Las flotillas a Gaza son la conciencia del mundo

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 15 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que ganó el Premio Pulitzer en 2002. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.

ROMA, Italia — En abril de 2026 habrá una nueva flotilla que intentará romper el bloqueo israelí de Gaza, un bloqueo que dura ya 18 años. Se espera que la misión sea la mayor acción marítima en favor de Palestina hasta la fecha, con la participación de más de 3.000 activistas de 100 países en 100 barcos, incluida una flota médica de 1.000 trabajadores sanitarios para entregar 500 toneladas de ayuda vital, equipos y suministros médicos que Israel ha bloqueado la entrada a Gaza.

Una vez más, activistas de todo el mundo navegarán hacia Gaza en un intento por poner fin a una de las peores crisis humanitarias del planeta. Una vez más, su viaje será seguido minuciosamente en las redes sociales. Una vez más, se enviarán drones israelíes a aguas internacionales para interceptar y atacar los barcos. Una vez más, los barcos serán abordados por soldados israelíes enmascarados y fuertemente armados. Una vez más, los activistas serán detenidos. Una vez más, serán enviados a prisiones de alta seguridad. Una vez más, serán maltratados físicamente, recluidos en régimen de aislamiento, insultados, reprimidos, obligados a ver vídeos de propaganda israelí sobre el 7 de octubre o violadas por los guardias de prisiones israelíes. Una vez más, los palestinos, muchos de los cuales esperan en la playa con la esperanza de que la última flotilla consiga pasar, verán que no están solos. Y una vez más, el mundo mirará hacia otro lado, ignorando su mandato legal de intervenir para poner fin al genocidio, según el artículo I de la Convención sobre el Genocidio.

Y, sin embargo, a pesar de ese resultado casi seguro, las flotillas están socavando imperceptiblemente el dominio israelí sobre Gaza. Están recordando al mundo su deber moral y legal de intervenir. Están avergonzando no sólo a Israel, sino también a los gobiernos occidentales con cuya complicidad se sostiene el genocidio. Están demostrando que no somos impotentes. Que podemos actuar.

«¿Cómo te sentiste cuando viste la flotilla?», le pregunté a la embajadora de Palestina en Italia, Mona Abuamara, cuando me uní a la huelga de los trabajadores portuarios italianos en Génova y a la manifestación nacional por Palestina en Roma a finales de noviembre de 2025.

«Como una niña», respondió. «Ya sabes, como cuando sabes cómo va a terminar una película, pero aun así quieres que sea diferente. No dejaba de pensar: ‘Dejadla pasar. Dejadla pasar’. Como si fuera posible. Sabíamos que no iba a ser así. Eso es parte de la belleza de esas personas en esos barcos. Sabían que no les iban a dejar pasar, pero se negaron a aceptar el statu quo».

Me reuní con Thiago Ávila, un activista brasileño, y la activista sueca Greta Thunberg a primera hora de la mañana en el Museo MAAM de Roma, un laberinto de salas, pasillos y habitaciones llenas de arte callejero, incluyendo un cartel que dice: «Spoiler: MORIRÁS». Unos 200 migrantes de diversos países viven como okupas en el matadero y museo abandonados. Las paredes de cemento de la antigua fábrica cárnica están cubiertas de obras de arte, entre ellas enormes y elaborados murales de algunos de los mejores artistas italianos. En la entrada, satirizando el letrero de Hollywood en Los Ángeles, se lee en letras gigantes la palabra «FART» (pedo).

«Durante todos los años en que he sido activista, cada día he perdido más y más esperanza —si es que alguna vez la tuve— en las instituciones y en nuestros supuestos líderes, corporaciones, funcionarios electos, bancos, lo que sea, para que vengan a rescatarnos», dijo Thunberg. «Son ellos los que nos han puesto en esta situación. El sistema no es defectuoso. Está diseñado para ser destructivo. En mi opinión, está diseñado para tener estructuras de poder desiguales. Está diseñado para mantener a algunas personas oprimidas. Está diseñado para mantener a la naturaleza como una entidad distante y separada que no forma parte de nosotros, con el fin de explotarla. Para oprimir a las personas, tenemos que deshumanizarlas. La única salida es recuperar el poder, que es una de las principales razones por las que estoy aquí apoyando a los trabajadores en huelga en Italia. Este es un ejemplo tan claro y típico de lo que sucede cuando las personas recuperan el poder y muestran dónde está el poder real».

