Mientras el genocidio continúa en Gaza, Cisjordania se ve empujada hacia una nueva Nakba

Penny Green, Middle East Eye, 11 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Penny Green es profesora de Derecho y Globalización en la Universidad Queen Mary de Londres y miembro de la Academia de Ciencias Sociales. Es cofundadora y directora de la Iniciativa Internacional contra los Crímenes de Estado, redactora-jefe de la revista State Crime Journal, miembro ejecutivo del Tribunal Popular de Gaza y miembro del jurado de los Premios Literarios de Palestina. Es titular de una beca de investigación Leverhulme Major Research Fellowship para estudiar los campos humanitarios como lugares de reproducción genocida, y su último libro, escrito junto con Thomas MacManus, es Chronicle of a Genocide Foretold: Myanmar and the Rohingya.

El genocidio del pueblo palestino por parte de Israel no se ha limitado nunca únicamente a Gaza.

En ningún lugar es esto más evidente que en los destrozados y fantasmales campos de refugiados, marcados por las bombas, de Yenin, Nur Shams y Tulkarm, destruidos y vaciados por Israel como una severa advertencia a los palestinos sobre las consecuencias de resistirse a la ocupación y al genocidio.

Este proyecto colonial de asentamientos de décadas de duración en Palestina tiene múltiples planos de exterminio. Mientras el mundo, aunque sea a través de una lente distorsionada, se ha centrado en la catástrofe provocada en Gaza, Israel se ha asegurado de que sus planes para la eliminación de los palestinos sigan adelante en Cisjordania.

La expansión de los asentamientos, los ataques de los colonos a los agricultores bajo la protección de las fuerzas israelíes, el robo habitual de ganado, la destrucción de escuelas y hogares en las aldeas y el desplazamiento forzoso de palestinos en los barrios de Sheij Yarrah y Silwan, en Jerusalén Este, constituyen intentos sistemáticos de destruir, total o parcialmente, al pueblo palestino y su relación con su antigua patria.

Durante una reciente visita al norte de Cisjordania, fui testigo de la destrucción física de los campos de refugiados y me llamó la atención lo mucho que las vidas de los palestinos allí reflejan la devastación que sufren los refugiados en Gaza.

Fue un recordatorio evidente de que este genocidio tiene como objetivo a todos los palestinos de la Palestina histórica.

Entre el 21 de enero y el 9 de febrero de 2025, Israel lanzó la Operación Muro de Hierro, dirigida contra supuestos «elementos terroristas» en tres campos de refugiados del norte de Cisjordania.

El jefe del Comité Público Nur Shams, Nihad Shawish, de 52 años, nos dijo: «Al igual que en Gaza, están tratando de afirmar que el campo es un centro de terrorismo. Pero, en realidad, la resistencia es sólo un puñado de personas que buscan la libertad». Y, al igual que en Gaza, Israel considera a todos los palestinos «terroristas» y objetivos a eliminar.

Durante los 19 días que duró la operación, alrededor de 40.000 refugiados de los campos de Yenin, Tulkarm y Nur Shams fueron expulsados por la fuerza de sus hogares por fuerzas especiales israelíes fuertemente armadas que utilizaron vehículos blindados, drones y excavadoras.

La UNRWA, la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, ha descrito la ofensiva israelí como «la crisis de desplazamiento más larga y extensa desde 1967». Se estima que el 43% de Yenin, el 35% de Nur Shams y el 14% de los campos de refugiados de Tulkarm han sido destruidos o han sufrido graves daños.

Los edificios a ambos lados de las calles del campo de Nur Shams, que se extendía desde la carretera principal entre Nur Shams y Tulkarm hasta la parte superior del campo, fueron bombardeados o arrasados con excavadoras para ampliar los callejones de dos metros a vías de 12 metros accesibles para los tanques. Todos los habitantes fueron expulsados.

Viajes de apartheid

El propio viaje a estos campos devastados pone de manifiesto, a cada paso, la brutal realidad del apartheid israelí.

