La maquinaria del terror

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 11 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que ganó el Premio Pulitzer en 2002. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.

He visto antes a los matones enmascarados que aterrorizan nuestras calles. Los vi durante la «guerra sucia» en Argentina, donde 30.000 hombres, mujeres y niños «desaparecieron» a manos de la junta militar. Las víctimas fueron recluidas en prisiones secretas, brutalmente torturadas y asesinadas. A día de hoy, muchas familias siguen sin saber qué fue de sus seres queridos.

Los vi en El Salvador, cuando los escuadrones de la muerte asesinaban a unas 800 personas al mes. Los vi en Guatemala bajo la dictadura de José Efraín Ríos Montt. Los vi en el Chile de Augusto Pinochet y en el Iraq de Sadam Husein. Los vi en Irán bajo el régimen de los ayatolás, donde fui arrestado y encarcelado dos veces y una vez deportado esposado. Los vi en la Siria de Hafez al-Asad. Los vi en Bosnia, donde los musulmanes eran recluidos en campos de concentración, ejecutados y enterrados en fosas comunes.

Conozco a estos matones. He sido prisionero en sus cárceles y he pasado horas en sus salas de interrogatorio. Me han golpeado. Me han deportado y, en varios casos, me han prohibido la entrada en sus países. Conozco lo que se avecina.

El terror es el motor que impulsa a las dictaduras. Elimina a los disidentes. Silencia a los críticos. Desmantela la ley. Crea una sociedad de colaboradores tímidos y asustados, aquellos que miran hacia otro lado cuando se secuestra o se dispara a personas en las calles, aquellos que informan para salvarse a sí mismos, aquellos que se refugian en sus pequeñas madrigueras, bajando las persianas y rezando desesperadamente para que los dejen en paz.

El terror funciona.

Las puertas de hierro aún no se han cerrado. Todavía hay protestas. Los medios de comunicación aún pueden documentar las atrocidades del Estado, incluido el asesinato de Renee Nicole Good el 7 de enero en Minneapolis a manos del agente Jonathan Ross, del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Pero las puertas se están cerrando rápidamente. El ICE ha deportado a más de 300.000 personas y detenido a casi 69.000, además de haber participado en 16 tiroteos, incluidos cuatro asesinatos, desde que Trump comenzó su campaña contra los inmigrantes.

Nuestra Gestapo estadounidense, el ICE, está siendo alumbrado.

La resistencia debe ser colectiva. Debemos hacer valer no sólo nuestros derechos individuales, sino también nuestros derechos económicos, sociales y políticos, sin los cuales somos impotentes. La resistencia significa organizarse para perturbar la maquinaria del comercio y del gobierno. Significa prevenir las detenciones patrullando los barrios para advertir de las inminentes redadas del ICE. Significa protestar frente a los centros de detención. Significa hacer huelgas. Significa bloquear calles y autopistas y ocupar edificios. Significa proporcionar pruebas fotográficas. Significa ejercer una presión constante sobre los políticos y la policía locales para que se nieguen a cooperar con el ICE. Significa proporcionar representación legal, alimentos y ayuda económica a las familias con miembros detenidos. Significa estar dispuesto a ser arrestado. Significa una campaña nacional para desafiar la inhumanidad del Estado.

Si fracasamos, las frágiles llamas de nuestra sociedad abierta se extinguirán.

Los Estados autoritarios se construyen de forma gradual. Ninguna dictadura anuncia su plan de extinguir las libertades civiles. Habla de boquilla sobre la libertad y la justicia mientras desmantela las instituciones y las leyes que hacen posibles la libertad y la justicia. Los opositores al régimen, incluidos los que forman parte del establishment, realizan intentos esporádicos de resistencia. Levantan barricadas temporales, pero pronto se ven purgados.

Alexander Solzhenitsyn, en «Archipiélago Gulag», señala que la consolidación de la tiranía soviética «se prolongó durante muchos años porque era de suma importancia que fuera sigilosa y pasara desapercibida». Calificó el proceso como «un grandioso juego silencioso de solitario, cuyas reglas eran totalmente incomprensibles para sus contemporáneos y cuyos contornos sólo ahora podemos apreciar».

