David Hearst, Middle East Eye, 20 enero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

David Hearst es cofundador y redactor jefe de Middle East Eye, así como comentarista y conferenciante sobre la región y analista en temas de Arabia Saudí. Fue redactor jefe de asuntos exteriores en The Guardian y corresponsal en Rusia, Europa y Belfast. Con anterioridad, fue corresponsal en temas de educación para The Scotsman.
Parece que todo el mundo ha sido invitado a la «Junta de Paz» del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Arabia Saudí, Turquía, Egipto y Marruecos, entre otros muchos países, han aceptado ya, pero las naciones occidentales se muestran muy reacias a incorporarse.
Aunque esto no tiene nada que ver con Gaza, sino con las persistentes sospechas de Europa sobre la política de Trump respecto a Groenlandia y Ucrania.
Con una cuota de admisión de 1.000 millones de dólares y la sospecha de que podrían estar uniéndose a una propuesta poco madura para marginar a la ONU, no es de extrañar que no tengan prisa por unirse.
La Junta de Paz cuenta con el apoyo de una junta ejecutiva fundadora, repleta de personajes que negaron que se estuviera produciendo un genocidio en Gaza, entre ellos el secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, el enviado especial Steve Witkoff, el yerno de Trump, Jared Kushner, así como personas como Mark Rowan, un financiero de Wall Street que intimidó a las universidades estadounidenses para que prohibieran las manifestaciones en apoyo a Palestina.
También les une un profundo desconocimiento sobre Oriente Medio.
La única persona del consejo ejecutivo que tiene experiencia en la región —si es que se puede llamar «experiencia» a invadir Iraq y desatar una devastadora guerra civil de siete años— es el británico Tony Blair.
Sin embargo, Blair no representa a nadie más que a sí mismo. El Gobierno británico se ha cuidado mucho de dejarlo claro distanciándose de su antiguo primer ministro.
En noviembre, cuando surgió por primera vez el nombre de Blair, Jonathan Powell, actual asesor de seguridad nacional y antiguo jefe de gabinete de Blair en Downing Street, dijo en privado que Blair no representaba al Estado británico.
Powell presionó activamente contra la nominación de Blair, según dos fuentes bien informadas que hablaron con Middle East Eye bajo condición de anonimato.
Powell representa con precisión la opinión del Estado profundo, que no oculta su desdén por los numerosos intentos de Blair de volver a ser el centro de atención en la escena internacional.
No respaldan a Blair
Una fuente con conocimiento de la opinión dentro del Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth (FCO) dijo: «Eso es totalmente cierto. Ni siquiera es objeto de debate. Blair no tiene ningún cargo dentro del Gobierno británico. Sus actividades en relación con el Instituto Tony Blair son como ciudadano particular. Eso no quiere decir que no haya contactos, pero realmente no representa al Estado británico. Me habría sorprendido que alguien haya afirmado lo contrario».
«Todo el asunto sobre Blair, si estaba dentro o fuera, es fascinante. ¿Hubo realmente algún momento en el que estuviera fuera? Pero la mayoría de los demás miembros de la junta son peores: Kushner, Witkoff, Rubio. Muy pocos de ellos tienen algún conocimiento sobre Palestina», dijo la fuente.
Keir Starmer, que antes de convertirse en primer ministro se manifestó contra la guerra de Iraq y la calificó de ilegal en 2020, ha evitado cuidadosamente respaldar a Blair como representante de Gran Bretaña en la junta de Trump.
Dijo que Blair era un «gran líder» y que haría una «enorme contribución» a la Junta de Paz, pero se negó repetidamente a respaldarlo para el cargo.
Middle East Eye se puso en contacto con la Oficina del Gabinete para comentar las declaraciones de Powell, pero no ha recibido respuesta hasta el momento de esta publicación. Además, el Ministerio de Asuntos Exteriores se negó a hacer comentarios.
El lunes, Starmer afirmó que Gran Bretaña estaba hablando con sus aliados sobre la Junta de Paz.
Según los estatutos de la Junta de Paz de Trump, cada miembro de la junta ejecutiva tendrá una cartera que gestionar, lo que significa que tendrán poder real sobre Gaza, a diferencia de un segundo órgano ejecutivo, mucho más abajo en la cadena de mando, que no tendrá ninguno.
Este órgano se denomina, de forma confusa, Junta Ejecutiva de Gaza. Incluye a cuatro de los siete miembros de la junta fundadora, pero añade a Hakan Fidan, ministro de Asuntos Exteriores turco; al ministro qatarí Ali Al Thawadi y al general de división Hassan Rashad, jefe de inteligencia egipcio.
