Las últimas elecciones

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 19 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que ganó el Premio Pulitzer en 2002. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.

La amenaza de Donald Trump de cancelar las elecciones intermedias no es una farsa. Intentó anular los resultados de las elecciones de 2020 y afirmó que, si perdía, no iba a aceptar el resultado de las de 2024. Está reflexionando sobre desafiar la Constitución para obtener un tercer mandato. Está decidido a mantener el control absoluto del Congreso, respaldado por una obsequiosa mayoría republicana. Teme, si pierde el control del Congreso, un juicio político. Teme los impedimentos para la rápida reconfiguración de Estados Unidos como un Estado autoritario. Teme perder los monumentos que se está construyendo: su nombre estampado en edificios federales, incluido el Centro Kennedy; su eliminación de la entrada gratuita a los Parques Nacionales el Día de Martin Luther King Jr. y su sustitución por su propio cumpleaños; su toma de Groenlandia y, quién sabe, tal vez Canadá; su capacidad para sitiar ciudades como Minneapolis y sacar a los residentes legales de las calles.

A los dictadores les encantan las elecciones siempre que estén amañadas. Las dictaduras que cubrí en América Latina, Oriente Medio, África y los Balcanes escenificaron espectáculos electorales meticulosamente orquestados. Estos espectáculos eran un cínico montaje cuyo resultado estaba predeterminado. Se utilizaron para legitimar un control férreo sobre una población cautiva, enmascarar el enriquecimiento del dictador, su familia y su círculo íntimo, criminalizar toda disidencia y prohibir los partidos políticos de oposición en nombre de la “voluntad popular”.

Cuando Sadam Husein celebró un referéndum presidencial en octubre de 1995, la única pregunta en la papeleta era “¿Aprueba que el presidente Sadam Husein sea presidente de la República?”. Los votantes se limitaban a marcar “sí” o “no”. Los resultados oficiales dieron a Husein la victoria con el 99,96% de los aproximadamente 8,4 millones de votos emitidos. La participación electoral registró un 99,47%. Su homólogo en Egipto, el exgeneral Hosni Mubarak, fue reelegido en 2005 para un quinto mandato consecutivo de seis años con un porcentaje más modesto, el 88,6% de los votos. Mi cobertura poco respetuosa de las elecciones celebradas en Siria en 1991, donde sólo había un candidato en la papeleta, el presidente Hafez al-Asad, quien, según se informa, obtuvo el 99,9% de los votos, me valió la prohibición de entrar en el país.

Estos espectáculos son, supongo, el modelo de lo que viene después, a menos que Trump consiga su mayor deseo, que es emular al príncipe heredero Mohammed bin Salman de Arabia Saudí —cuyo equipo de seguridad asesinó a mi colega y amigo Yamal Khashoggi en 2018 en el consulado saudí en Estambul— y no celebrar elecciones.

El aspirante a presidente vitalicio Trump plantea la idea de cancelar las elecciones intermedias de 2026, declarando a Reuters que, “pensándolo bien, ni siquiera deberíamos celebrar elecciones”. Cuando el presidente Volodymyr Zelensky le informó a Trump que no se celebrarían elecciones en Ucrania debido a la guerra, Trump exclamó con entusiasmo: “¿Entonces quieres decir que, si estamos en guerra con alguien, no habrá más elecciones? ¡Qué bien!”.

Trump declaró al New York Times que lamenta no haber ordenado a la Guardia Nacional que confiscara las máquinas de votación después de las elecciones de 2020. Quiere abolir el voto por correo, junto con las máquinas de votación y los tabuladores, que permiten a las juntas electorales publicar los resultados la noche de las elecciones. Es mejor ralentizar el proceso y, como la maquinaria política de Chicago bajo el alcalde Richard J. Daley, atiborrar las urnas con papeletas después del cierre de las urnas para asegurar la victoria.

