov Weissglass. «Se impide el establecimiento de un Estado palestino y se impide el debate sobre los refugiados, las fronteras y Jerusalén. La retirada proporciona la cantidad de formaldehído necesaria para que no haya un proceso político con los palestinos».
Durante la retirada, Israel sacó a sólo 9.000 de los aproximadamente 430.000 israelíes que vivían entonces más allá de la Línea Verde (incluido Jerusalén Este), retirándose de un territorio que comprendía sólo el 6% de lo que podría constituir un futuro Estado palestino si se basara en las fronteras de 1967, y sólo el 1,5% de lo que era la Palestina bajo mandato británico en 1948.

Soldados israelíes cierran la puerta del paso fronterizo de Kissufim hacia el centro de Gaza después de que las últimas tropas abandonaran el bloque de asentamientos de Gush Katif, el 12 de septiembre de 2005. (Moshe Milner/GPO)
En aquel momento, los críticos palestinos llamaron la atención sobre los objetivos declarados de los líderes israelíes: la retirada tenía por objeto afianzar el control de Israel en otros lugares, no promover la creación de un Estado palestino ni los derechos de los palestinos. Sin embargo, los círculos sionistas de centroizquierda en Israel ignoraron estas voces y ofrecieron su apoyo incondicional al plan de Sharon.
De hecho, la respuesta del llamado campo sionista liberal suena bastante familiar: en lugar de aprovechar la retirada para impulsar una paz más amplia con los palestinos, hicieron hincapié en la necesidad de reunificar las filas judío-israelíes. Se inició la era del tzav piyus (un llamamiento a la reconciliación interna judío-israelí), malditos sean los palestinos. Esto reveló la profundidad de la mentalidad colonialista que atravesaba la mayor parte del campo sionista, donde los políticos liberales fracasaron sistemáticamente a la hora de cuestionar por principio la continuación de los asentamientos israelíes y el desplazamiento de los palestinos en Cisjordania, limitándose a objetar cuestiones de ubicación y grado.
Quizás sea un error atribuir un exceso de brillantez estratégica, previsión y paciencia al movimiento colonizador. Sin embargo, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. En este caso, la clase colonizadora nacional-religiosa al menos tenía una ideología coherente y una estrategia a largo plazo que la respaldaba; los sionistas liberales aparentemente no tenían ninguna de las dos cosas.
En los años posteriores a la retirada, el movimiento de colonos se centró en el ejército y el sistema judicial como lugares para reforzar su presencia, animando a sus jóvenes a convertirse en la futura clase de oficiales del ejército israelí. Esto está dando ahora sus frutos: véase, por ejemplo, el nombramiento el año pasado de Avi Bluth como jefe del Mando Central del ejército, que supervisa Cisjordania, o el nombramiento más reciente del jefe de policía retirado Yoram Halevy como nuevo jefe de COGAT, la unidad del Ministerio de Defensa responsable de la política civil en Cisjordania y Gaza.
Su objetivo no era reasentar Gaza, lo cual parecía poco realista, sino garantizar que el enclave se convirtiera en un ejemplo aleccionador. No se podía permitir que la retirada territorial se afianzara en la imaginación del público israelí como un camino hacia un futuro mejor, sino que debía tildarse de desastre.
En este sentido, la derecha israelí logró varios logros importantes. Se aseguraron de que la retirada fuera lo más costosa posible, presionando para que se concediera una indemnización excesiva a los colonos, que se estima que le costó al tesoro israelí 9.000 millones de séquels (2.300 millones de euros), con el objetivo de disuadir de una retirada similar de los asentamientos de Cisjordania. El movimiento de colonos también creó una atmósfera de conflicto interno inminente, difundiendo la idea de que cualquier expulsión masiva de Cisjordania conduciría a una guerra civil.