Estos hombres conocen bien Gaza, pero Turquía, Qatar y Egipto han sido incorporados como mero adorno.
La declaración de la Casa Blanca definió su tarea en los siguientes términos: Dijo que la junta «ayudará a apoyar una gobernanza eficaz y la prestación de los mejores servicios que promuevan la paz, la estabilidad y la prosperidad para el pueblo de Gaza».
Esto podría significar cualquier cosa o nada.
El motivo por el que Turquía y Arabia Saudí quieren permanecer en el bando de Trump no puede interpretarse como una señal de aquiescencia. Su oposición a la política israelí de continuar el genocidio en Gaza, aunque a un ritmo más lento, es clara, y su sospecha de que Witkoff, Kushner y Trump comparten la misma ideología que el primer ministro Benjamin Netanyahu no ha cambiado.
Su plan es mantener una presencia mínima en Gaza, y para ello la única garantía de detener la limpieza étnica de Israel serán las tropas turcas sobre el terreno, algo a lo que Netanyahu se ha opuesto repetidamente.
Así pues, esta «Junta de Paz» se perfila cada vez más como un nuevo campo de batalla en el que se librarán los viejos conflictos. Aun así, Arabia Saudí está mucho más alineada con la Autoridad Palestina y más interesada en deshacerse por completo de Hamás que Turquía o Catar, pero esas divisiones quedan más atrás.
Para inclinar la balanza del poder a favor de Israel, hay un grupo de asesores con un historial reciente muy problemático.
Un historial profundamente problemático
Nikolai Mladenov, diplomático búlgaro, será el «alto representante» de Gaza, lo que, en la jerga de la UE, podría significar su ministro de Asuntos Exteriores. Para apoyarle, hay una serie de «asesores» con un historial reciente profundamente problemático.
Hombres como el empresario y rabino Aryeh Lightstone, un firme defensor de los colonos que participó activamente en la creación del mecanismo de distribución de ayuda respaldado por Israel, la tristemente célebre Fundación Humanitaria de Gaza (GHF, por sus siglas en inglés), en cuyas instalaciones más de 2.000 palestinos fueron asesinados con fuego real.
Merodeando en la parte inferior del montón se encuentra el gobierno tecnocrático que se supone que gobierna Gaza. Sólo dos de los nombres propuestos por las facciones palestinas han entrado en la lista.
El personaje más problemático es el responsable de la seguridad.
Sami Nasman, un alto funcionario de seguridad retirado de la Autoridad Palestina, fue condenado en ausencia por un tribunal de Gaza a 15 años de prisión por incitar al «caos» y presuntamente orquestar intentos de asesinato contra líderes de Hamás, según informó Asharq al-Awsat. Nasman lleva exiliado desde entonces. Es poco probable que regrese en un futuro próximo.
Con un elenco de personajes como estos, ¿qué podría salir mal?
Witkoff anunció la segunda fase del acuerdo de alto el fuego de la misma manera que anunció el alto el fuego en sí. Puso toda la responsabilidad en Hamás para que se cumpliera.
En su declaración, Witkoff dijo que la fase dos consistía en la desmilitarización total de Gaza, «principalmente el desarme de todo el personal no autorizado». Afirmó que Estados Unidos espera que Hamás la cumpla plenamente. «El incumplimiento de esta fase acarreará graves consecuencias».
No se ha dicho ni una palabra sobre la obligación de Israel de retirarse de la línea amarilla, desde la que no ha parado de avanzar. Ahora ocupa más del 60% del territorio de Gaza. Witkoff tampoco ha reconocido las más de 1.000 violaciones del alto el fuego y la muerte de hasta 450 palestinos desde que se firmó dicho supuesto alto el fuego en octubre.
La declaración de Blair fue similar en el tono. El plan de 20 puntos de Trump para poner fin a la guerra en Gaza, según Blair, había sido un logro extraordinario. La guerra ha terminado, aseguró.
Esto será una novedad para Gaza, que, además de los ataques aéreos diarios de Israel, ha sufrido penurias indescriptibles con inundaciones, el invierno más duro en años y la destrucción de más de 100.000 tiendas de campaña.
Israel ha seguido negando a Gaza tanto los alimentos como la ayuda para la reconstrucción que necesita.
También se muestra inflexible en cuanto a no permitir el tráfico en ambos sentidos en el paso fronterizo de Rafah. Tanto es así, según me informan mis fuentes, que el nuevo comité tecnocrático, el Comité Nacional para la Administración de Gaza, tendrá que reunirse en El Cairo y no en la propia Gaza.
Un mundo alternativo
Israel ha incumplido continuamente los términos del alto el fuego, tanto con sus ataques aéreos como con su incapacidad para respetar la línea amarilla. Blair, sin embargo, vive en un mundo alternativo. Un mundo en el que no se ha producido un genocidio y en el que Hamás tendrá que desarmarse mientras la ocupación sigue en pie.