Viajar por Cisjordania es un reto diario de resistencia para los palestinos. El sistema de carreteras del apartheid significa que, mientras que los asentamientos ilegales israelíes están conectados por autopistas sin restricciones con Jerusalén y Tel Aviv, los palestinos se ven obligados a viajar por carreteras irregulares y tortuosas y a pasar por túneles bloqueados por interminables puestos de control y barreras amarillas.

Un viaje que llevaría 20 minutos por las carreteras de los colonos, les lleva tres horas o más a los palestinos.

En el trayecto de Ramala a Tulkarm, nos encontramos con un nuevo espectáculo de supremacismo israelí: enormes banderas israelíes alineadas a ambos lados de la autopista cada 10 metros. Para los observadores externos, pueden reflejar la creciente inseguridad israelí, pero para los palestinos son simplemente otra forma de intimidación.

Pasamos por el hermoso pueblo de Sinyal, ahora rodeado por capas de alambre de púas de 30 metros de altura. Israel ha sellado permanentemente todas las entradas excepto dos, que pueden cerrarse en cualquier momento a capricho de las fuerzas israelíes. Los aldeanos no tienen ninguna explicación de por qué han sido objeto de un ataque tan cruel, más allá de «otro acto de ocupación».

El proyecto de asentamientos se ha expandido drásticamente desde mi última visita en 2022.

Envalentonado por la impunidad global y un gobierno de extrema derecha en el que los colonos ocupan ministerios clave, Israel ha aprobado la legalización o construcción de 69 nuevos asentamientos.

«Estamos avanzando en la soberanía de facto», declaró el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, al anunciar los planes para construir más de 3.400 viviendas en el proyecto E1, que conectaría los vastos bloques de asentamientos en la Jerusalén Oriental ocupada con Maale Adumim, aislando así físicamente a los palestinos de Jerusalén Oriental de los de la Cisjordania ocupada.

Pasamos por delante del gran y creciente asentamiento ilegal de Eli, encaramado en una colina, con sus espantosas casas de tejados rojos, que son en sí mismas una declaración de intenciones genocidas, una amenaza para el bienestar de los aldeanos palestinos locales, que han visto cómo arrancaban sus olivos y tenían que enfrentar violentos ataques.

Eli también es conocido por su academia premilitar Bnei David, que entrena a los colonos para ocupar puestos de oficiales en unidades de combate de élite.

Banderas israelíes cuelgan de una casa a la entrada del mercado palestino en la ciudad vieja de Hebrón, tomada la noche anterior por colonos israelíes, el 3 de septiembre de 2025 en la Cisjordania ocupada (Hazem Bader/AFP).

Pasamos por gasolineras que los palestinos tienen prohibido utilizar y nuevos asentamientos que desfiguran antiguas terrazas y olivares. Estos feos asentamientos ilegales se irán ampliando de forma inevitable.

Una carretera cercana que podíamos ver, pero a la que no podíamos acceder, nos habría llevado a nuestro destino en Tulkarm en menos de la mitad de tiempo. Pero Israel ha prohibido el acceso a todos los palestinos.

En cambio, tuvimos que viajar por carreteras en mal estado, deteniéndonos en impredecibles puestos de control donde jóvenes soldados amenazantes decidían si nuestro viaje continuaba o terminaba. En un momento dado, tomamos una ruta alternativa para evitar otro cierre.

Estos actos acumulativos de apartheid están diseñados para hacer la vida de los palestinos tan insoportable que se vean obligados a abandonar sus tierras.

Gaza en Cisjordania

Conduciendo por un camino de grava en mal estado, finalmente llegamos a Tulkarm. A nuestra izquierda se encontraban las ruinas del campo de refugiados de Nur Shams, cuya población fue expulsada por la fuerza en enero.

El campo es ahora una inquietante ciudad fantasma, con aproximadamente un tercio de sus edificios completamente destruidos o en gran parte derruidos. Las excavadoras israelíes han abierto grandes franjas vacías en el corazón de Nur Shams. Cientos y cientos de viviendas fueron demolidas con el pretexto de crear un acceso para vehículos blindados y tanques.

