Robert Inlakesh, The Palestine Chronicle, 19 enero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Robert Inlakesh es periodista, escritor y realizador de documentales. Sus trabajos se centran en la zona de Oriente Medio y está especializado en los temas relativos a Palestina.
Mientras los medios de comunicación corporativos y las personas influyentes en las redes sociales difunden sin cesar propaganda a favor del cambio de régimen, repleta de estadísticas sin verificar, afirmaciones inventadas y la negación de la realidad objetiva, es importante ir más allá y plantearse una pregunta más importante: ¿cómo sería una guerra para cambiar el régimen en Irán?
El siguiente análisis debe ir precedido de la afirmación de que la implacable ola de propaganda a favor del cambio de régimen que se está difundiendo actualmente con la intención implícita de fabricar el consentimiento para la guerra no es, en esencia, diferente de las afirmaciones y la retórica utilizadas durante décadas para justificar otras guerras de agresión.
El año pasado, Israel atacó Irán en una flagrante violación de la Carta de las Naciones Unidas, y más tarde le siguió Estados Unidos, que también participó en la ilegal agresión. Aunque cabe señalar que, en esta fase, recurrir a los criterios del derecho internacional es redundante, ya que ha quedado sin efecto por la alianza entre Estados Unidos e Israel desde el 7 de octubre de 2023.
Inmediatamente después de la guerra de los doce días del pasado mes de junio, los think tanks estadounidenses favorables a la guerra, desde el Washington Institute for Near East Policy (WINEP) y la Foundation for the Defense of Democracies (FDD) hasta el Consejo Atlántico, comenzaron a maquinar cómo debería ser la siguiente ronda y cuáles deberían ser sus resultados previstos. Mientras tanto, el 7 de julio, Axios News citó a sus fuentes afirmando que Israel ya estaba buscando luz verde para un nuevo ataque y que creía que Estados Unidos se la concedería.
Avancemos rápidamente hasta el 28 de diciembre de 2025, cuando estallaron protestas pacíficas en Irán por la mala gestión de la crisis económica por parte del Gobierno, agravada por las sanciones económicas occidentales. Al día siguiente, 29 de diciembre, el ex primer ministro israelí Naftali Bennett publicó un vídeo en el que hablaba de un levantamiento masivo contra el Gobierno, que aún no había tenido lugar. Su mensaje iba acompañado de innumerables vídeos antiguos e imágenes generadas por inteligencia artificial que mostraban dicha rebelión.
Mientras esto sucedía, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, visitaba al presidente estadounidense Donald Trump en Mar-a-Lago, donde, según varios medios de comunicación, solicitó un ataque estadounidense contra Irán y obtuvo todo lo que pidió. A principios de enero de 2026, surgieron repentinamente elementos violentos y comenzaron las protestas que pedían la caída del Gobierno.
Los días 8, 9 y 10 de enero, la situación se agravó drásticamente cuando Irán cortó el acceso a Internet en todo el país. Las imágenes revelaron que las multitudes más numerosas que participaban en los disturbios y las protestas sólo ascendían a decenas de miles, pero surgieron numerosos grupos de alborotadores en todo el país.
Para entonces, los medios de comunicación occidentales y los influencers proisraelíes en las redes sociales ya habían construido sus propias narrativas, que calificaban lo que estaba sucediendo como una «revolución» de «millones de personas en todo Irán» y afirmaban que los manifestantes pacíficos estaban siendo masacrados por defender su libertad.
Sin entrar en detalles, baste con decir que lo que vemos retratado en los medios corporativos sobre Irán es un reflejo de un universo paralelo. Hay una negación total de cualquier matiz, una incapacidad para aceptar las manifestaciones masivas a favor del Gobierno que fueron más grandes que los disturbios que ocurrieron, una negativa a transmitir los innumerables videos de militantes armados en las calles y la destrucción masiva causada por los alborotadores.
En cambio, Irán es un «régimen malvado» que está «masacrando a su propio pueblo» sin otra razón que el hecho de que protestan pacíficamente por su libertad. También hay un enfoque particular en los derechos de las mujeres cuando se trata de esta propaganda. Incluso aquellos que aceptan que más de 160 miembros de las fuerzas de seguridad iraníes fueron asesinados, incluidos algunos que fueron decapitados y quemados, siguen sosteniendo que se produjo una revolución pacífica. Una revolución que, según todos ellos, derrocaría al gobierno en cuestión de días o semanas.
Sólo hay que echar la vista atrás a las últimas décadas para ver cómo se han repetido los mismos guiones de cambio de régimen. El feminismo colonial empleado para justificar estas guerras de agresión ha sido evidente en todos los casos, especialmente en el de Afganistán. Sin embargo, tras 20 años de guerra y 2 billones de dólares de los contribuyentes, quedó claro que la guerra más larga de Estados Unidos no tenía nada que ver con «liberar a las mujeres de Afganistán».
