¿Por qué la guerra de Sudán corre el riesgo de convertirse en un sistema político permanente en 2026?

Osama Abuzaid, Middle East Eye, 31 diciembre 2025

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Osama Abuzaid es investigador de cuestiones de desarrollo y gobernanza con sede en Jartum. Actualmente, está afiliado al CEDEJ como investigador asociado y coordinador del programa de ayuda para proyectos de base y seguridad humana (GGP). Ha impartido clases sobre gestión del desarrollo y cuestiones relacionadas con la gobernanza en la Universidad de Ciencias Médicas y Tecnología (UMST) y ha participado en diversos proyectos de agencias de la ONU y ONG.

Sudán se aboca a 2026 cargando con el peso de una guerra que ya no sorprende al mundo exterior y que ha comenzado a instalarse en la vida cotidiana del país.

Desde abril de 2023, los combates entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) han devastado ciudades, vaciado barrios y desplazado a más de 14 millones de personas.

La hambruna ya no es una previsión, sino una realidad vivida en algunas zonas de Darfur, Kordofán y el centro de Sudán. Los ataques contra la población civil y la obstrucción de la ayuda humanitaria se han convertido en una triste rutina, mientras que los sistemas sanitarios se han colapsado y las escuelas permanecen cerradas.

Lo que hace que este momento sea especialmente peligroso no es sólo la ausencia de negociaciones de paz que funcionen, sino la creciente sensación de que la guerra está aprendiendo a perdurar. Los mercados, los grupos armados y las estrategias de supervivencia se están reorganizando en torno a la violencia, en lugar de esperar a que esta termine.

Los altos el fuego, las sanciones y los plazos diplomáticos funcionan cada vez más como mecanismos para gestionar el colapso en lugar de revertirlo.

Con la llegada de 2026, la cuestión ya no es si se anunciará otra ronda de negociaciones: después de casi 1.000 días, la guerra ha sobrevivido a la diplomacia.

La cuestión más urgente es si se está consolidando silenciosamente como una forma permanente de gobernar el territorio, los recursos y la población.

Política de alto el fuego

Washington ha fijado públicamente el final de 2025 como objetivo para lograr al menos un cese humanitario de las hostilidades, lo que aumenta la importancia de lo que pueda deparar 2026. Las autoridades estadounidenses han enmarcado este objetivo de forma restrictiva, centrándose en reducir la violencia lo suficiente como para permitir el acceso humanitario, en lugar de garantizar un acuerdo político global.

Sin embargo, el conflicto ha demostrado ser muy resistente a los esfuerzos de alto el fuego. Desde 2023, se han anunciado, violado, reactivado y abandonado múltiples treguas.

Las FAR han declarado en repetidas ocasiones que aceptan las pausas humanitarias, mientras continúan las operaciones de combate sobre el terreno. Por su parte, las FAS han rechazado sistemáticamente los altos el fuego que no comiencen con el desarme de las FAR, como se puso de manifiesto en el discurso del primer ministro sudanés ante el Consejo de Seguridad de la ONU la semana pasada.

Los líderes de las FAS argumentan que cualquier tregua sin una resolución militar permite a la fuerza paramilitar reagruparse. Numerosos informes han demostrado cómo las propuestas de alto el fuego se rompen sistemáticamente en cuestión de días, lo que pone de relieve la ausencia de mecanismos de aplicación creíbles y la brecha entre las declaraciones diplomáticas y la realidad sobre el terreno.

A pesar de su postura inflexible, las Fuerzas Armadas de Sudán no han abandonado por completo la diplomacia. Tras sus visitas a Arabia Saudí y El Cairo, el general Abdel Fattah al-Burhan señaló a través del Ministerio de Asuntos Exteriores de Sudán su disposición a cooperar con Estados Unidos en los esfuerzos políticos para poner fin a la guerra.

Esto refleja un reajuste estratégico más que un cambio ideológico. El compromiso con Washington se considera una forma de configurar los términos de cualquier acuerdo futuro sin renunciar a la ventaja en el campo de batalla.

Para Estados Unidos, esto crea una relación paradójica con las Fuerzas Armadas Sudanesas. Se ejerce presión retórica y diplomática, mientras que se mantiene el compromiso por temor a que el aislamiento pueda afianzar aún más las posiciones y reducir las opciones, ya de por sí limitadas.

A medida que se estanca la diplomacia para el alto el fuego, los gobiernos occidentales recurren cada vez más a sanciones dirigidas a la economía política de la guerra.

