Andrew Hammond, Middle East Eye, 5 enero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Andrew Hammond enseña actualmente historia turca en la Universidad Nacional Australiana. Es autor de Popular Culture in North Africa and the Middle East, The Illusion of Reform in Saudi Arabia y de numerosos artículos académicos sobre el pensamiento islámico moderno. Anteriormente trabajó en el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, la BBC Arabic y Reuters en Egipto y Arabia Saudí.
El conflicto saudí-emiratí por Yemen lleva tiempo gestándose, pero la emergente alianza entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos, y su política de debilitar a las grandes potencias tradicionales de la región, ha obligado a Riad, contra su propia naturaleza, a adoptar una postura firme.
Abu Dabi fue descrita memorablemente hace más de una década por el excomandante del Centcom estadounidense, James Mattis, como la “Pequeña Esparta” por situarse por encima de sus posibilidades. Las obsesiones compartidas con Tel Aviv en temas como Irán, los partidos políticos islamistas y la protección de Estados Unidos unieron a estos dos disruptores regionales en los Acuerdos de Abraham de 2020, supervisados por la primera administración Trump.
Tras la muerte del exgobernante emiratí, el jeque Zayed bin Sultan Al Nahyan, en 2004, los EAU avanzaron en una dirección diametralmente opuesta a su enfoque panárabe y consensuado. Este nuevo camino fue forjado por su hijo, Mohammed bin Zayed, quien ejerció de eminencia gris bajo el sucesor de su padre y se convirtió en gobernante de facto desde 2014 hasta que asumió formalmente la presidencia en 2022.
El militarismo al que Mattis se refería no era la brutalidad férrea de Israel, sino más bien la intervención a través de intermediarios, comprada con la vasta riqueza petrolera, sin que les importe la opinión pública; de hecho, la política de convertir en ciudadanos de los EAU a sólo alrededor del 10% de la población del país, de más de 11 millones de personas, ha hecho que la oposición interna sea insignificante.
Pero los levantamientos de la Primavera Árabe dieron un impulso a la familia gobernante, ya que incluso entre el debilitado electorado de ciudadanos de los EAU, se alzaron voces que exigían un papel en el gobierno. Los intelectuales islamistas asociados con la Hermandad Musulmana, presentes en la administración estatal desde la independencia de Gran Bretaña, fueron considerados los agitadores responsables de infundir ideas que superaban su estatus.
Posteriormente, los EAU se unieron a Arabia Saudí para hacer frente a las fuerzas electorales islamistas en toda la región, que contaban con diversos apoyos de Turquía y Catar, desde Egipto hasta Libia y la propia Turquía, si se dan por ciertas las sospechas del gobierno turco sobre la participación de los EAU en el fallido intento de golpe de Estado en su país en 2016.
Para los EAU, al igual que para Israel, la guerra de Gaza representó una oportunidad para acabar con la influencia de Hamás y la Hermandad Musulmana. Como puso de manifiesto el asesor presidencial de los EAU, Anwar Gargash, en octubre: “Las visiones maximalistas sobre la cuestión palestina ya no resultan válidas”. Sin embargo, dado que Hamás y otras facciones palestinas clave han acordado una solución de dos Estados, no está claro qué concesiones se buscan.
Intervención militar
En Yemen, fue Arabia Saudí quien invitó a los EAU a asumir un papel de aliado en su intervención militar para derrocar al movimiento hutí del poder en Saná, después de que el grupo expulsara al gobierno respaldado por el Consejo de Cooperación del Golfo en 2014. Conmocionado ante la perspectiva de que los hutíes actuaran como un antagonista al estilo de Hizbolá, respaldado por Irán, en su frontera, Riad continuó apoyando al partido islamista yemení Al-Islah.
Riad no tuvo más remedio que recurrir a Abu Dabi, ya que Egipto, Pakistán y otros países no estaban dispuestos a proporcionar tropas para una guerra que sospechaban iba a terminar en un atolladero. Abu Dabi dijo que sí, pero la ingenuidad saudí sobre las intenciones emiratíes fue extrema.
El interés de los EAU se manifestó rápidamente, no tanto como un proyecto para desafiar a los hutíes, sino más bien para establecer el sur como su propia esfera de influencia, principalmente a través de intermediarios.
Con el respaldo de los Emiratos Árabes Unidos, se crearon las Brigadas de los Gigantes en 2015, el Consejo de Transición del Sur (CTS) en 2017 y las Fuerzas de Resistencia Nacional poco después. Estos acuerdos otorgaron a los emiratíes influencia y control sobre puertos clave y el estratégico estrecho de Bab al-Mandab.
