Las verdaderas amas de casa de Moscú

Julia Ioffe, The New Yorker, 19 octubre 2025

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Julia Ioffe es una periodista estadounidense nacida en Rusia. Sus artículos han aparecido en The Washington Post, The New York Times, The New Yorker, Foreign Policy, Forbes, Bloomberg Businessweek, The New Republic, Politico y The Atlantic.

Conocí a Alina Rotenberg en el verano de 2012. A sus treinta y seis años, ya no estaba casada, pero su apellido lo decía todo en Moscú: su exmarido, Igor, era hijo de Arkady Rotenberg, uno de los amigos de la infancia y compañeros de judo de Vladimir Putin. Había muchas mujeres como Alina en Moscú. Eran hermosas, con su piel bronceada y su ropa ostentosamente lujosa que anunciaba su riqueza. Pero, para la ciudad que las rodeaba, sólo eran hermosas a pesar de: a pesar de haber sido rechazadas, a pesar de ser consideradas viejas a los treinta y tantos años, a pesar de tener todo un «carácter» —el equivalente ruso de «difícil».

Después de que Putin fuera elegido presidente en 2000, se dedicó a crear una nueva clase oligárquica, repartiendo jugosos contratos sin licitación entre viejos amigos o miembros de la jerarquía gubernamental. Así fue como Arkady Rotenberg, el antiguo suegro de Alina, se convirtió en multimillonario. La nomenklatura postsoviética no era tan diferente de la que sustituyó, y eso fue intencionado. Putin se había unido al KGB durante el mandato de Leonid Brezhnev, en los años setenta, y, tras haber utilizado su estructura de poder para alcanzar los escalones más altos del país, estaba encantado de reproducirla. Volvieron las villas y los apartamentos, los chóferes y las amantes envueltas en lujos extranjeros. Esta vez, sin embargo, fue a una escala completamente diferente. Ahora Rusia tenía acceso a los mercados mundiales, una bendición para sus exportaciones y para el insaciable apetito de sus élites por los bienes inmuebles y los productos de alta gama. Entre las mujeres rusas existía un deseo desesperado por lanzarse a esa estratosfera dorada, lo cual sólo podía lograrse atrapando a un hombre que se moviera en esos círculos.

En la constelación de la aristocracia putinista, el apellido de Alina era una medida de lo alto que había llegado y de lo bajo que había caído. Llegó a nuestra reunión en un Audi coupé blanco, su coche de verano, según me dijo. (Un Range Rover Sport era su carroza preferida para el invierno). Era una mujer llamativa, con el pelo oscuro y expertamente rizado cayéndole sobre los hombros. Su muñeca estaba adornada con un Rolex, y su cuello y lóbulos de las orejas con diamantes y perlas. Era una tarde calurosa de finales de verano, pero para una antigua duquesa del nuevo imperio ruso no había que escatimar en ceremonias.

En cierto modo, la historia de Alina podría haber sido la mía. Las dos procedíamos de familias judías soviéticas, la tercera generación de mujeres nacidas en un experimento social radical que comenzó cuando los bolcheviques tomaron el poder y se propusieron acabar con la familia burguesa tradicional. Vladimir Lenin creía que esas familias eran una prisión para las mujeres, y a sus compañeras revolucionarias —entre ellas, su esposa, Nadezhda Krupskaya; su amante, Inessa Armand; y su aliada, Alexandra Kollontai— se les asignó la tarea de liberarlas de ella. Kollontai, que fue la primera mujer ministra del mundo, supervisó las reformas más radicales. En 1918, las mujeres soviéticas obtuvieron el derecho a la educación superior, la igualdad salarial, el divorcio civil sin culpa y la manutención de los hijos (incluidos los niños nacidos fuera del matrimonio), baja por maternidad remunerada y acceso gratuito a hospitales maternales. En 1920, la Unión Soviética legalizó el aborto. Cuando nacieron mi madre y la de Alina, el analfabetismo femenino, habitual en la Rusia imperial, había sido prácticamente erradicado. Cuando Alina y yo nacimos, las mujeres constituían más de la mitad de la población activa soviética y el setenta por ciento de los médicos del país. En familias como la nuestra, se esperaba que las niñas fueran a la universidad y trabajaran. Era algo que se daba por sentado.

