Bahzad al Akhras, Middle East Eye, 16 enero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Bahzad Al Akhras es un médico palestino e investigador de políticas sanitarias especializado en trauma infantil y salud mental comunitaria. Recibió la Beca Chevening para líderes emergentes en 2019-2020 a fin de cursar un máster en Salud Mental Infantil y Adolescente en el King’s College de Londres, que obtuvo con honores.
Hoy en Gaza, decenas de miles de niños se despiertan sin la voz de sus padres llamándolos. Esto no se debe a una enfermedad ni a un accidente, sino a que el genocidio de Israel contra el enclave palestino eliminó a quienes los hacían sentirse seguros.
Según la Oficina Central Palestina de Estadísticas, hasta el pasado mes de marzo, se estimaba que más de 39.000 niños en Gaza habían perdido a uno o ambos padres en la continua agresión israelí, incluyendo los 17.000 que se habían quedado totalmente huérfanos.
Esta es una de las mayores crisis de orfandad de la historia moderna. Y estas cifras no son sólo estadísticas; representan el desmoronamiento masivo de la infancia misma.
Para un niño, los padres no son simplemente cuidadores; son la primera promesa de seguridad en el mundo. La presencia constante de una madre o un padre representa una voz familiar, una rutina predecible, una mano tendida en la oscuridad. Es así como un niño aprende que el miedo puede pasar, que el hambre se puede calmar, que el peligro tiene límites.
Cuando ese ancla se rompe violentamente, la percepción de la realidad del niño se transforma por completo. El mundo se vuelve inestable. La confianza se vuelve frágil. La seguridad se convierte en un recuerdo.
En Gaza, esta ruptura se está produciendo a gran escala. La pérdida de cuidadores no se produce sólo por muerte, sino también por lesiones graves, detención, desaparición forzada o separación en el caos de los repetidos desplazamientos.
Algunos niños han sido rescatados de entre los escombros sólo para descubrir que no les queda nadie a quien llamar “mío”. Otros tienen un padre vivo, pero se encuentra tan herido, traumatizado o ausente que el niño se queda sin protección real.
Desconexión
Entre los niños más pequeños, las consecuencias son inmediatas y desgarradoras. Muchos se vuelven inconsolables. Lloran durante horas, se aferran a cualquier adulto cercano y entran en pánico cuando un cuidador desaparece de su vista, incluso por un instante. Algunos pierden las palabras que antes tenían o vuelven a mojar la cama.
Algunos se quedan en silencio, como si desconectar fuera la única forma de sobrevivir a lo que sus mentes no pueden procesar. En refugios abarrotados, donde los adultos están exhaustos y afligidos, los niños a menudo se apegan a quien esté disponible, porque su necesidad de seguridad es urgente e insatisfecha.
Para los niños mayores, especialmente aquellos que entran en la adolescencia, el daño se manifiesta de otra manera: se convierten en adultos de la noche a la mañana. Cuando un padre muere, es detenido o resulta gravemente herido, el niño suele heredar el rol de proveedor, protector y responsable de la toma de decisiones.
En Gaza, he visto a niños, especialmente a las hijas mayores, cargando con responsabilidades que destrozarían a la mayoría de los adultos: conseguir comida, cuidar a sus hermanos, gestionar a un padre superviviente traumatizado y mantener a la familia en funcionamiento bajo los bombardeos y el hambre.
Esta inversión de roles no fomenta la resiliencia. Limita el desarrollo. Enseña la supresión emocional como una habilidad de supervivencia y convierte el miedo en un ruido de fondo permanente.
Pienso a menudo en una niña de 11 años que vive en un refugio para desplazados en el centro de Gaza. Su padre murió en un ataque aéreo. Sin gas, electricidad ni ingresos estables, ella y su madre comenzaron a preparar pequeños pasteles al fuego de leña, utilizando para ello cualquier material disponible.
Todos los días, la niña caminaba entre refugios abarrotados, sorteando los escombros y la inseguridad, intentando vender lo que hacían para ayudar a alimentar a su madre viuda y a sus hermanos menores.
