Yemen, el coste humano de las ambiciones imperiales

Jawad Khalid, Foreign Policy in Focus, 16 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Jawad Khalid es un analista del clima y economía política afincado en Pakistán. Escribe sobre justicia climática, política y geopolítica en publicaciones como The Interpreter, Common Dreams, Asia Times y CounterPunch.

El conflicto en el Yemen, un país ya agotado por más de una década de guerra, está entrando en otra fase de incertidumbre. En las últimas semanas, los combatientes alineados con el Consejo de Transición del Sur (CTS), respaldados por los Emiratos Árabes Unidos, han tomado el control de gran parte de Hadramout y al-Mahra, en el sur y el este del Yemen, incluidas ciudades clave e instalaciones de seguridad. Estas provincias son estratégicamente importantes, ricas en recursos y fundamentales para las rutas comerciales, por lo que su conquista supone mucho más que un cambio de poder local.

Al mismo tiempo, las fuerzas gubernamentales respaldadas por Arabia Saudí han recuperado el control de distritos clave, como Mukalla y Seiyun, tras la retirada de las tropas del CTS. Este ha aceptado mantener conversaciones en Riad, mientras Arabia Saudí consolida su influencia y trata de evitar una mayor fragmentación a lo largo de su frontera sur.

El 30 de diciembre, un ataque aéreo de la coalición liderada por Arabia Saudí alcanzó el puerto de Mukalla, con el objetivo, según Riad, de destruir armas suministradas por los Emiratos Árabes Unidos destinadas al CTS. Arabia Saudí justificó el ataque como una respuesta a una amenaza inminente para la seguridad. Los Emiratos Árabes Unidos rechazaron las acusaciones, negaron haber dirigido operaciones que amenazaran la seguridad saudí y anunciaron la retirada voluntaria de sus fuerzas antiterroristas restantes. El Consejo del Liderazgo Presidencial de Yemen respondió exigiendo la salida total de los Emiratos Árabes Unidos e imponiendo restricciones en puertos y cruces fronterizos, mientras que los líderes del CTS afirmaron que iban a defender sus conquistas territoriales.

Esta escalada ha puesto de manifiesto la profundización de los desacuerdos entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos sobre el futuro del Yemen. Para Riad, los avances del CTS en Hadramout y al-Mahra no son sólo un problema político, sino también de seguridad. Ambas provincias limitan con Arabia Saudí, albergan recursos de petróleo y gas, y se encuentran a lo largo de importantes corredores comerciales. Un Yemen fracturado corre el riesgo de empoderar a los hutíes o de crear espacio para grupos islamistas, consecuencias que Arabia Saudí lleva años intentando impedir.

La división también supone un creciente dolor de cabeza para Estados Unidos, en particular para la administración Trump, que ha buscado gestionar la política en Oriente Medio mediante una estrecha alineación con sus socios del Golfo, evitando al mismo tiempo una mayor implicación militar. Washington ha dependido durante mucho tiempo de la coordinación entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos como pilar de su estrategia regional. Su abierto desacuerdo en el Yemen complica los esfuerzos estadounidenses por reivindicar avances hacia la “estabilidad”, socava cualquier vía diplomática coherente y expone los límites de un enfoque que externaliza la seguridad a caudillos regionales, ignorando las consecuencias civiles.

El CTS está integrado formalmente en el gobierno yemení reconocido por la ONU; sin embargo, desde hace tiempo promueve la secesión de un Yemen del Sur independiente. Si bien sus raíces se remontan al Movimiento del Sur, surgido en 2007 como una protesta popular contra la marginación, su transformación en un poderoso actor armado se produjo tras un decisivo respaldo externo. La creación formal del grupo en 2017 se produjo tras la destitución de Aidarus al-Zubaidi como gobernador de Adén, y su rápido ascenso fue posible gracias al apoyo político y militar de los Emiratos Árabes Unidos, incluyendo la formación de fuerzas subsidiarias como las Fuerzas del Cinturón de Seguridad en 2016.

Este apoyo no fue casual. Abu Dabi veía al CTS como un contrapeso a los actores islamistas, en particular al Partido Islah del Yemen, y como un medio para asegurar puertos y costas estratégicos. Arabia Saudí, por su parte, lideró la intervención de una coalición a partir de 2015 que ha sido constantemente criticada por priorizar los objetivos geopolíticos sobre la protección de la población civil.

Yemen ha sido durante mucho tiempo un escenario de guerra subsidiaria. Desde la toma de Saná por los hutíes en 2014 y el estallido de la guerra civil en marzo de 2015, se estimó que 377.000 personas habían muerto a finales de 2021 por causas directas e indirectas. Casi 15.000 civiles murieron por acción militar directa, la mayoría en ataques aéreos de la coalición liderada por Arabia Saudí, acusada de crímenes de guerra y ataques desproporcionados contra infraestructuras civiles. Estados Unidos brindó un apoyo crucial a los saudíes en esos ataques.

Durante la última década, los conflictos y el declive económico han provocado una de las peores crisis humanitarias del mundo. Unos 4,5 millones de yemeníes (el 14% de la población) siguen desplazados, muchos de ellos de forma repetida. Más de 19 millones necesitan asistencia humanitaria, y 17,6 millones se enfrentan a la inseguridad alimentaria y nutricional. Yemen se encuentra entre los países más vulnerables de Oriente Medio en cuanto a desnutrición y pobreza, con 2,4 millones de niños menores de cinco años que padecen desnutrición aguda. Además, 16 millones de personas carecen de agua potable, una situación agravada por años de restricciones impuestas por Arabia Saudí a las importaciones y la ayuda. El riesgo de hambruna es grave: decenas de miles de personas se enfrentan a condiciones similares a la hambruna, mientras que alrededor de 5 millones sufren grave inseguridad alimentaria.

Yemen no puede permitirse otro conflicto que mate, mutile y desplace a personas inocentes. Incluso si se evita la violencia a gran escala, el daño socioeconómico por sí solo sería insoportable para un país que ya depende de la ayuda externa y del apoyo humanitario. Sin embargo, el mundo sigue mirando hacia otro lado.

Foto de portada: La destrucción de la guerra en Yemen (Shutterstock).

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