La administración de Trump está prohibiendo las campañas de registro de votantes en los centros de naturalización. Está imponiendo leyes restrictivas de identificación de votantes a nivel nacional. Está reduciendo las horas que los empleados federales tienen que ausentarse del trabajo para votar. En Texas, el nuevo mapa de redistribución de distritos priva abiertamente del derecho al voto a los votantes negros y latinos, una medida confirmada por la Corte Suprema. Se espera que elimine cinco escaños demócratas en el Congreso.

Nuestras elecciones, saturadas de dinero, junto con una agresiva manipulación de los distritos electorales, significan que pocas contiendas para el Congreso son competitivas. Hasta ahora, la reciente redistribución de distritos ha garantizado prácticamente a los republicanos otros nueve escaños en Texas, Misuri, Carolina del Norte y Ohio, y seis para los demócratas: cinco en California y uno en Utah. Los republicanos pretenden llevar a cabo más redistribuciones de distritos en Florida y los demócratas planean una iniciativa de redistribución de distritos en Virginia. Si la Corte Suprema continúa desmantelando la Ley de Derecho al Voto, la redistribución de distritos republicana explotará, posiblemente consolidando una victoria republicana, lo quiera o no la mayoría de los votantes. Nadie puede llamar democrática a la redistribución de distritos.

El fallo de la Corte Suprema en el caso Citizens United nos quitó cualquier participación real en las elecciones. Citizens United permitió que el dinero ilimitado de corporaciones e individuos adinerados manipulara el proceso electoral en nombre de la libertad de expresión amparada por la Primera Enmienda. Decidió que el cabildeo, fuertemente financiado y organizado por grandes corporaciones, constituye una aplicación del derecho del pueblo a presentar peticiones a su gobierno.

Nuestros derechos más básicos, incluyendo la libertad frente a la vigilancia gubernamental generalizada, han sido revocados constantemente por decreto judicial y legislativo.

El “consentimiento de los gobernados” es una broma cruel

Existen pocas diferencias sustanciales entre demócratas y republicanos. Su objetivo es crear la ilusión de una democracia representativa. Los demócratas y sus defensores liberales adoptan posturas tolerantes en cuestiones de raza, religión, inmigración, derechos de las mujeres e identidad sexual, y fingen que se trata de política. La derecha utiliza a los marginados de la sociedad, especialmente a los inmigrantes y a la fantasmal “izquierda radical”, como chivos expiatorios. Pero en todos los temas principales —guerra, acuerdos comerciales, austeridad, policía militarizada, el vasto Estado carcelario y la desindustrialización—, están en sintonía.

“No se puede señalar ninguna institución nacional que pueda describirse con precisión como democrática”, señaló el filósofo político Sheldon Wolin en su libro “Democracy Incorporated”, “y mucho menos en las elecciones manipuladas y saturadas de dinero, el Congreso infestado de lobbys, la presidencia imperial, el sistema judicial y penal clasista, ni mucho menos, los medios de comunicación”.

Wolin calificó nuestro sistema de gobierno como “totalitarismo invertido”. Este rinde un homenaje aparente a la fachada de la política electoral, la Constitución, las libertades civiles, la libertad de prensa, la independencia del poder judicial y la iconografía, las tradiciones y el lenguaje del patriotismo estadounidense, mientras permite a las empresas y a los oligarcas apoderarse efectivamente de todos los mecanismos del poder para dejar en estado de impotencia a los ciudadanos.

El vacío del panorama político bajo el “totalitarismo invertido” fusiona la política con el entretenimiento. Fomenta una parodia política incesante, una política sin política. El tema del imperio, junto con el poder corporativo descontrolado, la guerra interminable, la pobreza y la desigualdad social, se ha convertido en tabú.

Estos espectáculos políticos crean personalidades políticas artificiales, como la ficticia imagen de Trump, producto del programa “The Apprentice”. Se nutren de retórica vacía, relaciones públicas sofisticadas, publicidad ingeniosa, propaganda y el uso constante de grupos focales y encuestas de opinión para repetir a los votantes lo que quieren oír. La insustancial campaña presidencial, sin temas y centrada en la fama de Kamala Harris fue un excelente ejemplo de este arte escénico político.

