Mohammad Reza Farzanegan, Middle East Eye, 2 enero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Mohammad Reza Farzanegan es profesor de Economía de Oriente Medio en el Centro de Estudios sobre Oriente Próximo y Oriente Medio (CNMS) y en la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Philipps de Marburgo, Alemania.
La caída récord del rial iraní y el consiguiente cierre de los mercados en Teherán están siendo analizados por muchos en Occidente a través de una lente estrecha y familiar.
En Washington y Tel Aviv, la narrativa que se está promoviendo es la de un «régimen al borde del abismo», en la que el fracaso económico se presenta como un precursor del colapso total.
Sin embargo, mi investigación empírica con otros colegas sugiere una realidad mucho más compleja.
Lo que estamos presenciando no es una revolución política, sino los últimos estertores de una sociedad cuya clase media, su amortiguador económico, ha sido sistemáticamente vaciada por una política inhumana y punitiva de aislamiento internacional.
El principal eje impulsor de esta espiral de muerte económica no es ningún secreto.
La militarización estadounidense del sistema financiero mundial, la imposición de la campaña de «máxima presión» y los ataques contra las exportaciones petroleras de Irán han afectado de manera efectiva a los ahorros de toda la vida de cada profesor, enfermero y pequeño empresario iraní.
La destructiva tenaza externa
Entre 2012 y 2019, nuestro estudio, que utilizó métodos de control sintético, reveló que las sanciones habían provocado una asombrosa reducción media anual de 17 puntos porcentuales en el tamaño de la clase media iraní.
No se trataba sólo de «presión económica», sino de una demolición estructural. Millones de personas que antes formaban el centro estable y moderado de la sociedad iraní han sido relegadas a la categoría de «nuevos pobres».
La guerra regional en la sombra con Israel ha obligado al Estado iraní a adoptar una postura permanente de «primero la seguridad».
Cuando los artículos básicos, desde los antibióticos hasta los alimentos básicos, se convierten en lujos, el contrato social no sólo se ve tensionado, sino que se rompe a partir de fuerzas externas.
Este asedio económico forma parte de una pinza geopolítica más amplia. La guerra regional en la sombra con Israel, caracterizada por asesinatos en suelo iraní y los ataques militares directos de Estados Unidos e Israel contra Irán en junio de 2025, ha obligado al Estado iraní a adoptar una postura permanente de «la seguridad es lo primero».
Mi investigación sobre la militarización de la economía iraní sugiere que estas amenazas externas proporcionan el entorno perfecto para que las entidades vinculadas al Estado refuercen su control sobre los recursos restantes bajo el pretexto de la «defensa nacional».
Esta agresión externa no facilita la reforma, sino que la asfixia.
Además, las recientes declaraciones públicas del Mossad israelí, en las que afirma apoyar a los manifestantes «sobre el terreno», sólo sirven para deslegitimar las auténticas reivindicaciones económicas del pueblo iraní.
Este tipo de intervenciones permiten a los elementos más belicistas de la comunidad internacional presentar la demanda popular de alivio económico como un levantamiento contra el Estado, lo que justifica una mayor escalada y un asedio económico.
La paradoja de la inestabilidad
Los responsables políticos occidentales suelen dar por sentado que, si se ejerce suficiente presión sobre una sociedad, se producirá un «cambio de régimen» limpio.
Mi investigación conjunta, basada en datos recopilados a lo largo de dos décadas, desmiente esta teoría (véase también un seminario web sobre este tema).
Descubrimos que, si bien las sanciones de alta intensidad disminuyen el riesgo de guerras civiles organizadas y golpes de Estado, en parte debido al efecto nacionalista de «unión en torno a la bandera» contra los enemigos externos, al mismo tiempo actúan como una olla a presión para el desorden civil y el terrorismo.
Las sanciones no conducen a un nuevo gobierno, sino a una sociedad más polarizada e insegura.
Cuando un ciudadano ve que la moneda pierde la mitad de su valor mientras se dan a conocer noticias de corrupción sistémica, el coste de oportunidad de la rebelión se reduce casi a cero.
En una sociedad digital altamente conectada, estas disparidades se vuelven imposibles de ocultar, como hemos validado en nuestra reciente publicación. La «clase media pobre» puede ver ahora en tiempo real la brecha entre su propio sufrimiento y las élites que se benefician de la economía sumergida creada por las sanciones.
Exigir un futuro, no un colapso
Es fundamental distinguir entre el llamamiento del pueblo iraní a favor de una reforma institucional y el deseo occidental de que el Estado fracase.
Los iraníes que actualmente se manifiestan en las calles no piden que se desmantele su país, sino que se restaure su dignidad, se alivie la situación económica y se ponga fin al castigo colectivo que ha vaciado sus vidas.
La tragedia de la actual estrategia estadounidense-israelí es que ha destruido precisamente el segmento de la sociedad, la clase media, más capaz de impulsar un futuro estable, reformista y menos conflictivo.
Al debilitar este centro, las potencias externas, junto con los problemas estructurales internos, como la elevada corrupción, han eliminado el amortiguador moderado que suele valorar el cambio gradual por encima de la violencia caótica.
Es posible que el rial se estabilice con el tiempo, pero el tejido social no puede repararse tan fácilmente.
Entre un sistema político que da prioridad a la supervivencia y una alianza occidental que utiliza la guerra económica, el pueblo iraní está siendo expulsado de su propio futuro.
Los datos muestran que la crisis actual es un síntoma de una sociedad sitiada y, hasta que la política de castigo colectivo sea sustituida por una diplomacia genuina, el ciclo de inestabilidad no hará más que agravarse.
Foto de portada: El presidente iraní Masoud Pezeshkian asiste a una reunión del Gobierno mientras los manifestantes protestan contra las malas condiciones económicas en Teherán el 31 de diciembre de 2025 (Reuters).