Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 8 enero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un escritor y periodista que ganó el Premio Pulitzer en 2002. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.
«Vivimos en un mundo en el que se puede hablar cuanto se quiera sobre las sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real, Jake, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo que han existido desde el principio de los tiempos». — Stephen Miller a Jake Tapper en la CNN, 5 de enero de 2026.
«El que quiera vivir debe luchar. El que no desee luchar en este mundo, donde la lucha permanente es la ley de la vida, no tiene derecho a existir. Esta afirmación puede parecer dura, pero, al fin y al cabo, así es como son las cosas». — Adolf Hitler en Mein Kampf.
«El Estado fascista expresa la voluntad de ejercer el poder y mandar. Aquí, la tradición romana se plasma en una concepción de la fuerza. El poder imperial, tal y como lo entiende la doctrina fascista, no es sólo territorial, militar o comercial, sino también espiritual y ético… El fascismo ve en el espíritu imperialista, es decir, en la tendencia de las naciones a expandirse, una manifestación de su vitalidad». — Benito Mussolini en La doctrina del fascismo.
Todos los imperios, cuando están muriendo, adoran al ídolo de la guerra. La guerra salvará al imperio. La guerra resucitará la gloria pasada. La guerra enseñará a un mundo rebelde a obedecer. Pero aquellos que se inclinan ante el ídolo de la guerra, cegados por la hipermasculinidad y la arrogancia, no se dan cuenta de que, si bien los ídolos comienzan pidiendo el sacrificio de los demás, terminan exigiendo el sacrificio propio. La ecpírosis, la inevitable conflagración que destruye el mundo según los antiguos estoicos, forma parte de la naturaleza cíclica del tiempo. No hay escapatoria. Fortuna. Hay un momento para la muerte individual. Hay un momento para la muerte colectiva. Al final, con ciudadanos agotados que anhelan la extinción, los imperios encienden su propia pira funeraria.
Nuestros sumos sacerdotes de la guerra, Donald Trump, Marco Rubio, Pete Hegseth, Stephen Miller y el presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Dan «Razin» Caine, no son diferentes de los necios y charlatanes que acabaron con los imperios del pasado: los altivos líderes del Imperio austrohúngaro, los militaristas de la Alemania imperial y la desventurada corte de la Rusia zarista en la Primera Guerra Mundial. Les siguieron los fascistas en Italia bajo Benito Mussolini, Alemania bajo Adolf Hitler y los gobernantes militares del Japón imperial en la Segunda Guerra Mundial.
Estas entidades políticas cometieron suicidio colectivo.
Bebieron el mismo elixir fatal que Miller y los que están en la Casa Blanca de Trump. Ellos también intentaron usar la violencia industrial para remodelar el universo. Ellos también se consideraban omnipotentes. Ellos también se veían a sí mismos en el rostro del ídolo de la guerra. Ellos también exigían ser obedecidos y adorados.
Para ellos, la destrucción es creación. La disidencia es sedición. El mundo es unidimensional. Los fuertes contra los débiles. Sólo nuestra nación es grande. Las demás naciones, incluso las aliadas, son despreciadas con desdén.
Estos arquitectos de la locura imperial son bufones y payasos asesinos. Son ridiculizados y odiados por aquellos que están arraigados en un mundo basado en la realidad. Son seguidos servilmente por los desesperados y los marginados. La simplicidad del mensaje es su atractivo. Un conjuro mágico devolverá el mundo perdido, la edad de oro, por muy mítica que sea. La realidad se ve exclusivamente a través de la lente del ultranacionalismo. La otra cara de la moneda del ultranacionalismo es el racismo.
«El nacionalista es, por definición, un ignorante», escribió el novelista yugoslavo-serbio Danilo Kiš. «El nacionalismo es la línea de menor resistencia, el camino fácil. El nacionalista está tranquilo, sabe o cree saber cuáles son sus valores, los suyos, es decir, los nacionales, los valores de la nación a la que pertenece, éticos y políticos; no le interesan los demás, no le preocupan, qué diablos, son otras personas (otras naciones, otras tribus). Ni siquiera es necesario investigarlos. El nacionalista ve a los demás a su imagen y semejanza, como nacionalistas».
Estos seres humanos atrofiados son incapaces de comprender a los demás. Amenazan. Aterrorizan. Matan. El arte de la política de poder entre naciones o individuos está mucho más allá de su minúscula imaginación. Carecen de la inteligencia —emocional e intelectual— necesaria para hacer frente a las complejas y siempre cambiantes arenas de las antiguas y nuevas alianzas. No pueden verse a sí mismos como los ve el mundo.
La diplomacia es a menudo un arte oscuro y engañoso. Es manipuladora por naturaleza. Pero requiere comprender otras culturas y tradiciones. Requiere meterse en la cabeza de los adversarios y aliados. Para Trump y sus secuaces, esto es imposible.
Los diplomáticos hábiles, como el príncipe Klemens von Metternich, ministro de Asuntos Exteriores del Imperio austriaco que dominó la política europea tras la derrota de Napoleón, lo consiguen elaborando acuerdos y tratados como el Concierto Europeo y el Congreso de Viena. Metternich, que no era amigo del liberalismo, mantuvo hábilmente la estabilidad en Europa hasta las revoluciones de 1848.
Informé sobre Richard Holbrooke, el subsecretario de Estado, mientras negociaba el fin de la guerra en Bosnia. Era grandilocuente y estaba fascinado con su propia fama. Pero enfrentó a los señores de la guerra de los Balcanes en la antigua Yugoslavia hasta que accedieron a detener los combates —con la ayuda de los aviones de combate de la OTAN que bombardearon las posiciones serbias en las colinas alrededor de Sarajevo— y firmaron los Acuerdos de Paz de Dayton.