Hay que tener en cuenta también que la propaganda de atrocidades puede provenir de fuentes supuestamente fiables, especialmente cuando se utiliza para conseguir apoyo para un objetivo de política exterior tan importante como el derrocamiento del Gobierno iraní. Por ejemplo, Amnistía Internacional dio crédito a afirmaciones totalmente inventadas de que los soldados iraquíes habían tirado a bebés de las incubadoras en vísperas de la Primera Guerra del Golfo.
El expresidente libio Muamar el Gadafi también fue acusado de «matar a su propio pueblo» como justificación para la intervención de la OTAN, mientras que se afirmaba que los manifestantes pacíficos buscaban alcanzar la democracia. Luego vino una serie de estadísticas totalmente inventadas e historias extravagantes, ninguna de las cuales se atrevieron a cuestionar los medios de comunicación corporativos.
Cada vez se repite el mismo ciclo: se construye una narrativa totalmente ficticia como medio para justificar una especie de «intervención humanitaria», tras lo cual todo el mundo reconoce más tarde que gran parte de ella era exagerada o directamente falsa. A continuación, cualquiera que cuestione esto es tildado de «títere del régimen» y se le insulta para deslegitimar sus argumentos. También se recurre a miembros descontentos de la diáspora de esa nación para que inventen historias lacrimógenas y aboguen por un cambio de régimen, un truco barato de política identitaria.
Cómo sería una guerra contra Irán
Una guerra con Irán podría tomar muchas direcciones distintas, dependiendo de un gran número de variables y de cómo innumerables acciones influyan en la toma de decisiones de todas las partes. Por lo tanto, el primer punto de partida de este breve análisis debe ser la realidad dentro de Irán y separarla de las descripciones ficticias que ofrecen los medios de comunicación corporativos.
Irán no es Venezuela, ni tampoco Siria. La República Islámica de Irán, para empezar, posee capacidades militares que superan a cualquier otro actor en Asia Occidental, con la excepción de los ejércitos israelí y turco. Incluso en estos casos, no poseen el volumen de misiles balísticos, misiles de crucero o drones que Irán ha fabricado en masa.
Lo que le falta a Teherán en términos de desarrollo tecnológico de última generación lo compensa con su arsenal ofensivo de misiles y drones, que le permite atacar las bases israelíes y estadounidenses en toda la región. Estas capacidades ya han sido probadas y comprobadas en el campo de batalla.
Sobre el terreno, Irán cuenta con su Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), además de su ejército regular. Las estimaciones conservadoras sitúan el personal activo total del CGRI en unos 190.000 hombres, mientras que se dice que el ejército regular cuenta con 420.000 miembros en servicio activo. Además, existe una fuerza paramilitar voluntaria conocida como los Basij, que se dice que es capaz de movilizar a más de un millón de combatientes si es necesario.
El ejército iraní está bien entrenado, bien armado y realiza constantemente ejercicios diseñados para combatir insurgencias y fuerzas de invasión extranjeras. El terreno de Irán es también montañoso y vasto, lo que significa que, incluso en caso de cometer errores, hay margen para recuperar el terreno perdido. Todos los juegos de guerra estadounidenses anteriores estimaban que una invasión de Irán a principios de la década del 2000 habría sido un desastre para las fuerzas estadounidenses. Esto fue antes de que los iraníes se desarrollaran militarmente como lo han hecho en la última década.
Los millones de iraníes que han demostrado que saldrán a las calles para protestar en solidaridad con su Gobierno son también una clara señal del apoyo con el que cuenta el Gobierno actual. Aunque los datos de las encuestas son escasos, una gran parte de la población iraní es socialmente conservadora y cree en la doctrina religiosa de la República Islámica.
Otro elemento a tener en cuenta es que la oposición iraní no tiene un líder real. El hijo del sah tiene una base de apoyo muy reducida dentro de Irán y es considerado por muchos como una simple marioneta de Israel. Por otra parte, están las minorías iraníes, que han logrado coexistir mucho mejor bajo la República Islámica que bajo el antiguo régimen del sah, ya que el sistema religioso chií no gobierna sólo para la mayoría persa y no tiene las mismas tendencias etnosupremacistas de los anteriores líderes iraníes.
Además de las propias fuerzas de Irán, también están sus aliados regionales. Entre ellos se encuentran Ansarallah en Yemen, Hashd al-Shaabi en Iraq, Fatimeyoun en Afganistán, Zeinabiyoun en Pakistán, toda la resistencia palestina y Hizbolá en el Líbano. Estos son los principales actores, pero también hay otros grupos con los que se han asociado.
Hay asimismo un interrogante en torno al papel que desempeñaría China en apoyo de Irán, mientras que se espera que Rusia también proporcione algún tipo de ayuda. Pekín, en particular, no puede permitirse las consecuencias de perder el petróleo iraní y ya ha firmado un acuerdo de asociación económica con Teherán.