Alina nació en Lvov, en la Ucrania soviética, y emigró a Israel en su adolescencia, cuando la URSS se estaba desintegrando. En Israel, se licenció en Psicología y Sociología por la Universidad de Tel Aviv, y luego se trasladó a Inglaterra, donde estudió Psicología Organizacional en la London School of Economics. En Londres, se codeaba con un grupo de mujeres como ella: veinteañeras inteligentes y cultas que trabajaban en el sector financiero como banqueras de inversión y consultoras.

En 2001, siguió a su novio ruso a Moscú. Después de haber crecido rodeada de las duras mujeres de Israel y las emancipadas damas de Londres, le sorprendieron las prioridades de las mujeres rusas. «Las veo mucho en el gimnasio, esas mariposas de un solo día tan evidentes», me dijo Alina. «Pelo largo y peinado, muy delgadas. Son chicas físicamente muy atractivas, normalmente sin estudios y procedentes de fuera de la ciudad. Un día las ves llegar de repente en un Bentley y piensas: «Vale, lo ha conseguido»». Estas eran las chicas ante las que Alina se veía perdiendo, una y otra vez, en la feroz batalla de la ciudad por los hombres.

Finalmente dejó a su novio, comenzó a trabajar para un oligarca y, en 2003, se casó espectacularmente bien, con Igor Rotenberg. A medida que la riqueza de su padre crecía, prepararon a Igor como heredero suyo y se le entregaron contratos estatales. Pero Alina parecía no poder entender la dinámica matrimonial. «Tuvimos una relación muy buena durante mucho tiempo, hasta que mi carrera despegó y empecé a competir con él por la atención», dijo. Había dejado su trabajo en la empresa y, como tantas otras esposas de la élite, había montado un negocio de decoración de interiores. Ella pensaba que ahora había dos empresarios en la familia, pero su marido no lo veía así. Incluso cuando la fortuna de Igor crecía, me contó Alina, ella seguía señalando sus logros y la falta de ellos por parte de él. Ella se había educado en el extranjero en prestigiosas universidades; él había ido a la Universidad Estatal de Educación Física de San Petersburgo. Ella era sofisticada; él era un deportista. «Todo el mundo lo miraba con adoración y yo no dejaba de sermonearlo», dijo. «En algún momento, él simplemente se hartó». Se divorciaron en 2009.

«Fue culpa mía», concluyó Alina. Si pudiera volver atrás, lo cambiaría todo. «Hay que proteger el ego masculino con mucho cuidado», explicó. «Es una ilusión pensar que un hombre necesita una mujer excepcional. Necesita una mujer con la que se sienta excepcional». Desde entonces, Igor se había vuelto a casar con una mujer que Alina consideraba de «dudosa composición interna». Y, sin embargo, «con ella, él se siente un gran hombre», dijo. «Antes no lo entendía. Siempre pensé que él se alegraría de mi éxito, que diría: ‘Esta es mi perra. Estoy muy orgulloso de ella. Soy su dueño’. Pero no es así en absoluto».

De hecho, dijo Alina, ninguno de los hombres ultra ricos de su círculo se había casado con mujeres educadas y profesionales como ella. Se casaban con mujeres como la segunda esposa de Igor. Dos años después de que Alina e Igor se casaran, el padre de Igor, Arkady, se casó con una rubia oxigenada de veinticuatro años llamada Natalia. Era profesora de baile y procedía de Kurgan, una zona empobrecida situada más allá de los Urales. Natalia había pasado de vivir en un edificio de apartamentos destartalado a las mansiones de Moscú y Londres de uno de los hombres más ricos del mundo. Para sorpresa de Alina, Natalia, que era cinco años más joven que ella, nunca parecía acomplejada por sus orígenes. «Está absolutamente convencida de que se lo merece todo», dijo Alina. «Una vez alguien le preguntó si alguna vez había imaginado que tendría un yate de cien metros, y ella respondió: «Sí». ¿Cómo? ¿Cómo lo imaginó? Proviene de una familia con muchos, muchos hijos, y todos vivían en un apartamento diminuto». Alina me contó que, cada vez que Natalia llamaba a su marido, Arkady siempre contestaba el teléfono, incluso cuando estaba en una reunión con Putin.

