A toda velocidad por la autopista hacia un mundo estilo Mad Max

Stan Cox, TomDispatch.com, 13 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Stan Cox, colaborador habitual de TomDispatch, es investigador de estudios de la ecosfera en el Land Institute. Es autor de The Path to a Livable Future: A New Politics to Fight Climate Change, Racism, and the Next Pandemic, The Green New Deal and Beyond: Ending the Climate Emergency While We Still Can, y la actual serie climática In Real Time de City Lights Books. X: @CoxStan.

Permítanme comenzar diciendo las cosas sin rodeos, y no se molesten en decírselo a Donald Trump, pero con su inestimable ayuda, no estamos haciendo otra cosa que cocinarnos a nosotros mismos. Gracias al uso continuado de combustibles fósiles de forma asombrosa y al aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, casi la mitad de la población mundial sufre ahora 30 días adicionales de calor extremo al año. Las olas de calor son cada vez más intensas y frecuentes.

Según la revista médica The Lancet, el 84% de los días de calor extremo que hemos sufrido en los últimos cinco años no se habrían producido sin el cambio climático provocado por el ser humano, que el presidente estadounidense parece empeñado en agravar aún más. Las muertes relacionadas con el calor ya son un 63% más frecuentes que en la década de 1990. Ese artículo de The Lancet también informaba de que el hambre relacionada con el calor y la sequía, así como las muertes por el humo de los incendios forestales y la contaminación atmosférica industrial, están batiendo récords a nivel mundial casi cada año.

Climate Impacts Tracker bautizó 2025 como «el año de los desastres climáticos», señalando que:

«Las inundaciones repentinas que arrasaron un pueblo del Himalaya en la India, los huracanes y los incendios forestales que devastaron los Estados Unidos, las olas de calor y los incendios forestales que asolaron Europa, el calor récord en Islandia y Groenlandia, las lluvias torrenciales y las inundaciones que azotaron el sudeste asiático… 2025 fue otro año más de tragedias humanas, provocadas por fenómenos meteorológicos extremos».

El número de desastres medioambientales y su destructividad no hacen más que aumentar a medida que aumentan las emisiones globales de gases de efecto invernadero, la extracción de minerales clave, la explotación cada vez mayor de los recursos biológicos y los brotes de guerras por los recursos (la más reciente, con el ataque de Estados Unidos a Venezuela). Todo ello está relacionado con un fenómeno crucial: la búsqueda obsesiva del crecimiento económico por parte de las clases propietarias e inversoras. No es de extrañar que sean ellas las que se llevan la parte del león de los beneficios de dicho crecimiento y las que apenas sufren sus devastadoras consecuencias.

Aunque rara vez se destaca, la economía mundial ha alcanzado una escala física asombrosa. Durante el último siglo, la extracción de recursos se ha duplicado cada 20 años aproximadamente. De hecho, la humanidad alcanzó un sombrío hito en 2021, cuando la cantidad global de masa creada por el ser humano —es decir, el peso total de todas las cosas que nuestra especie ha fabricado o construido— superó el peso total de toda la biomasa vegetal, animal y microbiana viva del planeta. Y lo que es peor, esa masa de cosas creadas por el ser humano sigue creciendo, año tras año, incluso mientras el mundo natural se reduce aún más.

En otras palabras, nuestra especie se esfuerza en vano por eludir lo que se conoce como la Ley de Stein, un aforismo atribuido al gurú económico Herbert Stein: «Si algo no puede durar para siempre, no durará».

Podemos estar seguros de que, en algún momento, el crecimiento económico mundial tendrá que detenerse y dar marcha atrás. Después de todo, si los poderes corporativos y políticos siguen como hasta ahora, ese crecimiento terminará en un colapso caótico y violento. (Piensen en Mad Max). Pero si se puede frustrar a las élites y reducimos drásticamente nuestra dependencia de los combustibles fósiles y otros recursos de una manera razonablemente bien planificada, tal vez podamos evitar ese destino.

Esa es la propuesta que presenta el movimiento del decrecimiento. En esencia, es una refutación de la doctrina del «crecimiento verde». (Los defensores del crecimiento verde, ignorando la ley de Stein, afirman que la «innovación» tecnológica garantizará que las economías puedan seguir creciendo indefinidamente). En ese debate, el decrecimiento parece estar ganando terreno. Una encuesta realizada en 2023 a casi 800 investigadores en política climática reveló que casi tres cuartas partes de ellos estaban a favor del decrecimiento o el no crecimiento al crecimiento verde.

