El simulacro de plan de paz de Trump

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 11 octubre 2025

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista que ganó el Premio Pulitzer en 2002. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.

No son planes de paz fallidos los que faltan, precisamente, en la Palestina ocupada, todos ellos con fases y plazos detallados, que se remontan a la presidencia de Jimmy Carter. Todos terminan de la misma manera. Israel consigue lo que quiere inicialmente -en el último de los casos, la liberación de los rehenes israelíes restantes- mientras ignora y viola todas las demás fases hasta que reanuda sus ataques contra el pueblo palestino.

Es un juego sádico. Un tiovivo de la muerte. Este alto el fuego, como los anteriores, es una pausa publicitaria. Un momento en el que se permite al condenado fumar un cigarrillo antes de ser abatido a tiros.

Una vez liberados los rehenes israelíes, el genocidio continuará. No sé cuándo. Esperemos que la matanza masiva se retrase al menos unas semanas. Pero una pausa en el genocidio es lo mejor que podemos esperar. Israel está a punto de vaciar Gaza, que ha quedado prácticamente destruida tras dos años de bombardeos incesantes. No va a detenerse. Es la culminación del sueño sionista. Estados Unidos, que ha proporcionado a Israel la asombrosa cifra de 22.000 millones de dólares en ayuda militar desde el 7 de octubre de 2023, no cerrará su canal de suministro, la única herramienta que podría detener el genocidio.

Israel, como siempre, culpará a Hamás y a los palestinos por no cumplir el acuerdo, probablemente por negarse -sea cierto o no- a desarmarse, tal y como exige la propuesta. Washington, condenando la supuesta violación de Hamás, dará luz verde a Israel para que continúe con su genocidio y cree la fantasía de Trump de una Riviera de Gaza y una «zona económica especial» con el traslado «voluntario» de los palestinos a cambio de credenciales digitales.

Los palestinos, llevando consigo las pertenencias que han podido recoger, se dirigen hacia la parte norte de la Franja de Gaza por la arteria Rashid, que conecta el norte y el sur del enclave, tras el anuncio del alto el fuego en la ciudad de Gaza, Gaza, el 10 de octubre de 2025. (Foto de Stringer/Anadolu vía Getty Images)

De los innumerables planes de paz que se han elaborado a lo largo de las décadas, el actual es el menos serio. Aparte de la exigencia de que Hamás libere a los rehenes en un plazo de 72 horas tras el inicio del alto el fuego, carece de detalles concretos y de plazos impuestos. Está lleno de salvedades que permiten a Israel derogar el acuerdo. Y ese es el quid de la cuestión. No está diseñado para ser un camino viable hacia la paz, algo que la mayoría de los líderes israelíes comprenden. El periódico de mayor tirada de Israel, Israel Hayom, fundado por el difunto magnate de los casinos Sheldon Adelson para servir de portavoz del primer ministro Benjamin Netanyahu y defender el sionismo mesiánico, instó a sus lectores a no preocuparse por el plan de Trump, ya que sólo se trata de mera «retórica».

Israel, en un ejemplo de la propuesta, «no volverá a las zonas de las que se ha retirado, siempre y cuando Hamás aplique plenamente el acuerdo».

¿Quién decide si Hamás ha «aplicado plenamente» el acuerdo? Israel. ¿Alguien cree en la buena fe de Israel? ¿Se puede confiar en Israel como árbitro objetivo del acuerdo? Si Hamás -demonizado como grupo terrorista- se opone, ¿alguien le escuchará?

¿Cómo es posible que una propuesta de paz ignore la opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia de julio de 2024, que reiteró que la ocupación de Israel es ilegal y debe terminar?

¿Cómo es posible que no se mencione el derecho de los palestinos a la autodeterminación?

¿Por qué se espera que los palestinos, que tienen derecho, en virtud del derecho internacional, a la lucha armada contra una potencia ocupante, se desarmen, mientras que Israel, la fuerza ocupante ilegal, no?

¿Con qué autoridad pueden los Estados Unidos establecer un «gobierno de transición temporal» -la denominada «Junta de Paz» de Trump y Tony Blair- dejando de lado el derecho de los palestinos a la autodeterminación?

¿Quién le dio a los Estados Unidos la autoridad para enviar a Gaza una «Fuerza Internacional de Estabilización», un término cortés para referirse a la ocupación extranjera?

¿Cómo se supone que los palestinos deben resignarse a aceptar una «barrera de seguridad» israelí en las fronteras de Gaza, lo que confirma la continuación de la ocupación?

¿Cómo puede cualquier propuesta ignorar el genocidio y la anexión a cámara lenta de Cisjordania?

¿Por qué no se exige a Israel, que ha destruido Gaza, que pague indemnizaciones?

¿Qué deben pensar los palestinos de la exigencia de la propuesta de una población gazatí «desradicalizada»? ¿Cómo se espera lograr esto? ¿Con campos de reeducación? ¿Con censura generalizada? ¿Reescribiendo el plan de estudios escolar? ¿Arrestando a los imanes ofensivos en las mezquitas?

