Estados Unidos, un Estado canalla

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 5 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista que ganó el Premio Pulitzer en 2002. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.

La clase dominante de Estados Unidos, desvinculada de un universo basado en hechos y cegada por la idiotez, la codicia y la arrogancia, ha inmolado los mecanismos internos que impiden la dictadura y los mecanismos externos diseñados para protegernos contra un mundo sin ley de colonialismo y diplomacia de cañoneras.

Nuestras instituciones democráticas están moribundas. No pueden o no quieren contener a nuestra mafiosa clase dominante. El Congreso, plagado de lobbies, es un apéndice inútil. Renunció a su autoridad constitucional, incluyendo el derecho a declarar la guerra y aprobar leyes, hace mucho tiempo. Envió apenas 38 proyectos de ley al escritorio de Donald Trump para su promulgación el año pasado. La mayoría eran resoluciones de “desaprobación” que revertían regulaciones promulgadas durante la administración Biden. Trump gobierna por decreto imperial mediante órdenes ejecutivas. Los medios de comunicación, propiedad de corporaciones y oligarcas, desde Jeff Bezos hasta Larry Ellison, son una cámara de resonancia para los crímenes de Estado, incluyendo el genocidio continuo de palestinos, los ataques a Irán, Yemen y Venezuela, y el saqueo de la clase multimillonaria. Nuestras elecciones, saturadas de dinero, son una parodia. El cuerpo diplomático, encargado de negociar tratados y acuerdos, prevenir guerras y forjar alianzas, ha sido desmantelado. Los tribunales, a pesar de algunas sentencias de jueces valientes, incluyendo el bloqueo del despliegue de la Guardia Nacional en Los Ángeles, Portland y Chicago, son lacayos del poder corporativo y están supervisados ​​por un Departamento de Justicia cuya función principal es silenciar a los enemigos políticos de Trump.

El Partido Demócrata, sometido a las corporaciones y a la servidumbre, nuestra supuesta oposición, bloquea el único mecanismo que puede salvarnos —los movimientos populares de masas y las huelgas— sabiendo que su corrupta y despreciada dirección será barrida. Los líderes del Partido Demócrata tratan al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani —un rayo de luz en la oscuridad—, como si tuviera lepra. Es mejor dejar que todo se hunda antes que renunciar a su estatus y privilegio.

Las dictaduras son unidimensionales. Reducen la política a su forma más simple: haz lo que te digo o te destruiré.

Los matices, la complejidad, el compromiso y, por supuesto, la empatía y la comprensión, están más allá del pequeño espectro emocional de los gánsteres, incluido el Gánster-en-Jefe.

Las dictaduras son el paraíso de los matones. Los gánsteres, ya sea en Wall Street, Silicon Valley o la Casa Blanca, canibalizan su propio país y saquean los recursos naturales de otros.

Las dictaduras invierten el orden social. La honestidad, el trabajo duro, la compasión, la solidaridad y el autosacrificio son cualidades negativas. Quienes las encarnan son marginados y perseguidos. Los desalmados, corruptos, mentirosos, crueles y mediocres prosperan.

Las dictaduras empoderan a matones para mantener a sus víctimas inmovilizadas, tanto en casa como en el extranjero. Matones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés). Matones de la Fuerza Delta, los Navy Seals y los equipos de operaciones encubiertas de la CIA, que, como cualquier iraquí o afgano puede decir, son los escuadrones de la muerte más letales del planeta. Matones del Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés) y la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés) —vistos escoltando al presidente Nicolás Maduro esposado en Nueva York—, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) y los departamentos de policía.