Y aquí está la realidad que el resto de nosotros debemos aceptar: las sociedades podrían lograr una calidad de vida claramente mejor gracias al decrecimiento (y no a pesar de él), ya que las restricciones a gran escala de la extracción y el consumo infinitos de combustibles fósiles podrían obligarlas a garantizar que sus recursos limitados se utilicen para satisfacer las necesidades humanas básicas, en lugar de desperdiciarse en aumentar aún más los beneficios de los pocos que ya son ricos.

Las fuerzas políticas y económicas obsesionadas con el crecimiento que nos empujan hacia la catástrofe ecológica son muchas y realmente formidables. Y eso hace que sea aún más importante que las personas de países ricos y con un consumo excesivo como el nuestro se den cuenta de lo importante que es que nos enfrentemos a las fuerzas del ecocidio, al tiempo que desarrollamos una visión más realista del mundo mejor que nos espera una vez que hayamos abandonado el tren del crecimiento basado en la carbonización.

Una forma de enfocar más adecuadamente ese mundo mejor es examinar algunas de las muchas miserias y peligros que el decrecimiento nos ayudaría a aliviar o incluso a dejar atrás. A continuación, se presentan sólo algunos ejemplos.

Adiós, máquinaria de guerra

A la cabeza de la lista de instituciones y recursos estadounidenses que una economía de decrecimiento podría dejar sin recursos se encuentra el complejo militar-industrial estadounidense. Al fin y al cabo, el Pentágono es, en realidad, el mayor consumidor institucional de combustibles fósiles del mundo. Se cree que los gases de efecto invernadero que emite nuestro ejército, incluso en tiempos de paz, tienen un impacto en el calentamiento global equivalente a 60 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono al año. La Tierra ya no puede soportarlo.

Empezar a reducir el presupuesto anual de nuestras fuerzas armadas, que actualmente asciende a un billón de dólares, no sólo evitaría una parte significativa del calentamiento global, sino que también salvaría innumerables vidas humanas y mejoraría enormemente la calidad de vida en este país y en todo el planeta.

Con el decrecimiento, por ejemplo, los casi tres millones de empleados del Departamento de Defensa (no ¡gracias, Donald Trump, Pete Hegseth y compañía! de Guerra), que hacen posible el trabajo letal de la guerra y del imperialismo, y, si la administración Trump se sale con la suya, la represión de las protestas políticas internas, podrían encontrar mejores empleos. Al fin y al cabo, los empleados de todos los niveles del ejército, excepto los más altos, mal pagados y explotados, soportan a menudo condiciones de trabajo y de vida muy duras. Eliminar el Pentágono liberaría una gran fuerza laboral para ayudar a satisfacer las necesidades reales de la gente, en lugar de matar a demasiados de nosotros en este planeta (más recientemente, al menos 115 en el bombardeo de barcos venezolanos y 80 más en el ataque del 3 de enero en Caracas). Y estarían mejor sin esos trabajos.

El personal alistado recibe salarios tan bajos que muchos tienen derecho a recibir prestaciones SNAP («cupones de alimentos»), aunque sólo el 14% las solicita. Entre las familias de los soldados rasos, el 45% no puede permitirse a menudo comprar suficiente comida. Más de 286.000 de esas familias no consiguen una variedad o cantidad adecuada de alimentos y, de ellas, unas 120.000 afirman que a veces se saltan comidas y comen menos de lo que necesitan por miedo a quedarse sin dinero.

Y eso no es todo. Un análisis a nivel nacional sugirió que los pueblos y ciudades colindantes con bases militares tienen índices de criminalidad más altos (un 19% más en delitos contra la propiedad y un 34% más en delitos violentos) que pueblos similares que no se encuentran cerca de tales instalaciones.

Peor aún, las personas que viven o trabajan en bases militares o en sus alrededores suelen estar expuestas a niveles peligrosos de contaminación tóxica durante largos periodos de tiempo y también pueden sufrir contaminación acústica. No es de extrañar que los estudios también hayan encontrado altas tasas de pérdida auditiva entre las tropas. En Estados Unidos, casi el 15% del personal en servicio activo sufre algún tipo de discapacidad auditiva (y es uno de los problemas de salud más comunes entre los veteranos).