Una estrella de David azul había sido pintada con espray en lo que antes era la casa de un refugiado palestino, ahora utilizada como base militar. No queda nadie más. Mientras subía a un montículo para tomar una fotografía, dos transeúntes me advirtieron con urgencia que bajara. «Los francotiradores disparan a cualquiera y sin previo aviso», gritaron.

Los refugiados relataron que las fuerzas israelíes, tan pronto como invadieron los campamentos, cortaron todas las comunicaciones y los servicios públicos. Internet, la electricidad y el agua desaparecieron al instante. Estos refugiados desplazados fueron desalojados hacia un lugar literalmente desconocido. Algunos encontraron familiares con quienes quedarse, mientras que muchos otros buscaron refugio en mezquitas, escuelas abandonadas, salones de bodas y otros espacios públicos. Ahora viven al límite de la supervivencia.

«Fue como en la Nakba, sobre todo porque no sabíamos adónde nos dirigíamos… nadie sabía hacia dónde nos estaban obligando a ir», dijo Nihad.

Los refugiados que se refugiaron en la escuela inacabada de El Muwahad, en la aldea de Thenaba, entre Nur Shams y Tulkarm, describieron el terror de las redadas fuertemente armadas, los helicópteros de combate Apache sobrevolando la zona, los drones suicidas explotando y la huida frenética de sus hogares con sólo la ropa que llevaban puesta.

«Empezaron a volar nuestras casas el 26 de enero y, en siete días, el campamento quedó completamente vacío», recuerda Jaled, de 50 años, sentado exhausto en una silla de plástico en el pasillo de la escuela que comparte con otras 21 familias del campamento de Tulkarm.

«Nadie se lo esperaba», continúa. «Ni siquiera pude coger una camiseta de mi casa. Ahora está demolida». Las casas que quedaron en pie fueron incendiadas. Los desalojos fueron brutales. «Incluso cuando la Media Luna Roja nos dio los medicamentos que necesitábamos, los soldados nos los arrebataron, los tiraron al suelo y los pisotearon», nos cuenta Hakem, añadiendo que más de 1.800 viviendas del campamento de Tulkarm fueron destruidas.

Durante casi 12 meses, 122 refugiados desplazados han vivido en la escuela sin terminar, compartiendo habitaciones abarrotadas con unas 10 ó 12 personas. «Las instalaciones son mínimas o inexistentes», explicó Jaled.

«Cuando llegamos, no había electricidad, así que la conectamos nosotros mismos». En la planta baja, cuatro aseos son compartidos por todos los hombres, mujeres y niños. Sólo hay una ducha. «Todos hacemos cola, como si estuviéramos presos», añadió.

Una lavadora da servicio a todas las familias. La ropa cuelga de todas las barandillas, mientras la gente se aferra a pequeños fragmentos de rutina mientras su campamento yace en ruinas a pocos metros de distancia.

«La vida en el campamento era dura», me dijo Nadia, de 38 años, «pero no tan dura como esto».

Paisaje distópico

En Tulkarm y Nur Shams, las condiciones ya de por sí precarias de los refugiados siguen deteriorándose. La UNRWA proporcionaba inicialmente alimentos y servicios, pero esto ha cesado debido a la prohibición de Israel de que opere en los territorios palestinos ocupados.

«Mi nevera está vacía», nos dijo Hakem. «Todos solíamos trabajar en las ciudades ocupadas, desde Yafa hasta Haifa, desde Jerusalén hasta Tel Aviv. Ahora vivimos sitiados, sin posibilidad de trabajar».

Además, una orden militar les prohíbe reconstruir sus hogares destruidos. «Sólo quiero poder volver y vivir entre los escombros de mi casa», dijo Hakem. «¿Qué otra cosa podemos hacer?».

Nadia me mostró un vídeo grabado por un vecino después de que el campamento quedara vacío. Los únicos sonidos en este paisaje distópico eran los pasos crujiendo sobre los escombros y el inquietante canto de los pájaros.

Hasan Jreisheh, un político de Tulkarm que trabaja con las familias desplazadas, describió lo que ha ocurrido en los campamentos del norte de Cisjordania como una réplica del plan de Israel en Gaza, pero en forma de «eliminación silenciosa».

