David Hearst, Middle East Eye, 16 diciembre 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

David Hearst es cofundador y redactor jefe de Middle East Eye, así como comentarista y conferenciante sobre la región y analista en temas de Arabia Saudí. Fue redactor jefe de asuntos exteriores en The Guardian y corresponsal en Rusia, Europa y Belfast. Con anterioridad, fue corresponsal en temas de educación para The Scotsman.
Ha transcurrido un año desde la caída del presidente sirio Bashar al-Asad. Muchos de los actores extranjeros en Siria asistían al Foro de Doha mientras Alepo, Homs, Hama y Damasco caían como un castillo de naipes ante el avance de las fuerzas rebeldes.
Observaba a Serguéi Lavrov, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, mientras asimilaba las noticias en la pantalla del televisor. Ni siquiera la cara de póquer del ministro de Asuntos Exteriores con más años de servicio del mundo podía ocultar lo que pensaba. Su rostro se demudó.
En el escenario, como “hacedor de noticias”, Lavrov se mostró irritablemente reacio a que le preguntaran sobre las noticias y exigió que se hablara sobre Ucrania. Tan pronto como Abu Muhammad al-Yolani se quitó el uniforme militar y se convirtió en Ahmed al-Shara, el presidente interino sirio ya predicaba la paz.
Consciente de que había modelado su nombre de guerra basándose en la historia de su padre como refugiado de los Altos del Golán ocupados por Israel, y de que, como combatiente, dijo una vez: «No sólo llegaremos a Damasco; Jerusalén nos espera», Shara se esforzó por demostrar que su administración no representaría ninguna amenaza para Israel.
El nuevo gobernador de Damasco, Maher Marwan, fue más allá en una entrevista con la cadena pública estadounidense NPR.
“No tememos a Israel, y nuestro problema no es con Israel”, afirmó. “Y no queremos inmiscuirnos en nada que amenace la seguridad de Israel ni la de ningún otro país… Queremos la paz, y no podemos oponernos a Israel ni a nadie”.
Estas declaraciones se hicieron en el punto álgido del genocidio en Gaza y consternaron a los palestinos, que esperaban el apoyo de Siria.
Pero el nuevo régimen reflejaba el auténtico agotamiento de un pueblo que había sufrido la guerra civil más sangrienta de la región durante los últimos 14 años.
Cambio de ánimo
Un año después, el ánimo del pueblo sirio ha cambiado drásticamente.
En un reciente desfile militar al que asistió Shara, las tropas corearon: “Gaza, Gaza, Gaza, nuestro lema, día y noche, bombardeos y destrucción. Vamos a por ti, nuestro enemigo, vamos, vamos a por ti, aunque fueras una montaña de fuego, haré de mi sangre munición, y de tu sangre ríos”.
Poco después, un ministro del gobierno israelí insinuó una posible guerra con Siria.
Días antes, un ataque al amanecer contra una aldea al sur de Damasco casi se convirtió en un desastre militar. A finales de noviembre, helicópteros y artillería israelíes atacaron Beit Jinn, a 50 km al suroeste de Damasco, mientras los soldados irrumpían en las viviendas y capturaban a tres aldeanos, según medios locales.
Se desató entonces un tiroteo, y toda la aldea se unió al esfuerzo de repeler a los invasores israelíes. Cuando los israelíes se vieron rodeados, se desplegaron aviones de combate. Cuando se retiraron, 13 sirios habían muerto y otros 25 habían resultado heridos, con seis soldados israelíes heridos, tres de ellos de gravedad.
¿Qué había ocurrido en un año que cambió el ánimo en Siria?
Israel tenía una opción cuando Shara llegó al poder: podría haber aceptado un cambio de régimen y haber conseguido un nuevo aliado en Siria, sobre todo si se hubiera ofrecido a ayudar a Shara en Washington.
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, había facilitado con anterioridad el camino de Muhammad bin Salman hacia la Casa Blanca, permitiéndole arrebatarle el título de príncipe heredero saudí a su primo, más experimentado. La misma estrategia podría haberse seguido con Shara en Siria.
En cambio, Israel lanzó un bombardeo masivo que, en cuestión de días, diezmó la fuerza aérea siria, hundió su flota y destruyó sus radares de defensa aérea. Poco después, las fuerzas israelíes iniciaron una incursión terrestre en el sur de Siria; su primer objetivo fue apoderarse del Monte Hermón, pero posteriormente se expandió para tomar el control de un área mayor que Gaza.