Israelíes contemplan la exposición de fotografías de prensa de la evacuación de los asentamientos de Gush Katif en Gaza en 2005, tomadas por fotógrafos del diario israelí Yediot Ahronoth, en la Primera Estación de Jerusalén, el 21 de julio de 2015. (Hadas Parush/Flash90)
Tampoco es cínico argumentar que Israel creó deliberadamente las condiciones para generar una mayor resistencia armada palestina, afianzando su matriz de control en Cisjordania y endureciendo el bloqueo de Gaza, como si dijera: «Mirad, abandonar Gaza ha empeorado las cosas». Así se impuso la narrativa de que Israel ofreció un anticipo de paz al retirarse de Gaza y recibió cohetes a cambio, una mentira que fue repetida casi textualmente, en lugar de cuestionada, por los líderes del bando opositor, desde Ehud Barak hasta Ehud Olmert. Si se examina la política israelí hacia los palestinos desde 2005 y se compara con la afirmación de que Gaza podría haberse convertido en el «Singapur de Oriente Medio», la malicia de esa mentira queda claramente de manifiesto.
Ausencia de oposición sionista
El éxito del bando nacional-religioso se ha debido en gran medida al hecho de que era, en la práctica, el único equipo con un plan, determinación y voluntad de sacrificio. Por el contrario, el bando de centroizquierda en Israel ya estaba en gran parte vaciado en 2005. El sionismo laborista había dejado de ofrecer cualquier alternativa pragmática de gobierno, y no existía un discurso coherente que explicara eficazmente cómo la retirada unilateral de Gaza estaba diseñada para bloquear, y no para promover, la paz.
Los políticos de centroizquierda no intentaron argumentar que Hamás, al haber participado en las elecciones, podía y debía integrarse en el proceso político, como había ocurrido con innumerables movimientos de resistencia armada en las luchas de liberación a lo largo de la historia. Tampoco se opusieron al asedio y bloqueo de Gaza, al castigo colectivo de la población civil o a las múltiples oleadas de destrucción y matanzas que precedieron a octubre de 2023. De hecho, cuando el antiguo líder de la (supuesta) oposición israelí, Benny Gantz, inició su carrera política en diciembre de 2018, buscó legitimidad destacando sus propias hazañas de matanzas masivas en Gaza.
Cuando Benjamin Netanyahu fue sustituido brevemente por el autoproclamado «gobierno del cambio» de Naftali Bennett y Yair Lapid en junio de 2021, Israel siguió afianzando su presencia en Cisjordania, criminalizó a las ONG palestinas y repitió las mismas acusaciones manidas de antisemitismo contra las principales organizaciones de derechos humanos que tildaban a Israel de Estado apartheid. El gobierno de Bennett-Lapid reanudó los asesinatos extrajudiciales y las agresiones en toda Cisjordania, al tiempo que continuaba con el bloqueo de Gaza. Meretz y el Partido Laborista fueron socios en este gobierno sin cambios.
Netanyahu volvió al poder en diciembre de 2022 con el gobierno más ultraderechista de la historia de Israel. Pero en respuesta a su proceso de reforma judicial, las masivas protestas a favor de la democracia que se extendieron por todo Israel ignoraron la mayor afrenta a ese concepto: la ocupación y el apartheid.
Después del 7 de octubre, sólo una narrativa resonó ampliamente en Israel, desde los extremos de la juventud marginal de las colinas hasta el establishment militar: todo lo que se les hiciera a los palestinos, se lo habían buscado ellos mismos. Tomemos como ejemplo la afirmación del exjefe de inteligencia del ejército Aharon Haliva de que matar a 50.000 palestinos, incluidos niños, era «necesario», o la promesa que el entonces jefe del Estado Mayor del ejército, Herzi Halevi, le hizo a su esposa la mañana de los ataques de que «Gaza será destruida».

El jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, Herzi Halevi, durante una visita al Comando Norte, el 28 de noviembre de 2023. (David Cohen/Flash90)
Esto no quiere decir que cualquier sociedad hubiera respondido con tolerancia al impacto y el dolor de un acontecimiento como el del 7 de octubre, incluidas las violaciones del derecho internacional cometidas por grupos militantes palestinos. Pero sólo en este contexto más amplio se puede entender cómo una parte tan amplia de la clase política sionista se ha embarcado y ha apoyado un genocidio.
