David Hearst, Middle East Eye, 24 septiembre 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

David Hearst es cofundador y redactor jefe de Middle East Eye, así como comentarista y conferenciante sobre la región y analista en temas de Arabia Saudí. Fue redactor jefe de asuntos exteriores en The Guardian y corresponsal en Rusia, Europa y Belfast. Con anterioridad, fue corresponsal en temas de educación para The Scotsman.
Antes de emprender una misión suicida para disparar sobre soldados israelíes en el puente Allenby, el principal paso fronterizo entre Israel y Jordania, Abdul-Mutalib al-Qaisi escribió un testamento.
En él decía: «Oh, hijos de mi Umma, ¿cuánto tiempo más permaneceremos en silencio ante los que ocupan nuestras tierras? ¿Permaneceremos en silencio hasta que lleguen a nuestra tierra y violen su santidad?».
Al-Qaisi, y antes que él Mahir al-Yasi, otro jordano que atacó a las fuerzas israelíes en el paso fronterizo a principios de este mes, no son palestinos. Son de la Ribera Oriental.
Su mensaje iba dirigido a «las personas libres y honorables de todo el mundo y, en especial, a nuestros hermanos de los clanes árabes de Al-Sham: Jordania, Palestina, Siria y Líbano».
Y era este: Lo que está sucediendo en Gaza se repetirá en los países árabes. Nuestro silencio es complicidad. Si no hacemos nada, el Gran Israel nos absorberá.
Si este mensaje representa, como creo que lo hace, un estado de ánimo que se extiende mucho más allá de las afueras de Ammán, donde fue escrito, entonces Israel está cometiendo un error de cálculo de proporciones históricas.
Israel: el peligro existencial
La continua retórica del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y de Bezalel Smotrich, su ministro de Finanzas y procónsul de facto de la Cisjordania ocupada, de que Israel será el único Estado al oeste del río Jordán está atrayendo la atención y generando alarma mucho más allá de las fronteras de Palestina.
La amenaza que Israel representa para la región es independiente de las alianzas, la política, la identidad tribal o la religión.
Casi dos años de guerra han devastado partes del Líbano y Gaza, ocupado el sur de Siria, los aviones de combate israelíes han matado a Ahmed Ghaleb Nasser al-Rahawi, primer ministro de Yemen, y han eliminado a los principales líderes militares de Irán.
Israel no sólo se está convirtiendo en un peligro existencial para los palestinos, sino para todos los Estados de la región.
Si se intenta negociar con Israel, sus aviones de combate atacarán a los equipos negociadores, como ya han hecho dos veces: primero, cuando atacaron Irán antes de que se celebraran las conversaciones en Omán, y luego, cuando atacaron al equipo negociador de Hamás en Doha.
Netanyahu, embriagado por el poder, o tan desesperado por aferrarse a él que mantener la guerra es su única opción, cree que puede imponer por la fuerza las nuevas fronteras de Israel en la región.
Israel nunca volverá a tener un presidente estadounidense más permisivo que el actual, Donald Trump. Ya le ha permitido anexionase los Altos del Golán ocupados, ha reconocido a Jerusalén como la capital indivisible del «Estado judío» y ahora está permitiendo que Israel arrase ciudad de Gaza hasta los cimientos.
Tampoco volverá a tener nunca más un Gobierno estadounidense tan dominado por los fundamentalistas cristianos.
En un discurso pronunciado en un túnel excavado bajo las viviendas palestinas de Silwan, en la Jerusalén Oriental ocupada, Mike Huckabee, embajador de Estados Unidos en Tel Aviv, calificó a Jerusalén como la «capital indivisible, indiscutible e indígena» de los judíos «desde la eternidad».
Declaró: «Hace 4000 años, aquí, en esta ciudad, en el monte Moriah, Dios eligió a su pueblo. No sólo eligió a un pueblo, sino que eligió un lugar y, a continuación, eligió un propósito para el pueblo de ese lugar. El pueblo era el pueblo judío. El lugar era Israel y el propósito era ser una luz para el mundo».
Para Huckabee, no había zonas grises en este conflicto. Era el bien contra el mal.
«No se está del lado de Israel porque se esté de acuerdo con su Gobierno… Se está del lado de Israel porque Israel defiende una tradición del Dios de Abraham».