Como observadora experta en psicología, Alina había tomado nota cuidadosamente de las estrategias que parecían funcionar con estas jóvenes tan ágiles como gacelas. Por ejemplo: «Un hombre valora mucho más a una mujer si ella le está constantemente sacándole regalos», dijo, ‘y la valora mucho más que a la mujer que dice: «No, no, no, no necesito nada’». ». Alina acunó su taza de té, medio asombrada. «De esta manera lo consiguen todo», dijo. «Creo que estas cosas se deberían explicar a las niñas desde pequeñas. Es muy importante. Y no importa si la niña es inteligente o no, porque puedes tener una chica que vaya a la universidad, obtenga un doctorado y tenga un gran éxito, pero que luego pierda frente a estas jóvenes guapas que le quitarán a su marido antes de que pueda contar hasta tres».

Sentirse superior a estas mujeres, me advirtió Alina, era un consuelo tonto. «Todo el mundo se burla de ellas porque van por ahí con bolsos de diseño con cierres de diamantes, pero las cosas les van muy bien», dijo, sacudiendo la cabeza. «Son geniales. Absolutamente geniales».

Unos meses más tarde, en una fresca tarde de septiembre, me senté con las piernas cruzadas junto a una docena de mujeres en el suelo de la Academia de la Vida Privada, justo al lado de la calle Aleksandr Solzhenitsyn. Nuestra profesora era Olga Kopylova, una psicóloga de mediana edad con el pelo rubio y corte bob. «Un hombre no va donde le regañan, no va donde le menosprecian, sino donde le dicen que es excepcional, el emperador divino, la luz de la ventana», dijo Kopylova. La Academia de la Vida Privada celebraba una jornada de puertas abiertas, y Kopylova y sus compañeros instructores estaban allí para explicar cómo estas ocupadas mujeres moscovitas podían encontrar la felicidad en sus vidas personales.

No era tarea fácil. Durante la Segunda Guerra Mundial, murieron unos veintisiete millones de soviéticos, la mayoría de ellos hombres en edad reproductiva. Con la esperanza de reconstruir y repoblar el país, Nikita Khrushchev animó a las mujeres a casarse y tener tantos hijos como fuera posible, pero no quedaban hombres con quienes casarse. Los que habían logrado regresar de la guerra a menudo volvían heridos, tanto física como psicológicamente. A estos hombres también se les animaba a casarse y a permanecer casados. El divorcio se volvió mucho más difícil de obtener. Como resultado, millones de mujeres tuvieron que conformarse con tener hijos con hombres casados con otras mujeres, algo que el Estado respaldaba. En el siglo XXI, la población masculina se había recuperado hacía tiempo, pero seguía existiendo una sensación, rayana en el pánico, de que los hombres buenos —solteros, decentes y con trabajos bien remunerados— eran una especie en peligro de extinción. Como me dijo una amiga rusa: «Los hombres son como los baños públicos: o están pillados o están llenos de mierda».

Muchas mujeres rusas sentían el paso del tiempo con intensidad, como si supieran al segundo cuánto tiempo les quedaba hasta que su belleza física —su principal activo, su principal baza— dejara de ser competitiva en un mercado despiadado. Hasta entonces, sacaban partido de lo que la naturaleza les había dado, invirtiendo todo lo que podían en ropa, maquillaje y tratamientos de belleza. (Las mujeres de Moscú me preguntaban a menudo por qué sus homólogas estadounidenses «no se cuidaban».) Durante la crisis financiera de 2008, Rusia fue el país del G-20 más afectado por el colapso económico y, sin embargo, las ventas de cosméticos no se vieron afectadas. Los políticos rusos, normalmente hombres, solían alabar a las mujeres rusas como las más bellas del mundo, como si fueran, al igual que el petróleo y el gas, otro recurso natural que explotar en la marcha del país hacia el estatus de superpotencia.