Cuando hablamos, casi no mencionó el duelo. Habló de la necesidad, de “lo que hay que hacer”. Pero lo más impactante fue lo que había desaparecido: el juego, el descanso, la dulzura de la infancia. Su rostro reflejaba el agotamiento de alguien mucho mayor.
Separación insoportable
También trabajé con un niño de siete años cuyo padre murió en un ataque aéreo. Desde entonces, no se suelta de su madre. Insiste en que lo carguen constantemente. Se niega a jugar con otros niños.
Si ella sale de la habitación, aunque sea brevemente, entra en pánico. Por la noche, la despierta para que lo acompañe al baño. Si no se despierta lo suficientemente rápido, se hace pis en la cama.
Cuando hablé con él, apenas levantaba la vista. Hablaba en voz baja, usando pocas palabras, y siempre comprobando que su madre seguía a su lado. No describió el bombardeo ni habló de miedo ni de ira.
Cuando le pregunté qué era lo que más deseaba, respondió simplemente: “Quiero que vuelva mi padre”.
Para este niño, la pérdida de su padre no sólo le trajo dolor. Destrozó su sensación de seguridad tan completamente que la separación misma se volvió insoportable.
En otro caso, una niña de 14 años se convirtió en la única superviviente de su familia. La derivaron a un hospital de campaña para una evaluación de salud mental porque los médicos dijeron que no cooperaba con la rehabilitación.
Cuando hablamos, su resistencia cobró sentido. Habló de cómo todo se había derrumbado en un instante; de cómo su padre, la persona en la que confiaba para protegerla, no pudo salvarla.
“Si él no pudo”, se preguntó en voz baja, “¿quién más podrá?”.
Lo que más la aterrorizaba no eran sus lesiones, sino la recuperación. Temía que, si su salud mejoraba, le darían el alta. ¿Y luego qué?
“¿Darle el alta a dónde?”, preguntó. No había familia esperándola. Ningún hogar. Ningún lugar que la hiciera sentir siquiera remotamente segura. El hospital, a pesar de todo, se había convertido en su único refugio. Su negativa a cooperar no era desafío. Era miedo a ser liberada de nuevo en un mundo que había experimentado como letal y desprotegido.
“¿Qué opción tengo?”
Había también un niño de 12 años que había perdido a sus padres y a su hermano mayor. Su abuelo lo trajo a verme, preocupado porque el niño desaparecía de su tienda durante horas.
Finalmente, la verdad salió a la luz. El niño había estado visitando repetidamente los puntos de distribución de alimentos gestionados por la Fundación Humanitaria de Gaza, lugares que muchas organizaciones internacionales y testigos han descrito como caóticos y mortales.
El niño lloraba mientras hablaba. Lloraba por la pérdida de sus padres y por lo que había visto en esos puntos de distribución: tiroteos, pánico, gente desplomándose a su alrededor.
Dijo que sentía terror cada vez que iba allí. Cuando le pregunté por qué seguía volviendo, respondió sin dudar: sus hermanos menores no habían comido en días. Su abuelo apenas podía alimentarse.
“Sé que es peligroso”, dijo. “Pero ¿qué otra opción tengo?”
Así es la orfandad en Gaza. No se trata sólo de la ausencia de los padres. Es el colapso del andamiaje psicológico que los niños necesitan para crecer: estabilidad, protección y la libertad de ser jóvenes.
Es una generación que aprende, a través de la experiencia, que el amor puede desvanecerse sin previo aviso; que los hogares y las familias pueden ser destruidos, y que el mundo no ofrece garantías de misericordia.
Las consecuencias a largo plazo para la salud mental no terminan con un alto el fuego. Los niños que pierden a sus cuidadores de esta manera cargan con heridas que moldean su vínculo con los demás, su confianza, su visión del futuro y su comprensión de su propio valor.
Hoy en Gaza, miles de niños crecen no sólo sin padres, sino sin la creencia básica de que el mundo pueda volver a ser seguro.
Foto de portada: Una niña palestina desplazada junto a una tienda de campaña ubicada frente a la playa de la ciudad de Gaza, el 9 de enero de 2026 (Reuters).