Debilitar a Siria
El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, ha defendido la invasión como “necesaria para proteger a las comunidades del Golán y Galilea de las amenazas”, citando el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 como el principal motivo. Pero estas justificaciones son sólo para el público en general: Israel lleva mucho tiempo albergando planes para debilitar permanentemente a Siria dividiéndola en cantones, para convertir así el país en una versión de Libia.
Como informé cuando cayó Asad en diciembre pasado, la velocidad con la que se derrumbó su régimen sorprendió a aliados y enemigos.
Frustró los planes de Tel Aviv de establecer vínculos militares y estratégicos con los kurdos del norte y los drusos del sur, lo que dejaría a Asad permanentemente debilitado y bajo control emiratí.
Esto hubiera tenido cuatro propósitos: cortar las líneas de suministro de armas iraníes a Hizbolá, debilitar permanentemente a Siria, excluir a Turquía del norte de Siria y establecer un corredor aéreo sobre el sur de Siria y el norte de Iraq, a través del cual Israel podría bombardear Irán regularmente.
El ministro de Asuntos Exteriores israelí, Gideon Saar, insinuó el plan un mes antes del colapso de Asad, cuando afirmó que Israel necesitaba acercarse a los kurdos y drusos en Siria y Líbano, citando “aspectos políticos y de seguridad” que debían considerarse.
“Debemos analizar los acontecimientos en este contexto y comprender que, en una región donde siempre seremos una minoría, podemos forjar alianzas naturales con otras minorías”, declaró Saar.
Jugar la carta drusa era una forma de ocultar el afán israelí de hegemonía regional. Los propios drusos no buscaron inicialmente la ocupación israelí. Semanas después del acceso al poder de Shara, el líder druso, el jeque Hikmat al-Hijri, declaró a Middle East Eye: “Me preocupa la invasión israelí, la rechazo”.
El líder religioso afirmó que los contactos entre la comunidad drusa de Siria y las nuevas autoridades de Damasco habían sido positivos, pero añadió: «Esperamos logros del nuevo gobierno, no sólo palabras positivas».
Sin embargo, este verano, tras los enfrentamientos sectarios entre combatientes drusos y beduinos que causaron la muerte de más de 500 personas y obligaron a las fuerzas gubernamentales a retirarse, Hijri dio un giro de 180 grados al impulsar una agenda abiertamente separatista, llamando a Sweida por su nombre hebreo, «Monte Basán», y pidiendo la intervención de las Naciones Unidas y la Liga Árabe.
Chocar contra un muro
La ocupación israelí del sur de Siria y sus bombardeos —ha bombardeado Siria más de 600 veces desde que Shara llegó al poder— han encontrado una inacción total tanto por parte de Damasco como de Ankara, cuya inteligencia militar ayudó a las fuerzas rebeldes a tomar Alepo.
El epicentro de la pugna entre Turquía e Israel sobre qué vecino debería dominar el espacio aéreo sirio han sido dos puntos al norte de Damasco: la base aérea T4 y el aeropuerto militar de Palmira, que Israel ha bombardeado repetidamente para impedir que Ankara instale sistemas avanzados de defensa aérea.
En abril, Turquía intentó hacerse con el control de la T4 como parte de un pacto de defensa con Damasco. Pero no se materializó nada, y Ankara decidió, en cambio, iniciar conversaciones para la distensión con Tel Aviv, que también se toparon con un muro. El pacto de defensa resultó ser poco más que un acuerdo para entrenar a las tropas sirias.
Se han producido numerosas visitas de altos funcionarios turcos a la capital siria, y Ankara mantiene conversaciones para desplegar tropas con funciones de asesoramiento. Sin embargo, la indignación de Turquía ante la toma militar no provocada de Sweida por parte de Israel ha sido siempre más fuerte que su dentellada.
La fiscalía de Estambul ha emitido 37 órdenes de arresto contra funcionarios israelíes —incluidos Netanyahu, Katz, el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, entre otros— por genocidio y crímenes de lesa humanidad en Gaza. Sin embargo, la postura militar de Ankara se ha caracterizado por una extrema cautela, lo que ha permitido a Israel llenar un vacío y dictar posteriormente los términos de la paz.
Turquía, la potencia militar que en una ocasión derribó un avión de combate ruso sobre el norte de Siria, no es la única que se muestra reacia a enfrentar la fuerza con la fuerza.