Entre ellas, las mujeres rusas competían ferozmente por el compromiso masculino, un bien aún más escaso que los propios hombres. Esperar que un hombre fuera fiel en el matrimonio se consideraba puritano y poco realista; la infidelidad era simplemente la naturaleza de los hombres, decían las mujeres, dando a entender que, en este país que en su día había desviado ríos salvajes y secado mares enteros, la naturaleza de los hombres era inmutable. En todo caso, tener amantes era un símbolo de estatus: ¿a cuántas mujeres (e hijos ilegítimos) podía permitirse mantener un hombre? Un banquero de Moscú que conocía, que estaba en su tercer matrimonio a los treinta y seis años, me habló de un proyecto inmobiliario que su banco estaba pensando financiar: una comunidad cerrada de élite con casas de diez millones de dólares en el centro, para las esposas y los hijos legítimos, rodeada por un anillo de casas más pequeñas y humildes, con un valor aproximado de dos millones cada una, para las amantes y sus hijos ilegítimos. Esto sería más conveniente para todos, explicó el banquero, quien me contó que siempre se iba de vacaciones con su esposa, sus dos exesposas y todos sus hijos, a pesar de que cada una de sus sucesivas esposas había comenzado como amante.

Y, sin embargo, a pesar del mísero y provisional premio al final de esta carrera, era una carrera que las mujeres rusas nunca dejaban de correr: primero para ganarse un marido, luego para defenderse de las otras mujeres que seguramente tramaban quitárselo. La Academia de la Vida Privada se creó para satisfacer esta demanda, que era en sí misma una consecuencia del fracaso del experimento feminista soviético. A finales de los años ochenta, las mujeres soviéticas estaban acostumbradas a volver a casa después de una agotadora jornada laboral para llevar hogares sin mecanizar y buscar alimentos y ropa, cada vez más escasos, para sus hijos, que eran principalmente su responsabilidad. Estas mujeres, en palabras de la historiadora Greta Bucher, «tenían que desempeñar cada uno de sus roles —trabajadora, madre y ama de casa— como si fuera su única ocupación». Y como si fuera una ocupación sólo de ellas.

El colapso de la Unión Soviética, en 1991, no hizo más que acentuar sus dificultades. Ante el hambre, la inestabilidad y los salarios que no se pagaban durante meses, hombres y mujeres respondieron de manera diferente. Millones de hombres rusos, reacios a aceptar trabajos de menor categoría, se tumbaron en el sofá y se dedicaron a beber. Las mujeres, por su parte, ocuparon el vacío dejado por ellos. Antiguas directoras de colegio fregaban retretes; físicas se convertían en cajeras. A medida que sus maridos se alejaban —y las tasas de divorcio se disparaban—, las mujeres hacían lo que fuera necesario para alimentar a sus familias. Todo ello hizo que muchas de ellas soñaran con ser amas de casa, mantenidas y protegidas por un hombre rico y masculino. Como argumentó Elena Zdravomyslova, socióloga y académica feminista de San Petersburgo, en lo que respecta a la maternidad y la carrera profesional, la liberación de las mujeres de la «doble carga» puede «considerarse, al menos en parte, como una liberación de las mujeres».

