Middle East Monitor, 7 enero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

¿Qué tipo de gobierno puede surgir cuando un juez entra en la escena política? ¿Qué ocurre cuando el presidente del Tribunal Supremo de Iraq, Faiq Zidan, pasa de ser un guardián de la ley a un agente del poder que sirve a los intereses iraníes? ¿Qué sentido tiene un gobierno forjado a través de la colusión, el chantaje político y la sumisión, lejos de las reglas del compromiso político habitual?
Lo que está ocurriendo hoy en Iraq no tiene lugar a puerta cerrada. Al contrario, ocurre a la vista de las cámaras. Durante semanas, Faiq Zidan ha estado actuando como un político, no como un juez. Aparece. Negocia. Sonríe ante las cámaras. Actúa como si tuviera un mandato no escrito para gestionar el Estado.
Desde la elección del presidente del Parlamento, Haibat al-Halbusi, hasta la organización de un Parlamento en el que la representación ha perdido su significado, pasando por la negociación con los partidos kurdos en Erbil y su presentación como única autoridad sobre las milicias armadas, está claro que Zidan no es imparcial.
Él es el actor principal. Quizás el más poderoso de la sala. La pregunta ya no es si intervendrá. Más bien es: ¿quién le ha otorgado este papel, si no es Irán? ¿Qué autoridad política tiene un juez cuando actúa como líder de un partido o como árbitro definitivo del equilibrio de poderes?
Recientemente, un equipo de investigación formado por periodistas iraquíes elaboró un extenso informe sobre Zidan, al que apodaron «el Escobar iraquí». El informe destacaba su doctrina del «plomo o plata»: dos opciones para cualquier oponente y sin posibilidad de una tercera: aceptar el soborno o enfrentarse a graves consecuencias.
Zidan utilizó este enfoque para construir una compleja red de jueces, funcionarios, líderes políticos y figuras influyentes, aprovechando la ley para imponer lealtad, silenciar la disidencia y proteger a los corruptos.
Protegió a los responsables del «robo del siglo» y aplastó a los empresarios, dejándoles sin otra opción que la sumisión o una muerte lenta a través de los tribunales, la congelación de activos, la quiebra, el encarcelamiento o el exilio.
Hoy, antes de formar un nuevo Gobierno en Bagdad, todo apunta a una conclusión: Zidan no busca un gobierno de equilibrios. Quiere un gobierno que esté completamente sometido a su autoridad.
Desde la reconstitución del Parlamento y la selección de Haibat al-Halbusi en condiciones que pueden resumirse en una sola palabra —sumisión—, ha quedado claro que la legitimidad ya no se deriva de la representación popular. Más bien, se deriva del sello judicial.
Este sello legitima un Parlamento que incluye a docenas de líderes vinculados a milicias clasificadas como organizaciones terroristas, tratando la cuestión como un problema de procedimiento y no como de orden estructural. Este tipo de farsa política es exclusiva del Iraq dominado por las milicias.
Que Zidan se presente en el aniversario del asesinato de Qasem Soleimani y Abu Mahdi al-Muhandis —principales fuentes de armas sin control y asesinatos por motivos identitarios— y hable con seriedad sobre «monopolizar las armas bajo el Estado» es contradictorio y absurdo. Es un Estado secuestrado que exige la fuerza exclusiva mientras sus símbolos lloran a quienes destrozaron su autoridad y la entregaron a las milicias.
En este contexto, Zidan se ha presentado como el «salvador» del caos, la parálisis y la propia política. Se presenta como el líder de facto de Iraq, no porque haya sido elegido, sino porque cuenta con el respaldo de potencias externas, concretamente Irán, y por su posición dentro del llamado «Estado profundo», donde el poder judicial se entrecruza con la seguridad, el dinero y el armamento.
En las últimas semanas, Zidan no sólo ha gestionado la situación en Bagdad. Viajó a Erbil para negociar directamente con los partidos kurdos, actuando como si fuera un primer ministro o un enviado extracontitucional. Luego regresó para reunir a los líderes de los partidos iraquíes y las milicias respaldadas por Irán, una escena que rememora a Soleimani, no como un recuerdo, sino como un papel que ahora ha quedado completo.
En este sentido, Zidan no es solo un aliado iraní, sino el nuevo agente de facto de la influencia política iraní en Iraq. Soleimani actuaba como comandante militar. Zidan actúa como jurista. El resultado es el mismo: controlar el ritmo, evitar el caos y establecer una autoridad que no amenace los intereses iraníes. Michael Knights, investigador principal del Instituto Washington, ha señalado que Zidan ha dictado una orden tras otra para bloquear cualquier oposición genuina a las milicias iraníes.
Tras la invasión de 2003, Soleimani y Abu Mahdi al-Muhandis elevaron a Zidan a las más altas esferas del sistema judicial, donde supervisó los tribunales antiterroristas, no para combatir el terrorismo, sino para garantizar que los afiliados a Irán nunca pudieran ser considerados responsables ante la ley iraquí. En este contexto, el poder judicial ya no es una autoridad independiente. Es un poder concentrado. Zidan nombra. Zidan destituye. Dirige a los jueces como un primer ministro dirige a sus ministros. Sin elecciones y sin límite de tiempo.
Se trata de una instalación permanente impulsada por la voluntad política externa más que por el consenso nacional. El congresista estadounidense Joe Wilson resumió la situación de manera sucinta: Zidan ya no es simplemente un representante iraní. En realidad, actúa como líder político, mediador central en los equilibrios de poder de Iraq, que interviene directamente en las negociaciones para la formación del gobierno de una manera más descarada que cualquier otra conducta anterior.
¿Qué tipo de gobierno podría surgir de esta situación? ¿Un gobierno político? ¿Un gobierno judicial? ¿O una autoridad híbrida, disfrazada de Estado y que funciona según la lógica de las milicias, pero empleando el lenguaje de la ley? El poder judicial en esta ecuación ya no es una autoridad independiente. Es un poder concentrado.
La conclusión es casi segura: Iraq no avanza hacia un gobierno fuerte, sino hacia un gobierno débil y servil. Este gobierno carece de política, responsabilidad, visión y el valor para desafiar los límites impuestos.
La pregunta más difícil es: ¿estamos presenciando una fase de transición? ¿O se trata de un nuevo modelo de gobernanza, escrito con tinta judicial en lugar de política? En este modelo, el primer ministro es simplemente una fachada, que absorbe la ira popular, mientras que la autoridad real se ejerce en otra parte, más allá de la política y más cerca de un sistema que no se cuestiona ni se responsabiliza.
El mayor peligro no es la debilidad del próximo gobierno. Más bien es el precedente que sienta al transformar el poder judicial en la autoridad política suprema y situar al juez por encima del parlamento, el gobierno y la voluntad del pueblo. Si este modelo se consolida, no será temporal. Se convertirá en la norma. Entonces, la cuestión ya no será la forma de gobierno. Será el significado mismo del Estado. Esa es la verdadera advertencia. Este es un coste del que Iraq puede darse cuenta demasiado tarde.
Foto de portada: Los partidarios de la Coalición para la Reconstrucción y el Desarrollo recorren las calles y para festejar en Bagdad que dicha Coalición, encabezada por el primer ministro Mohammed Shia al-Sudani, obtuviera la mayoría de los votos en las elecciones generales, según resultados no oficiales, el 12 de noviembre de 2025. (Murtadha Al-Sudani – Agencia Anadolu)