Greta Thunberg no necesita un Premio Nobel, ella es todo lo que este premio ha olvidado

Aysia A. Zaharin, Middle East Monitor, 20 octubre 2025

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Aisya A. Zaharin es investigadora de doctorado y una galardonada defensora de los derechos humanos y miembro del Comité Asesor de Expertos en Diversidad de Género de la Comisión Australiana de Derechos Humanos.

En un mundo que otorga el Premio Nobel de la Paz a los agentes de la agenda geopolítica de Washington, tal vez sea hora de que dejemos de adularlo como si fuera la cúspide de la justicia. Dejemos de proponer a Greta Thunberg para un premio que confunde la legitimidad moral con el aplauso liberal. Greta, y todas las feministas interseccionales que se niegan a doblegarse ante el poder, merecen mucho más que este trofeo colonial.

El Comité Nobel hace tiempo que dejó de ocuparse de la paz y se ha convertido en un escenario en el que Occidente se felicita a sí mismo por la violencia que disfraza de virtud. Desde el rey de la guerra con drones, Barack Obama, hasta Aung San Suu Kyi, cuyas manos están manchadas con la sangre de los rohingya, pasando ahora por María Corina Machado, el premio siempre sirve como un sello dorado de la supremacía moral occidental.

Machado no es una heroína de la democracia. Es una funcionaria del imperialismo estadounidense, que recibe dinero de Estados Unidos a través del proyecto Súmate, trama golpes de Estado y pide la intervención extranjera para derrocar a su Gobierno. La ayuda exterior nunca debe venir acompañada de condiciones imperiales; la industria de la ayuda global ha sido criticada desde hace mucho tiempo como una extensión de la «misión civilizadora» del colonialismo. Al recibir el premio, agradeció a Donald Trump y al movimiento MAGA por su apoyo, revelando con precisión dónde residen sus lealtades. Reconocer la resistencia legítima es muy diferente a celebrar una oposición segura que juega según las reglas imperiales.

En este teatro moral imperial, la resistencia de Greta nos recuerda que la paz no puede ser impuesta por aquellos que se benefician de la guerra, sino construida por aquellos que se atreven a desenmascarar a sus protagonistas. Su poder no se mide en medallas o aplausos, sino en el temblor que provoca en un mundo construido sobre la negación.

En el momento en que conectó los puntos entre el colapso ecológico y la extracción y explotación imperial, de repente se volvió demasiado incómoda para los medios de comunicación occidentales. Los mismos medios que una vez la aclamaron como el «icono global» y la conciencia de una generación, ahora la difaman como divisiva e incluso peligrosa. Forbes lamentó que su «Stand With Gaza» (Apoya a Gaza) ponga en peligro la «neutralidad» y sea «un problema para el movimiento climático».

Pero Greta entendió lo que más temen, que todas las opresiones están conectadas y que no se puede salvar el planeta sin enfrentarse al imperio. Su negativa a separar la justicia planetaria de la justicia humana es lo que hace que su feminismo sea íntegro y poderoso.

El Premio Nobel de la Paz como trofeo colonial

Desde sus orígenes en una cosmovisión eurocéntrica y colonial, el Premio Nobel de la Paz nunca se creó con fines liberadores.  Recompensa a quienes hacen que la disidencia sea aceptable para el imperio, no a quienes lo desmantelan. Barack Obama lo recibió mientras expandía la guerra con drones por Asia Occidental y el norte de África. La Unión Europea fue celebrada en medio de sus fronteras militarizadas y las muertes de refugiados en el mar. Henry Kissinger fue alabado por sus esfuerzos «diplomáticos», desde el apoyo a los golpes de Estado en Chile y Argentina, hasta la guerra en Camboya, Vietnam y Bangladesh, y la protección de la ocupación israelí en Palestina. ¿Y realmente debemos dignificar el mismo premio que también nominó al presidente Trump y a Daniella Weiss, una líder colonizadora que alimenta la violencia del apartheid en Palestina?

Luego tenemos a Malala Yousafzai, ganadora del Premio Nobel de la Paz en 2014. ¿Quién hubiera pensado que la joven que fue brutalmente agredida por querer recibir una educación acabaría siendo reescrita en la coreografía de la virtud del imperio? Detrás de la imagen benéfica de USAID se esconde un sistema extractivo que enmascara la explotación con compasión, suavizando la brutalidad del imperio sin cuestionarla nunca. Al fin y al cabo, la ayuda y el imperio son simbióticos: cada uno sostiene la ilusión de la benevolencia del otro. Así que cuando el momento exigía coraje moral, cuando Gaza ardía, cuando la maquinaria imperial se volvió contra otros cuerpos morenos, Malala no dijo ni una sola palabra; no hasta que finalmente vio que la marea estaba cambiando, sin dejar de besar la mano del imperio.

Como nos recuerdan Chandra Mohanty (en Feminism without Borders) y María Lugones (en Coloniality of Gender), el feminismo occidental universaliza con demasiada frecuencia la condición de mujer, al tiempo que borra las jerarquías coloniales que conforman nuestras vidas. Exige progreso sin descolonización. Homi Bhabha denomina a esta actuación «mímica colonial»: por la que a los subalternos se les permite representar el dolor y la resistencia, pero sólo en la medida en que halagan las fantasías occidentales de liberación. Según esta lógica, la mujer «liberada» se convierte en un símbolo de la civilidad del imperio, una prueba de que el sistema funciona si se siguen sus reglas.