Este nuevo ideal, que Zdravomyslova denominó «patriarcado civilizado», ofrecía a la mujer rusa muchas ventajas, siendo la principal de ellas la posibilidad de elegir. En teoría, podía quedarse en casa o podía trabajar por placer y para realizarse personalmente. Podía tomar las decisiones reproductivas mientras su marido ganaba el dinero, lo que la protegía de la dura realidad del mundo laboral ruso. Una familia con un único sostén económico es «lo que todos sueñan aquí, porque nunca lo han tenido», dijo Zdravomyslova. Cien años después de que Kollontai y Lenin criticaran el matrimonio tradicional motivado por razones económicas, este se había convertido en la fantasía definitiva de las mujeres.

En la Academia de la Vida Privada, Kopylova explicó cómo se podía cumplir esa fantasía. Según Kopylova, todas las mujeres pasaban por cuatro etapas: la niña pequeña, la seductora, la reina y la khozayka, o ama de casa. Kopylova preguntó a sus alumnas qué significaba que un hombre dejara de hacerles regalos. «Significa que el estado de niña pequeña está sufriendo, que la niña no está lo suficientemente presente», declaró. «Porque la niña mueve al hombre a la acción, a hazañas de caballerosidad». O, preguntó Kopylova, ¿qué pasaría si fueras capaz de atraer a un hombre pero no de retenerlo? Eso implicaba obviamente el debilitamiento de tu khozayka interna.

«Esto es un hombre», dijo Kopylova, sosteniendo un rotulador de borrado en seco para representar un falo. Envolvió su mano bien cuidada alrededor de él. «Un hombre tiene un pequeño dispositivo especial que muestra su vector, su dirección. Así que, si de repente encuentra atractiva a alguna mujer, su pequeño dispositivo le muestra inmediatamente en qué dirección moverse». Pero era posible, explicó Kopylova, confundir el pequeño dispositivo de un hombre. «Cuando seguimos diciendo: ‘Lo haré yo misma’, o cuando le damos consejos, consejos estúpidos, seamos sinceras, un hombre lo interpreta como si le estuvieras dando un golpe en los testículos». Una mujer demasiado testaruda, dijo Kopylova, corría el riesgo de convertir su energía femenina en energía masculina. «Un hombre puede ver, a nivel intuitivo, que tú tienes un miembro y él tiene un miembro», dijo. «¿Puedes tener relaciones sexuales con él? ¡No puedes!».

Por supuesto, los expertos profesores de la escuela estaban encantados de guiar a las mujeres hacia un verdadero equilibrio femenino. La Academia de la Vida Privada, que afirma haber atendido a más de ciento cincuenta mil mujeres, cuenta con varias sedes nacionales y un amplio programa de clases: El coqueteo de la A a la Z, El arte de caminar con elegancia, Los misterios de la cueva de jade: cómo utilizar los músculos íntimos, Cómo tocar la flauta mágica: el arte de la felación. (Estas dos últimas ofertas despertaron el mayor interés durante la jornada de puertas abiertas). En todos los cursos, la pedagogía es una incómoda mezcla de tradiciones, que combina el cristianismo ortodoxo oriental, el paganismo eslavo, el chamanismo siberiano y las prácticas espirituales asiáticas, aderezadas con elementos de la psicología junguiana y la psicología pop estadounidense.

Después de explicar los cuatro estados femeninos, Kopylova reveló que un desequilibrio sólo podía corregirse realineando los chakras, un antiguo concepto hindú. «Tuve una joven que realmente quería regalarle a su novio un coche nuevo y caro», dijo Kopylova, ilustrando cómo un chakra erróneo podía ser contraproducente. «Por supuesto, es tu elección, pero si le das a un hombre regalos caros, definitivamente no eres su novia. Eres su mamá, y los hombres no quieren acostarse con sus madres». Al final de la sesión, les recomendó a las mujeres un consolador muy práctico, que se vendía en la academia por solo dos mil doscientos rublos, perfecto para practicar en la clase de La flauta mágica.

Una tarde, poco después de la jornada de puertas abiertas, pasé por la Academia de la Vida Privada para entrevistar a su fundadora. Larisa Renar era una mujer de voz suave, con el pelo teñido de color cobre y grandes ojos azules. Llevaba un vestido largo y diáfano y el Medallón de la Fuerza Femenina, un colgante de filigrana que llevan muchas de las instructoras de la academia, con cuatro piedras preciosas que representan los cuatro estados de la feminidad.

