Una enorme base aérea con un pequeño país adjunto

Juan Cole, TomDispatch.com, 14 octubre 2025

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Juan Cole, colaborador habitual de TomDispatch, es catedrático Richard P. Mitchell de Historia en la Universidad de Michigan. Es autor de The Rubaiyat of Omar Khayyam: A New Translation From the Persian y Muhammad: Prophet of Peace Amid the Clash of Empires. Su último libro es Peace Movements in Islam. Su galardonado blog es Informed Comment. También es miembro no residente del Center for Conflict and Humanitarian Studies de Doha y de Democracy for the Arab World Now (DAWN).

El nombramiento por parte de Donald Trump y Benjamin Netanyahu del ex primer ministro británico Tony Blair, cuyas manos ya están manchadas con la sangre de iraquíes inocentes, para dirigir Gaza tras la guerra, nos recuerda una época lejana en la que Londres enviaba a sus políticos como virreyes a sus dominios coloniales en todo el mundo. Consideremos el nombramiento propuesto de Blair, realizado (¡por supuesto!) sin consultar con ningún palestino, como una clara señal de que Oriente Medio ha entrado en una segunda era de imperialismo occidental. Aparte de Palestina, que ya ha sido sometida al colonialismo clásico, nuestro actual momento neoimperial se caracteriza por el uso que hace Estados Unidos de Israel como base en Oriente Medio y por el empleo del poder aéreo para someter a cualquier rival.

Enjambre

La extraña mezcla de estafadores, petroleros, financieros, mercenarios, nacionalistas blancos y sionistas cristianos y judíos que ahora presiden Washington, liderados por ese gran hotelero en jefe de tez anaranjada, ha convertido (con la ayuda de Alemania, Gran Bretaña y Francia) a Israel en una enorme base aérea con un pequeño país adjunto. Desde esa base aérea, un flujo constante de misiles, cohetes, drones y aviones de combate sale habitualmente en enjambre para atacar a los vecinos de la región.

Gaza ha sido reducida a escombros casi cada hora durante los últimos dos años, y sólo el primer mes podría haberse justificado plausiblemente como «autodefensa» tras el horrible ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023. Incluso la Cisjordania palestina, que ya se encuentra bajo el dominio militar israelí, ha sido atacada repetidamente desde el aire. El Líbano ha sido objeto de numerosos bombardeos a pesar del supuesto alto el fuego, al igual que Siria (a pesar de que su líder afirma que desea mantener buenas relaciones con su vecino). Yemen, que efectivamente ha lanzado misiles contra Israel para protestar por el genocidio en Gaza, ha sido ahora atacado sin cesar por los israelíes, que también arremetieron contra las instalaciones de enriquecimiento nuclear iraníes y otros objetivos el pasado mes de junio.

Algunos de los bombardeos israelíes o los ataques con misiles y drones fueron, en efecto, respuestas proporcionales a los ataques de los enemigos de ese país. Otros solo fueron necesarios debido a las provocaciones israelíes, incluidas sus atrocidades aparentemente interminables en Gaza, a las que los actores regionales se han visto obligados a responder. Sin embargo, muchos de los ataques israelíes han tenido poco o nada que ver con la autodefensa, ya que a menudo se han dirigido contra objetivos civiles o contra lugares como Siria, que no suponen una amenaza inmediata. El 9 de septiembre, Israel incluso bombardeó Catar, el país al que sus líderes habían pedido ayuda para negociar con Hamás la devolución de los rehenes israelíes secuestrados el 7 de octubre.

En resumen, lo que estamos viendo ahora es la versión israelí del colonialismo aéreo.

Como es habitual, sus aviones de combate bombardearon la capital yemení, Saná, el 28 de agosto, asesinando al primer ministro del norte de Yemen, Ahmed al-Rahwi, junto con varios altos cargos del Gobierno hutí de la región y numerosos periodistas. (Los funcionarios israelíes se habían jactado con anterioridad de que podrían haber matado a los principales líderes de Irán en la guerra de 12 días que libraron contra ese país en junio).

