Reflexiones  sobre la pérdida de voz de un pueblo

Julia Abusharr, CounterPunch, 1 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Julia Abusharr es una escritora de origen palestino-egipcio de 22 años, que estudia Biología en el Brooklyn Collège.

A medida que el año 2025 llegaba a su fin, muchos estaban de acuerdo en que ha sido otro año difícil para cualquiera que tenga ideales basados en la moralidad, la sostenibilidad y la inclusión general. Y durante estos últimos meses, a medida que me he alejado de «luchar por una buena causa» y he visto cómo perdía todo el sentido de los discursos, las protestas y los artículos en el gran esquema de las cosas, algo se me iba aclarando, cuanto más confusas se volvían mis ambiciones. Una especie de revelación basada en la disminución de los estándares, de que el pueblo estadounidense se enfrenta a una plaga. No se trata de una enfermedad viral, aunque probablemente podamos adivinar con qué competencia responderíamos a otra situación como la de la COVID-19. Esta aflicción es mental e ideológica y aparece bajo una presión ambiental aplastante en toda una población específica de la sociedad, una población que disminuye en número cuanto más abarca esta presión todos los aspectos de la existencia cotidiana y política. Es una plaga de agotamiento y desesperanza que perpetúa su propia culpa por existir cuanto peor se ponen las cosas para todos los demás, y empuja a la persona al entumecimiento frente al peligro que cada vez está más cerca de llamar a su puerta. En pocas palabras, una plaga de pérdida de voz en los mínimamente privilegiados.

Cuando se habla de privilegios en Estados Unidos, la definición contextual de la palabra puede cambiar al pasar de una esfera socioeconómica a otra. Una persona blanca o que pase por blanca, sea cual sea su origen, puede considerarse privilegiada en el sentido de que probablemente nunca haya tenido que temer lo peor en un control de tráfico. Una persona neurotípica puede considerarse privilegiada por poder interactuar con la sociedad sin ser despreciada por barreras que ella misma no puede controlar. El simple hecho de tener suficiente dinero para poder superar una emergencia médica o financiera sin perderlo todo puede considerarse un privilegio. Esta mentalidad amplía enormemente el número de personas que se considerarían privilegiadas, dejando de lado el sesgo emocional que hay detrás de esa palabra. Sin embargo, a efectos de este ejercicio de reflexión, el término «mínimamente privilegiado» no se refiere a los millonarios y a las familias de directores generales plagadas de nepotismo, sino a las personas que han logrado llegar hasta aquí sin sufrir una ruina financiera total, opresión social, deportación ilegal, violencia respaldada políticamente o una degradación de la calidad de vida tan grave que permanecer en este país ya no es una opción viable. En estos EE. UU. contemporáneos, la ampliación de esa etiqueta se ve contrarrestada por la magnitud de las dificultades que afronta la población del país. A medida que aumentan el coste de la vida y la desigualdad económica, se reduce el ámbito de la clase media. A medida que el control político y la agresividad de las actuales administraciones se intensifican y se dirigen contra las comunidades marginadas, más personas se ven afectadas directamente, o a través de sus seguidores incondicionales alimentados por el odio.

Cada vez menos personas están «a salvo».

En ese grupo de personas «a salvo», al que yo personalmente pertenezco, especialmente aquellas que tienen la empatía y el sentido común suficientes para considerar que las acciones de los que han estado en el poder durante la última década son espantosas, al igual que todos los demás, nos sentimos abrumados cuando encendemos nuestros condensados dispositivos informáticos y somos testigos de otro atroz desliz en la moralidad objetiva, otro vídeo de una carnicería sepultada bajo los escombros, otra línea legal que se traspasa y otro informe sobre cómo todo empeora cada día. Esta es la presión ambiental que empuja a la aparición de los primeros signos de la enfermedad. Las generaciones que crecieron escuchando que debían cambiar el sistema, a la vez que lo acataban a diferencia de sus antepasados revolucionarios, que podían mejorar el mundo siempre y cuando lo hicieran de la manera aprobada por el Estado, que podían detener el cambio climático con sólo reciclar sus plásticos y cerrar el grifo con la frecuencia suficiente, han crecido y ahora saben que no es así. Son testigos de cómo las protestas pacíficas que la policía aprueba no logran ningún cambio real en estas circunstancias actuales tan graves, de cómo los conglomerados que predijeron y causaron la crisis climática en su gran mayoría eluden cualquier responsabilidad, legal o de otro tipo, y de cómo los imperios militaristas continúan con sus genocidios y atrocidades en Palestina, Sudán y el Congo. Nuestro propio Gobierno hace desaparecer a «presuntos traficantes de drogas» sin reproches ni restricciones en los mares y marcha hacia una guerra sin sentido contra Venezuela mientras asedia a su propio pueblo de mil maneras.

Los «mínimamente privilegiados», las personas que tienen la suerte de no estar en la línea de fuego directa en este momento, están paralizados por la indignación y el desconcierto, paralizados en sus intentos por simplemente funcionar y sobrevivir a su vida cotidiana en nuestro infierno capitalista. Cada semana, un nuevo escándalo nos recuerda que el listón se está bajando cada vez más. Las cuentas presidenciales y de Seguridad Nacional exhiben vídeos generados por IA en los que se ve cómo se defeca sobre manifestantes y «memes de moda» de personas encadenadas y completamente deshumanizadas a las que se lleva a aviones. Kanye West vende camisetas con esvásticas sin consecuencias y aun así pierde el título de finalista al «antisemita del año» frente a una influencer infantil que se atrevió a mostrar compasión por los niños de Gaza, multimillonarios que trabajan en startups para bloquear el sol, y todo se vuelve cada vez más loco y degenerado. Sin embargo, no pueden apartar la mirada, porque saben que tienen el deber constante de estar informados, no sea que la ignorancia masiva empeore aún más las cosas.

