La guerra de Trump contra las mujeres

Karen J. Greenberg, TomDispatch.com,  6 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Karen J. Greenberg, colaboradora habitual de TomDispatch, es directora del Centro de Seguridad Nacional de Fordham Law y editora-jefe del semanario Aon CNS Cyber Brief. Es autora de Subtle Tools: The Dismantling of American Democracy from the War on Terror to Donald Trump, y coeditora, con Julian Zelizer, de Our Nation at Risk: Election Integrity as a National Security Issue.

«Cállate, cerda». El presidente estaba decidido a silenciar a Catherine Lucey. La periodista de Bloomberg lo había provocado con una pregunta sobre la publicación de los archivos de Epstein. Su insulto llamó la atención del público. Pero el vocabulario insultante de Trump contra las mujeres tiene una larga historia. A otras periodistas las ha tildado de «odiosas», «terribles», «de tercera categoría» y «feas». A la vicepresidenta Kamala Harris, su rival en las elecciones presidenciales de 2024, la calificó de «retrasada», y a la expresidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, de «más loca que una cabra». La lista sigue (y sigue y sigue). ¿Y quién sabe qué se ha censurado de los archivos de Epstein en ese sentido?

Hay que tener en cuenta que los insultos trumpianos lanzados contra las mujeres (y que se repiten con regularidad) no son en absoluto palabras sin importancia. Revelan el profundo y permanente desprecio de Donald Trump hacia las mujeres, una actitud que ha dado un gran salto adelante (¿o debería decir atrás?) en términos políticos en los años de Trump 2.0. Más allá de una simple cascada de palabras insultantes, el comandante en jefe y sus aliados han considerado a las mujeres como enemigas. Y, como era de esperar, dadas las circunstancias, ahora están claramente bajo ataque.

Las purgas

Desde el primer día de su segundo mandato como presidente, Trump ha dejado muy clara su intención de eliminar a las mujeres del Gobierno, con algunas excepciones de cara a la galería. Sin mencionar a las mujeres propiamente dichas, las convirtió en su objetivo desde el primer día de su mandato. La Orden Ejecutiva 14151 prometía poner fin a los «programas de discriminación forzada, ilegales e inmorales» de la era Biden. (En su primer día en el cargo, Biden había emitido una orden ejecutiva que abría la puerta a las «comunidades desfavorecidas» a través de una «agenda de equidad para todo el Gobierno»). Sin embargo, la orden ejecutiva de Trump decretó el fin de la DEI (diversidad, equidad e inclusión) y de cualquier nombramiento que tuviera por objeto reflejar la contratación basada en la diversidad, alegando que tales políticas «demostraban un enorme despilfarro público y una vergonzosa discriminación».

Inmediatamente, las mujeres comenzaron a ser expulsadas de sus puestos en el Gobierno. Las que ocupaban altos cargos fueron las primeras en irse. La archivera estadounidense Colleen Shogan fue destituida, al igual que las tres mujeres más importantes de la Junta Nacional de Relaciones Laborales. La directora de la Comisión Federal de Comercio, Rebecca Slaughter, fue despedida de inmediato, un caso que aún está siendo revisado por el Tribunal Supremo (aunque es difícil esperar buenas noticias del SCOTUS en estos días). El Pentágono hizo limpieza de forma rápida y temprana, destituyendo a las mujeres de los puestos de liderazgo, incluida la directora de la Academia Naval de Estados Unidos en Annapolis, la comandante de la Guardia Costera, la jefa de operaciones navales y la única mujer oficial de alto rango del Comité Militar de la OTAN. Todas ellas habían sido las primeras mujeres en ocupar esos puestos. También fue despedida la mujer que ocupaba el cargo de asistente militar superior del secretario de Defensa.

Las mujeres negras, en particular, se vieron sometidas a ataques. Entre las primeras en ser destituidas se encontraban Carla Hayden, bibliotecaria del Congreso; Gwynne Wilcox, la primera mujer negra en formar parte de la Junta Nacional de Relaciones Laborales; y Lisa Cook, la primera mujer negra en formar parte de la junta de gobernadores de la Reserva Federal. Por su parte, Peggy Carr, la primera persona negra y la primera mujer en ocupar el cargo de comisionada del Centro Nacional de Estadísticas Educativas, fue escoltada de forma cruel e inesperada fuera del edificio ante la mirada de su personal.