Greta Thunberg durante mi entrevista en el MAAM Museum (foto de Thomas Hedges).

Ávila organizó la Coalición Flotilla de la Libertad y la recién consituida Flotilla Global Sumud. Formó parte de la tripulación del Madleen, un barco que zarpó en junio de 2025 con, entre otros, Thunberg y Rima Hassan, una diputada franco-palestina del Parlamento Europeo que fue golpeada bajo custodia por los guardias de la prisión israelí.

Thunberg, Ávila (izda.), Hassan (dcha.) y otros a bordo del Madleen el 1 de junio de 2025 en Catania, Italia. (Foto de Fabrizio Villa/Getty Images)

El Madleen fue interceptado por la marina israelí en aguas internacionales y remolcado al puerto israelí de Ashdod. Ávila fue recluido en régimen de aislamiento en la prisión de Ayalon, donde participó en una huelga de hambre seca hasta que fue deportado.

«He participado en tantos intentos fallidos que ya he perdido la cuenta», me dijo Ávila. «He estado en barcos que, por desgracia, fueron bombardeados. He estado en barcos que fueron saboteados. Barcos que fueron derrotados burocráticamente por países presionados por Israel. Llevamos años intentando romper ese horrible asedio. Dieciocho años. En los dos últimos intentos estuve con Greta. Llegué cerca de Gaza en dos ocasiones».

Mientras estaba en prisión, dijo, los guardias israelíes le dieron patadas y le golpearon la cabeza contra el asfalto. Le interrogaron durante horas para intentar sacarle información sobre las flotillas, mientras un guardia le apuntaba con una escopeta. Enviaron perros guardianes gruñendo a su celda. Le trasladaban constantemente de una celda a otra. Le despertaban repetidamente durante la noche.

«¿A cuántos países has conseguido movilizar?», le preguntaron los interrogadores israelíes a Ávila.

«¿Quiénes son los representantes en esos países?», exigieron saber.

«No voy a daros ninguna información que pueda poner a nadie en una situación peligrosa», respondió Ávila. «Pero todo lo que es público, lo podéis consultar en nuestra página web. Somos muy transparentes».

«Mira lo que haces pasar a tu gente», se burlaban los interrogadores. «Mira todo el dinero que has gastado, que has malgastado. Piensa en lo que podrías haber hecho con ese dinero».

«¿Por qué haces esto?», preguntaban invariablemente los interrogadores del ejército, los agentes de inteligencia y los jueces israelíes.

«Porque durante ocho décadas habéis estado cometiendo genocidio y limpieza étnica», respondía siempre Ávila. «Habéis construido un Estado colonial y de apartheid. Gobernáis esta tierra, no por una religión, sino por una ideología racista y supremacista, que es el sionismo».

«¿Cuál fue su reacción?», le pregunté a Ávila.

«De odio», respondió.

«La mayoría del Gobierno israelí quería que nos fuéramos de allí lo antes posible la última vez que nos detuvieron», dijo Ávila. «Era una situación horrible para las relaciones públicas. Pero Itamar Ben-Gvir, el ministro de Seguridad Nacional, que gestiona el sistema penitenciario israelí, no quería dejarnos salir. Quería castigarnos. Quería hacer una declaración política. Hubo una lucha interna. Al final, intentaron librarse de la gente».

«La solidaridad internacional tiene la responsabilidad de ser más útil para la causa palestina», dijo Ávila. «Necesitamos tener un mayor impacto. Esta vez lo conseguimos. Cuando fuimos con el Madleen, llevábamos cinco meses intentándolo. Intentamos otras tres misiones que fracasaron. Y, para ser sinceros, el mundo apenas se enteró de ellas».

En una de las misiones fallidas, poco después de la medianoche del 1 de mayo de 2025, a 20 millas de la costa de Malta, uno de los barcos de la flotilla, el Conscience, registrado bajo la bandera de Palau, fue alcanzado por misiles lanzados desde dos drones. Los misiles parecían tener como objetivo los generadores del barco. Los impactos provocaron un incendio y una brecha en el casco. Se perdió la comunicación con el barco. Estaba cargado con suministros humanitarios.