Mientras Renar me servía té, le pregunté por qué había abierto la academia en el año 2000. «Creo que el verdadero problema es que la sociedad moderna, no sólo en Rusia sino en todo el mundo, obliga a las mujeres a vivir según los estándares masculinos: ser como un hombre, actuar como un hombre, parecer un hombre», comenzó. En Rusia, este problema era especialmente grave. «Las mujeres cargan con toda la responsabilidad», explicó. «Una mujer toma todas las decisiones. Ella gana el dinero. Y en Rusia muchas mujeres son demasiado activas, demasiado independientes. Esto está relacionado con acontecimientos históricos, con guerras y revoluciones en las que los hombres fueron asesinados y las mujeres no tuvieron más remedio que asumir roles de liderazgo. A las mujeres de mi generación, las que nacimos en los años sesenta, nos resulta más fácil hacerlo todo nosotras mismas y no depender de los hombres».

Le dije a Renar que estaba de acuerdo con ella. Para entonces, llevaba varios años viviendo en Rusia y salía con un hombre ruso desde hacía algún tiempo. Este hombre en concreto me regalaba flores y me hacía cumplidos conmovedores; me abría la puerta y me apartaba la silla en los restaurantes. A simple vista, era un hombre exitoso y guapo, pero conmigo se comportaba como un niño necesitado y manipulador. Su incapacidad para tomar decisiones difíciles o para evitar convertirse en un borracho sentimental y pegajoso me había transformado de su novia y amante en su madre y disciplinaria. Me odiaba a mí misma por lo que me había convertido con él: una novia celosa y regañona que esperaba a que se durmiera para poder leer su teléfono, una mujer enfadada y amargada más allá de mi edad.

Y, sin embargo, sabía que, en Moscú, él era lo mejor que podía conseguir. Otras mujeres lo deseaban abiertamente; una intentó besarlo en público. «Los hombres no crecen en los árboles», me regañaba mi abuela cada vez que me desesperaba por su comportamiento. Además, como ella y mis amigas rusas señalaban, él me quería de verdad. ¿Qué importaba que yo ya no lo quisiera? Muchas de esas amigas rusas creían que mis problemas desaparecerían si simplemente me casaba con él y tenía un hijo. «¡Siempre puedes divorciarte!», decía mi abuela, para tranquilizarme. Al fin y al cabo, me acercaba a los treinta y, al parecer, al final de mi vida.

«Sí, los hombres han sido aplastados», dijo Renar. «Esta situación en la que la mujer es fuerte, y no en un sentido femenino, sino masculino, y el hombre es débil, este cambio de roles es lo que ha llevado a la infelicidad de las mujeres». La solución, tal y como Renar describió en su libro de 2015, «Make Your Husband a Millionaire» (Convierte a tu marido en millonario), es canalizar tu energía femenina para inspirar a tu hombre a que se haga rico y tenga éxito. Renar es una mujer de negocios de éxito y me dijo que cree que es maravilloso que las mujeres tengan una carrera profesional. Pero también se mostró cautelosa con el feminismo moderno, porque destruyó el equilibrio natural entre los sexos. «Un hombre nos da a las mujeres un hogar, protección física, y una mujer le da placer, disfrute sexual, belleza», dijo. «Por eso debemos estar dispuestas a seguir a nuestro hombre, a decirle: ‘Tú mandas, tú tienes razón’».

Eleonora y Leyla nunca asistieron a la Academia de la Vida Privada, pero entendían sus enseñanzas de forma instintiva. Al igual que yo, ambas nacieron en 1982; Leyla en Ufa, la capital de la República Soviética de Bashkortostán, y Eleonora en lo que entonces era Leningrado. Provenían de la clase media soviética, de familias de ingenieros, contables y trabajadores de fábricas que, en el estancamiento de los años ochenta, se encontraron prácticamente en la pobreza.