Hoy en día, la esencia colonialista del sionismo ha quedado al descubierto en su naturaleza de suma cero. Consideremos las directrices de la coalición del actual Gobierno, que afirman: «El pueblo judío tiene un derecho exclusivo e inalienable a todas las partes de la Tierra de Israel». Esta es una posición casi consensuada entre los políticos sionistas, desde la coalición de extrema derecha en el poder hasta la llamada oposición: en una votación de la Knesset el año pasado, ni un solo diputado sionista votó a favor de la creación de un Estado palestino, mientras que sólo un puñado de diputados judíos de izquierda se opusieron en otra votación declarativa en julio de 2025 para anexionar Judea y Samaria.
Fíjense en lo que se estaba haciendo en Cisjordania antes del 7 de octubre: los nuevos poderes asumidos por las autoridades civiles sobre los territorios ocupados, lideradas por el ministro de Finanzas Bezalel Smotrich y el Ministerio de Defensa, o la estrecha y continua connivencia entre el ejército y los colonos armados. O recuerden lo que Israel había estado haciendo en Gaza durante casi dos décadas, incluido un bloqueo bajo el cual el ejército israelí ya había calculado la ingesta calórica necesaria de la población palestina para mantenerla en niveles de subsistencia. Fue un camino relativamente corto desde calcular el punto de inanición hasta implementarlo.
Fragmentación por diseño
Siete años después de la retirada de Gaza, escribí en un artículo de opinión del New York Times que «al desprenderse de sólo el 1,5% del territorio, Israel recalibró significativamente la llamada ‘ecuación demográfica’ (la proporción de judíos y árabes en las zonas bajo su control)». De este modo, la retirada de Israel, en su propia opinión, le había liberado de la responsabilidad de una parte significativa de la población palestina, a la que ahora consideraba separada para siempre del resto del territorio físico y demográfico palestino.
A pesar de las protestas de la derecha sionista contra la retirada de Gaza, al hacerlo, a Israel le resultó mucho más fácil absorber el resto de los territorios y mantener la mayoría demográfica judía, con menos palestinos a los que expulsar, confinar a bantustanes de apartheid u obligar a emigrar «voluntariamente». En esos primeros siete años, como señalé, casi 94.000 colonos se habían trasladado a Cisjordania y Jerusalén Este, y miles de palestinos habían sido desplazados.

El asentamiento de Maale Adumim en Cisjordania, 9 de diciembre de 2012. (Lior Mizrahi/Flash90)
Ese era mi argumento entonces. Ahora, tras el 7 de octubre, los asentamientos israelíes en Gaza vuelven a estar en la agenda, y ¿por qué no, si el mundo se queda de brazos cruzados mientras Gaza es arrasada, su población encerrada en un campo de concentración en la frontera con Egipto y el presidente de Estados Unidos pide una Riviera de Gaza bajo el control de Israel?
En otras palabras, el 7 de octubre se consideró una oportunidad para resolver la cuestión demográfica, no separando Gaza del resto de Palestina, sino aniquilando y expulsando a su población, antes de repoblar el territorio. Sólo podemos empezar a comprender la magnitud del número de muertos y mutilados, a menudo con lesiones que les cambian la vida; Gaza es ahora el lugar con el mayor número de niños amputados del mundo. Y más allá del coste humano, Gaza está siendo reducida físicamente a escombros. Estas pérdidas son transformadoras a escala nacional y afectan fundamentalmente a cualquier consideración sobre el futuro de Palestina y los palestinos.
Igualmente importante, aunque más incómodo, es la ausencia de un movimiento de liberación nacional palestino unificado con una estrategia y una agencia reales. Esa deficiencia es el legado más devastador de la era posterior a la retirada, que afianzó la parálisis política palestina en un momento en el que la unidad era más necesaria.
Que un régimen colonialista aplique la estrategia de «divide y vencerás» con una población indígena colonizada no es nada nuevo. De hecho, Israel tiene una larga historia de asesinar o encarcelar a los líderes palestinos «difíciles» y empoderar a los «cooperativos». En 2005, la unidad y la movilización de la Primera Intifada habían sido sustituidas por el proceso de Oslo, que generó profundas divisiones intrapalestinas. El movimiento nacional palestino perdió vitalidad y capacidad para establecer su agenda, atrapado en el marco de autogobierno limitado y cooptado de Oslo liderado por la Autoridad Palestina. La Segunda Intifada fue, en gran medida, una respuesta a esa realidad.