«La Unión Europea no condenó el ataque», dijo Ávila sobre el incidente. «Fue una dura derrota para nosotros. Pero sabíamos que teníamos que seguir intentándolo. No teníamos barcos más grandes. Sólo teníamos un pequeño barco para 12 personas. Y sólo podía transportar un envío simbólico de ayuda. Pero fue entonces cuando el mundo prestó atención. Hubo una gran movilización para apoyarnos».

Siempre existe la posibilidad de que los ataques israelíes se vuelvan mortales.

En mayo de 2010, el Mavi Marmara, que transportaba activistas y ayuda humanitaria, fue asaltado por comandos navales israelíes en aguas internacionales mientras navegaba hacia Gaza. Nueve personas —ocho ciudadanos turcos y uno con doble nacionalidad turca y estadounidense— fueron asesinadas por los israelíes, que afirmaron haber sido atacados por activistas armados con palos y cuchillos. Otras 24 personas resultaron gravemente heridas por las balas reales disparadas por las fuerzas israelíes.

«Tengo 39 años y llevo 21 dedicándome a las luchas sociales como internacionalista», dijo Ávila. «Y Palestina siempre ha formado parte de ello. He estado en Palestina antes. Palestina es la causa más importante de nuestra generación. Simboliza todo: la lucha contra la explotación, la opresión, la destrucción de la naturaleza. El mismo sistema que permite un genocidio en Palestina lleva a cabo genocidios en Sudán y el Congo. Es el mismo sistema que está perpetrando un ecocidio en Brasil y contra los biomas de este planeta. Si podemos derrotar al imperialismo y al sionismo en Palestina, podemos derrotarlo en cualquier lugar».

A las 9 de la noche del día anterior a nuestra conversación, Ávila estaba en su habitación de hotel cuando oyó que llamaban a la puerta.

«Pensé que era Greta trayéndome comida», dijo. «Era la policía. No fueron violentos. Antes se han portado peor conmigo aquí. Entraron. Registraron la habitación, los armarios, todo. Empezaron a preguntarme por mis planes. No les preocupaba mucho la huelga ni la movilización. Querían saber sobre las flotillas. Querían saber sobre los barcos. Siempre que estoy en Italia, la policía y los servicios de seguridad no dejan de preguntarme: «¿Hay barcos que vienen aquí? ¿Hay barcos que vienen aquí?». Ahora mismo no tenemos ninguna misión en marcha. Supongo que lo entendieron. Estamos en vísperas de una gran manifestación en Italia, así que también es una forma de intentar intimidarnos, de mostrar su presencia, porque, siendo muy sinceros, saben lo transparentes que somos. Siempre hacemos públicas nuestras misiones. Si tuviéramos una misión, ellos lo sabrían. No tenían por qué aparecer en mi habitación en mitad de la noche».

«Siempre que nos encontramos en el contexto de luchas anticolonialistas y antiimperialistas, la victoria final no se consigue con sólo pulsar un botón», continuó Ávila. «Es un proceso. Nunca sabemos cuándo se derrumbará el sistema. Cuando lo haga, no nos detendrán. Tenemos que ser nosotros los que sigamos adelante hasta que el sionismo deje de existir, entonces podremos pasar. O al menos cuando sea lo suficientemente débil y podamos pasar. Entonces comprenderemos que ha desaparecido. Tenemos que seguir adelante hasta el día en que el coste político de interceptarnos sea demasiado alto para ellos y tengan que apartarse de nuestro camino».

Le pregunté si tenía héroes políticos.

«Vengo de una educación marxista», dijo Ávila. «Tenemos mucho que aprender de la historia de las revoluciones. Sin duda, el Che Guevara, Rosa Luxemburg, Marx, Engels. Estamos aquí, en Italia, así que Antonio Gramsci. Tenemos muchas personas maravillosas en las luchas anticoloniales. Thomas Sankara. Frantz Fanon. Nelson Mandela. Tenemos personas que lideraron acciones directas no violentas, cosas maravillosamente inspiradoras. Mahatma Gandhi, Martin Luther King Jr., Rosa Parks. Son muchas referencias. Son herramientas. Nos ahorran tiempo. No tenemos que cometer sus errores. Ellos llevaron una bandera y la transmitieron. Si no recibimos esta bandera, llena de experiencias, es un error total. No podemos ser perezosos. Tenemos que estudiarlo bien todo».

