Un caos calculado: La estrategia de «ambigüedad controlada» de Teherán contra Israel

Mahdi Motlagh, Middle East Monitor, 10 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Mahdi Motlagh es analista político e investigador especializado en gobernanza en Oriente Medio. Tiene un máster en Políticas Públicas por la Universidad de Teherán y ha colaborado en la elaboración de marcos políticos en el Ministerio del Interior de Irán.

En el panorama estratégico de Oriente Medio tras la guerra, el silencio constituye la variable más engañosa. Aunque el equilibrio de poder parece haber cambiado, los círculos de seguridad de Tel Aviv se enfrentan a una realidad mucho más compleja de lo que sugieren los titulares. Los estrategas israelíes parecen estar de acuerdo en un consenso tácito: la «cuestión iraní» no ha terminado, simplemente se ha transformado. Sin embargo, en un giro irónico que define la guerra asimétrica moderna, un fenómeno interno en Irán —a saber, la persistencia de protestas dispersas y de baja intensidad— se ha convertido inesperadamente en un elemento disuasorio contra las acciones agresivas extranjeras.

Las capitales occidentales consideran en su mayoría que el régimen se encuentra al borde del abismo. Sin embargo, una lectura más detallada de las recientes evaluaciones de la comunidad de inteligencia israelí sugiere una realidad más cínica: el estado de «ni estabilidad completa ni colapso inmediato» dentro de Irán coloca efectivamente a Teherán en una «zona gris» de seguridad. Al imponer una vacilación computacional a Israel, esta anarquía controlada le da a la República Islámica el recurso estratégico más vital: tiempo.

El dilema del «statu quo anterior»

Para comprender por qué los disturbios internos favorecen la «política del tiempo» de Teherán, primero hay que releer la lógica de la amenaza desde la perspectiva de Tel Aviv. Los memorandos estratégicos publicados por el Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS, por sus siglas en inglés) sobre las perspectivas para 2025 definen explícitamente la línea roja de Israel como impedir que Irán vuelva al statu quo ante. Los analistas del INSS hacen hincapié en que el actual estancamiento diplomático representa el escenario más peligroso para Israel, ya que Irán podría aprovechar la sombra de la falta de acuerdo y la reducción de la supervisión para reconstruir su infraestructura dañada.

La lógica militar clásica dicta que la respuesta a una amenaza tan inminente debería ser un ataque preventivo o, como mínimo, la máxima presión militar para impedir que el adversario restablezca su capacidad de disuasión. Pero la variable interna iraní altera estos cálculos. Los documentos analíticos del INSS sobre la estabilidad del régimen indican que, aunque la legitimidad del sistema ha disminuido, la estructura del poder duro —concretamente, el núcleo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán y el Basij— mantiene su integridad. Esta evaluación margina la opción del «cambio de régimen desde el exterior» en la doctrina de seguridad de Israel, desplazando la estrategia hacia un debilitamiento por desgaste. Pero el debilitamiento por desgaste requiere tiempo, y el tiempo es precisamente lo que proporciona la dinámica de las protestas internas.

Las protestas como escudo… y como espada

Puede parecer contradictorio, pero los analistas israelíes de alto rango creen que la situación actual en las calles de Teherán crea un escudo psicológico defensivo contra los ataques extranjeros. Ron Ben-Yishai, un destacado analista militar que escribe para Ynet, señala que, aunque existe descontento, estas protestas aún carecen de un liderazgo unificado y de la capacidad para derrocar al régimen de forma inmediata. Ben-Yishai y sus colegas señalan que la comunidad de inteligencia israelí teme profundamente el efecto de «unirse en torno a la bandera». La experiencia histórica de la guerra de ocho años entre Irán e Iraq demuestra que un ataque extranjero a gran escala tiene un alto potencial para incitar los sentimientos nacionalistas. Como advierte The National Interest, un ataque militar podría revertir la dinámica de las protestas; en lugar de profundizar la división, le daría al Gobierno la excusa para reprimir cualquier voz disidente como una «quinta columna» con violencia justificable.

Por lo tanto, los responsables de la toma de decisiones en Tel Aviv se enfrentan a un dilema estratégico: si atacan, podrían ayudar involuntariamente al régimen a resolver su crisis interna mediante la «securitización» del ambiente. Si no atacan, Irán aprovecha este respiro para reconstruirse. La persistencia de protestas dispersas mantiene viva esta vacilación y hace que el coste político-social de cualquier acción militar sea impredecible para Israel.