Teniendo en cuenta todo esto, está claro que los iraníes tienen varias cartas que jugar, y la idea de que el Gobierno caiga sin luchar y que sus líderes huyan es pura fantasía. Si se desata una guerra, podrían darse varios escenarios, entre ellos los siguientes:
1. Irán inicia una serie de ataques preventivos.
2. Estados Unidos bombardea Irán de forma simbólica e intenta librar un conflicto limitado.
3. Se trama un complot israelí-estadounidense para un cambio total de régimen.
Al abordar la primera posibilidad, es posible que, dado el fracaso de los disturbios para crear fracturas importantes en el sistema de la República Islámica y arrastrar al país a una guerra civil, Estados Unidos e Israel intenten provocar a Irán para que ataque primero. El motivo sería poder evaluar la magnitud del enfrentamiento a partir de la primera ronda de ataques y ajustar su propia ofensiva en función de ello. Este tipo de conflicto probablemente sería limitado.
La siguiente opción sería una campaña aérea estadounidense diseñada para asestar un golpe a Irán, con la esperanza de que también pudiera conducir a un cambio de acontecimientos que diera lugar a un cambio de régimen, pero principalmente para enviar un mensaje y prolongar el conflicto a otra ronda. Tal intercambio podría acabar descontrolándose, dependiendo de cómo decidan ambas partes responder a las acciones de la otra, pero el objetivo sería evitar una guerra prolongada.
Si este tipo de rondas al estilo de la guerra de los doce días siguen produciéndose cada año aproximadamente, esto favorecería enormemente a Irán. Esto es así porque Irán repone sus reservas mucho más rápido que Estados Unidos e Israel.
Luego está el peor de los casos, una guerra total para cambiar el régimen. Ya sea que esto se produzca a través de una serie de oleadas de ataques, tanto aéreos como con militantes en tierra, o a través de una escalada de represalias que conduzca a ello, cabe esperar una enorme cantidad de muertes y destrucción en todos los bandos.
No se puede discutir la ventaja militar de Estados Unidos desde el aire, aunque una campaña aérea por sí sola no derrocará al Gobierno. Si esto ocurre, el peor escenario posible será que Estados Unidos ataque Irán repetidamente, quizás junto con los ataques de Israel, asesinando a líderes políticos y militares, destruyendo depósitos de armas, bases de lanzamiento de misiles, infraestructuras, edificios gubernamentales y lugares de interés cultural. Si Irán es incapaz de defenderse eficazmente de tal ataque, cabe esperar que tarde unos cuatro días en recuperarse.
Dicho esto, un ataque de este tipo probablemente radicalizaría a la población y la haría redoblar sus esfuerzos. Si Estados Unidos e Israel logran asesinar al ayatolá Seyyed Ali Jamenei, entonces deberíamos esperar una guerra sin precedentes que podría incluso extenderse más allá de la región. Más que ser el líder supremo de Irán, también es un líder espiritual chií, lo que significa que su papel trasciende el de líder de un país. Sería el equivalente a asesinar al Papa.
Irán tendría varias opciones: bombardear las bases estadounidenses, atacar los portaaviones estadounidenses, lanzar oleadas mucho mayores de misiles balísticos contra Israel y, en ese momento, es probable que sus aliados se hubieran movilizado. Los propios iraníes podrían cerrar el Golfo Pérsico bloqueando el estrecho de Ormuz, lo que provocaría una crisis económica mundial.
Hizbolá, Ansarallah, Hashd al-Shaabi, Zeinabiyoun, Fatemeyoun y las facciones palestinas podrían entonces participar en una guerra total, de la que no habría vuelta atrás. Para los chiíes en particular, su ideología no les permite retroceder en estas situaciones; es muy probable que interpreten estas circunstancias como equivalentes a la batalla de Karbala, donde el nieto del profeta del Islam, Husein, fue martirizado.
Si esto se convirtiera en una batalla total, todos se quitarían los guantes, y la única forma en que los israelíes podrían escapar es comenzando a usar armas nucleares, lo que tal vez ni siquiera funcione.
Aunque un escenario apocalíptico es posible, es probable que la guerra termine antes de llegar a esa etapa, y aunque todos los aliados de Irán puedan participar esta vez, parece que Estados Unidos preferiría abstenerse de entrar en una guerra de agresión larga, impopular e imposible de ganar. A la administración Trump le gustan las guerras rápidas que no llevan mucho tiempo y huye cuando las cosas no salen como quiere, como vimos con su ataque al Yemen.
Cabe esperar que los israelíes y sus aliados occidentales lancen todo lo que tengan contra Irán en un intento de provocar una guerra civil. Hasta ahora, la sirianización de Irán ha fracasado, pero eso no quiere decir que vayan a renunciar a llevar a cabo ese plan.
Todo esto quiere decir que el cambio de régimen en Irán no es una simple cuestión de lanzar unos cuantos ataques aéreos; se trata de un Estado impulsado por una ideología, con un apoyo masivo y un gran número de aliados dispuestos a luchar a su lado. Por lo tanto, la probabilidad de que la República Islámica de Irán caiga en unos pocos días o semanas es, como mínimo, descabellada.
Foto de portada: Irán posee una capacidad militar superior a la de cualquier otro actor en Asia Occidental. (Diseño fotográfico: Palestine Chronicle)