Marco Carnelos, Middle East Eye, 18 de septiembre de 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Marco Carnelos es un exdiplomático italiano. Ha estado destinado en Somalia, Australia y las Naciones Unidas. Entre 1995 y 2011 formó parte del equipo de política exterior de tres primeros ministros italianos. Más recientemente, ha sido coordinador del proceso de paz en Oriente Medio y enviado especial para Siria del Gobierno italiano y, hasta noviembre de 2017, embajador de Italia en Iraq.
Para encontrar una medida fiable con la que evaluar el progresivo declive de la Unión Europea, y en particular su disonancia cognitiva con respecto a la política internacional, no hay más que fijarse en las recientes declaraciones de la jefa de política exterior, Kaja Kallas.
El tipo de rusofobia implacable que muestra Kallas se ha convertido, lamentablemente, en algo esencial en el currículum de cualquier funcionario que aspire a una carrera exitosa dentro de las instituciones de la UE.
De hecho, degradar la relación entre Moscú y Bruselas es una prioridad máxima para la UE, incluso cuando su atención se necesita en otros retos importantes, desde Oriente Medio hasta África y más allá. Para abordarlos adecuadamente se requiere experiencia en relaciones internacionales, junto con un profundo conocimiento de la historia del siglo XX, en la que tienen su origen muchas de las crisis actuales.
Dirigir una institución tan compleja como la UE, en un mundo cada vez más complejo debido a la competencia entre las grandes potencias y a un gran número de retos asimétricos, también requiere una dosis razonable de visión y sentido común. Por desgracia, Kallas parece carecer de todas estas características.
Tras la reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Tianjin (China), seguida de un desfile militar en Pekín para celebrar la victoria sobre el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, al que asistieron decenas de dignatarios, entre ellos el presidente ruso Vladimir Putin, Kallas afirmó que no sabía que China y Rusia se hubieran encontrado entre los países que derrotaron a Alemania y Japón (es decir, las fuerzas del nazismo y el fascismo).
Si yo fuera el presidente de la Comisión Europea, la habría despedido inmediatamente por no ser apta para el cargo. Si tuviera que imaginar un nuevo trabajo para ella, sería como archivista de biblioteca, obligada a dedicar al menos tres horas al día a los libros de historia del siglo XX, con exámenes mensuales obligatorios.
Cualquier periodista serio de la UE debería preguntar regularmente a sus líderes cómo, bajo su mandato, se tomó una decisión tan vergonzosa.
Inmenso sufrimiento
Para que conste, el Ejército Rojo soviético aplastó al ejército alemán (Wehrmacht) en el frente oriental entre 1941 y 1945 y liberó Berlín. La Unión Soviética —hoy Rusia, una aclaración necesaria ante la remota posibilidad de que Kallas lea este artículo— sufrió más de 20 millones de bajas. Sólo el asedio de Leningrado (ahora San Petersburgo), una ciudad no muy lejos de la ciudad natal de Kallas en Estonia, le costó a los soviéticos más de un millón de personas.
Si bien es cierto que Estados Unidos y el Reino Unido fueron fundamentales para la victoria de la Segunda Guerra Mundial en Europa, el país que literalmente destruyó la maquinaria bélica alemana fue la Unión Soviética en el frente oriental. Basta con señalar cuántas divisiones blindadas alemanas se desplegaron en el frente occidental después de que Estados Unidos y el Reino Unido desembarcaran en Normandía en 1944, en comparación con cuántas se desplegaron en el frente oriental entre 1941 y 1945.
China sufrió un inmenso sufrimiento similar durante la guerra, con un número de muertos que ascendió a 20 millones. Antes y durante la Guerra del Pacífico entre Estados Unidos y Japón entre 1941 y 1945, China enfrentó al menos a un tercio del Ejército Imperial Japonés. Si China no hubiera mantenido a cientos de miles de soldados japoneses ocupados dentro de su propio territorio, la derrota de Japón por parte de Estados Unidos habría sido mucho más complicada y costosa.
Aunque los funcionarios rusos están acostumbrados a las tergiversaciones de Kallas sobre su país, los dignatarios chinos no pudieron ocultar su sorpresa ante sus recientes declaraciones. Un portavoz de su Ministerio de Asuntos Exteriores emitió una reprimenda inusualmente dura, diciendo que sus comentarios estaban «llenos de sesgos ideológicos». Este episodio no ayudará a los esfuerzos por volver a encarrilar las relaciones entre la UE y China.
Sin embargo, lo que le falta a Kallas en conocimientos históricos lo compensa con su doble moral. Tras no tener ningún problema en romper todos los lazos de la UE con Rusia, ahora intenta hacer lo mismo con China, sin sentir aparentemente ninguna vergüenza por mantener estrechas relaciones con Israel, que está siendo investigado por genocidio en la Corte Internacional de Justicia y cuyo líder ha sido acusado por la Corte Penal Internacional.
Abandono de la diplomacia
Si el doble rasero se pudiera monetizar, la UE tendría recursos suficientes para la transición ecológica, los planes de recuperación tras la COVID y un gasto en defensa a la altura del astronómico presupuesto estadounidense, al tiempo que mantendría intactos todos sus programas sociales.
Bajo la mirada de Kallas y de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la UE ha perdido toda relevancia en la escena mundial.
Siguió a Estados Unidos y al Reino Unido por una pendiente muy peligrosa en la guerra de Ucrania, olvidando por completo una herramienta política conocida como diplomacia y el sentido común, que advierte contra la demonización de un adversario con el que, en medio de duras realidades militares, hay que llegar finalmente a un entendimiento, sobre todo cuando la alternativa es una guerra devastadora y potencialmente catastrófica.
Entonces, como suele ocurrir, los combativos líderes de la UE se vieron abandonados a su suerte por su aliado cada vez menos fiable al otro lado del océano Atlántico, que recientemente desplegó la alfombra roja para Putin.
Después de haber soportado esta humillación, los líderes europeos, inexplicablemente, redoblaron la apuesta al aceptar una convocatoria en el Despacho Oval y se sentaron alrededor del escritorio del presidente Donald Trump como unos turbulentos estudiantes de secundaria a los que el director ha reunido para reprenderles. Por no hablar del acuerdo que Von der Leyen acordó a principios de verano con el presidente estadounidense después de que este jugara una partida de golf en Escocia.
Por desgracia, parece que esto aún no ha terminado. Los líderes de la UE deben prepararse para la próxima conmoción, mucho mayor, a la que podrían enfrentarse cuando la administración Trump publique su nueva estrategia de seguridad nacional, que, según algunos rumores, se centrará principalmente en las amenazas nacionales y regionales, dando un giro a los compromisos de Estados Unidos en el extranjero de los últimos 80 años.
Esperemos que algún día los historiadores arrojen luz sobre las razones ocultas que, el año pasado, y en un momento tan crítico para la posición geopolítica del viejo continente, empujaron a los líderes de la UE a entregar la arquitectura de su política exterior común a una personalidad tan poco cualificada y sin talento.
Foto de portada: La jefa de política exterior de la UE, Kaja Kallas, habla en Bruselas el 3 de septiembre de 2025 (Nicolas Tucat/AFP).