Para Ayhem, de 17 años, cuya educación terminó cuando su casa fue demolida y su familia fue expulsada: «Es muy similar a lo que ha ocurrido en Gaza. Cuando veo Gaza en la televisión, veo exactamente lo mismo que estamos viviendo». Duerme con nueve miembros de su familia en una pequeña aula escolar. «No tengo vida social. Todos mis amigos han sido desplazados a diferentes zonas y mi mejor amigo fue asesinado. Lo he perdido todo».

Cerca de la escuela se encuentran los restos de la oficina del Comité Público Nur Shams. A pesar del trauma que han sufrido, diez voluntarios siguen trabajando para ayudar a los expulsados del campamento. Desde la azotea, contemplamos la devastación de lo que en su día fueron sus hogares.

«Mi casa está inhabitable», dijo Fatma, de 70 años, «pero estoy dispuesta a irme a vivir sobre los escombros. La dignidad del ser humano está en el hogar. Puedo ver mi casa desde aquí, pero no puedo llegar hasta ella».

Nihad, el jefe del Comité, describió la magnitud del ataque militar. La campaña de Israel en los seis barrios de Nur Shams comenzó el 9 de enero. Cientos de soldados, tanques, vehículos militares y drones irrumpieron en el campamento, obligando a todos los residentes a salir.

«A cualquiera que se negara se le disparaba fuera de su casa para forzar a la gente a marcharse», dijo. «Las fuerzas controlaban las rutas que podíamos tomar. Nos obligaron a formar una fila y nos grabaron con drones. Y disparaban sobre cualquiera que se saliera de la fila».

«La ocupación israelí decidió acabar con los campamentos», continuó. «En Nur Shams, con una población de 13.000 habitantes, teníamos 400 edificios. Cada edificio tenía varios niveles y unidades de vivienda. Incluso si una casa no era demolida con excavadoras y explosiones, las fuerzas le prendían fuego para dejarla inhabitable. Alrededor de 2.300 familias se vieron obligadas a marcharse, y el 70% de ellas viven en la pobreza».

«No hay agua ni electricidad dentro de los campamentos. No hay alcantarillado ni calles. Toda la infraestructura ha sido destruida».

Nihad lo expresó sin rodeos: «Han liquidado el campamento».

También atacaron y destruyeron el centro juvenil, la guardería, el salón de bodas y el centro para discapacitados.

«De vuelta a los escombros»

Fatma, una líder muy respetada de la comunidad Nur Shams, describió su experiencia la mañana del ataque: «Llegaron a las 7 de la mañana del 9 de febrero. Ya estaban dentro del campamento. Demolieron la mitad de mi casa, pero nos quedamos. Utilizaron a uno de nuestros vecinos como escudo humano. Vinieron con perros para registrar. Luego se apoderaron de nuestra casa y la utilizaron como cuartel militar. Al final del día, quizás había hasta 100 soldados en mi casa».

Fatma tiene cáncer. Los soldados rompieron sus notas médicas y destruyeron su depósito de agua. «Dispararon sobre nuestro pequeño televisor. Destruyeron mi lavadora y mi frigorífico, que aún no había terminado de pagar».

Además de destruir hogares, medios de vida y espacios comunitarios, los soldados israelíes también cometieron otros delitos, como saqueos a plena luz del día.

«Nos robaron todas nuestras cosas delante de nuestros ojos», dijo Fatma. «Se llevaron mi bolso y robaron los 2.650 shekels que me había dado una fundación de Hebrón para reparar mi casa, así como dos anillos de oro, un collar, una pulsera y una medalla».

A pesar de que muchos refugiados afirman que «volverán a las ruinas», la realidad es sombría. La destrucción de los campamentos, la expulsión de sus residentes y la campaña generalizada de Israel para expulsar a los palestinos de sus tierras hacen que sus posibilidades de regresar sean remotas.