La retirada de Gaza profundizó esta fragmentación, creando una oportunidad que Israel sigue explotando. El grado de división política y marginación palestina —que ahora se manifiesta de forma aterradora durante el genocidio de Israel en Gaza— puede entenderse, en gran parte, como fruto de un diseño sionista, pero perpetuado por los propios líderes palestinos.
La resistencia armada de la Segunda Intifada, liderada por Hamás, aunque no limitada a esta organización, fue considerada por los palestinos como el desencadenante de la primera evacuación israelí de los asentamientos del territorio palestino ocupado. Esto contrastaba claramente con el fracaso de la Autoridad Palestina liderada por Fatah, y la exclusión explícita e intencionada por parte de Israel de la clase negociadora de la Autoridad Palestina del proceso de retirada de Gaza dejó claro ese mensaje. Como era de esperar, cuando se celebraron las elecciones, Hamás obtuvo la mayoría de los votos y la mayoría del parlamento (un resultado favorecido por las divisiones internas de Fatah y su mala estrategia de candidatos en circunscripciones con múltiples miembros).

Palestinos entran en el asentamiento de Gush Katif tras su evacuación, el 12 de septiembre de 2005. (Flash90)
Pero la mentira más repetida en los últimos dos años es que esta guerra es necesaria para expulsar a Hamás del gobierno de Gaza. En realidad, Hamás lleva años dispuesto a ceder el gobierno de Gaza. Es más bien la dirección de la Autoridad Palestina, al seguir el camino marcado por Israel, Estados Unidos y otros aliados occidentales, la que ha sido el mayor obstáculo para la unidad palestina y, por tanto, para un nuevo gobierno en Gaza. Sigue ausente en el momento de mayor necesidad de su pueblo y ahora está completamente desacreditada a los ojos de la opinión pública.
Por supuesto, hay otros factores que explican la trayectoria de la política israelí y palestina en los últimos veinte años. El principal de ellos es el hecho de que Estados Unidos y otros aliados occidentales de Israel han evitado exigir responsabilidades a Israel e imponer sanciones por sus crímenes, lo que, junto con los Acuerdos de Abraham, sólo ha servido para recompensar el extremismo israelí. Pero, por otro lado, la geopolítica está cambiando. La primacía de Estados Unidos está decayendo a medida que avanzamos hacia un mundo multipolar en el que el Sur Global, incluidas las potencias de nivel medio, asumirá una mayor influencia, lo que puede desafiar el equilibrio de poder si los palestinos cuentan con una estrategia de liderazgo a la altura de las circunstancias.
Una última tirada de los dados de la partición
La retirada de hace 20 años presagió gran parte de lo que ha salido a la luz de la forma más desagradable en los últimos dos años. Esto pone de manifiesto la necesidad de un restablecimiento fundamental —no administrativo— tanto en los círculos israelíes como en los palestinos.
Por ejemplo, al oponernos de forma vehemente al desplazamiento de los palestinos de Gaza, también hay que reconocer que Gaza no puede volver a ser íntegra después de su destrucción. Del mismo modo, hay que reconocer que la Gaza anterior a 2023 nunca era «íntegra», porque la densidad de población, ya de por sí insostenible, era en sí misma el resultado de una limpieza étnica que requiere reparación.
El destino de los palestinos que sobreviven en Gaza no debería limitarse a un nuevo comienzo en un tercer país o a residir indefinidamente entre los escombros. Hay un lugar más natural para la rehabilitación de muchos: las tierras de las que ellos y la mayoría de sus familias fueron expulsados en 1948.
Foto de portada: Las fuerzas israelíes disparan un cañón de agua contra los residentes del asentamiento de Kfar Darom en Gaza, que se atrincheraron en el tejado de la sinagoga durante su evacuación el 18 de agosto de 2005. (Zamir Yossi/GPO)
3 comentarios sobre “De cómo la «retirada» de Israel en Gaza sembró las semillas del genocidio actual”