Las circunstancias que rodearon la destitución de la primera mujer al frente de la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA), la administradora en funciones Janet Petro, pusieron de manifiesto la convicción de que vaciar las oficinas de las mujeres que las ocupaban tenía prioridad sobre la calidad, la eficiencia o la profesionalidad en general. Petro fue sustituida por un interino, Sean Duffy, que siguió desempeñando el exigente cargo de secretario de Transporte incluso cuando asumió la dirección de la NASA. Al parecer, es mejor sobrecargar de trabajo a un hombre que permitir que una mujer dirija cualquier cosa.

El Pentágono

El Pentágono tomó la delantera en la cruzada contra las mujeres. Incluso antes de ser confirmado como secretario de Defensa (ahora Departamento de Guerra), el candidato Pete Hegseth señaló los cambios que se producirían bajo su liderazgo. El secretario de Defensa de Obama, Leon Panetta, había abierto los puestos de combate a las mujeres en 2015. Hegseth prometió cambiar eso. «Soy sincero al decir que no deberíamos tener mujeres en puestos de combate», declaró al podcaster Shawn Ryan. «No nos ha hecho más eficaces, no nos ha hecho más letales, ha complicado más los combates». El Capitolio lo resumió bien a finales de julio de esta manera: «Todas las mujeres han sido expulsadas de los puestos más altos del ejército, no hay ninguna mujer oficial de cuatro estrellas en servicio activo y ninguna pendiente de nombramiento para puestos de cuatro o tres estrellas».

La campaña antifemenina de Hegseth se centró tanto en el fondo como en las cifras. Las mujeres, sugirió, simplemente no tenían las habilidades necesarias para llevar a cabo sus tareas con la letalidad suficiente. Según él, el programa «Mujeres, Paz y Seguridad» del Pentágono, promulgado durante el primer mandato de Trump, sólo sirvió para debilitar al Pentágono. Las mujeres sólo distraerían al departamento de su «tarea principal: LUCHAR», tuiteó (según informó Politico). Hegseth puso fin al programa de forma sumaria. Como sugirió una portavoz de la ONU, la eliminación de las voces de las mujeres del ámbito del mantenimiento de la paz impediría la protección de las mujeres y los niños en todo el mundo.

Sanidad

En nuestro país, la eliminación de las protecciones para las mujeres ha supuesto un ataque a gran escala, comparable a una guerra, contra sus cuerpos. La reestructuración del Departamento de Salud y Servicios Humanos ha paralizado los programas de salud reproductiva. En abril, el HuffPost informó de que «la mayoría» de la División de Salud Reproductiva de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) había sido despedida y que dos de los tres programas principales de la división de Salud Materno-Infantil habían sido eliminados. Aunque la administración Trump ha intentado ocultar sistemáticamente los datos sobre estas purgas y políticas, los periodistas han seguido investigando y han sacado a la luz algunos de los hechos. Citando «información fragmentaria y obtenida mediante suscripción popular», The Guardian, por ejemplo, pudo informar de que «todo el personal de una encuesta sobre mortalidad materna considerada como referencia… también fue suspendido».

Da la casualidad de que el Congreso republicano se ha sumado al ataque. La tan cacareada Ley Big Beautiful Bill (BBB) de Trump, aprobada en julio, incluía recortes en la financiación de Medicaid y la Ley de Asistencia Asequible, programas que se prevé que afectarán más duramente a las mujeres adultas. Cabe destacar que la BBB incluía la prohibición de los pagos federales de Medicaid a Planned Parenthood. Incluso antes de la aprobación de la ley, la administración había retenido la financiación del Título X a 20 estados y 144 clínicas de Planned Parenthood que, desde 1970, habían recibido subvenciones para servicios de planificación familiar y salud reproductiva. Se espera que se produzcan recortes aún más drásticos. En mayo, el Commonwealth Fund resumió las devastadoras consecuencias de los primeros 100 días del presidente en el cargo para la salud reproductiva de las mujeres, detallando un drástico descenso en el acceso a los abortos médicos. Y por si estos problemas reproductivos no fueran suficientes para alarmarnos, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) han retirado su recomendación de vacunas contra la COVID para mujeres embarazadas y niños.