¿Y qué hay de abordar la retórica incendiaria que emplean habitualmente los líderes israelíes, que describen a los palestinos como «animales humanos» y a sus hijos como «pequeñas serpientes»?

«Todo Gaza y todos los niños de Gaza deberían morir de hambre», anunció el rabino israelí Ronen Shaulov. «No tengo piedad por aquellos que, dentro de unos años, crecerán y no tendrán piedad por nosotros. Sólo una quinta columna estúpida, que odie a Israel, tiene piedad por los futuros terroristas, aunque hoy en día aún sean jóvenes y hambrientos. Espero que se mueran de hambre, y si alguien tiene algún problema con lo que he dicho, es su problema».

Las violaciones israelíes de los acuerdos de paz tienen precedentes históricos.

Los Acuerdos de Camp David, firmados en 1978 por el presidente egipcio Anwar Sadat y el primer ministro israelí Menachem Begin, sin la participación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), dieron lugar al Tratado de Paz entre Egipto e Israel de 1979, que normalizó las relaciones entre los dos países.

Las fases posteriores de los Acuerdos de Camp David, que incluían la promesa de Israel de resolver la cuestión palestina junto con Jordania y Egipto, permitir el autogobierno palestino en Cisjordania y Gaza en un plazo de cinco años y poner fin a la construcción de colonias israelíes en Cisjordania, incluido Jerusalén Este, nunca se llevaron a cabo.

Los Acuerdos de Oslo de 1993, firmados en ese mismo año, supusieron el reconocimiento por parte de la OLP del derecho de Israel a existir y el reconocimiento por parte de Israel de la OLP como representante legítimo del pueblo palestino. Sin embargo, lo que siguió fue la pérdida de poder de la OLP y su transformación en una fuerza policial colonial. Oslo II, firmado en 1995, detallaba el proceso hacia la paz y un Estado palestino. Pero también fue un fracaso. Estipulaba que cualquier discusión sobre los «asentamientos» judíos ilegales debía aplazarse hasta las conversaciones sobre el estatuto «definitivo». Para entonces, estaba previsto que se hubiera completado la retirada militar israelí de la Cisjordania ocupada. La autoridad gubernamental estaba a punto de transferirse de Israel a la supuestamente temporal Autoridad Palestina. En cambio, Cisjordania se dividió en las zonas A, B y C. La Autoridad Palestina tenía una autoridad limitada en las zonas A y B, mientras que Israel controlaba toda la zona C, más del 60% de Cisjordania.

El líder de la OLP, Yasser Arafat, renunció al derecho de los refugiados palestinos a regresar a las tierras históricas que los colonos judíos les arrebataron en 1948, cuando se creó Israel, un derecho consagrado en el derecho internacional. Esto alienó instantáneamente a muchos palestinos, especialmente a los de Gaza, donde el 75% son refugiados o descendientes de refugiados. Como consecuencia, muchos palestinos abandonaron la OLP en favor de Hamás. Edward Said calificó los Acuerdos de Oslo como «un instrumento de rendición palestina, un Versalles palestino» y criticó duramente a Arafat como «el Pétain de los palestinos».

Las retiradas militares israelíes previstas en Oslo nunca se llevaron a cabo. Cuando se firmó el acuerdo de Oslo, había alrededor de 250.000 colonos judíos en Cisjordania. Hoy en día, su número ha aumentado hasta al menos 700.000.

El periodista Robert Fisk calificó Oslo de «una farsa, una mentira, un truco para enredar a Arafat y a la OLP en el abandono de todo lo que habían buscado y luchado durante más de un cuarto de siglo, un método para crear falsas esperanzas con el fin de castrar la aspiración de crear un Estado».

Israel rompió unilateralmente el último alto el fuego de dos meses el 18 de marzo de este año, cuando lanzó ataques aéreos sorpresa sobre Gaza. La oficina de Netanyahu afirmó que la reanudación de la campaña militar era una respuesta a la negativa de Hamás a liberar a los rehenes, su rechazo a las propuestas de prorrogar el alto el fuego y sus esfuerzos por rearmarse. Israel mató a más de 400 personas en el asalto inicial durante la noche e hirió a más de 500, masacrando e hiriendo a las personas mientras dormían. El ataque echó por tierra la segunda fase del acuerdo, que habría supuesto la liberación por parte de Hamás de los rehenes varones vivos restantes, tanto civiles como soldados, a cambio del intercambio de prisioneros palestinos y el establecimiento de un alto el fuego permanente, junto con el eventual levantamiento del bloqueo israelí de Gaza.

Israel lleva décadas llevando a cabo ataques mortíferos contra Gaza, calificando cínicamente los bombardeos de «segar el césped». Ningún acuerdo de paz o de alto el fuego ha supuesto nunca un obstáculo. Este no será una excepción.

Esta sangrienta saga no ha terminado. Los objetivos de Israel siguen siendo los mismos: el despojo y la eliminación de los palestinos de su tierra.

La única paz que Israel pretende ofrecer a los palestinos es la paz de los cementerios.

Foto de portada: El muro de las lamentaciones (por Mr. Fish).

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