Los trabajadores portuarios de Italia amenazaron a Israel con un bloqueo total del comercio si hacían daño a los 462 activistas, parlamentarios y abogados que viajaban en los 42 barcos que intentaban romper el bloqueo israelí. Cuando Thunberg se enteró de este acto de solidaridad de los trabajadores portuarios mientras estaba en la flotilla, se echó a llorar.

Israel interceptó todos los barcos y detuvo a todos los miembros de la tripulación. La mayoría de los activistas fueron recluidos en la prisión de Ktzi’ot, también conocida como Ansar III, un centro de detención de alta seguridad en el desierto del Negev utilizado para encarcelar a palestinos, muchos de los cuales son acusados por Israel de participar en actividades militantes o terroristas. Estaban hacinados en celdas con a menudo una docena o más de personas y dormían en colchonetas en el suelo.

Me senté con Thunberg en una pequeña mesa en la antigua fábrica de carne. Nos abrigábamos con nuestras chaquetas de invierno.

Thunberg fue un objetivo especial para los guardias de la prisión israelí, que la golpearon, la arrastraron por el pelo y la fotografiaron envuelta en una bandera israelí en un intento de humillarla. La mantuvieron en una celda llena de chinches y le negaron comida y agua suficientes.

Le pregunté si había llegado el momento, como ha dicho el cofundador de Extinction Rebellion, Roger Hallam, de aceptar mayores riesgos, incluyendo largas penas de prisión. Hallam fue condenado a cinco años de prisión en un centro penitenciario británico por su papel en la organización del cierre de la autopista M25 alrededor de Londres.

«Los costes personales son diferentes para cada uno», dijo Thunberg. «Para algunas personas, salir a la calle con una pancarta supone arriesgar sus vidas. Para mí no. Me veo obligada a enfrentarme a la represión al ser difamada en los medios de comunicación y, en el peor de los casos, acabar en la cárcel, donde yo, como persona blanca y sueca, no me enfrento a lo peor. Por lo tanto, todos debemos tener en cuenta nuestros riesgos personales en términos de sacrificios personales, pero es diferente para cada uno. Sin embargo, creo firmemente que debemos salir de nuestra zona de confort, aceptar los sacrificios y reconocer a todas esas innumerables personas que han hecho sacrificios inestimables hasta la fecha. Porque si no lo hubieran hecho, la situación sería mucho peor».

«Sólo vimos un atisbo de lo que están sufriendo los rehenes palestinos», añadió Thunberg, refiriéndose a su estancia en una prisión israelí. «Hay miles de palestinos, cientos de los cuales son niños, que están atrapados en mazmorras israelíes, donde es muy probable que estén siendo torturados. Y cada vez hay más testigos que cuentan esa realidad. La mayoría de nosotros teníamos privilegios de pasaporte. Teníamos el privilegio extremo de la cobertura mediática y las relaciones diplomáticas, que ellos no tienen».

«La flotilla no iba de nosotros», dijo Thunberg. «La flotilla era una postura política, así como una misión humanitaria, pero principalmente una postura política. Es otro intento más de romper el asedio».

Beatrice Lio es una capitana italiana que capitaneaba un velero monocasco de 41 pies en la flotilla. La conocí en Italia. Está recaudando fondos para la próxima flotilla.

Su barco fue interceptado a unas 120 millas náuticas de Gaza una hora antes del amanecer. La luna llena acababa de ocultarse. Estaba rodeada de barcos militares con luces intermitentes. Uno de los barcos israelíes embistió su embarcación. Soldados fuertemente armados, con el rostro cubierto, abordaron y tomaron el control de su barco. Gritaron a las nueve personas a bordo que se sentaran en la cubierta con las manos en alto. Arrancaron la bandera palestina. Saquearon el contenido del barco y destruyeron el equipo de comunicaciones. Los activistas a bordo fueron trasladados a un barco militar y llevados al puerto israelí de Ashdod. El barco, como todos los barcos de la flotilla, fue confiscado.

