Imran Khalil, Foreign Policy in Focus, 23 octubre 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Imran Khalid es analista geoestratégico y columnista para asuntos internacionales. Sus trabajos han sido ampliamente publicados por prestigiosas organizaciones internacionales de noticias y revistas.
El acuerdo de paz firmado en Sharm el-Sheikh el 13 de octubre entre Israel y Hamás ha sido aclamado, con razón, como un momento decisivo. Tras dos brutales años de conflicto, el acuerdo, negociado con la participación de Estados Unidos y respaldado públicamente por el presidente egipcio Abdel Fatah el-Sisi, establece una retirada gradual de Israel de Gaza, la liberación de los rehenes y la reapertura de los principales pasos fronterizos para permitir la ayuda y la reconstrucción. En estos momentos se está llevando a cabo la fase 1. Todos los rehenes (*) ya han sido liberados y se está enviando ayuda limitada. Sin embargo, siguen existiendo muchas restricciones y persisten las tensiones.
Este acuerdo trae una frágil esperanza: tal vez las armas callen el tiempo suficiente para comenzar a reconstruir la destrozada infraestructura de Gaza. Sin embargo, incluso mientras los diplomáticos celebran, se cierne una amenaza mucho más profunda, que ningún tratado de paz por sí solo puede neutralizar: un colapso ecológico progresivo que podría socavar cualquier paz duradera.
Las heridas de Gaza no son meramente políticas o arquitectónicas. Esta franja costera superpoblada, encajada entre el mar Mediterráneo y el desierto del Néguev, donde viven más de dos millones de personas, sufre ahora una emergencia medioambiental acelerada por la guerra. El aumento del nivel del mar, el agua contaminada, los campos arruinados: no son previsiones lejanas, sino peligros cotidianos.
Consideremos hasta qué punto la guerra ha agravado las tensiones climáticas. En los primeros quince meses del conflicto, sólo las operaciones militares probablemente emitieron alrededor de 1,9 millones de toneladas métricas de CO₂ equivalente, más emisiones que las que producen muchos países en un año, lo que equivale a quemar más de 800.000 toneladas de carbón. Al mismo tiempo, las seis plantas de tratamiento de aguas residuales de Gaza han quedado fuera de servicio. Cada día, aproximadamente 130.000 metros cúbicos de aguas residuales sin tratar fluyen hacia el Mediterráneo, contaminando la vida marina y los ecosistemas costeros.
Las pérdidas agrícolas han sido catastróficas. En agosto de 2025, el 91,7% de las tierras de cultivo de Gaza habían resultado dañadas o destruidas y se había perdido el 97% de los cultivos arbóreos. Las excavaciones, la intrusión salina y la escorrentía química han dejado enormes extensiones de tierra infértiles. Para los habitantes de Gaza, estas no son estadísticas, sino amenazas existenciales. Las familias que huyeron de Jan Yunis y Beit Lahia viven ahora en campamentos de tiendas de campaña en Rafah. El agua potable es un bien escaso. Enfermedades como el cólera se propagan en los sistemas de agua contaminados. Los niños enferman por beber agua salobre de los pozos. Los residuos se acumulan bajo un calor abrasador.
Casi 1,9 millones de personas, aproximadamente el 90% de la población, siguen desplazadas, muchas de ellas más de una vez. Se ven obligadas a vivir hacinadas en zonas vulnerables a las inundaciones, donde las condiciones meteorológicas extremas no han hecho más que intensificarse. Se trata de una crisis humanitaria que se suma a una crisis medioambiental.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte que, para 2050, el aumento del nivel del mar podría inundar las zonas costeras más bajas de Gaza. La única fuente de agua dulce de Gaza, un acuífero costero, se está sobreexplotando y ya está contaminada por la intrusión de agua de mar. Hoy en día, entre el 95% y el 97% del agua no es potable. Con la llegada del invierno, las previsiones advierten de 450-500 milímetros de lluvia, fuertes vientos y marejadas costeras, suficientes para desbordar los estanques de aguas residuales dañados, inundar las zonas urbanas y propagar enfermedades en un paisaje que ya se encuentra bajo una enorme presión.