«¿Cómo habrían sido las cosas si cada agente de seguridad, cuando salía por la noche a realizar un arresto, no hubiera sabido si volvería con vida y tuviera que despedirse de su familia?», se pregunta Solzhenitsyn. «¿O si, durante los periodos de detenciones masivas, como por ejemplo en Leningrado, cuando detuvieron a una cuarta parte de toda la ciudad, la gente no se hubiera quedado simplemente sentada en sus guaridas, palideciendo de terror con cada golpe en la puerta de abajo y con cada paso en la escalera, sino que hubiera comprendido que no tenía nada que perder y hubiera tendido audazmente una emboscada en el vestíbulo de abajo con media docena de personas armadas con hachas, martillos, atizadores o cualquier otra cosa que tuvieran a mano? Después de todo, sabías de antemano que esos gorras azules salían por la noche con malas intenciones. Y podías estar seguro de antemano de que al que podías romperle el cráneo era un asesino. ¿Y qué hay del Black Maria aparcado en la calle con un único chófer? ¿Y si lo hubieran robado o le hubieran pinchado las ruedas? Los Órganos habrían sufrido rápidamente una escasez de oficiales y de transporte y, a pesar de todas las ansias de Stalin, ¡la maldita máquina se habría detenido!».

Czesław Miłosz, en «La mente cautiva», también documenta el avance de la tiranía, cómo avanza sigilosamente, hasta que los intelectuales no sólo se ven obligados a repetir los eslóganes aduladores del régimen, sino que, como hicieron nuestras principales universidades cuando cedieron a las falsas acusaciones de ser bastiones del antisemitismo, abrazan su absurdo.

El miedo fabricado engendra la duda. Hace que la población, a menudo de forma inconsciente, se adapte externa e internamente. Condiciona a los ciudadanos a relacionarse con quienes les rodean con sospecha y desconfianza. Destruye la solidaridad vital para la organización, la comunidad y la disidencia.

El historiador Robert Gellately, en su libro «Backing Hitler: Consent and Coercion in Nazi Germany» (Apoyando a Hitler: consentimiento y coacción en la Alemania nazi), sostiene que el terror estatal en la Alemania nazi fue eficaz no por la omnipresente vigilancia estatal, sino porque fomentó una «cultura de la denuncia».

Delata a tus vecinos y compañeros de trabajo y sobrevive. Si ves algo, ve a contarlo.

Cuanto peor se pone la situación, las instituciones más establecidas, desesperadas por sobrevivir, silencian a quienes nos advierten.

«Antes de que las sociedades caigan, surge precisamente una capa de personas sabias y pensantes, personas que son eso y nada más», escribe Solzhenitsyn sobre aquellos que ven lo que se avecina. «¡Y cómo se rieron de ellos! ¡Cómo se burlaron de ellos!».

El escritor austriaco Joseph Roth, cuyas primeras advertencias sobre el auge del fascismo fueron en gran medida ignoradas y que instó a sus compañeros intelectuales a dejar de apelar ingenuamente a «los restos de la conciencia europea», vio cómo sus libros eran arrojados a las hogueras en la primavera de 1933 durante las quemas de libros nazis. Hasta ahora, no hemos quemado libros, pero hemos prohibido casi 23.000 títulos en las escuelas públicas desde 2021.

El Estado autoritario canibaliza las instituciones que ayudan y colaboran, tontamente, en la caza de brujas. Las sustituye por pseudoinstituciones pobladas de pseudolegisladores, pseudotribunales, pseudoperiodistas, pseudointelectuales y pseudociudadanos. La Universidad de Columbia es un brillante ejemplo de esta autoinmolación voluntaria. Nada es lo que parece.

Cada vez son más los secuestros violentos perpetrados por agentes enmascarados del ICE en coches sin distintivos en las calles de nuestras ciudades. Arrancan a las personas de sus vehículos y las golpean. Las detienen fuera de las escuelas y las guarderías. Las asaltan en el trabajo, las tiran al suelo, las esposan, se las llevan en furgonetas y las envían a campos de concentración en países como El Salvador. Las atrapan cuando se presenta en los tribunales para solicitar la tarjeta de residencia o para una entrevista para pedir un visado.

Una vez detenidas, desaparecen en el laberinto de más de 200 centros de detención, donde se las traslada de un centro a otro para ocultarlas de sus familias, abogados y tribunales. El debido proceso, que antes era un derecho constitucional concedido a todos en Estados Unidos, ya no existe.

«Las leyes que no son iguales para todos se convierten en derechos y privilegios, algo contradictorio con la propia naturaleza de los Estados-nación», escribe Hannah Arendt en «Los orígenes del totalitarismo». «Cuanto más evidente es su incapacidad para tratar a los apátridas como personas jurídicas y mayor es la extensión del gobierno arbitrario por decreto policial, más difícil resulta para los Estados resistir la tentación de privar a todos los ciudadanos de su condición jurídica y gobernarlos con una policía omnipotente».

El FBI, en un ejemplo de cómo se pervierte la justicia al negarse a cooperar con las fuerzas del orden locales de Minneapolis, al bloquear el acceso a cualquier prueba que les permita presentar cargos penales contra Jonathan Ross.