En realidad, Tel Aviv está configurando ahora los gobiernos de Oriente Medio simplemente eliminando a sus funcionarios de la faz de la tierra o amenazando de forma creíble con hacerlo. Israel también ha tenido una inquietante influencia en la configuración de la percepción exterior de los acontecimientos en la región mediante el asesinato regular de periodistas, no sólo en Palestina, sino también en el Líbano y en lugares tan lejanos como Yemen. Sin embargo, al no haber logrado someter por completo a la región, lo que Tel Aviv ha creado es una versión negativa de la hegemonía, en lugar de alcanzar cualquier tipo de liderazgo positivo.

Imperialismo negativo

El bombardeo masivo de Irán por parte de Israel y Estados Unidos en junio, que destruyó las instalaciones civiles de enriquecimiento nuclear de Natanz y Fordow, se produjo en medio de las negociaciones diplomáticas en curso en Omán. Como signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear, Irán tiene derecho a enriquecer uranio para usos civiles y no se presentó ninguna prueba creíble de que Teherán hubiera decidido militarizar su programa. La Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) condenó ambos ataques como graves violaciones de la Carta de las Naciones Unidas y de sus propios estatutos. También plantearon preocupaciones de salud pública, principalmente debido a la liberación de sustancias químicas potencialmente tóxicas y contaminantes radiológicos.

En resumen, esos ataques tenían como objetivo negar a Irán el tipo de empresas económicas y científicas que forman parte de la vida cotidiana en Israel y Estados Unidos, así como en Brasil, China, Francia, Alemania, India, Japón, Países Bajos, Pakistán, Rusia y Reino Unido. Por supuesto, varios de esos países (como Israel) también poseen armas nucleares, mientras que Irán no. Al final, Teherán no vio ningún beneficio en el acuerdo nuclear de 2015 que sus líderes habían acordado y que le obligaba a paralizar el 80% de su programa de enriquecimiento nuclear civil. De hecho, el presidente Trump castigó funcionalmente a los dirigentes iraníes por cumplirlo cuando impuso sanciones de máxima presión en mayo de 2018, sanciones que la administración Biden ha mantenido en gran medida y que siguen vigentes hasta hoy.

Esos peligrosos e ilegales ataques aéreos contra Irán deberían recordar la resistencia británica y rusa del siglo XIX a la construcción de un ferrocarril por parte de la dinastía Qajar de Irán, una forma de lo que he llegado a considerar como «imperialismo negativo». En otras palabras, contrariamente a las teorías clásicas del imperialismo que se centraban en el dominio de los mercados y la extracción de recursos, algunas estrategias imperiales siempre han tenido como objetivo impedir el funcionamiento de los mercados para mantener en estado de debilidad a la nación víctima.

Después de todo, Irán tiene pocas vías navegables y su economía ha sufrido durante mucho tiempo dificultades de transporte. La solución obvia en su momento era construir un ferrocarril, algo a lo que tanto los británicos como los rusos se opusieron por su deseo de mantener ese país como zona tampón débil entre sus imperios. De hecho, Irán no tuvo un ferrocarril hasta 1938.

De forma similar, el imperialismo aéreo del siglo XXI le está negando la capacidad de producir combustible para su central nuclear de Bushehr. Estados Unidos, Europa e Israel tratan a Irán de manera diferente a muchos otros países en este sentido debido al rechazo de su Gobierno al orden imperial impuesto por Occidente en la región.

Los movimientos populares y las revueltas pusieron fin a las largas décadas de dominio colonial británico y francés en Oriente Medio después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la desaparición del colonialismo y el auge de los Estados-nación independientes nunca fue realmente aceptada por los políticos de la derecha, ni en Europa ni en Estados Unidos, que no tenían ningún interés en afrontar los horrores de la era colonial. En cambio, prefirieron ignorar la historia, incluyendo el comercio de esclavos, el saqueo económico, el desplazamiento o la masacre de poblaciones indígenas, la mala gestión de las hambrunas y las formas de apartheid racista. Peor aún, el deseo de una historia edulcorada de la era colonial a menudo iba acompañado de la determinación de volver a repetir todo ese experimento mortal.