Estas condiciones no han surgido de forma aleatoria. Las restricciones a las importaciones, que se prolongan desde hace mucho tiempo, han impedido la rehabilitación de las aguas residuales, la reparación de las infraestructuras energéticas y una agricultura resiliente. Los ataques aéreos han destrozado los paneles solares, excavado las tuberías y destruido los sistemas de riego. En Cisjordania, las aguas residuales sin tratar de las comunidades de colonos contaminan los campos palestinos. El daño medioambiental agrava aún más las divisiones políticas.
El cambio climático es el amplificador. Las sequías se convierten en escasez de alimentos; las tormentas se convierten en desastres. El Banco Mundial advierte de que, a menos que Gaza reciba una inversión seria en sistemas de agua, agricultura e infraestructuras adaptativas, su futuro será de crisis recurrentes: escasez de agua, granjas en quiebra y desplazamientos masivos que alimentan la inestabilidad en toda la región.
El acuerdo de Sharm hace hincapié, con razón, en la seguridad, los hitos políticos y la ayuda humanitaria. Pero elude en gran medida la renovación medioambiental. Esta omisión se hace eco de un patrón en los procesos de paz, desde Sudán hasta Ucrania: el clima y la ecología se tratan como cuestiones secundarias o proyectos externos. El acuerdo exige el desarme y promete miles de millones para la reconstrucción. Pero no incluye ninguna hoja de ruta para una reconstrucción sostenible.
Esa laguna es peligrosa. Sólo la limpieza de los escombros podría liberar decenas de miles de toneladas de gases de efecto invernadero. La reconstrucción de entre 40 y 61 millones de toneladas de escombros podría emitir entre 46 y 60 millones de toneladas adicionales de CO₂ equivalente. Y si la reconstrucción ignora la resiliencia -si las nuevas viviendas se construyen en costas erosionadas, si la agricultura vuelve sin cultivos tolerantes a la sal, si los sistemas de agua se construyen sin amortiguadores-, entonces lo que se reconstruirá será la precariedad.
Para que la paz en Gaza sea duradera, debe aportar un «dividendo verde». La reconstrucción debe revivir la ecología, no socavarla aún más. Los países donantes -Estados Unidos, Europa, los Estados del Golfo- deben comprometer una financiación sustancial no sólo para ladrillos y cemento, sino también para la desalinización solar, la captación de aguas pluviales, el reciclaje de agua y las defensas costeras. Los Emiratos Árabes Unidos e Israel han ampliado la desalinización solar. Gaza también podría beneficiarse. La plantación de manglares, el refuerzo de las dunas y las defensas costeras blandas podrían frenar la erosión y, al mismo tiempo, ofrecer puestos de trabajo. Un fondo de resiliencia coordinado por las Naciones Unidas podría financiar viviendas renovables, agricultura sostenible y sistemas de distribución de agua. No se trata de lujos, sino de pólizas de seguro.
Pero el diseño debe provenir del pueblo de Gaza. Demasiados esfuerzos de reconstrucción fracasan cuando ignoran los conocimientos locales. Los agricultores, ingenieros hidráulicos y ecologistas de Gaza deben estar capacitados para impulsar la recuperación. Su conocimiento de los suelos, los acuíferos, los microclimas y la reutilización del agua es mucho más detallado que el de cualquier persona ajena a la zona.
Este enfoque participativo también promete dividendos políticos. Una vez rehabilitados los sistemas básicos, Gaza podría empezar a colaborar con Israel en materia de tecnología hídrica, cultivos resistentes a la sequía y gestión conjunta de las costas, si la política lo permite. Esa cooperación no borraría el conflicto, pero podría crear vínculos funcionales basados en intereses mutuos.
Mirando atrás, la paz sostenible siempre ha combinado la seguridad con la renovación. Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa no se reconstruyó simplemente trazando líneas y desmovilizando ejércitos. Se invirtió en economías integradas, infraestructuras y resiliencia medioambiental. Gaza necesita un modelo paralelo en el que la recuperación ecológica sea fundamental para la reconciliación.
La verdadera paz para Gaza significará algo más que un paso fronterizo o la liberación de rehenes. Significará agua potable, hogares seguros, granjas en funcionamiento, aire fresco. Si esos cimientos no se mantienen, la promesa del acuerdo puede desvanecerse. El mundo ha pulsado el botón de pausa en la violencia. Ahora debe pulsar el botón de reproducción para sanar la tierra.
N. de la T.: (*) No todos los rehenes han sido liberados, en las cárceles israelíes siguen encerrados más de 9.000 rehenes palestinos
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