La ofensiva oculta: trasladar la carga de la pasividad

Sin embargo, lo más importante es que esta estrategia esconde un objetivo más potente y oculto que va más allá de la mera supervivencia. Al mantener un nivel controlado de caos, Teherán ha transferido eficazmente la carga de la «pasividad» de sí mismo a Tel Aviv. Israel, que antes se encontraba en un estado de alerta e iniciativa absolutas, ha caído en una confusión estratégica. Esta desorientación no sólo retrasa un ataque israelí, sino que potencialmente abre la puerta a que Teherán tome la iniciativa.

La retórica cada vez más intensa de los funcionarios iraníes, que atribuyen sistemáticamente los disturbios internos a las maquinaciones del Mossad, tiene un doble propósito estratégico. A nivel interno, deslegitima las protestas; pero a nivel internacional, construye una legitimidad discursiva para un ataque preventivo o de represalia contra Israel. Al enmarcar los disturbios como un acto de agresión externa, Teherán sienta las bases para justificar un golpe directo o indirecto contra Israel como medida de «defensa nacional». Aunque iniciar una guerra convencional rara vez ha sido el modus operandi de Irán, este cambio de una postura defensiva a una ofensiva impredecible —alimentada por la ambigüedad que Israel esperaba explotar— marca un punto de inflexión crítico. La confusión en Tel Aviv implica que la iniciativa se ha escapado silenciosamente de las manos de los israelíes, dejándolos a la merced de un juego que ahora está orquestando Teherán.

Contención activa y parálisis occidental

Los documentos de política del INSS recomiendan que Israel se centre en una estrategia híbrida que incluya acuerdos restrictivos y amenazas militares creíbles. Sin embargo, la aplicación de esta estrategia resulta difícil a la sombra de los disturbios internos en Irán. Cuando un país permanece envuelto en tensiones internas que no conducen ni al colapso ni a la estabilidad, los actores extranjeros —incluidos Estados Unidos y Europa— se muestran menos inclinados a llevar a cabo operaciones militares importantes. Prefieren «esperar y ver», y este estado de suspensión es exactamente lo que desea Teherán.

Según los análisis del INSS sobre la influencia regional, Irán ajusta actualmente su estrategia basándose en una reconstrucción asimétrica. Con el relativo debilitamiento de las fuerzas subsidiarias, Teherán se centra en aumentar la cantidad y la precisión de su arsenal de misiles y en mantener el umbral nuclear. Las protestas de baja intensidad centran la atención de los medios de comunicación y los servicios de inteligencia en las calles, mientras que, en las capas subyacentes, los técnicos iraníes reparan las líneas de suministro y desarrollan centrifugadoras bajo esta cobertura política. Como señalan los informes sobre la cooperación nuclear entre Irán y Rusia, Irán aprovecha este tiempo para consolidar alianzas estratégicas, una tarea que resultaría imposible en condiciones de guerra total.

Conclusión: ¿Quién se beneficia de la confusión?

Una revisión de los textos estratégicos elaborados en Tel Aviv y Washington lleva a la conclusión de que las protestas internas de Irán se han convertido en una variable que genera tiempo en la ecuación de confrontación con Israel. Israel busca degradar las capacidades de Irán, pero teme las consecuencias no deseadas de una acción militar.

Teherán, consciente de esta paradoja, utiliza este «espacio gris» no sólo para reconstruirse, sino también para revertir el impulso psicológico del conflicto. Así, las protestas dispersas y continuas han convertido efectivamente la guerra de una certeza en un escenario probable, pero de alto riesgo. En el mundo de la estrategia, cada día que se pospone la guerra supone una victoria para la parte que necesita reconstruirse. Mientras prevalezca esta niebla de ambigüedad, Israel permanecerá suspendido en la confusión y el reloj de Teherán seguirá marcando el tiempo a favor del establishment.

Foto de portada: Ilustración fotográfica con el líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, detrás de la bandera israelí, todos ellos mostrados en pantallas, en Ankara, Turquía, el 24 de junio de 2025. [Dilara İrem Sancar – Agencia Anadolu]

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