Esta es la locura que ahora profiere un hombre designado embajador de Estados Unidos.
Guerra religiosa
Pero la locura no es tanto el desvarío de un fundamentalista evangélico como el pistoletazo de salida de una guerra religiosa.
Al buscar la victoria total sobre una región musulmana humillada, Netanyahu está cometiendo el mismo error que muchos líderes guerreros antes que él, en particular Napoleón y Hitler, que atacaron Rusia y fueron derrotados por ella.
Piensa que los 7,7 millones de judíos de Israel pueden dominar a los 473 millones de árabes de Oriente Medio y el norte de África, a los 92 millones de iraníes o, por lo demás, a los 2.000 millones de musulmanes del mundo.
Porque eso es lo que significa la evocación de Netanyahu de la «super-Esparta».
A medida que avanza esta guerra, la campaña militar de Israel se ha centrado cada vez menos en eliminar al grupo armado que lo atacó y cada vez más en acabar con todos sus rivales regionales, primero Irán y ahora Turquía.
La «super-Esparta» de Netanyahu desafía la soberanía de todos los Estados-nación, jóvenes o antiguos, cercanos o lejanos a las nuevas fronteras de Israel. La amenaza que Israel representa para la región es independiente de las alianzas, la política, la identidad tribal o la religión.
Tomemos como ejemplo un Estado-nación joven como los Emiratos Árabes Unidos. Superrico y con una energía desbordante para enfrentarse al islam político con un secularismo autocrático armado, ha pasado la última década derrocando a presidentes egipcios, intentando derrocar a uno turco y financiando y armando contrarrevoluciones contra la Primavera Árabe en Yemen, Egipto, Libia y Túnez. Actualmente está alimentando la guerra civil en Sudán armando a las Fuerzas de Acción Rápida (FAR) y financiando a sus líderes.
Su presidente, Mohammed bin Zayed, fue uno de los primeros líderes árabes en darse cuenta de dónde estaba realmente el camino hacia el poder. Asesoró a un príncipe saudí desconocido para que realizara visitas secretas a Netanyahu, allanándole el camino que le llevó al reconocimiento por parte de la familia Trump.
Ese hombre es ahora el gobernante de facto de su reino, el príncipe heredero Mohammed bin Salman.
Responsabilidad política
Los Emiratos Árabes Unidos fueron el primer país en firmar los Acuerdos de Abraham, que reconocían a Israel, y deberían ser el último país en retirarse de ellos.
Sin embargo, el ambiente en Abu Dabi se ha deteriorado últimamente con respecto a Israel.
El asesor político de los Emiratos Árabes Unidos, el profesor Abduljaleq Abdula, tuiteó: «Por primera vez se está debatiendo seriamente [en los Emiratos Árabes Unidos] que es hora de congelar los Acuerdos de Abraham. El acuerdo se está convirtiendo en una carga política, no en un activo estratégico».
O tomemos como testigo a Jalaf Ahmad al-Habtoor, fundador de un conglomerado empresarial emiratí que dirige un grupo de expertos que elaboró un informe de investigación sobre cómo perjudicar a la economía israelí tras su ataque a Doha.
El estudio del Centro de Investigación Habtoor reveló que la economía israelí podría perder entre 28.000 y 33.500 millones de dólares si los países árabes decidieran de forma unificada cerrar su espacio aéreo a todo el tráfico aéreo israelí.
«El mensaje es sencillo y claro: con una sola decisión unificada, tenemos la capacidad de debilitar la economía de Israel, desestabilizar sus cimientos y obligar a sus líderes a reconsiderar sus cálculos, y todo ello sin entrar en un ciclo de violencia o derramamiento de sangre.
Hago un llamamiento a los responsables políticos para que revisen cuidadosamente estas cifras: cerrar el espacio aéreo a todo lo relacionado con Israel, revisar las inversiones y los intereses en los países que lo apoyan y activar mecanismos de coordinación económica unificada que den prioridad a la protección de nuestro pueblo y nuestra soberanía por encima de todo».
Ninguno de los dos está divagando improvisadamente. Abu Dabi no es el lugar adecuado para tener ideas utópicas sobre política exterior.
Tomemos ahora Egipto, uno de los Estados-nación más antiguos del mundo.
