El perro que no ladró

Stephen F. Eisenman, CounterPunch.com, 16 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Stephen F. Eisenman es profesor emérito de la Universidad Northwestern e investigador honorario de la Universidad de East Anglia. Es autor de una docena de libros, el último de los cuales (junto con Sue Coe) se titula «The Young Person’s Illustrated Guide to American Fascism» (OR Books, 2014). También es cofundador de Anthropocene Alliance. Stephen agradece los comentarios y respuestas en: s-eisenman@northwestern.edu.

El crimen

El crimen de la semana pasada —bombardear un país extranjero y secuestrar a su presidente*— no fue nada nuevo. Estados Unidos lo hizo en Panamá en 1989 y en Libia doce años después, aunque en este último caso, el presidente (Muamar Gadafi) fue capturado, torturado y asesinado por fuerzas locales aliadas. La lista de países atacados, invadidos o cuyos líderes han sido derrocados por Estados Unidos en los últimos 75 años es bien conocida por muchos lectores de Counterpunch. La presento aquí como una oscura poesía:

Guatemala, Granada, Pakistán,

Somalia, Cuba y Sudán.

Panamá, Libia, Afganistán,

Camboya, Corea y Vietnam.

El Salvador, Iraq, Irán,

Yemen, Nicaragua y Líbano,

Laos, Venezuela y República Dominicana.

Quedan excluidos los países en los que Estados Unidos tramó golpes de Estado o asesinatos, meras bagatelas en comparación con el resto: La guerra contra Vietnam mató a unos 2 millones de personas, sin contar a 55.000 estadounidenses. Desde el 11 de septiembre, según el proyecto Costs of War de la Universidad de Brown, la violencia estadounidense ha matado, directa o indirectamente, a unos 4,5 millones de personas en Iraq, Afganistán, Siria, Yemen y Pakistán.

Excepto cuando se exhibieron las cifras de bajas enemigas al principio de la guerra de Vietnam para demostrar los avances en el campo de batalla, los funcionarios del Gobierno de los Estados Unidos generalmente han minimizado o negado el número de víctimas mortales. Cuando era imposible ocultar la información, se eximían de responsabilidad alegando que la guerra había sido impuesta a los Estados Unidos y que la nación invadida: a) era el agresor; b) colaboraba con comunistas, terroristas islámicos o narcotraficantes; c) amenazaba a sus vecinos y a la paz mundial; d) poseía armas de destrucción masiva; e) ponía en peligro el comercio mundial y la prosperidad estadounidense; o f) utilizaba a civiles como escudos humanos. Los altos funcionarios estadounidenses nunca han admitido su culpabilidad moral o legal, ni siquiera décadas después de la violencia. Según el presidente Barack Obama, ganador del Premio Nobel de la Paz en 2009, la guerra de Vietnam se caracterizó por «errores», no por crímenes. De hecho, afirmó que la verdadera «vergüenza» fue que Estados Unidos no honrara adecuadamente a los veteranos que regresaban. Independientemente del resultado de la aventura venezolana, no hay que esperar que ningún funcionario del Gobierno se retracte o pida disculpas.

Una confesión sorprendente

El ataque a Venezuela fue premeditado y no sorprendió, salvo en un aspecto significativo: las autoridades estadounidenses, sobre todo el locuaz presidente, no ocultaron sus motivos, minimizaron la violencia ni se anduvieron con rodeos, bueno, no mucho. Estados Unidos invadió Venezuela y secuestró a su presidente, dijo Trump, a medias verdades, para hacerse con el control de su industria petrolera y compensar a las empresas estadounidenses cuyas propiedades fueron «robadas» por el gobierno anterior. De hecho, la ley de nacionalización de 1976 no tuvo nada que ver con un robo. En aquel momento no fue objeto de controversia, salvo para aquellos que la consideraban una rendición ante los intereses de Estados Unidos y las grandes empresas. El gobierno venezolano pagó mil millones de dólares en concepto de indemnización a las dos principales productoras de petróleo, Creole Petroleum (EE. UU.) y Shell Oil (multinacional), y mantuvo los acuerdos de servicio existentes. En 2007, el presidente Hugo Chávez decretó que las empresas petroleras extranjeras recibieran una parte menor de los ingresos petroleros de Venezuela. Algunas gigantes petroleras, en particular ExxonMobil y Conoco/Phillip, no quedaron satisfechas y demandaron una indemnización ante un tribunal internacional. Venezuela aceptó un acuerdo menor que el decretado por el tribunal, y las negociaciones continúan.

Pero, para cualquiera que recuerde el lema «no a la sangre por petróleo» que se coreaba en las protestas contra la primera Guerra del Golfo (1990-91) y la invasión estadounidense de Iraq (2003), la admisión de Trump ha sido sorprendente. Estas son sus palabras exactas, publicadas en su sitio web Truth Social:

«Me complace anunciar que las autoridades provisionales de Venezuela entregarán entre 30 y 50 MILLONES de barriles de petróleo de alta calidad, sancionado, a los Estados Unidos de América.

