Henry Giroux, CounterPunch.org, 9 enero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Henry A. Giroux ocupa actualmente la cátedra de Estudios de Interés Público de la Universidad McMaster en el Departamento de Estudios Ingleses y Culturales y es Paulo Freire Distinguished Scholar in Critical Pedagogy. Sus libros más recientes son: The Terror of the Unforeseen (Los Angeles Review of books, 2019), On Critical Pedagogy, 2ª edición (Bloomsbury, 2020); Race, Politics, and Pandemic Pedagogy: Education in a Time of Crisis (Bloomsbury 2021); Pedagogy of Resistance: Against Manufactured Ignorance (Bloomsbury 2022) e Insurrections: Education in the Age of Counter-Revolutionary Politics (Bloomsbury, 2023), y, en coautoría con Anthony DiMaggio, Fascism on Trial: Education and the Possibility of Democracy (Bloomsbury, 2025). Giroux es también miembro de la junta directiva de Truthout.
El asesor de la Casa Blanca Stephen Miller parece sacado del archivo más oscuro de la década de 1930. Su fiebre ideológica, sus diatribas salpicadas de saliva, sus mentiras compulsivas y su ira teatral no son excesos, sino instrumentos: rituales performativos a través de los cuales se normaliza la crueldad y se enseña el racismo. Lo que escenifica no es sólo un despiadado enamoramiento del poder y una política fascista actualizada, sino también un desmoronamiento psíquico disfrazado de autoridad. El espíritu que anima su retórica, saturada de odio, falsedad y espectáculo maníaco, recuerda un momento histórico en el que la crueldad se convirtió en un principio de gobierno y el racismo en la gramática moral del Estado.
Miller es una figura grotesca a la que se le ha concedido poder, un pregonero de la represión cuyo racismo funciona como proyección: un profundo y no resuelto odio hacia sí mismo desplazado hacia el exterior y convertido en arma. Al atacar a los inmigrantes, los disidentes, los musulmanes, las personas de color y todos aquellos que se encuentran fuera de los estrechos límites del nacionalismo cristiano blanco, no sólo busca el poder y el orden disciplinario panóptico, sino también la purificación racial, no la verdad, sino el borrado, transformando el vacío interior en una política de cruel castigo colectivo. En este papel, es el arcángel de un Estado gánster, que revive la limpieza racial y la violencia colonial de una época anterior con una urgencia apocalíptica impulsada por el nihilismo y las fantasías febriles de Trump de un Reich unificado.
Miller es uno de los principales artífices de una «guerra contra las drogas» inventada, una emergencia fabricada que se utiliza para justificar una violencia extraordinaria, desde ataques ilegales a embarcaciones y el asesinato de más de cien personas sin el debido proceso hasta el secuestro del presidente Maduro de Venezuela y su esposa. Lo que parece una serie de actos discretos es, en realidad, algo mucho más trascendental: la fusión deliberada de la llamada guerra contra las drogas con la prolongada guerra contra el terrorismo. Bajo la guía ideológica de Miller, estas campañas, que antes eran distintas, se colapsan en un único y permanente estado de excepción en el que las amenazas y la fuerza al estilo de la mafia sustituyen a la ley, y la violencia se convierte en el principal instrumento de la política interior y exterior. Miller emula agresivamente los implacables llamamientos de Trump a la militarización, normalizando una lógica en la que los presuntos delincuentes, los opositores políticos y poblaciones enteras son reclasificados como combatientes enemigos. En esta convergencia, la policía se convierte en guerra, la guerra se convierte en gobernanza y el lenguaje de la seguridad se utiliza como arma para borrar por completo el debido proceso, la soberanía y la rendición de cuentas.
Su miedo a la disidencia, a las personas de color y a la propia idea de la ley no es meramente retórico, sino visceral. Se manifiesta en su mentalidad bélica permanente, su aceptación de la agresión imperial y su afán por militarizar tanto la gobernanza interna como la política exterior. Sus desquiciadas defensas de la invasión y el secuestro político en Venezuela, junto con su afirmación casual de que Groenlandia pertenece «por derecho» a los Estados Unidos, revelan una visión fascista del mundo en la que la legalidad carece de sentido y la soberanía se derrumba ante la fuerza bruta. Para él, la ley no restringe el poder, sino que lo santifica. Este desprecio por la responsabilidad ética y política queda al descubierto en su declaración en la CNN de que el mundo no se rige por la justicia o los derechos, sino por la «fuerza», la «violencia» y el «poder», a los que llama, con seguridad totalitaria, las «leyes de hierro» de la historia.
En conjunto, estas afirmaciones no sólo conforman el lenguaje del realismo, sino que también constituyen el credo de una política fascista emergente. Se hace eco del vocabulario de Hitler y del Tercer Reich, donde la política se reducía a la lucha, la moralidad se descartaba como debilidad y la dominación se elevaba a destino. En esta visión del mundo, la fuerza se convierte en verdad, la violencia se convierte en virtud y el Estado de derecho es sustituido por la mitología racializada de la supervivencia a través de la conquista. En la advertencia de Orwell de que cuando el reloj marca las trece, algo ha salido terriblemente mal, el lenguaje de Miller marca precisamente ese momento: cuando el poder se declara abiertamente como la única verdad, la dominación se convierte en sentido común y las mentiras fascistas ya no se molestan en disfrazarse de realidad.
El odio de Miller hacia la disidencia se revela plenamente en su incansable esfuerzo por hacerse con el control de la cultura pública, no como un campo de batalla secundario, sino como el terreno central en el que se forja y se mantiene el poder autoritario. Actúa con la clara comprensión de que la dominación requiere más que represión, exige la producción de sujetos fascistas dóciles y la erosión sistemática de las instituciones culturales capaces de fomentar la crítica. Como principal artífice de la prohibición de libros, el vaciamiento de escuelas y universidades y la destrucción de la cultura como lugar de posibilidad democrática, Miller libra una guerra contra las condiciones mismas que hacen posible la resistencia y convierten a la cultura en una fuente vital de cambio social. Su ataque a la conciencia crítica, la memoria histórica y la pedagogía crítica reproduce la lógica racial del dominio colonial, una política diseñada para fabricar zonas terminales de exclusión, imponer la violencia del olvido organizado y cultivar una imaginación colonizada entrenada para confundir la obediencia con el orden y el silencio con la virtud cívica.
Esta guerra sistemática contra la cultura no es meramente ideológica; es pedagógica en el sentido más profundo, ya que moldea la forma en que las personas aprenden a ver el mundo, a sí mismas y a aquellos marcados para la exclusión. Lo que Miller modela es la pedagogía autoritaria en acción, enseñando a las personas cómo pensar, cómo sentir y a quién despreciar. De esta manera, ayuda a fabricar el sujeto fascista, entrenando al público para que confunda la dominación con la fuerza, la obediencia con la virtud y la deshumanización con el patriotismo. Su política se hace eco de la arquitectura de un Estado nazi; esta lógica autoritaria se ensaya a diario, disciplinando al público para que acepte la exclusión, el borrado, el colapso moral y el terror racial como sentido común.
Miller no es un simple soldado del autoritarismo. Es un instructor jefe, un propagandista del miedo racial cuyo poder reside en moldear las condiciones culturales y psicológicas que hacen que el fascismo parezca normal, necesario e incluso virtuoso. En ese sentido, Goebbels no es una exageración, sino un espejo. La historia no está susurrando una advertencia aquí, sino que regresa como un grito, desgarrando el presente y exigiendo ser reconocida.
Foto de portada: «El fascismo no es bonito» (Nathaniel St. Clair).