«Volver a las ruinas» es tan sólo un eslogan», afirma Jaled. «¿Cómo podemos volver? Las fuerzas israelíes elegirán quién puede regresar, y a cualquiera que tenga vínculos con los combatientes nunca se le permitirá hacerlo. Cada día se toma una nueva decisión que afecta a las familias de los combatientes de la resistencia. Y cada día son objeto de un castigo colectivo».

Jreisheh señaló que Israel ha anunciado recientemente que se podría permitir el regreso de algunos refugiados, excepto «las familias de los mártires, los heridos, los encarcelados o los implicados en la política». En la práctica, esto excluiría a casi todo el mundo.

Incluso alquilar en otros lugares de Cisjordania se ha vuelto cada vez más difícil para los palestinos desplazados. «No tenemos dinero ni ningún sitio adónde ir», dijo Jaled. Pero la pobreza es sólo una parte del problema. Los propietarios temen alquilar a los refugiados del campamento.

«Cada vez que intentamos alquilar una casa», explicó, «primero nos cuentan y luego nos preguntan de dónde somos. Cuando decimos que de ‘Nur Shams’ o del ‘campamento de Tulkarm’, nos responden invariablemente: ‘No alquilo mi casa a nadie de los campamentos’. En cierto modo, lo entiendo. Si algún familiar está en prisión, es combatiente o ha sido asesinado, los propietarios temen las redadas. Por eso no nos alquilan».

Todos son refugiados

Todos los habitantes de los campamentos son refugiados, cuyo estatus se deriva de las expulsiones masivas de la Nakba de 1948 y la guerra de Israel de 1967.

El estatus de refugiado, que legítimamente se transmite de generación en generación, es inseparable del derecho palestino al retorno. A través del derecho internacional y al menos cinco resoluciones de la ONU, incluido el artículo 11 de la Resolución 194 de la Asamblea General de la ONU, se garantiza a los palestinos el derecho al retorno a las tierras de las que fueron desplazados.

Un elemento central del proyecto de Israel ha sido siempre impedir que los refugiados de 1948 y sus descendientes regresen a sus hogares.

Sin embargo, todos los refugiados con los que hablé consideraban que tal condición era la máxima garantía de su retorno.

Más de siete millones de refugiados palestinos viven en el exilio en todo el mundo. Para Israel, la posibilidad de su retorno es una pesadilla demográfica, y trata de impedirlo a toda costa.

Jreisheh dejó claro que la destrucción de los campos de refugiados de Cisjordania forma parte de un proyecto genocida más amplio para eliminar la idea misma de los campos de refugiados y la condición política que estos confieren. Muchos otros se han hecho eco de esta opinión.

«Los refugiados y sus descendientes son los únicos testigos de la Nakba de 1948», me dijeron varios, «y ahora Israel quiere eliminar los campos de testigos y liquidar la cuestión palestina».

«Encontrarás una historia triste y dolorosa en todos los que huyeron», dijo un refugiado. «Les arrebataron sus hogares y sus tierras. Han repetido lo que ocurrió en 1948. La escena se repite».

«Pasamos de un dolor a otro», añadió otro. «Esta ocupación quiere erradicar a la gente de su tierra. Quieren deshacerse de todos los testigos de los crímenes cometidos desde 1948».

La destrucción de los campamentos de Yenin, Nur Shams y Tulkarm es un acto calculado de genocidio. Al destruir comunidades, desmantelar la UNRWA y expulsar a los refugiados, Israel no sólo pretende despojar a los palestinos de sus hogares, sino también borrar su historia, sus derechos y sus futuras reivindicaciones de justicia, incluido el derecho al retorno.

Como dijo Nihad: «Quieren acabar con la condición de refugiado eliminando el campamento, destruyendo la posibilidad del derecho al retorno y, por extensión, cualquier posibilidad de autodeterminación palestina».

«En Nur Shams, nuestro objetivo no es sólo volver al campamento, sino regresar a las aldeas de nuestras familias. Este es nuestro derecho histórico. Nunca renunciaremos a este derecho. El campamento es sólo una estación de paso para nosotros. Todos esperamos volver a nuestras tierras natales».

Voces del Mundo

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