¿Puede alguien argumentar seriamente que Estados Unidos es una democracia? ¿Existen instituciones democráticas que funcionen? ¿Existe algún control sobre el poder estatal? ¿Existe algún mecanismo que pueda imponer el Estado de derecho en nuestro país, donde residentes legales son secuestrados por matones enmascarados en nuestras calles, donde una “izquierda radical” fantasma es una excusa para criminalizar la disidencia, donde el tribunal supremo del país otorga a Trump un poder e inmunidad casi reales? ¿Puede alguien pretender que con la demolición de las agencias y leyes ambientales —que deberían ayudarnos a enfrentar el ecocidio inminente, la mayor amenaza para la existencia humana— existe alguna preocupación por el bien común? ¿Puede alguien argumentar que Estados Unidos es el defensor de los derechos humanos, la democracia, un orden basado en normas y las “virtudes” de la civilización occidental?

Nuestros gánsteres reinantes acelerarán el declive. Robarán todo lo que puedan, tan rápido como puedan, en su descenso. La familia Trump se ha embolsado más de 1.800 millones de dólares en efectivo y regalos desde la reelección de 2024. Lo hacen mientras se burlan del Estado de derecho y refuerzan su férreo control. Los muros se cierran. La libertad de expresión está abolida en los campus universitarios y en las ondas de radio. Quienes denuncian el genocidio pierden sus empleos o son deportados. Los periodistas son calumniados y censurados. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), potenciado por Palantir —con un presupuesto de 170.000 millones de dólares a lo largo de cuatro años— está sentando las bases de un Estado policial. Ha aumentado el número de sus agentes en un 120%. Está construyendo un complejo nacional de centros de detención. No sólo para los indocumentados. También para nosotros. A quienes están fuera de las puertas del imperio no les irá mejor con un presupuesto de un billón de dólares para la maquinaria de guerra. Y esto me lleva a Venezuela, donde un jefe de Estado y su esposa, Cilia Flores, fueron secuestrados y trasladados a Nueva York en abierta violación del derecho internacional y la Carta de la ONU.

No hemos declarado la guerra a Venezuela, pero tampoco hubo declaración de guerra cuando bombardeamos Irán y Yemen. El Congreso no aprobó el secuestro y el bombardeo de instalaciones militares en Caracas porque no fue informado.

La administración Trump disfrazó el crimen —que se ha cobrado las vidas de 80 personas— como una redada antidrogas y, lo más extraño, como una violación de las leyes estadounidenses sobre armas de fuego: “posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos; y conspiración para poseer ametralladoras y dispositivos destructivos”.

Estas acusaciones son tan absurdas como intentar legitimar el genocidio en Gaza como el “derecho de Israel a defenderse”.

Si se tratara de drogas, el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández no habría sido indultado por Trump el mes pasado, tras ser sentenciado a 45 años de prisión por conspirar para distribuir más de 400 toneladas de cocaína en Estados Unidos, una condena que fue justificada con pruebas mucho mayores que las que respaldan los cargos formulados contra Maduro.

Pero las drogas no son sino un pretexto.

Rebosantes de éxito, Trump y sus funcionarios ya hablan de Irán, Cuba, Groenlandia y quizás Colombia, México y Canadá.

El poder absoluto en el país y en el extranjero se expande. Se alimenta de cada acto ilegal. Se convierte en una bola de nieve de totalitarismo y desastroso aventurerismo militar. Para cuando la gente se da cuenta de lo que ha sucedido, ya es demasiado tarde.

¿Quién gobernará Venezuela? ¿Quién gobernará Gaza? ¿Acaso importa?

Si las naciones y los pueblos no se inclinan ante el gran Moloch en Washington, serán bombardeados. No se trata de establecer un gobierno legítimo. No se trata de elecciones justas. Se trata de usar la amenaza de muerte y destrucción para lograr una sumisión total.

Trump lo dejó claro cuando advirtió a la presidenta interina venezolana, Delcy Rodríguez, que “si no hace lo correcto, pagará un precio muy alto, probablemente mayor que Maduro”.

El secuestro de Maduro no se debió al narcotráfico ni a la posesión de ametralladoras. Se trata de petróleo. Es, como dijo Trump, para que Estados Unidos pueda “gobernar” Venezuela.

“Haremos que nuestras gigantescas compañías petroleras estadounidenses, las más grandes del mundo, entren, gasten miles de millones de dólares, reparen la infraestructura petrolera, que está muy deteriorada, y empiecen a generar ingresos para el país”, declaró Trump durante una conferencia de prensa el sábado.