Ambas mujeres llevaban una vida provinciana hasta que conocieron a hombres bastante mayores que ellas. El de Leyla era un francés, un coleccionista de arte que le doblaba la edad, que la conoció en uno de los clubes nocturnos más elegantes de Moscú y comenzó a educarla intensamente. Pasaban los días en galerías y museos parisinos y las noches haciendo exámenes. «Como Pigmalión», me contó Leyla. Eleonora conoció al heredero de una famosa familia moscovita en San Petersburgo. Él le enseñó sobre hoteles de lujo, sobre gastronomía y servilletas de seda. «Como en Pretty Woman», recordaba Eleonora.

Después de que Leyla y el francés se separaran, ella aprovechó esa educación y se convirtió en diseñadora de interiores, la profesión universal de una glamurosa devushka rusa. Aunque le encantaba su trabajo, anhelaba la seguridad económica del matrimonio y la encontró en un tiempo récord. Después de conocer a un hombre encantador a través de una amiga, rápidamente decidió que él cumplía con la mayoría de sus requisitos. Diez días después, él le propuso matrimonio. ¿Cómo lo logró? «Creo que mis habilidades me ayudaron: convicción, marketing, gestión», dijo Leyla. «Me promocioné con éxito y pude mostrarme bajo una luz positiva». Si con el francés había sido amor, Leyla admitió que esta relación era «frío cálculo».

Sin embargo, las cosas no habían salido como ella esperaba. Cuando nos conocimos, me enseñó el apartamento, muy bien decorado, que compartía con su marido, que también era su jefe en el negocio de diseño que regentaban juntos. Él no estaba en casa y había estado fuera todo el verano, aunque a veces llamaba para recordarle que no le debía nada. Al contarme esto, Leyla, que me había dicho que se esforzaba por ser «una mujer de acero» como Margaret Thatcher, empezó a llorar. «Cuando me casé, esperaba tener una base sólida bajo mis pies, un marido que me sirviera de apoyo, y no tengo nada», dijo. «Llevamos dos años casados y, durante los últimos seis meses, me he dado cuenta de que sólo estoy yo, mi trabajo, mi inteligencia, mi ambición, y eso es todo. No hay absolutamente nada a mi alrededor».

No estaba segura de estar preparada para el divorcio. Las mujeres de su círculo que habían encontrado maridos ricos «se quedarán con ellos sin duda alguna», dijo, incluso si estos maridos las engañaban abiertamente o tenían familias con sus amantes. Sus amigas también tenían amantes, normalmente hombres sobre los que tenían algún tipo de poder: guardaespaldas, conductores o hachiki, un término despectivo para referirse a los hombres del norte del Cáucaso musulmán. Leyla dio una descripción generalizada de un hombre de este tipo, tal vez llamado Mahmud, tal vez de Daguestán. Uno de estos hombres le dijo que buscaba mujeres como sus amigas: ricas, casadas y desatendidas. Eran perfectamente fáciles de mantener, dijo, y sólo querían una cosa de él. Alina Rotenberg también comentó que, a varias de sus amigas, incluso a aquellas casadas con multimillonarios que figuran en la lista de Forbes, les gustaba divertirse de vez en cuando con algún Mahmud.

Eleonora, con quien charlé mientras tomábamos un café en un restaurante de Moscú, al principio parecía una anomalía, ya que seguía soltera a la avanzada edad de veintinueve años. Esta agente inmobiliaria de mejillas sonrosadas había pasado la mañana examinando un almacén a las afueras de la ciudad con tacones y un elegante jersey de cachemira. En Moscú, el sector inmobiliario puede ser una carrera muy lucrativa, y Eleonora no tenía prisa por casarse. Pero cuando llegara el momento, dijo, quería un hombre «más fuerte», es decir, un hombre que ganara más dinero que ella. «Es la naturaleza de las mujeres rusas estar protegidas por un hombre, sin importar el éxito que tengan», dijo. «Si hay un hombre, la mujer siempre preferirá ser la número dos».