El asesinato de ciudadanos desarmados por parte del Estado se lleva a cabo con toda impunidad.

El ICE ha duplicado con creces el tamaño de su fuerza desde principios de 2025, hasta alcanzar los 22.000 agentes, contratando a 12.000 nuevos reclutas en cuatro meses de entre un total de 220.000 solicitantes. Tiene previsto gastar 100 millones de dólares en un año para contratar aún a más agentes, como parte de los 170.000 millones de dólares destinados a la vigilancia fronteriza y el control interior, incluidos 75.000 millones para el ICE, que se gastarán en cuatro años. Los salarios de estos nuevos reclutas, mal formados y a menudo seleccionados de forma aleatoria, oscilarán entre 49.739 y 89.528 dólares al año, además de una prima por contratación de 50.000 dólares —repartida en tres años— y hasta 60.000 dólares para el reembolso de préstamos estudiantiles.

El ICE está construyendo nuevos centros de detención en 23 pueblos y ciudades de todo el país. Promete que, una vez que esté plenamente operativo, irá puerta por puerta como parte de la mayor campaña de deportación de la historia de Estados Unidos.

Los agentes del ICE, embriagados por la licencia para derribar puertas mientras llevan chalecos antibalas y disparan armas automáticas sobre mujeres y niños aterrorizados, no son guerreros como se imaginan, sino matones. Tienen pocas habilidades, aparte del entrenamiento con armas, la crueldad y la brutalidad. Su intención es seguir trabajando para el Estado. La intención del Estado es mantenerlos en sus puestos.

Nada de esto debería sorprendernos. Las técnicas represivas utilizadas por el ICE y nuestra policía militarizada se perfeccionaron en el extranjero, en Iraq, Afganistán, Siria, Libia y la Palestina ocupada, y anteriormente en Vietnam. El agente del ICE que asesinó a Good era artillero en Iraq. Una redada nocturna en Chicago, con agentes descendiendo en rápel desde un helicóptero para asaltar un complejo de apartamentos lleno de familias aterrorizadas, no parece muy diferente de una redada nocturna en Faluya.

Aimé Césaire, dramaturgo y político martinicano, escribe en «Discurso sobre el colonialismo» que las herramientas salvajes del imperialismo y el colonialismo acaban regresando al país de origen. Se conoce como el boomerang imperial.

Césaire escribe:

Y entonces, un buen día, la burguesía se despierta con un terrible efecto boomerang: las gestapos están ocupadas, las cárceles se llenan, los torturadores que rodean los potros inventan, perfeccionan, discuten.

La gente se sorprende, se indigna. Dicen: «¡Qué extraño! Pero no importa, es nazismo, pasará». Y esperan, y esperan; y se ocultan a sí mismos la verdad, que es barbarie, la barbarie suprema, la barbarie coronada que resume todas las barbaries cotidianas; que es nazismo, sí, pero que antes de ser sus víctimas, fueron sus cómplices; que toleraron ese nazismo antes de que se les infligiera, que lo absolvieron, cerraron los ojos ante él, lo legitimaron, porque, hasta entonces, sólo se había aplicado a pueblos no europeos; que ellos han cultivado ese nazismo, que son responsables de él, y que antes de engullir todo el edificio de la civilización occidental y cristiana en sus aguas enrojecidas, rezuma, se filtra y gotea por cada grieta.

Durante el interregno entre los últimos estertores de una democracia y el surgimiento de una dictadura, la nación es manipulada. Se le dice que se respeta el Estado de derecho. Se le dice que el régimen democrático es inviolable. Estas mentiras apaciguan a quienes son conducidos a la esclavitud.

«La mayoría se sienta en silencio y se atreve a tener esperanza», escribe Solzhenitsyn.

«Como no eres culpable, ¿cómo van a poder arrestarte? ¡Es un error!».

Quizás, dicen los temerosos, Trump y sus secuaces sólo están siendo grandilocuentes. Quizás no lo dicen en serio. Quizás son incompetentes. Quizás los tribunales nos salvarán. Quizás las próximas elecciones pondrán fin a esta pesadilla. Quizás el extremismo tiene límites. Quizás lo peor ya ha pasado.

Estas autoilusiones nos impiden resistir mientras se construye la horca delante de nosotros.

Los Estados autoritarios comienzan por atacar a los más vulnerables, a los más fáciles de demonizar: los indocumentados, los estudiantes universitarios que protestan contra el genocidio, los antifascistas, la llamada «izquierda radical», los musulmanes, los pobres de color, los intelectuales y los liberales. Derriban a un grupo tras otro. Apagan, una a una, la larga fila de velas hasta que nos encontramos en la oscuridad, impotentes y solos.

Imagen de portada: El último eslabón (por Mr. Fish).

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