En diciembre de 2025, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos impuso sanciones a una red de ciudadanos y empresas colombianos acusados de reclutar a antiguos soldados colombianos para luchar junto a las FAR.

Según funcionarios estadounidenses y la información ofrecida por Reuters, entre 300 y 400 colombianos fueron reclutados y desplegados en Sudán, reforzando la capacidad de combate de las FAR a través de canales transnacionales de mercenarios. El Reino Unido siguió con sanciones contra altos cargos de las FAR acusados de participar en atrocidades en Darfur, incluyendo la congelación de activos y la prohibición de viajar.

Estas medidas reflejan un consenso cada vez mayor en que la guerra de Sudán se sustenta no sólo en dinámicas internas, sino también en redes internacionales de reclutamiento, financiación y logística.

Estas medidas no han alterado la realidad del campo de batalla, pero indican un aumento de los costes a largo plazo para los actores armados y reducen el margen diplomático en el que se puede normalizar el conflicto.

Contención regional

Entre los vecinos de Sudán, Egipto ocupa una posición de influencia única. A finales de 2025, El Cairo articuló públicamente lo que describió como líneas rojas en relación con el conflicto.

Las autoridades egipcias afirmaron que la unidad y la integridad territorial de Sudán no son negociables, que el colapso o la fragmentación de las instituciones estatales amenazarían la estabilidad regional y que la aparición de autoridades gubernamentales paralelas sería inaceptable.

Estas líneas rojas se basaban en el pacto de defensa conjunta que vincula a ambos países, lo que indicaba que la desintegración de Sudán no se trataría como un asunto puramente interno. Aunque El Cairo no llegó a anunciar una intervención militar, el mensaje fue claro: la guerra de Sudán ha pasado de ser una crisis interna a convertirse en una preocupación para la seguridad regional.

Esta postura refuerza el apoyo de Egipto a la autoridad centralizada en Puerto Sudán, al tiempo que resta importancia a las negociaciones que podrían resolver los crecientes problemas de fragmentación territorial y política de Sudán.

Mientras la diplomacia, las sanciones y las líneas rojas dominan el discurso oficial, la población civil sudanesa sigue soportando todo el peso de la guerra.

Las agencias de ayuda humanitaria advierten que las condiciones de hambruna se están extendiendo por los campos de desplazados, especialmente en Darfur, donde se han documentado repetidamente tácticas de asedio y ataques a los campos.

Cada alto el fuego fallido agrava la desesperación de la población civil y refuerza la sensación de que la intervención internacional llega demasiado tarde y se retira demasiado rápido.

Guerra permanente

A medida que Sudán entra en 2026, la reducción de las opciones se va haciendo innegable. La diplomacia del alto el fuego se ha convertido en algo episódico más que transformador. Las sanciones son más una señal de frustración que de influencia, y el posicionamiento regional refleja una preparación para la contención más que la confianza en la resolución.

La guerra ya no se expande simplemente porque fracasan las negociaciones, sino porque los actores armados han aprendido a sobrevivir política, económica y militarmente en ella.

Aunque se alcance un frágil alto el fuego humanitario gracias a la presión internacional, sin abordar las causas profundas del conflicto, eso no significa que este sombrío capítulo se haya cerrado definitivamente.

A finales de 2025, la cuestión decisiva puede que ya no sea si Sudán puede poner fin a su guerra, sino si puede evitar que la violencia se convierta en su sistema político permanente.

Cuando la violencia comienza a definir cómo se ejerce la autoridad, cómo funcionan las economías y cómo imaginan los civiles su futuro, poner fin al conflicto se vuelve mucho más difícil que mantenerlo.

Lo que está ocurriendo ahora no es sólo un fracaso de las iniciativas de paz, sino un cambio silencioso en las expectativas.

Cuanto más tiempo continúe la guerra sin una interrupción significativa, más se trata como una condición que hay que gestionar en lugar de como una crisis que hay que resolver. Si el año 2026 transcurre sin una ruptura real en esta trayectoria, Sudán corre el riesgo de entrar en una fase en la que la guerra ya no se trate como una emergencia.

Pasará a convertirse en el sistema mismo.

Foto de portada: Niñas sudanesas que huyeron de El-Fasher reciben ayuda humanitaria en el campamento de desplazados de Al-Afad, en la localidad de Al-Dabba, al norte de Sudán, el 25 de noviembre de 2025 (AFP).

Voces del Mundo

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