El ataque a la democracia, perpetrado por los dos partidos gobernantes, preparó el terreno para Trump. Debilitaron nuestras instituciones democráticas, nos despojaron de nuestros derechos más básicos y consolidaron la maquinaria del control autoritario, incluida la presidencia imperial. Trump sólo tuvo que accionar el interruptor.

La violencia policial indiscriminada, tan común en las comunidades urbanas pobres, donde la policía militarizada funge como juez, jurado y verdugo, otorgó hace mucho tiempo al Estado el poder de acosar y asesinar ciudadanos “legalmente” con impunidad. Esto ha generado la mayor población carcelaria del mundo. Esta evisceración de las libertades civiles y el debido proceso ahora se ha vuelto contra el resto de nosotros. Trump no la inició. La expandió. El terror es el objetivo.

Trump, como todos los dictadores, está intoxicado por el militarismo. Pide que el presupuesto del Pentágono se aumente de un billón de dólares a 1,5 billones de dólares. El Congreso, al aprobar la Ley One Big Beautiful de Trump, ha asignado más de 170.000 millones de dólares para la seguridad fronteriza e interior, incluyendo 75.000 millones de dólares para el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) durante los próximos cuatro años. Esto supera el presupuesto anual de todas las agencias policiales locales y estatales juntas.

Cuando un gobierno constitucionalmente limitado utiliza armas de un poder destructivo horrendo, subvenciona su desarrollo y se convierte en el mayor traficante de armas del mundo”, escribe Wolin, “la Constitución se convierte en aprendiz del poder, en lugar de en su conciencia”.

Y continúa:

El hecho de que el ciudadano patriota apoye incondicionalmente al ejército y su enorme presupuesto significa que los conservadores han logrado persuadir al público de que el ejército es distinto del gobierno. Así, el elemento más sustancial del poder estatal se elimina del debate público. De igual manera, en su nuevo estatus de ciudadano imperial, el creyente sigue despreciando la burocracia, pero no duda en obedecer las directivas emitidas por el Departamento de Seguridad Nacional, el departamento gubernamental más grande e intrusivo de la historia de la nación. La identificación con el militarismo y el patriotismo, junto con las imágenes del poderío estadounidense proyectadas por los medios de comunicación, sirven para que el ciudadano se sienta más fuerte, compensando así la sensación de debilidad que la economía impone a una fuerza laboral sobrecargada, agotada e insegura.

En las próximas elecciones —si es que las hay—, los demócratas ofrecerán alternativas menos graves, haciendo poco o nada para frustrar la marcha hacia el autoritarismo. Permanecerán rehenes de las demandas de los grupos de presión corporativos y los oligarcas. El partido, que no defiende ni lucha por nada, bien podría darle a Trump una victoria en las elecciones intermedias. Pero Trump no quiere correr ese riesgo.

Trump y sus secuaces están cerrando con energía la última salida integrada en el sistema que impide la dictadura absoluta. Pretenden orquestar las elecciones simuladas habituales en todas las dictaduras, o abolirlas. No bromean. Este será el golpe mortal al experimento estadounidense. No habrá vuelta atrás. Nos convertiremos en un Estado policial. Nuestras libertades, ya bajo un duro ataque, se extinguirán. En ese momento, sólo las movilizaciones masivas y las huelgas frustrarán la consolidación de la dictadura. Y tales acciones, como vemos en Minneapolis, serán respondidas con una represión estatal letal. La subversión de las próximas elecciones ofrecerá dos opciones difíciles a los oponentes más acérrimos de Trump: el exilio o el arresto y encarcelamiento a manos de matones del ICE.

Resistirse a la bestia, como en todas las dictaduras, tendrá un coste muy alto.

Imagen de portada: Que se haga la noche (por Mr. Fish).

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