Desmantelar nuestra maquinaria bélica también contribuiría a restaurar una mejor calidad de vida para decenas de millones de personas en otros lugares. Pensemos en la muerte y el sufrimiento que nuestro ejército ha infligido durante las últimas seis décadas en Indochina, Granada, Panamá, Iraq, Kuwait, los Balcanes, Afganistán, Siria, Yemen, Irán y ahora el mar Caribe, el océano Pacífico oriental y, por supuesto, Venezuela.

Por si eso no fuera suficiente, durante décadas, nuestro complejo militar-industrial ha suministrado armamento a regímenes represivos y asesinos de todo el mundo, siendo el genocidio del pueblo palestino por parte de Israel el ejemplo más reciente.

Adiós, supremacía vehicular

En una sociedad estadounidense mucho menos dependiente de los recursos, las necesidades humanas tampoco estarían subordinadas a las de los vehículos de motor que funcionan con gasolina, y nuestra calidad de vida colectiva mejoraría drásticamente.

Teniendo en cuenta la importancia de mantener este planeta habitable, cualquier sociedad ecológicamente sensata se liberaría de lo que Gregory Shill ha denominado «supremacía del automóvil» y eso, por supuesto, sería un logro especialmente significativo para cualquier movimiento de decrecimiento en Estados Unidos u otros países ricos.

Para empezar, los vehículos de motor se encuentran habitualmente entre las diez principales causas de muerte de los residentes estadounidenses menores de 55 años. Peor aún, las muertes de peatones, que llevaban décadas disminuyendo, se dispararon un 71% entre 2010 y 2023, mientras que las muertes causadas por camionetas y SUV cada vez más altas, pesadas y agresivamente blindadas aumentaron precisamente el doble, un 142%.

Con los vehículos privados de gasolina sustituidos en gran medida por amplias redes de transporte público, vehículos eléctricos y tráfico de bicicletas y peatones, tampoco tendremos que lidiar con tantos conductores agresivos al volante de camionetas blindadas del tamaño de tanques de la Segunda Guerra Mundial. No nos enfrentaremos a los peligros para la salud que supone la contaminación atmosférica y acústica del tráfico rodado. Nuestras ciudades tendrán mucho más espacio verde, ya que una parte significativa del 30% de su superficie, ahora cubierta de hormigón o asfalto únicamente para dar cabida a los vehículos de motor, podría ser revegetada. Y no sufriremos el calor veraniego extremadamente abrasador que acompaña a tal exceso de pavimento.

Con el decrecimiento y el fin de la supremacía del automóvil, los atascos de tráfico desaparecerán; ya no correremos el riesgo de morir simplemente por caminar, ir en bicicleta por una carretera, cruzar una calle legalmente o participar en una protesta pacífica y legal; y todo el mundo podrá, literalmente, dejar de volver locos a los demás.

Adiós a tantas otras plagas provocadas por los combustibles fósiles

Acabar con el militarismo y la supremacía del automóvil en cuanto a recursos, al tiempo que se mejora la calidad de vida de nuestras comunidades, también contribuiría en gran medida a detener la degradación ecológica de este planeta, mientras que las fuentes de muchos peligros y males a menor escala también pasarían a ser cosa del pasado. Por separado, cada uno de ellos puede parecer insignificante, pero en conjunto, estos culpables degradan gravemente la calidad de vida en nuestra economía, orientada al crecimiento desenfrenado. Como ejemplo de algo a lo que, con el decrecimiento, podríamos decir «adiós y buen viaje», permítanme sugerirles ese ruidoso matón del barrio, el soplador de hojas.

Los sopladores de hojas a gasolina, que generan velocidades de viento cercanas a las de un tornado EF5, emiten un ruido de entre 95 y 115 decibelios (entre dos y ocho veces más alto que el límite máximo de seguridad establecido por las agencias federales). Los sopladores de hojas eléctricos, aunque son menos ruidosos, siguen superando significativamente el nivel máximo de ruido seguro cerca de escuelas, hospitales, guarderías, residencias de ancianos o cualquier otro lugar donde haya personas vulnerables.

La mayoría de los sopladores de gasolina y otras máquinas de jardinería ensordecedoras son utilizados durante largas horas por empresas de jardinería comercial, cuyas orejas se encuentran a sólo unos centímetros del rugido. A menudo rodeados por otros sopladores de hojas, cortacéspedes y equipos que funcionan con gasolina, estos trabajadores suelen sufrir pérdida auditiva.