La primera respuesta de Shara a la amenaza israelí fue recurrir a Arabia Saudí. Muhammad bin Salman respondió, diciéndole a Shara, según se informa, que el reino ya había perdido Siria una vez y que no volvería a hacerlo.
Muhammad bin Salman presentó a Shara al presidente estadounidense Donald Trump, una reunión que allanó el camino para un viaje a la Casa Blanca y el levantamiento de las sanciones César, permitiendo que el capital extranjero fluyera de nuevo a Damasco.
Relaciones puestas a prueba
Las ideas de Trump sobre Siria, y las de su enviado Tom Barrack, han sido firmemente favorables a Shara. El propio Trump presionó con fuerza para el levantamiento de las sanciones César, afirmando que el gobierno sirio estaba trabajando arduamente “para construir un Estado real y próspero”.
El fin de semana pasado, el apoyo de Trump a Shara se vio sometido a una prueba suprema cuando dos soldados estadounidenses y un intérprete civil murieron en un ataque del Estado Islámico (EI) en el centro de Siria. Pero Trump no se volvió contra Shara, quien fuera combatiente de una rama de Al Qaida. En cambio, reconoció la ira del líder sirio por el tiroteo y el hecho de que Damasco no controlaba la zona donde ocurrió.
Trump prometió una respuesta contundente, pero contra el EI, y no, como fácilmente podría haber sido, contra Damasco.

El presidente sirio Ahmed al-Shara se reúne con el presidente estadounidense Donald Trump en la Casa Blanca en Washington, D.C., el 10 de noviembre de 2025 (Sana/AFP).
Sin oposición en el ámbito militar, Israel se siente cada vez más frustrado por Trump en el ámbito diplomático. Una clara muestra del pensamiento militar israelí la proporcionó recientemente el teniente coronel Amit Yagur, quien escribió en Maariv que no se podía confiar en Barrack porque estaba demasiado influenciado por Turquía, el país donde reside actualmente.
Yagur afirmó que Siria “no era un Estado histórico”, sino un “conjunto de sectas unidas para satisfacer las necesidades del Mandato francés”. En la práctica, afirmó, Shara era sólo el alcalde de Damasco y sus alrededores.
Yagur afirmó asimismo que Israel tenía cuatro intereses centrales: garantizar que Siria dejara de actuar como un representante de Turquía, impedir que las “milicias yihadistas” de Shara llegaran a la frontera israelí, evitar otra masacre de la comunidad drusa y detener la transformación de Siria “en un Estado islámico regido por la sharía”.
Guerra “interminable”
Shara ha elevado el tono. En el Foro de Doha de este año, el presidente interino afirmó que Israel estaba exportando crisis a países de la región para distraer la atención de sus horribles masacres en Gaza. Sin embargo, sigue confiando en Trump para mediar en la retirada israelí.
El propio Netanyahu ha prometido que no va a retirarse del sur de Siria, y fue más allá en un discurso en la Cumbre DealBook del New York Times, donde describió las guerras que ha lanzado como “interminables”.
“Ganamos esta guerra, pero es interminable. Es como si, ya sabes, tienes cáncer y te lo extirpan, pero aún puede reaparecer. Hay ciertos tipos de cáncer que, si no se extirpan, puedes morir”, dijo Netanyahu.
Esta es una metáfora reveladora, pero, como mínimo, desafortunada, para Netanyahu.
Como cualquier médico le diría, el cáncer puede reaparecer porque las células cancerosas se fortalecen y se vuelven más resistentes al tratamiento, y el paciente se debilita. Al final, el tratamiento utilizado para combatir el cáncer puede acabar matando al paciente.
En esta analogía, Netanyahu admite que Israel nunca ganará este conflicto; que, al final, sucumbirá a él.
Al creer que ha derrotado a Hizbolá, Irán y ahora a Hamás; al violar abiertamente los acuerdos de alto el fuego que ha firmado; y al dominar el sur del Líbano y el sur de Siria, las fuerzas militares de Israel están claramente a punto de sobrepasar sus límites, especialmente si pretenden que todos estos frentes estén activos de forma permanente.
Siria podría ser el punto de inflexión de las ambiciones militares cada vez más agresivas de Israel. La profecía de Netanyahu podría cumplirse por sí sola, y cuando lo haga, la situación quedará fuera de su control.
Foto de portada: Soldados israelíes toman posición en los Altos del Golán ocupados, el 7 de diciembre de 2024. (Jalaa Marey/AFP)