El historial

Para colmo de males, la administración ha dejado claro que no sólo las posiciones de las mujeres en el gobierno o su atención sanitaria están sujetas a erradicación. El historial de las mujeres y sus logros también está siendo atacado. En las bases de datos gubernamentales, las exposiciones de los museos y los fondos de los archivos, la información sobre las mujeres ha sido sistemáticamente eliminada. Como escribí en una entrada anterior de TomDispatch, el borrado de información, tanto histórica como estadística, ha sido un arma característica de esta administración. Los sitios web del Ejército y la Marina han eliminado diligentemente la información sobre la historia de las mujeres en el ejército, mientras que el cementerio de Arlington ha eliminado su página web sobre las mujeres enterradas allí, incluida la primera dama Jacqueline Kennedy. Y de manera similar, la NASA optó por suprimir cualquier mención a las mujeres como parte de la purga DEI de su sitio web.

El engaño

Ningún ensayo sobre la difícil situación de las mujeres en la era de Trump 2.0 estaría completo sin un comentario sobre la aparente contradicción entre el ataque múltiple contra las mujeres y la presencia de mujeres en un número sorprendente de cargos ministeriales. Siete de los nombramientos del gabinete de Trump son mujeres y su jefa de gabinete, Susie Wiles, es la primera mujer en ocupar ese cargo a nivel ministerial.

Sin embargo, eso no parece haber cambiado la narrativa de Trump 2.0 ni el impulso de atacar los derechos de las mujeres en todo el país. En todo caso, en ocasiones lo ha facilitado, amplificando aún más la retórica antifemenina de la administración. En el Departamento de Justicia, por ejemplo, la fiscal general Pam Bondi, que una década antes había votado en contra de la Ley contra la Violencia hacia las Mujeres, habría intervenido en varios casos de asilo, prohibiendo la entrada a Estados Unidos a mujeres que huían de la violencia doméstica. En el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés), bajo la dirección de la secretaria Kristi Noem, se ha cerrado la Oficina de Derechos Civiles y Libertades Civiles, mientras que se han desestimado «al menos 25 denuncias de abusos sexuales». Y en lo que respecta a la detención de inmigrantes, abundan las denuncias de abusos sexuales y físicos a mujeres. En palabras de la investigadora de Human Rights Watch Clara Long, las condiciones son «espantosas». Como dice Long, «los graves abusos —agresiones, abusos sexuales y trato discriminatorio por parte de los agentes estadounidenses— son un secreto a voces dentro del DHS».

En resumen, el desempeño de las mujeres en esta administración ha socavado aún más la causa de las mujeres. Elegidas por su lealtad a Trump más que por su experiencia, su incompetencia ha quedado al descubierto ante todos, lo que ha contribuido en gran medida a reforzar la percepción de que las mujeres no están a la altura de las importantes tareas que hay que realizar. La prueba número uno es, sin duda, Lindsey Halligan. Antigua abogada especializada en seguros que había formado parte del equipo legal de Trump, fue nombrada por la fiscal general Pam Bondi para ocupar el cargo de fiscal federal del Distrito Este de Virginia. Posteriormente, Halligan dirigió los procesos judiciales contra el exdirector del FBI James Comey y la fiscal general de Nueva York Letitia James, que habían estado al frente de las demandas contra el presidente antes de que este asumiera el cargo por segunda vez. Ambos casos de Halligan fueron desestimados después de que un juez federal dictaminara que su nombramiento era un uso ilegal del poder de nombramiento de la fiscal general. El Departamento de Justicia ha apelado ambos casos.