En la cumbre de emergencia celebrada en Doha una semana después del ataque contra Hamás, el presidente egipcio Adel-Fatah el-Sisi describió a Israel como el enemigo, la primera vez que utiliza ese lenguaje desde que asumió el cargo en 2014.
Las relaciones entre Israel y el primer Estado árabe que lo reconoció han empeorado considerablemente desde que las fuerzas israelíes ocuparon el paso fronterizo de Rafah y tomaron el control del corredor Filadelfia, que separa Gaza de Egipto.
El plan de Netanyahu de obligar a más de un millón de palestinos a desplazarse hacia el sur, hacia el Sinaí, se considera una amenaza directa para la seguridad nacional egipcia. Ese temor se ha visto agravado por las amenazas de Israel de atacar a los líderes de Hamás en El Cairo.
Sisi advirtió a los votantes israelíes que las políticas de su Gobierno «erosionan las oportunidades de nuevos acuerdos de paz e incluso abortan los acuerdos de paz existentes».
No se trata sólo de palabras. Netanyahu se ha quejado ante Trump de que el ejército egipcio ha ampliado las pistas de aterrizaje en el Sinaí para que puedan ser utilizadas por aviones militares y ha construido depósitos subterráneos que, según funcionarios israelíes, podrían utilizarse para almacenar misiles.
No hay pruebas de que esto esté ocurriendo. Pero la mera afirmación aumenta la tensión y, como siempre, sienta las bases para un futuro ataque israelí.
Ningún plan para vaciar Gaza de la mitad de su población podría tener éxito sin Egipto. A medida que más y más palestinos se ven obligados a desplazarse hacia el sur, el Sinaí se encuentra cada vez más en el punto de mira militar de Israel.
Amenaza a Jordania
En Jordania, el segundo país árabe en firmar un acuerdo de paz con Israel, se está produciendo un debate similar sobre el valor actual del acuerdo de Wadi Araba.
Una vez más, no se trata tanto de una reevaluación de Hamás o de los Hermanos Musulmanes, contra los que el reino ha lanzado recientemente una campaña de represión, como de las amenazas a la estabilidad del propio reino.
Como escribió el comentarista jordano Maher Abu Tair: «Los Acuerdos de Oslo demostraron no ser más que una trampa para obtener el reconocimiento de la legitimidad de Israel, congregar a combatientes palestinos de todo el mundo y someterlos a la vigilancia del ocupante.
«Por el contrario, nos preguntamos: ¿Qué pasa con el destino del Acuerdo de Wadi Araba? ¿Constituye una garantía de la seguridad y la estabilidad estratégicas de Jordania? Y, en primer lugar, ¿quiénes son los garantes, dado que hemos visto cómo los garantes de Oslo observaban su desmantelamiento y su fin, y que los propios garantes son los posibles traidores?».
Al hacerse eco de lo que se está convirtiendo rápidamente en la opinión generalizada en Ammán, Abu Tair afirmó que Jordania podría ser atacada de dos maneras: por su custodia de Al Aqsa, que ha sido objeto de un nivel sin precedentes de incursiones de colonos, y por Cisjordania. Israel podría fabricar un incidente de seguridad en la frontera como excusa para volver a ocupar el sur de Jordania.
Abu Tair dijo que los jordanos estaban muy preocupados por la posibilidad de que Israel provocara un éxodo de Cisjordania revocando la residencia de cientos de miles de palestinos que aún conservan números de identidad nacionales jordanos, de la época en que Cisjordania todavía formaba parte del Reino Hachemita antes de la guerra de 1967.
Lo segundo que Israel podría intentar es desestabilizar el propio Estado, lo que dejaría las fronteras abiertas, dijo.
Cualquiera de las dos opciones crearía el espacio necesario para que los palestinos expulsados de Cisjordania se reasentaran.
Netanyahu ha sido muy específico en su última respuesta al reconocimiento de Palestina como Estado por parte del Reino Unido, Francia y otros países. Dijo que Israel no debería permitir la creación de un Estado palestino al oeste del río Jordán. Lo que significa que podría haber uno al este.
Nuevas alianzas
Los líderes árabes no han permanecido inactivos. Se están considerando seriamente alianzas de defensa que habrían sido impensables en los últimos diez años.