Tanto los EAU como Arabia Saudí consiguieron mercenarios de las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) paramilitares sudanesas, pero Abu Dabi profundizó aún más esa relación, hasta el punto de que ahora se les acusa de respaldar a las FAR contra el gobierno de Sudán, a pesar de las atrocidades perpetradas por los combatientes del grupo.
Sin embargo, los EAU han colaborado también con Israel en Yemen, estableciendo bases militares, sistemas de radar e infraestructura de vigilancia en las islas estratégicas de Socotra, Perim, Abd al-Kuri y Zuqar, todo ello bien documentado, aunque poco abordado.
El reciente reconocimiento de Somalilandia por parte de Israel es la consecuencia natural de la consolidación de la región separatista de Somalia por parte de su aliado emiratí mediante la construcción de carreteras, un puerto en Berbera, la modernización del aeropuerto de Hargeisa y una base militar, todo ello manteniendo una postura formal de apoyo a Mogadiscio.
Turquía, principal patrocinador regional de los grupos islamistas vinculados a la Hermandad Musulmana, cuenta con presencia militar y comercial propia en el Cuerno de África, con importantes inversiones en Somalia, Sudán, Yibuti y Etiopía.
Abu Dabi ha forjado su satrapía en el sur de Yemen de forma similar, en el marco del apoyo formal a la república yemení y a su gobierno en el exilio. El respaldo de los EAU a al menos tres miembros del Consejo de Liderazgo Presidencial de Yemen (Aidarous al-Zubaidi, Abdulrahman al-Muharrami y Faraj al-Bahsani), dos de los cuales son separatistas del Consejo de Transición del Sur (CTS), ha paralizado el organismo.
Riad no está a la altura
El líder del CTS, Al-Zubaidi, conoce bien el guion. Si quiere asegurar la independencia, necesitará el apoyo de los Emiratos Árabes Unidos e Israel para superar el escepticismo estadounidense sobre la división de un país que ya se considera demasiado problemático como para dedicarle más esfuerzos.
Durante el último año, Zubaidi ha insistido en que sólo existen dos potencias en Yemen: los hutíes en el norte y el CTS en el sur. Reconocer el sur es una vía rápida para lograr la estabilidad en términos occidentales, a la vez que aísla aún más a los hutíes, respaldados por Irán, de quienes Estados Unidos teme que se estén acercando a China y Rusia.
En las reuniones en los márgenes de la Asamblea General de la ONU en septiembre, Zubaidi fue explícito al afirmar que el CTS ya está haciendo planes para que su futuro Estado se una a los Acuerdos de Abraham.
Cómo Arabia Saudí, la potencia tradicional en Yemen y principal patrocinador político y financiero de su gobierno, que incluye al CTS, pudo dejar que la situación se le escapara tanto de las manos, resulta desconcertante tanto para sus clientes yemeníes como para sus homólogos regionales.
El secreto apenas oculto sobre el conflicto yemení es que, desde 2022, cuando se acordó una tregua mediada por la ONU, Riad ha considerado la paz con los hutíes como la mejor manera de asegurar sus intereses, en particular con 1,25 billones de dólares en megaproyectos que entrarán en funcionamiento durante la próxima década, a medida que el reino pasa del aislamiento ultraconservador al turismo de masas.
El alto el fuego en Gaza en octubre ha permitido a Riad reanudar discretamente las conversaciones para normalizar las relaciones con los hutíes, que quedaron congeladas tras los atentados del 7 de octubre de 2023. Obstaculizar estas conversaciones ha sido un objetivo clave del CTS y los Emiratos Árabes Unidos, ya que lo que se suponía que iba a seguir a un acuerdo de paz entre Arabia Saudí y los hutíes eran conversaciones entre el gobierno y los hutíes sobre un nuevo Yemen que iba a dividir los ingresos, incluyendo los ingresos del petróleo y del gas de los yacimientos del sur.
En espera del momento oportuno para tomar el control militar de Hadramaut y Mahrah, en el interior del país, el CTS actuó ahora ante la preocupación de que Arabia Saudí y Omán estuvieran impulsando un naciente movimiento separatista hadrami que arruinaría el proyecto del sur. Arabia Saudí también ha llenado Mahrah con su propia milicia afiliada, Escudo Nacional, durante el último año.
En cuanto a los Emiratos Árabes Unidos, parece que el objetivo más amplio es colaborar estrechamente con Israel para debilitar a las grandes potencias —como Arabia Saudí, Turquía e Irán— y fragmentar el orden regional, de manera que dos entidades políticas canalla sobrevivan en sus formas actuales y resistan las presiones para cambiar.
Foto de portada: Soldados gubernamentales respaldados por Arabia Saudí viajan en la parte trasera de una camioneta en la ciudad portuaria de Mukalla, en el Mar Arábigo, el 4 de enero de 2026 (Reuters).