Pero incluso antes de que el juez tuviera la oportunidad de emitir su fallo, Halligan ya había perjudicado la causa de las mujeres. Al no haber dirigido nunca un proceso judicial, se enfrentó al gran jurado que buscaba la acusación de Comey sin la presencia de su propio equipo en el Departamento de Justicia para respaldarla. (Después de todo, su predecesor, Erik Siebert, nombrado y destituido por Trump, había dimitido en parte porque había determinado que no había motivos suficientes para iniciar tal proceso judicial). Debido a su falta de experiencia, demostró un profundo desconocimiento de los procedimientos judiciales y las normas de los tribunales. Como informó el exfiscal Elie Honig en la revista Intelligencer de New York Magazine, «la torpe fiscal novata» cometió muchos errores, entre ellos realizar declaraciones incorrectas al jurado y no presentar la versión final de la acusación a los miembros del jurado para su aprobación. Aunque el caso fue finalmente desestimado, las críticas a Halligan han continuado sin cesar.

Para aquellos que siguen defendiendo la exclusión de las mujeres de los puestos de poder y responsabilidad, ¿qué mejor prueba necesitan que Lindsey Halligan o, si vamos al caso, otras mujeres a las que se les asignan funciones que no pueden desempeñar con un alto nivel de calidad? Como comentó hace mucho tiempo la filósofa francesa Simone de Beauvoir en relación con las mujeres que buscan progresar en el mundo: «Le cortan las alas y luego la culpan por no saber volar».

En resumen, las mujeres están en situación apurada en la segunda presidencia de Donald Trump. Y, sin embargo, hay signos de esperanza que prometen sustento y fuerza para las mujeres en los días venideros. Aunque el Centro para las Mujeres y la Política Estadounidenses informa de que el número de mujeres en cargos electos ha disminuido en general para 2025, 26 de los 100 senadores son ahora mujeres, el porcentaje más alto jamás registrado. (¿Y quién sabe qué depararán las elecciones al Congreso de 2026, dada la fuerte presencia de los demócratas en las elecciones de 2025?

Además, fuera del gobierno, las mujeres están lejos de estar ausentes. Actualmente ocupan la cima de las fundaciones filantrópicas más grandes del país: Heather Gerken en la Fundación Ford, Amber Miller en la Fundación William y Flora Hewlett y Louise Richardson en la Carnegie Corporation de Nueva York. Son rectoras de algunas de las universidades más prestigiosas del país, como Brown, Columbia, la Universidad de Nueva York y Yale. En Microsoft, Google, Anthropic y otras empresas tecnológicas, las mujeres están claramente en auge, aportando su experiencia, orientación y liderazgo, mientras se preparan sin duda para un futuro en el que se buscará su experiencia.

¿Cambio radical?

En las últimas semanas, dentro de la administración Trump, ha habido indicios, aunque mínimos, de que algunas de las aliadas más devotas del presidente están empezando a mostrar su desacuerdo. La representante del Congreso, y leal a Trump, Marjorie Taylor Greene, ha tomado la iniciativa en ese cambio radical femenino, anunciando que va a abandonar el Congreso antes de que termine su mandato y llegando incluso a sugerir que está más en contacto con la base MAGA del presidente que él mismo. Al igual que Greene, la representante Elise Stefanik, aliada de Trump desde hace mucho tiempo, ha decidido «tirar la toalla» y dejar atrás la función pública. Trump no apoyó su candidatura a gobernadora de Nueva York, al igual que había retirado su nominación a la ONU a principios de año. Y luego está la jefa de gabinete Susie Wiles, quien, por mucho que posteriormente se retractara de las declaraciones que hizo en el transcurso de 11 entrevistas con Chris Whipple, de Vanity Fair, indicó claramente que se había alejado de las posturas del presidente sobre Venezuela, los indultos del 6 de enero y los archivos de Epstein.

Quizás, sólo quizás, el menoscabo de décadas de progreso tenga posibilidades de revertirse.

¡No es de extrañar que le tenga tanto miedo a las mujeres!

Foto de portada: 00021 de Carol Leigh Scarlot Harlot.

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