«Nos obligaron a arrodillarnos en el cemento y esperar a que nos llamaran», dijo sobre su llegada a Israel. «Nos registraron desnudos. Nos confiscaron todas nuestras pertenencias. Fotografiaron nuestros pasaportes, nuestras huellas dactilares y nuestros rostros. Creo que me llevaron ante un juez. No estoy muy segura».

A los activistas les vendaron los ojos y les esposaron las manos. Los trasladaron a la prisión de Ktz’iot en un camión, donde cada persona fue encerrada en una pequeña jaula metálica individual. Hacía frío, sobre todo porque todos iban en camiseta. El trayecto duró tres horas. Permanecieron en Ktz’iot durante dos días antes de ser trasladados al centro de detención de Hadarim, situado entre Tel Aviv y Jerusalén. Allí permanecieron encarcelados durante cinco días. Algunos fueron colocados en celdas de aislamiento.

«Esas fueron las personas a las que se trató peor», dijo Lio sobre los que sufrieron aislamiento. «Yo no fui uno de ellos. Los que estaban en aislamiento fueron torturados. Los golpearon con palos. Los guardias se sentaban sobre sus caras hasta que sus ojos se ponían azules. Los esposaban tan fuerte que les sangraba la piel. Negaban las toallas sanitarias a las mujeres que tenían la menstruación y las pastillas a los que tomaban medicamentos».

«Nos gritaban que éramos delincuentes», dijo. «No reconocían que nos habían secuestrado. Decían: ‘¡Queréis venir a Israel y destruir mi país! ¡Os lo merecéis!’. Hablaban constantemente del 7 de octubre. Nos obligaban a ver vídeos propagandísticos sobre el 7 de octubre».

Ella y otros activistas detenidos oían gritos con frecuencia. Supusieron que se trataba de palestinos que estaban siendo interrogados y torturados. Los despertaban cada hora o cada hora y media durante la noche. «Golpeaban la puerta», dijo Lio. «Ponían música a todo volumen. Te iluminaban la cara con una linterna. Te obligaban a levantarte y decir tu nombre. Soy de talla pequeña. Me dieron ropa extragrande, para que me costara caminar».

«Nos veían como criminales, pero como seres humanos», dijo. «Pero cuando hablaban de los palestinos, no los consideraban seres humanos. Decían: ‘¡He matado a un montón en Gaza!’. Lo decían con alegría y orgullo. En la prisión había una enorme foto de Gaza destruida. Junto a ella estaba escrito: ‘La nueva Gaza’. Se jactaban de ello, como si fuera la foto más bonita del mundo, y no había sino tierra y escombros».

Varios de los activistas se declararon en huelga de hambre.

«Lo más desgarrador era estar tan cerca de los palestinos y, al mismo tiempo, no poder detener, ni por un segundo, la violencia contra ellos», dijo Lio.

Ninguna nación, con la excepción de Yemen, ha hecho ningún esfuerzo por detener físicamente el genocidio. Estados Unidos y las naciones europeas han suministrado a Israel miles de millones en armas —sólo Estados Unidos ha proporcionado 21.700 millones de dólares a Israel desde el 7 de octubre— para sostener la matanza masiva. Estas naciones han criminalizado a quienes protestan contra el genocidio, como los miembros de Palestine Action, varios de los cuales se encuentran en condiciones físicas peligrosas debido a una prolongada huelga de hambre en prisión. Han silenciado la libertad de expresión en los medios de comunicación y en los campus universitarios. Apoyarán a Israel hasta que se complete la fase final del genocidio: la deportación masiva de los palestinos de Gaza. Depende de nosotros actuar. Si fracasamos, no habrá Estado de derecho. El genocidio se convertirá en otra herramienta más del arsenal de las naciones industrializadas y los palestinos, una vez más, serán traicionados.

Las flotillas no sólo mantienen viva la resistencia, sino también la esperanza.

Ilustración de portada: El monstruo marino (por Mr. Fish).

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