El ruido de un soplador de hojas, al igual que el producido por el tráfico vehicular y las turbinas eólicas, es rico en sonidos de baja frecuencia que se propagan a largas distancias y atraviesan fácilmente las paredes. La exposición a este tipo de ruido aumenta el riesgo de sufrir una serie de problemas de salud, como trastornos del sueño, estrés mental, hipertensión arterial, enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares y disfunciones del sistema inmunológico.

Y hay que tener en cuenta que la sustitución de los rastrillos perfectamente funcionales por sopladores de hojas es sólo la punta del iceberg. Nuestra economía está ahora repleta de productos innecesarios que disminuyen la calidad de vida y que se dejarían en la cuneta más cercana si se redujera profundamente el consumo de energía.

Hola de nuevo, cielo nocturno

Al poner fin al consumo excesivo de energía, el decrecimiento también podría restaurar las maravillas de la naturaleza que tanto apreciamos y que la economía del crecimiento nos ha robado.

Pensemos en el cielo nocturno. Desde 2010, en las ciudades y pueblos, así como en cualquier lugar cercano a ellos, el «resplandor del cielo» (un blanqueamiento del cielo nocturno que oculta las estrellas) ha aumentado a un ritmo asombroso del 10% anual.

Este aumento de la contaminación lumínica ha coincidido con la rápida adopción de los diodos emisores de luz (LED) para el alumbrado público y otras iluminaciones exteriores. Estos LED producen mucha más luz por vatio de energía consumida que las fuentes de luz antiguas. Lamentablemente, las empresas y los ayuntamientos han aprovechado la eficiencia de los LED no para reducir su consumo energético, sino para inundar aparcamientos, calles, vallas publicitarias, campos deportivos y concesionarios de automóviles con una luz aún más brillante.

La mayoría de la iluminación LED que se utiliza actualmente es rica en longitudes de onda cortas en el extremo «azul frío» del espectro visible, lo que garantiza que se disperse por la atmósfera de forma más eficiente y, por lo tanto, produzca un rápido aumento del brillo del cielo. Como resultado, las estrellas han desaparecido casi por completo del cielo nocturno en las ciudades, los suburbios y las zonas rurales cercanas.

La exposición a la luz azul fría por la noche también supone una amenaza para los seres humanos y otras especies, ya que altera nuestro ciclo circadiano de sueño-vigilia. Entre los efectos sobre la salud humana se encuentran los trastornos gastrointestinales, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares e incluso el cáncer.

Una sociedad en declive que redujera su consumo energético no sólo disminuiría la contaminación lumínica y acústica, sino que lograría avances significativos en materia de justicia medioambiental. Las instalaciones industriales y comerciales y los aparcamientos, con su intensa iluminación, suelen ubicarse en comunidades racializadas y de bajos ingresos. Como consecuencia, en todo Estados Unidos, la contaminación lumínica es más grave en los barrios donde una mayor proporción de la población es negra, latina o asiática.

En medio de crecientes crisis ecológicas y humanitarias, y con Donald Trump aún en la Casa Blanca durante otros tres años potencialmente devastadores, la desaparición de los cielos puede considerarse un problema sólo para los astrónomos y los estetas. Pero esa visión subestima enormemente la importancia que ha demostrado tener el cielo estrellado para nuestra cultura, el progreso científico y la cohesión social. Era un bien puro, compartido libre y equitativamente por toda la humanidad. Y podría volver a serlo si, con el decrecimiento, ponemos nuestras ciudades y pueblos en un interruptor de atenuación.

Para ser claros, el movimiento del decrecimiento no afirma que la forma de evitar el colapso ecológico y civilizatorio sea simplemente jugar al dale al topo, resolviendo problemas individuales como la congestión del tráfico o la contaminación lumínica y acústica. De hecho, el objetivo del decrecimiento es que las sociedades dejen todos esos problemas, incluido el desastre potencial del cambio climático, en el basurero de la historia, al tiempo que garantizamos que la suficiencia colectiva y la justicia para todos se conviertan en el centro de atención de nuestro mundo.

Foto de portada: Plataforma petrolífera en el mar del Norte (Philippa McKinlay).

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