Este petróleo se venderá a su precio de mercado, y ese dinero será controlado por mí, como presidente de los Estados Unidos de América, para garantizar que se utilice en beneficio del pueblo de Venezuela y de los Estados Unidos».

Periodistas, columnistas y algunos políticos estadounidenses se lanzaron sobre la divulgación para subrayar que la intervención de Trump en Venezuela no tenía nada que ver con supuestos envíos de drogas, como él había afirmado anteriormente. (De hecho, el país no envía fentanilo y muy poca cocaína a Estados Unidos). En cambio, nació de la codicia y la venganza corporativa. Los intereses de los combustibles fósiles estadounidenses contribuyeron con casi 500 millones de dólares a la campaña electoral de Trump para 2024, y el presidente se comprometió a devolver esa inversión con intereses.

La admisión de Trump fue, en efecto, tanto retrospectiva como prospectiva. Si la actual invasión de una importante nación productora de petróleo es una guerra por el petróleo, también lo fueron las anteriores intervenciones en los petro-Estados de Oriente Medio. Cualesquiera que fueran las justificaciones retóricas esgrimidas por Bush I en 1991 (la inviolabilidad de las fronteras de Kuwait) y Bush II en 2003 (las armas de destrucción masiva), ahora se admite que fueron evasivas. De hecho, la confesión de Trump sugiere que todo el edificio de la política exterior estadounidense ha sido un entramado de mentiras: «contención», «brecha de misiles», «terrorismo islámico», «expansionismo soviético», «giro hacia Asia», «orden basado en normas», etc. Lo único excepcional de la política exterior estadounidense es su falsedad y la magnitud del presupuesto militar que la sustenta, superior al de todos los demás países del mundo juntos.

«El curioso incidente del perro en la noche»

En el relato corto de Arthur Conan Doyle, «La historia de Silver Blaze» (1892), el misterio del robo de un caballo y el asesinato de su entrenador se resuelve gracias al «curioso incidente del perro en la noche»: el descubrimiento de Sherlock Holmes de que el perro que custodiaba el establo no ladró, lo que significa que el criminal era alguien conocido por el can. El detective de Baker Street podría hacer una observación similar hoy en día. Lo más notable de la confesión de Trump sobre Venezuela es que el perro no ladró: no ha habido protestas públicas masivas, ni demandas de investigación, ni gritos de destitución. Las encuestas de opinión indican que un poco más de estadounidenses apoyan las acciones del presidente en Venezuela (43%) que su desempeño general (41%). ¿Acaso los estadounidenses ya sabían la verdad que Trump confesó?

Generaciones de presidentes se han esforzado por ocultar sus planes imperiales por temor a que los votantes los rechazaran y castigaran a sus autores. Pero Trump reconoció abiertamente que el objetivo de su política exterior es intimidar a los débiles y aumentar los beneficios de las empresas. Su mini-yo, el subjefe de gabinete Stephen Miller, justificó la incautación de Maduro y del petróleo venezolano en términos nietzscheanos: «Vivimos en un mundo… el mundo real, que se rige por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder». El secretario de Defensa, el secretario de Estado y el embajador ante la ONU han sido igualmente contundentes. ¿Cómo explicamos la repentina aparición de lo que T. J. Clark denominó recientemente «una política en la que nada se oculta»? ¿Y a qué se debe la indiferencia colectiva de los estadounidenses?

Una posible explicación para lo primero es que la violencia espectacular se ha convertido en el fin, y no en el medio, de la política gubernamental. El aumento de la violencia patrocinada por Estados Unidos —en Gaza, en alta mar, en Irán, Venezuela y en el propio país, en las comunidades objetivo del ICE— puede resultar ser la protesta terminal del capitalismo democrático estadounidense. Los síntomas morbosos son evidentes desde hace tiempo: partidos políticos totalmente subordinados a los intereses corporativos; votantes elegidos por sus representantes y no al revés (gerrymandering); representantes incapaces de gravar a los multimillonarios y regular a las empresas por miedo a que se trasladen o sustituyan a los trabajadores por inteligencia artificial. Al carecer de poder real, Trump y su camarilla recurren al espectáculo de la violencia y la guerra, «el ámbito», escribe Clark, «en el que el Estado sigue llevando la batuta». Clausewitz dijo la famosa frase: «La guerra es la continuación de la política por otros medios». Cada vez más, bajo Trump, la política es la continuación de la guerra por otros medios. La legislación sobre drogas e inmigración pasa a un segundo plano frente a la actuación de volar supuestos barcos de drogas, bombardear Caracas y el horror de los agentes enmascarados y armados del ICE acorralando o disparando a inmigrantes (y no inmigrantes) en ciudades gobernadas por los demócratas.