Los artífices de la malograda guerra global contra el terrorismo en Afganistán e Iraq durante la administración del presidente George W. Bush celebrarían abiertamente lo que, en la práctica, era el regreso del colonialismo occidental. Intentaron aprovechar el momento en que Estados Unidos era una hiperpotencia (sin la competencia de otras grandes potencias tras la caída de la Unión Soviética en 1991) para intentar recolonizar el Gran Oriente Medio.

Como era de esperar, fracasaron estrepitosamente. A diferencia de sus antepasados del siglo XIX, los habitantes del sur global son ahora en su mayoría urbanos y alfabetizados, están conectados por los periódicos e Internet, organizados por partidos políticos y organizaciones no gubernamentales, y poseen capital, recursos y armamento sofisticado. La colonización directa sólo podría lograrse ahora mediante actos verdaderamente genocidas, como sugieren las acciones de Israel en Gaza, e incluso así sería poco probable que tuviera éxito.

«Destruimos las aldeas con patrullas aéreas»

No es de extrañar que las potencias imperiales hayan vuelto a recurrir al dominio indirecto mediante bombardeos aéreos. El uso del poder aéreo para intentar someter o, al menos, frenar a los habitantes de Oriente Medio tiene, de hecho, más de un siglo de antigüedad. El Gobierno del primer ministro italiano Giovanni Giolitti inauguró esa táctica durante la invasión y ocupación de la Libia otomana por parte de su país en 1911. El piloto de vigilancia aérea, el teniente Giulio Gavotti, colocó detonadores en granadas de dos libras y las lanzó sobre los campamentos enemigos. Aunque no causó heridos, su acto, considerado entonces como astuto y poco caballeroso, provocó indignación.

La despiadada subyugación británica de Palestina, cuyo objetivo era —y esto debería resultarnos inquietantemente familiar hoy en día— desplazar a la población indígena y establecer allí un «Ulster judío» europeo para reforzar el dominio británico en Oriente Medio, también recurrió al poder aéreo. Como observó el parlamentario irlandés Chris Hazzard, «Herbert Samuel, odiado en Irlanda por sancionar la ejecución de Roger Casement y el internamiento de miles de personas tras el Alzamiento de Pascua de 1916, ordenaría, como primer alto comisionado británico en Palestina, el bombardeo aéreo indiscriminado de los manifestantes palestinos en 1921 (las primeras bombas lanzadas desde el cielo sobre civiles palestinos)».

Sin embargo, el uso más extenso del bombardeo aéreo para el control imperial lo llevarían a cabo los británicos en Mesopotamia, a la que llamaban despectivamente «Mespot». La frágil ocupación británica de lo que hoy es Iraq, entre 1917 y 1932, terminó mucho antes de lo que pensaban imperialistas como el entonces secretario de Estado para la Guerra, el Aire y las Colonias, Winston Churchill, en gran parte porque la población local armada opuso una vigorosa resistencia. La población británica, cansada de la guerra, se mostró reacia a soportar los costes de un gran ejército de ocupación en la década de 1920, por lo que Churchill decidió utilizar la Royal Air Force para mantener el control.

Arthur «Bomber» Harris, un colono de la Rodesia colonial, se alistó en la Fuerza Aérea Británica durante la Primera Guerra Mundial y fue enviado a Iraq. Según escribió: «Nos equiparon con aviones Vickers Venon y, posteriormente, con aviones Victoria… Al hacer un agujero de observación en la parte delantera de nuestros aviones de transporte de tropas y fabricar nuestros propios soportes para bombas, los convertimos en lo que fueron prácticamente los primeros bombarderos pesados de largo alcance de la posguerra». No intentó adornar sus tácticas: «Si la rebelión continuaba, destruíamos las aldeas y, mediante patrullas aéreas, manteníamos a los insurgentes alejados de sus hogares durante el tiempo que fuera necesario». Eso, según explicó, era mucho menos costoso que utilizar tropas y, por supuesto, no producía el elevado número de bajas de infantería que había marcado la conciencia de Europa durante la Primera Guerra Mundial.