Como Blair sabe muy bien, Powell, su principal negociador con el Ejército Republicano Irlandés (IRA), nunca habría conseguido que el movimiento republicano pusiera fin a su campaña armada sin un acuerdo de reparto del poder en Stormont, Irlanda del Norte. Pero hoy le canta una canción muy diferente a Hamás.
«Para Gaza y su pueblo, queremos una Gaza que no se reconstruya tal y como era, sino tal y como podría y debería ser».
¿Según los dictados de quién? ¿De un Israel obligado a mantener Gaza como un infierno para expulsar al mayor número posible de palestinos y llegar a acuerdos con las facciones separatistas de Somalia para que eso sea posible?
Blair, siempre fiel servidor de Israel, no menciona ni una sola vez la palabra «palestino» o «Palestina» en su declaración.
Powell tiene toda la razón al distanciarse lo más posible de esta artimaña.
Porque la verdad es que no pasará nada. Las líneas de batalla permanecerán como están en el futuro previsible.
Para los combatientes de Hamás o la Yihad Islámica, desarmarse en estas condiciones equivaldría a suicidarse. El asedio se mantendrá. Las fuerzas israelíes seguirán ocupando más de la mitad de Gaza. Y ninguna fuerza internacional acudirá a poner orden en este caos. Y más de dos millones de palestinos seguirán viviendo míseramente en tiendas de campaña.
Invitar al mismo elenco de villanos que permitieron que Israel se expandiera hasta el punto en que Gaza explotó, y esperar que pongan fin al conflicto, es más que una locura. Es un acto criminal.
El equivalente a invitar a la Junta de Paz al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, artífice del genocidio de Gaza, sería invitar al líder serbio Slobodan Milosevic, a Radovan Karadzic y a Radko Mladic, responsables de la limpieza étnica en Bosnia y artífices del genocidio de Srebrenica, a negociar el Acuerdo de Paz de Dayton.
Blair fue el artífice de las condiciones internacionales que excluyeron a Hamás de la mesa de negociaciones mientras se negara a reconocer a Israel. Ese pacto internacional fue la base sobre la que Israel llevó a cabo su asedio a Gaza en 2006, cuando Hamás ganó las únicas elecciones celebradas en Palestina. El asedio ha continuado desde entonces.
Bajo el mandato de David Cameron, revelé cómo Blair, que entonces era enviado del Cuarteto para Oriente Medio, había hablado con Jaled Meshaal, entonces líder de Hamás, y lo había invitado a Londres.
La oferta no llegó a nada, pero las conversaciones en sí mismas fueron un reconocimiento de que la política de Blair de excluir a Hamás de la mesa de negociaciones no había dado ningún resultado.
Es cierto que Blair ha intervenido en este tema varias veces, pero en todas las ocasiones su único efecto ha sido encubrir el asedio de Israel, que no ha dejado de intensificarse después de cada guerra.
No hay indicios de que Blair haya visto la luz o vaya a actuar de forma diferente en esta ocasión. En todo caso, sus declaraciones sobre el islam y los islamistas se han endurecido. A diferencia de su noble sucesor Gordon Brown, Blair ha sacado provecho de todas las ventajas que un ex primer ministro puede obtener.
Un jefe mafioso
En cuanto a Trump, ni siquiera finge preocuparse por los palestinos, la justicia, los derechos humanos o los niños que se mueren de frío en tiendas de campaña.
A Trump le preocupa depositar pedazos de Trumplandia por todo el mundo y desviar para sí grandes sumas de dinero en el proceso.
Al crear su propia banda de consejeros y llamarla «Junta de Paz», Trump está intentando ahora gobernar el mundo tal y como gobierna actualmente Estados Unidos.
Más que un fascista, que también, es un jefe mafioso que exige respeto y pagos regulares.
Si consigue ambas cosas, quizá decida dejar en paz a los más desfavorecidos de este mundo. O quizá no. Trump es un matón y disfruta viendo cómo muy pocos le plantan cara.
Si las tácticas de Trump no intimidan a los groenlandeses, es poco probable que acobarden a los palestinos, que han sobrevivido a la colonización, los mandatos internacionales, el exilio, el régimen militar, los muros de separación, la demolición, el asedio y ahora el genocidio con su identidad nacional intacta.
La causa palestina late con más fuerza que nunca en el corazón de todos los palestinos.
Los palestinos arrojarán la Junta de Paz al basurero de la historia mucho antes de que le ocurra lo mismo al propio Trump.
Foto de portada: Getty Images.