Los iraquíes, un millón de los cuales murieron durante la guerra y la ocupación estadounidense, saben lo que viene después. La infraestructura, moderna y eficiente bajo Sadam Husein —informé desde Iraa bajo el gobierno de Husein, así que puedo dar fe de ello— fue destruida. Los títeres iraquíes instalados por Estados Unidos no tenían ningún interés en la gobernabilidad y, según se ha informado, robaron unos 150.000 millones de dólares en ingresos procedentes del petróleo.

Estados Unidos fue finalmente expulsado de Iraq, aunque controla los ingresos petroleros iraquíes, que se canalizan hacia el Banco de la Reserva Federal de Nueva York. El gobierno de Bagdad está aliado con Irán. Su ejército incluye milicias respaldadas por Irán en las Fuerzas de Movilización Popular de Iraq. Los principales socios comerciales de Iraq son China, los Emiratos Árabes Unidos, India y Turquía.

Las debacles en Afganistán e Iraq, que costaron al pueblo estadounidense entre 4 y 6 billones de dólares, fueron las más costosas en la historia de Estados Unidos. Ninguno de los artífices de estos fiascos ha rendido cuentas.

Los países señalados para “cambio de régimen” implosionan, como en Haití, donde Estados Unidos, Canadá y Francia derrocaron a Jean-Bertrand Aristide en 1991 y 2004. El derrocamiento provocó el colapso social y gubernamental, la guerra entre bandas y el agravamiento de la pobreza. Lo mismo ocurrió en Honduras cuando un golpe de Estado respaldado por Estados Unidos en 2009 derrocó a Manuel Zelaya. Hernández, recientemente indultado, asumió la presidencia en 2014 y transformó Honduras en un narcoestado, al igual que el títere estadounidense Hamid Karzai en Afganistán, quien supervisó la producción del 90% de la heroína mundial. Y luego está Libia, otro país con vastas reservas de petróleo. Cuando Muamar Gadafi fue derrocado por la OTAN durante el gobierno de Obama en 2011, Libia se escindió en enclaves liderados por caudillos y milicias rivales.

La lista de desastrosos intentos de Estados Unidos de “cambio de régimen” es exhaustiva, incluyendo Kosovo, Siria, Ucrania y Yemen. Todos son ejemplos de la insensatez de la extralimitación imperial. Todos predicen hacia dónde nos dirigimos.

Estados Unidos puso a Venezuela en su punto de mira desde la elección de Hugo Chávez en 1998. Estuvo detrás de un golpe de Estado fallido en 2002. Le impuso severas sanciones durante dos décadas. Intentó ungir al político opositor Juan Guaidó como “presidente interino”, aunque nunca resultó elegido presidente. Cuando esto no funcionó, Guaidó fue destituido con la misma crueldad con la que Trump ha abandonado a la figura de la oposición y “Premio Nobel de la Paz”, María Corina Machado. En 2020, escenificamos un intento a lo Keystone Cops con mercenarios mal entrenados para provocar un levantamiento popular. Nada de eso funcionó.

El secuestro de Maduro inicia otra debacle. Trump y sus secuaces no son más competentes, y probablemente lo sean menos, que los funcionarios de administraciones anteriores, que intentaron doblegar al mundo a su voluntad.

Nuestro imperio en decadencia avanza a trompicones como una bestia herida, incapaz de aprender de sus desastres, paralizado por la arrogancia y la incompetencia, incendiando el Estado de derecho y fantaseando con que la violencia industrial indiscriminada le hará recuperar la hegemonía perdida. Capaz de proyectar una fuerza militar devastadora, su éxito inicial conduce inevitablemente a atolladeros autodestructivos y costosos.

La tragedia no es que el imperio estadounidense esté agonizando, sino que está llevándose consigo a demasiados inocentes.

Ilustración de portada: El asesinato más vil (por Mr. Fish).

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