En 2016, los medios de comunicación saudíes se mantuvieron en alerta nocturna para anunciar la muerte del presidente turco Recep Tayyib Erdogan en un golpe militar.
Erdogan sobrevivió, pero el golpe estuvo a punto de tener éxito.
Dos años después, las dos potencias regionales se encontraron en desacuerdo por el asesinato del periodista saudí y colaborador de MEE Yamal Khashoggi, en el consulado saudí de Estambul.
Turquía entregó a la CIA una grabación de audio del asesinato y afirmó sistemáticamente que el propio príncipe heredero saudí había ordenado el asesinato. Esto se prolongó durante tres años. El asesinato de Khashoggi provocó que el príncipe heredero se recluyera en las capitales occidentales.
Consideremos el deshielo en las relaciones que se ha producido desde entonces.
Hace dos años, Arabia Saudí firmó un acuerdo con el fabricante turco de drones Baykar para su vehículo aéreo de combate no tripulado Akıncı, que fue el mayor contrato de exportación de defensa de la historia de Turquía.
Riad está ahora interesada en el tanque de combate Altay, en el sistema de misiles y en convertirse en socio del avión de combate furtivo Kaan.
Un informe del Atlantic Council afirma que el interés de Riad por el Kaan se debe a sus intentos, largamente pospuestos, de adquirir aviones F-35 de fabricación estadounidense, tecnología con la que Israel atacó Irán y que Estados Unidos impide vender a cualquier otro país de la región.
De manera similar, Turquía y Egipto, rivales desde hace mucho tiempo, no sólo por el lugar que ocupan el islam político y los Hermanos Musulmanes, sino también por sus disputas marítimas en el Mediterráneo oriental, han experimentado un deshielo similar. Egipto también está interesado en el Kaan como coproductor. Ambos países realizarán maniobras navales conjuntas por primera vez en 13 años.
Arabia Saudí también está mirando hacia Oriente para sus pactos de defensa. En la actual situación de incertidumbre, no se puede subestimar su pacto de defensa mutua con Pakistán, país que posee armas nucleares.
El pacto de defensa lleva tiempo gestándose, y sin duda se remonta a antes de que el actual primer ministro, Shehbaz Sharif, llegara al poder.
Pero el momento del anuncio de un pacto con la única potencia nuclear de mayoría musulmana, pocos días después del ataque israelí a Doha, ha enviado un mensaje inequívoco.
Detrás de Pakistán está China, y esto tampoco ha pasado desapercibido en Washington.
Y luego está la propia Turquía.
Ankara, naturalmente cautelosa, no sólo se encuentra en desacuerdo con Israel por su ocupación del sur de Siria sino, especialmente ahora, por sus presas.
Israel no sólo se ha erigido en guardián de los drusos en el sur y de los kurdos en el norte, lo que en algún momento podría entrar en conflicto directo con el proceso de paz de Ankara con el PKK, sino que ahora también se está introduciendo en Chipre.
Israel ha entregado a Chipre los sistemas de defensa aérea Barak MX, que son más eficaces que los S-300 rusos y pueden rastrear las fuerzas aéreas y terrestres turcas en el Mediterráneo oriental.
Shay Gal, exvicepresidente de relaciones externas de Israel Aerospace Industries (IAI), fabricante del Barak MX, argumentó en julio que Israel debería reconsiderar su enfoque hacia Chipre y diseñar planes militares para «liberar» el norte de la isla de las fuerzas turcas.
«Israel, en coordinación con Grecia y Chipre, debe preparar una operación de contingencia para liberar el norte de la isla», escribió Gal.
Desde arriba y desde abajo, estas son señales claras de que la región se está preparando para hacer frente a las ambiciones hegemónicas de Israel. No sucederá de inmediato ni de manera uniforme.
La desunión árabe ha sido la base sobre la que se ha construido el proyecto de crear un Estado judío. Pero sería una tontería pensar que esta situación durará para siempre, ya que la pequeña Esparta se hace cada vez más grande.
Israel se ha embarcado claramente en una expansión por la fuerza bruta. Y sólo la fuerza diplomática, económica y militar combinada de la región es capaz de detenerlo.
Foto de portada: Un manifestante sostiene un cartel en el que aparece el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, durante una protesta contra el genocidio de Israel en Gaza, celebrada en París el 6 de septiembre de 2025 (Reuters).