Holbrooke tenía poco respeto por los diplomáticos que se entretenían en las salas de conferencias de Ginebra mientras 100.000 personas morían o desaparecían en Bosnia, unas 900.000 se convertían en refugiadas y 1,3 millones se desplazaban dentro del país. Sentía aversión por los comandantes militares que se negaban a correr riesgos. Detestaba a los líderes croatas, serbios y musulmanes a los que tuvo que obligar a firmar el acuerdo de paz.
Holbrooke, cuyo estilo fanfarrón y sus erupciones volcánicas eran legendarios, dejaba a su paso egos heridos y colegas ofendidos y amargados. Pero sabía cómo engatusar y moldear a sus adversarios a su antojo. Se le comparaba, en una comparación poco halagüeña, con Jules Cardinal Mazarin, el astuto prelado y estadista del siglo XVII que consolidó la supremacía de Francia entre las potencias europeas. «Adula, miente, humilla: es una especie de Mazarin brutal y esquizofrénico», dijo un diplomático francés a Le Figaro, refiriéndose a Holbrooke, durante las conversaciones de Dayton.
Cierto.
Pero Holbrooke, por muy voluble que fuera, comprendía la interacción entre la fuerza y la diplomacia. Esta comprensión es esencial. Es la razón por la que las naciones tienen diplomáticos. Es la razón por la que los grandes diplomáticos son tan importantes como los grandes generales.
Los Estados mafiosos no necesitan la diplomacia. Trump y Rubio, por esta razón, han destripado el Departamento de Estado, junto con otras formas de poder «blando» que logran influencia sin recurrir a la fuerza, incluyendo el papel de Estados Unidos en las Naciones Unidas, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, el Instituto Estadounidense para la Paz —rebautizado como Instituto Donald J. Trump para la Paz después de que la mayoría de la junta directiva y el personal fueran despedidos— y la Voz de América.
Los diplomáticos de los Estados mafiosos quedan reducidos al papel de recaderos. El ministro de Asuntos Exteriores de Hitler, Joachim von Ribbentrop, cuya principal experiencia en asuntos exteriores antes de 1933 era vender champán alemán falso en Gran Bretaña, nombró a miembros del partido procedentes de las SA o Camisas Marrones —el ala paramilitar del partido— para ocupar puestos diplomáticos en el extranjero. El ministro de Asuntos Exteriores de Benito Mussolini era su yerno, Galeazzo Ciano. Mussolini, que creía que «la guerra es para el hombre lo que la maternidad es para la mujer», ejecutó más tarde a Ciano por deslealtad. El enviado especial de Trump a Oriente Medio, Steven Charles Witkoff, es un promotor inmobiliario, a menudo acompañado en misiones diplomáticas por el incompetente yerno de Trump, Jared Kushner.
El filósofo italiano Benedetto Croce bromeó diciendo que el fascismo había creado una cuarta forma de gobierno, la «onagrocracia», un gobierno de burros rebuznantes, que se sumaba al tradicional triunvirato de Aristóteles formado por la tiranía, la oligarquía y la democracia.
Nuestra clase dirigente, demócratas y republicanos, ha desmantelado la democracia pieza a pieza. En Alemania e Italia, el Estado constitucional también se derrumbó mucho antes de la llegada del fascismo. Trump, que es el síntoma, no la enfermedad, heredó el cadáver. Y lo está aprovechando bien.
«Creo que mantener nuestro imperio en el extranjero requiere recursos y compromisos que inevitablemente socavarán nuestra democracia interna y, al final, darán lugar a una dictadura militar o su equivalente civil», escribió Chalmers Johnson hace dos décadas en su libro Nemesis: The Last Days of the American Republic (Némesis: los últimos días de la República Americana).
En él advertía:
Los fundadores de nuestra nación entendieron esto bien e intentaron crear una forma de gobierno —una república— que impidiera que esto ocurriera. Pero la combinación de enormes ejércitos permanentes, guerras casi continuas, keynesianismo militar y gastos militares ruinosos ha destruido nuestra estructura republicana en favor de una presidencia imperial. Estamos a punto de perder nuestra democracia por mantener nuestro imperio. Una vez que una nación emprende ese camino, entran en juego las dinámicas que se aplican a todos los imperios: aislamiento, sobrecarga, unión de fuerzas opuestas al imperialismo y bancarrota. Némesis acecha nuestra vida como nación libre.
El Imperio estadounidense, derrotado en Iraq y Afganistán —como lo fue en Bahía de Cochinos y en Vietnam—, no aprende nada. Se lanza a cada nuevo fiasco militar como si los anteriores no hubieran ocurrido. Cree que no necesita aliados. Que gobernará el mundo.
Si ocupar Groenlandia hace estallar la OTAN, ¿qué más da? Si financiar y armar a Israel para llevar a cabo un genocidio y bombardear Irán y Yemen aleja a grandes sectores del Sur Global y enfurece al mundo musulmán, ¿a quién le importa? Si invadir y secuestrar al presidente de Venezuela apesta a imperialismo yanqui, ¡qué más da! Nadie más importa.
Las naciones que pisotean el mundo como King Kong se infectan con un virus mortal.
Johnson advirtió que, si seguimos aferrándonos a nuestro imperio, como hizo la República romana, «perderemos nuestra democracia y esperaremos con tristeza el eventual contraataque que genera el imperialismo».
Las consecuencias nefastas es lo siguiente y, con ella, el colapso del desmoronado edificio del Imperio estadounidense. Es una vieja historia. Aunque para nosotros, y para la camarilla de inadaptados instalados en nuestra versión de la corte del rey Ubú, será un terrible shock.
Ilustración de portada: Made in USSA (por Mr. Fish).