Me resultó extraño oír eso. Eleonora me recordaba a mis amigas de Nueva York: guapas, inteligentes y ambiciosas, personas que amaban su carrera y ganaban muy bien con ella. Pero, a diferencia de ellas, ella estaría dispuesta a renunciar a todo en un instante. Renar lo habría aprobado, pensé.

Conocí a Renar pocos meses después de que Putin ganara su tercer mandato presidencial. Desde entonces, se ha aferrado al trono, tejiendo una ideología legitimadora de las normas tradicionales de género, el cristianismo ortodoxo y el neoimperialismo ruso. En los últimos años, el «movimiento L.G.B.T. global» ha sido declarado extremista, lo que equipara a los homosexuales rusos con los terroristas del ISIS. Ahora es más difícil abortar y se ha despenalizado la violencia doméstica. Los ministros del gabinete de Putin animan ahora a las mujeres jóvenes a renunciar a la educación superior y a tener hijos, tantos como sea posible. Mientras Putin ha enviado a cientos de miles de hombres a morir en su intento de conquistar Ucrania, ha reintroducido la Orden de la Gloria Materna de Stalin, una condecoración de estilo militar para las mujeres que tienen un número impresionante de hijos. (El propio Stalin tomó prestada la idea de la Alemania nazi). En la revancha militante de la última etapa de Putin, los hombres son hombres, las mujeres son mujeres y los hombres están al mando.

Esto no parece tan lejano de la visión de Renar, pero cuando volví a verla, en 2015, descubrí que le había costado aplicar sus enseñanzas a su propia vida. En su día tuvo un matrimonio con el que la mayoría de las mujeres rusas sólo pueden soñar. Su marido era un hombre mayor, guapo e inteligente, pionero en el mercado publicitario postsoviético. Él la había ayudado a cumplir su sueño de entrar en un programa de doctorado en psicología y le había comprado un edificio en San Petersburgo para albergar el negocio que finalmente se convirtió en la Academia de la Vida Privada.

Y, sin embargo, ella no había sido feliz. En la escala del amor que ella había desarrollado, el quinto y más alto nivel describía a dos personas que se aman tan completamente que sus corazones impiden que sus cuerpos deseen a nadie más. La mayoría de los amores en el mundo no alcanzan ese ideal, me dijo Renar. El amor entre ella y su marido, por ejemplo, había estado en el segundo nivel, en el que se elige a la pareja no con el corazón, sino con la cabeza. En este nivel, explicó Renar, el deseo por otras personas no desaparece. Así que él tenía aventuras, ella tenía aventuras, y de esta manera eran como tantas otras parejas rusas «que siempre están buscando a alguien mejor, constantemente analizando las opciones», dijo Renar.

A medida que la academia prosperaba, Renar cuestionaba cada vez más su matrimonio. «Pensaba: Dios mío, ¿cómo está pasando esto?», recordaba. «Soy inteligente, soy guapa, soy sexy, he aprendido todas las técnicas sexuales que se me ocurren. Estoy tratando de desarrollarme. Lo estoy dando todo por nuestra familia». Cuando le pidió el divorcio a su marido, él pensó que era una tontería. Era lo más parecido a la felicidad que cualquier pareja casada podía alcanzar en Rusia. Pedir más sólo podía llevarla a la soledad, un destino mucho peor para una mujer rusa que ser infeliz. Pero él accedió.

La última vez que hablé con ella, Renar salía con un hombre diez años más joven que ella, lo que claramente la hacía feliz. «Creo que volveré a casarme, sin duda», me dijo. «Y sólo me casaré con un hombre no porque me quiera, ni porque compruebe o porque cumple con los requisitos de alguna lista, sino sólo cuando, en mi interior, tenga la certeza de que este hombre es el mejor para mí».

(Texto extraído de «Motherland: A Feminist History of Modern Russia, from Revolution to Autocracy»).

Ilustración de portada de Nicholas Konrad.

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