Los funcionarios coloniales ocultaron el hecho de que esas medidas se estaban tomando contra la población civil en tiempos de paz, y no contra soldados enemigos durante una guerra. En resumen, la negación de que haya civiles en Palestina, o en Oriente Medio en general, tiene una larga tradición colonial. Sin embargo, cabe señalar que, al final, el dominio aéreo de Gran Bretaña sobre Iraq fracasó y finalmente tuvo que conceder a ese país lo que al menos se consideraba independencia en 1932. En 1958, una población enfurecida acabó derrocando violentamente al Gobierno que los británicos habían instalado allí, tras lo cual Iraq se convirtió en un rival nacionalista del dominio occidental en la región durante las décadas siguientes.

Por supuesto, la estrategia aérea de Harris, perfeccionada en Mesopotamia, acabó afectando a la propia Europa durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se convirtió en comandante en jefe del Mando de Bombarderos y ascendió al rango de mariscal jefe del aire. Entonces sería pionero en la táctica de bombardear masivamente ciudades civiles, comenzando con el ataque de «mil bombarderos» sobre Colonia en mayo de 1942. Su campaña aérea de «guerra total» culminaría, por supuesto, en el famoso bombardeo incendiario de Dresde en 1945, que devastó ocho millas cuadradas de la «Florencia de Alemania» y se cobró al menos 25.000 víctimas, la mayoría de ellas no combatientes.

Terror desde los cielos

Al final, la forma en que los cielos mortíferos del bombardero Harris llegaron a Europa debería ser una lección para nuestros propios neoimperialistas. En este mismo momento, de hecho, Europa se enfrenta a drones amenazantes no menos que Oriente Medio. Además, a diferencia del liderazgo internacional genuino, el monstruo de Frankenstein de la hegemonía negativa en Oriente Medio sólo suscita oposición y resistencia. A pesar de la superioridad tecnológica de Israel, apenas ha logrado la invulnerabilidad. Yemen, un país asolado por la pobreza y la guerra, ha conseguido, por ejemplo, cerrar prácticamente el vital mar Rojo al tráfico marítimo internacional para protestar por el genocidio en Gaza y ha atacado a Israel con misiles hipersónicos, cerrando el puerto de Eilat. Tampoco Irán se mostró totalmente indefenso durante su guerra de doce días. Destruyó la principal refinería de petróleo de Israel y atacó instalaciones militares y de investigación clave. En lugar de sacudir al Gobierno iraní, Israel parece haber empujado a los iraníes a unirse en torno a la bandera. Tampoco está claro que las reservas de uranio altamente enriquecido de Irán se hayan visto afectadas.

Lo más concluyente de todo es que la capacidad de Israel para infligir atrocidades a los palestinos de Gaza (a menudo con armamento suministrado por Estados Unidos) ha provocado una repulsa generalizada. Ahora está cada vez más aislado, y su primer ministro ni siquiera puede sobrevolar Francia y España por temor a una orden de detención de la Corte Penal Internacional. La opinión pública de Oriente Medio está furiosa, al igual que muchos europeos. A principios de octubre, los principales sindicatos italianos convocaron una huelga general, que prácticamente paralizó el país, para protestar por la interceptación por parte de Israel de la Flotilla Global Sumud, un grupo de barcos que intentaban llevar ayuda humanitaria a Gaza. Al igual que la desafortunada dominación de Irak por parte del bombardero Harris, es muy probable que el terror desde el cielo en Gaza y más allá fracase como gran estrategia a largo plazo.

Voces del Mundo

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