En la crítica poscolonial de la representación, Judith Butler explica cómo el imperio apoya a las mujeres «aceptables» de las naciones ocupadas del Sur Global, convirtiéndolas en chicas de póster del progreso. Desde Malala en Pakistán hasta María Corina Machado en Venezuela, estas figuras son seleccionadas, elegidas no porque desafíen al poder, sino porque lo hacen parecer benevolente.

El núcleo imperial del feminismo liberal

El feminismo liberal es el capitalismo de la política de género. Vende el empoderamiento como un estilo de vida, no como una liberación. Exige igualdad dentro del patriarcado, pero no libertad respecto a él. Celebra a las mujeres que se adaptan a la opresión en lugar de desmantelarla. Desde Malala Yousafzai hasta Taylor Swift, y ahora María Machado, el feminismo liberal ha dominado el arte de convertir la liberación en «poder blando». Nos dice que la igualdad se logra cuando una mujer llega a la sala de juntas, al escenario o a la Casa Blanca. Pero ¿de qué sirve la igualdad dentro de un sistema diseñado para oprimir? Un asiento en la mesa no significa nada cuando la mesa misma se basa en la explotación.

Este feminismo, el feminismo corporativo de Swift, la diplomacia pulida de Malala, la alineación imperial de Machado, es el que más le gusta al patriarcado: visible, adorado, dócil y seguro. El patriarcado ya no necesita castigar a las mujeres, simplemente se alía con aquellas que le siguen el juego. Swift se beneficia del lenguaje de la liberación de la mediocridad blanca, que rara vez va más allá de la feminidad estereotipada, y sin tener que arriesgar nunca la comodidad que le proporciona. Su silencio sobre Palestina, Sudán y la violencia sistémica es el resultado natural de un feminismo superficial diseñado para calmar sin revolucionar.

Pero la verdadera igualdad nunca llegará a través del feminismo liberal. El problema no es sólo que las mujeres no ocupen puestos de poder. El problema es que el propio sistema, el patriarcado, el colonialismo, el imperialismo y el capitalismo, está estructurado para producir desigualdad. Y el feminismo liberal no exige su desmantelamiento; se limita a pedir que se permita a las mujeres formar parte de él. El resultado: sólo un puñado de mujeres, entre ellas muchas mujeres blancas, ascienden y parecen poderosas, mientras que el resto permanece atrapado bajo opresiones entrecruzadas.

Greta, en cambio, el feminismo radical e interseccional sigue siendo peligroso precisamente porque se niega a ser consumido. Ella entiende lo que el feminismo liberal se niega a ver: que la crisis de género es inseparable de las crisis del capitalismo, el colonialismo y el clima. Su ira no puede ser domada, su política no puede ser suavizada y su claridad moral se niega a encajar en la coreografía de la virtud del imperio.

Solidaridad, interseccionalidad y verdadera resistencia feminista

El feminismo interseccional exige que veamos no sólo el género, sino también la raza, la clase, la colonialidad, la geografía y la capacidad. Exige que nos centremos en las personas más perjudicadas, las más marginadas: las mujeres de Gaza, Sudán y Siria; las mujeres discapacitadas; las mujeres indígenas; las mujeres trans; las trabajadoras sexuales; las mujeres migrantes y desplazadas por la fuerza; las mujeres que viven en entornos destruidos por la minería y el colapso climático. Exige que desafiemos el sistema, no sólo ver quién consigue entrar en sus salas.

Las feministas imperiales liberales pueden quedarse con Taylor Swift. Pueden quedarse con Malala. Quédense con el Premio Nobel y sus galardonados financiados por la CIA. Pero las personas con conciencia elegimos a Greta, Francesca Albanese, Huwaida Arraf, Bisan, Abby Martin y todas las demás feministas que desafían el poder imperial. Un feminismo que arriesga la seguridad. Un feminismo que no sólo pide igualdad dentro de sistemas construidos sobre la opresión, sino libertad frente a ellos. El feminismo transicional que establece vínculos entre el clima y el capitalismo, el género y el imperio, la justicia y la solidaridad, al tiempo que desmantela estos poderes opresivos. No necesitan un Premio Nobel para demostrar el valor de su resistencia. Su poder reside en su negativa a ser compradas, embellecidas o absorbidas por el imperio. Encarnan lo que el premio ha olvidado: la claridad moral, el riesgo y la solidaridad más allá de las fronteras. Porque cuando sólo elogiamos a aquellas mujeres que están alineadas con el poder o son toleradas por él, reforzamos las mismas estructuras que perjudican a la mayoría de las mujeres.

En un orden mundial que recompensa la complicidad y castiga la conciencia, lo más radical que puede ser una mujer es estar enfadada sin complejos y no estar dispuesta a actuar para obtener la aprobación y el aplauso de los opresores.

Sed como Greta. Sed ingobernables. Sed resueltas. Resistir es existir.

Foto de portada: La activista sueca Greta Thunberg, que formaba parte de la Flotilla Global Sumud, llega al Aeropuerto Internacional Eleftherios Venizelos, en Atenas, Grecia, el 6 de octubre de 2025, tras ser liberada de su detención en Israel [Costas Baltas – Agencia Anadolu].

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