Hay dos explicaciones para la indiferencia del público ante la confesión de Trump de que apuntó a Venezuela para vengar a «nuestras compañías petroleras». En primer lugar, como se sugirió anteriormente, el dominio que ejercen ExxonMobil, Chevron, ConocoPhillips, Valero Energy, Marathon Petroleum, etc., sobre la política estadounidense es una vieja noticia. No hace falta haber leído a Adam Smith para reconocer los precios monopolísticos en la industria petrolera. Las gasolineras rivales que ofertan exactamente el mismo precio por la gasolina (hasta la décima de centavo) ofrecen a los conductores una lección diaria sobre la fijación de precios. Si los estadounidenses han seguido votando a políticos comprometidos con las compañías petroleras, es porque entienden, acertadamente, que la deferencia que estos últimos conceden a las primeras difiere poco, ya sea con republicanos o demócratas en el poder.

La segunda razón de la indiferencia colectiva es que, sea cual sea su justificación, la gente está esperando a ver si sale ganando o perdiendo con el ataque a Venezuela. Si bajan los precios de la gasolina, los alimentos, el alquiler, la sanidad, la educación y el entretenimiento, lo apoyarán; si no, no lo harán. Cuando la situación interna es grave, la política exterior es sólo ruido de fondo.

Perspectivas de resistencia

Sin embargo, no debe darse por sentado que la mayoría de los estadounidenses permanecerán indiferentes para siempre ante el espectáculo de violencia en el extranjero y en su propio país. Se necesitaron años y un número creciente de muertos estadounidenses para que la opinión pública se volviera en contra de la guerra de Vietnam, pero, cuando lo hizo, Estados Unidos abandonó el campo de batalla. Las amenazas bélicas de Reagan y su iniciativa Star Wars convencieron a millones de estadounidenses de que su supervivencia dependía de una protesta antinuclear sostenida. El resultado fue una serie de tratados de reducción de armas nucleares con la Unión Soviética, parcialmente deshechos por los presidentes republicanos, incluido el actual.

Ya se aprecian signos de movilización contra el fascismo trumpista (el debate sobre ese término ya ha terminado). El apoyo del Gobierno al genocidio de Israel contra los palestinos en Gaza provocó el año pasado protestas estudiantiles masivas. El acuartelamiento de agentes del ICE —auténticos soldados de asalto— en ciudades gobernadas por los demócratas ha llevado a miles de personas a unirse a patrullas ciudadanas para advertir a los inmigrantes de las redadas inminentes y acosar a las fuerzas gubernamentales, principalmente con burlas y grabaciones de vídeo. Esto último parece ser especialmente irritante para los agentes reclutados con la promesa de convertirse en héroes de acción como los que ven en la televisión.

Aunque la derecha fascista ha monopolizado hasta hace poco las redes sociales, eso ha empezado a cambiar. Por cada Tucker Carlson, Nick Fuentes, Laura Loomer y Steve Bannon en X, YouTube, Instagram, Tik Toc y Truth Social, ahora hay un Hasan Piker,

un David Parkman, una Ana Kasparian («The Young Turks») y un Mehdi Hasan en los mismos sitios o con sus propios canales y podcasts. Aunque la derecha sigue atrayendo más atención que la izquierda, la diferencia se está reduciendo.

Sin embargo, lo que los radicales y progresistas de Estados Unidos necesitan tanto o más que estrellas de las redes sociales son activistas y organizadores reales sobre el terreno. Aunque los mejores influencers pueden influir en la opinión pública cotidiana, y tal vez incluso en los hábitos de voto cíclicos, no parecen tener el tipo de impacto a largo plazo que conduce a un cambio estructural. Para ello, se necesitan personas sobre el terreno que hablen con los ciudadanos sobre sus inquietudes, su sensación de impotencia, sus esperanzas y sus deseos. Los organizadores con talento —Estados Unidos tiene muchos y yo conozco a algunos— pueden establecer relaciones con los miembros de la comunidad mucho más profundas y duraderas que las que existen entre los influencers y su público invisible. Pueden ayudar a las personas a comprender el camino que ha seguido su vida, los obstáculos que han superado y cómo lograr más en el futuro. Esas conversaciones conducen inevitablemente a estrategias para unir fuerzas con otros e intervenir en el ámbito del poder.

Sólo cuando los grupos o partidos de izquierda comiencen a educar y organizarse —en salones, cafeterías, sótanos de iglesias, centros comunitarios, auditorios escolares y en las calles—, comenzarán a alejar la política de las espectaculares muestras de dominación y la orientarán hacia la satisfacción de las necesidades humanas genuinas. Es entonces cuando la agresión que hemos visto en Venezuela y en las calles de las ciudades estadounidenses despertará alarmas que no podrán ignorarse y provocará demandas que no podrán rechazarse.

Nota: *Que las elecciones de enero de 2025 que devolvieron a Maduro a la presidencia fueran libres y justas o no es tan asunto de Estados Unidos como lo es para Venezuela la elección de Donald Trump en 2016, cuando recibió 3 millones de votos menos que Hilary Clinton.

Ilustración de portada: Sidney Paget, Arthur Conan Doyle, “Silver Blaze”, Strand Magazine, Dic. 1892, p.646.

Voces del Mundo

Deja un comentario