Entendemos en qué consiste el entorno que alberga la plaga: un espacio vital cada vez más autoritario e inseguro, con amenazas para la seguridad financiera y física de todas las personas que no se ajustan al género, la etnia o la situación económica «normales», pero ¿cómo se manifiestan los síntomas? ¿Y qué hace que se agraven más en algunas generaciones que en otras? El hecho de que la persona haya intentado resistirse a esta enfermedad mediante la participación política y comunitaria a lo largo de su vida no supone una gran diferencia. El individuo acaba por considerar la ineficacia de las protestas con repugnancia y vergüenza al reflexionar sobre el empeoramiento general de la situación, por lo que deja de participar en ellas. Aquellos que están socialmente aislados y tienen pocas conexiones interpersonales dentro de los grupos de acción comunitaria pueden retirarse por completo, desilusionados con los métodos de lucha por el cambio que defiende el Partido Demócrata, símbolos de indignación controvertidos pero ineficaces. Pequeños pin rojos en los trajes de los Oscar y carteles rosas mientras los niños son destrozados. Pero, por supuesto, las protestas o acciones que traspasan los límites de la legalidad o la conveniencia son objeto de un escrutinio y una represión tan severos que ¿qué posibilidades hay de lograr un cambio significativo al que recurrir, mientras el individuo lucha por sobrevivir a su propia vida problemática?

Mientras se produce esta desilusión interna, la presión medioambiental continúa o aumenta, y resulta casi imposible encontrar el equilibrio con los problemas personales. Cuanto peor se ponen las cosas, menos consecuencias sufren los intolerantes, los ricos y los poderosos. Cuantas menos consecuencias sufren estas élites, menos posible parece el cambio. Cuanto menos posible parece el cambio, peores se vuelven los síntomas.

«Nadie va a hacer nada al respecto».

«Así es como funciona el mundo ahora».

Las frases que las personas se negaban a aceptar hace meses, las ideologías contra las que se manifestaban en las calles y gritaban en artículos, ganan la batalla de la resistencia. El agotamiento es inevitable en el individuo, no por apatía, sino por una debilidad para el esfuerzo nacida de la desesperanza aprendida y la sobreestimulación. Nunca dejan de preocuparse por lo que está sucediendo, pero dejan de dedicar energía a la idea de que lo que está sucediendo puede combatirse. En la práctica, la voz de esa persona se pierde.

Aunque puede afectar a personas de cualquier edad, al actuar casi como una inevitabilidad, sería una tontería ignorar las diferencias generacionales en la gravedad y la manifestación de esta condición. La generación Z siempre ha sido conocida por ser más absurda que los milenials que la precedieron, sumergiéndose en la cultura y el humor online para hacer frente a la gravedad de los acontecimientos históricos que sucedían a su alrededor. Y aunque muchos activistas utilizan esto en su beneficio para la divulgación y la comunicación, no hay duda de que la generación que creció viendo las recesiones tanto en la situación financiera como política del país desde sus pantallas, mientras se les hablaba de los logros progresistas de quienes les precedieron, se ha endurecido especialmente por esta aflicción. Incluso los escándalos con terribles implicaciones de poder, riqueza e inmunidad ante la justicia, como el contenido de los archivos Epstein, se conocen y se consideran principalmente a través del humor online. Esta generación es el primer ejemplo claro de la sobreestimulación de las mentes, incluso de los activistas más dedicados, a través de la espada de doble filo que supone la exposición a través de la World Wide Web. Sin embargo, la posición única de la Generación Z en la política y su relación a través de niveles de exposición nunca antes vistos podría ser un tema aparte.

La aflicción sirve para insensibilizar defensivamente a las personas ante los niveles de desesperación e indignación provocados por estímulos externos que podrían romper aún más su percepción del mundo. El individuo presta menos atención activa o lo ve todo con el mismo encogimiento de hombros indiferente, ya que, al fin y al cabo, no hay ninguna noticia que pueda sorprenderle o perturbarle.

Aunque puede ser un mecanismo de defensa, no es la forma de afrontar la vida, y mucho menos lo que está sucediendo en este país y en sus alrededores. Como se ha dicho antes, el número de personas «seguras» es cada vez menor, un hecho que nos recuerdan continuamente los gobernantes del imperio. Cada vez menos personas pueden permitirse vivir, e incluso aquellas que pueden hacerlo pueden ser secuestradas en la calle y deportadas en cualquier momento. No importa si estás en un tribunal pasando por un proceso legal que se celebra según normas divinas, si simplemente no llevas tus documentos contigo o, lo que es más terrible, si tienes todo lo que te piden. Como demuestra el caso de Dulce Consuelo Díaz Morales, los poderes fácticos pueden negar la existencia de tus documentos por capricho.

Ese es el verdadero peligro de esta plaga. No sólo que los privilegiados se vuelvan demasiado insensibles como para usar su seguridad para ayudar a otros, sino que se vuelvan demasiado insensibles como para siquiera considerar el peligro que se les avecina directamente. Y como las cosas sigan sin cambiar, sólo se extenderá más si no somos capaces de reconocer todo a lo que nos enfrentamos

Foto de portada de Nathaniel St. Clair.

Voces del Mundo

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