La “Junta de Paz” de Trump, la gota que colmó el vaso en Gaza

Jonathan Cook, Middle East Eye, 23 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha declarado que el “alto el fuego” de tres meses en Gaza ha sido un gran éxito y ahora quiere pasar a la segunda fase de su llamado “plan de paz”.

¿Qué significa ese gran éxito? Que los soldados israelíes han matado a más de 460 palestinos desde octubre, incluyendo al menos 100 niños.

Israel ha arrasado otros 2.500 edificios, los últimos de los pocos que aún permanecían en pie.

Y en medio de la continua catástrofe humanitaria provocada por Israel mediante su bloqueo de alimentos, agua, medicamentos y refugio, se sabe que al menos ocho bebés han muerto congelados ante el desplome de las temperaturas invernales.

Para marcar la transición a la nueva fase, Trump anunció el viernes pasado una “Junta de Paz” que determinará el futuro del enclave.

“Paz” se utiliza aquí en el mismo sentido orwelliano que “alto el fuego”. No se trata de poner fin al sufrimiento de Gaza. Se trata de crear un control narrativo al estilo del Gran Hermano, presentando como “paz” la erradicación definitiva de la vida palestina en Gaza.

El giro narrativo es que, una vez desarmado Hamás, una junta directiva asumirá la tarea de reconstruir Gaza.

La suposición implícita es que la vida volverá gradualmente a la normalidad para los supervivientes del genocidio de dos años perpetrado por Israel, aunque ningún líder occidental lo reconoce como genocidio ni se preocupa por averiguar cuántos palestinos han muerto realmente en la masacre.

Pero, como veremos, la paz no es definitivamente lo que esa Junta pretende lograr. Se trata de un cínico ejercicio de engaño.

El término “junta” no sólo alude a la preferencia de Trump por el lenguaje empresarial sobre el político. También alude a las oportunidades de negocio que pretende obtener de la “transformación” de Gaza.

Su plan es despojar a las Naciones Unidas, y por ende a la comunidad internacional, de cualquier supervisión sobre el destino de Gaza.

Volvemos a la época de los virreyes. El colonialismo vuelve a salir orgulloso a la luz.

Ratas de laboratorio

La “Junta de Paz” de Trump tiene ambiciones mucho más codiciosas que simplemente gestionar la toma de control de Gaza. De hecho, el enclave y su futuro ni siquiera se mencionan en la supuesta “carta” de la Junta enviada a las capitales nacionales.

En una invitación filtrada al presidente de Argentina, Trump se refería a la Junta como un “nuevo y audaz enfoque para resolver conflictos globales”.

La carta afirma que estará “orientada a resultados” y tendrá “la valentía de apartarse de enfoques e instituciones que con demasiada frecuencia han fracasado”.

Algunos de nosotros llevamos tiempo advirtiendo que Israel y Estados Unidos consideran a los palestinos como ratas de laboratorio, tanto para probar armas y tecnologías de vigilancia como para cambiar las normas desarrolladas tras la Segunda Guerra Mundial a fin de protegernos contra el regreso de ideologías fascistas, militaristas y expansionistas.

La crucial arquitectura jurídica y humanitaria establecida en la posguerra incluyó la ONU y sus diversas instituciones, como la Corte Internacional de Justicia (CIJ) y la Corte Penal Internacional (CPI).

Israel y Estados Unidos sometieron a prueba este sistema hasta su destrucción desde el comienzo mismo del genocidio de más de dos años en Gaza, mientras Israel bombardeaba arrasando las viviendas, escuelas, hospitales, edificios gubernamentales y panaderías del enclave.

La segunda presidencia de Trump ha impulsado esta agenda a toda marcha.

“La guerra es la paz”

Tan sólo este mes, la Casa Blanca anunció que Estados Unidos se retiraba de 66 organizaciones y tratados globales, aproximadamente la mitad de ellos afiliados a la ONU.

Mientras tanto, los jueces y fiscales de la CPI han estado bajo severas sanciones estadounidenses por emitir una orden de arresto contra el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y su ministro de defensa, Yoav Gallant. La CIJ, que investiga a Israel por genocidio, parece haber quedado intimidada y silenciada.

El secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, por parte de Trump y su amenaza de tomar Groenlandia de forma inminente son prueba suficiente de que el ya disfuncional “orden internacional basado en normas” está ahora en ruinas. Tanto la ONU como la OTAN, la supuesta alianza de “defensa” de Occidente, están contra las cuerdas.

El presidente estadounidense espera que su “Junta de Paz” aseste el golpe de gracia, suplantando a la ONU y al sistema de derecho internacional que esta debe defender.

La reconstrucción de Gaza puede ser su primera tarea, pero Trump tiene aspiraciones mucho mayores.

La Junta se encuentra en el corazón de un nuevo orden mundial que se está configurando a imagen de Trump. Los multimillonarios y sus secuaces decidirán abiertamente el destino de las naciones débiles, basándose en los instintos depredadores y descarados de la élite del poder para ganar dinero.

En una petulante carta enviada al primer ministro de Noruega el fin de semana, Trump le advertía que, tras haber sido descartado para el Premio Nobel de la Paz: “Ya no siento la obligación de pensar exclusivamente en la paz”. ¿Cuál es, entonces, el sentido de una “Junta de Paz”?

La respuesta es que ha llegado el momento de Orwell: “La guerra es la paz”.

Rematar el trabajo

Trump, por supuesto, se ha sentado al frente de esta nueva empresa imperial, una Compañía de las Indias Orientales actualizada: la gigantesca corporación militarizada, autorizada por la reina Isabel I de Inglaterra, que saqueó gran parte del mundo durante más de dos siglos, sembrando muerte y miseria a su paso.

Como presidente, Trump elige personalmente a los demás miembros; se dice que envió invitaciones a unos 60 líderes nacionales. Puede cancelar su participación cuando lo considere oportuno. Decide cuándo se reúne la junta y qué temas se debaten. Solo él tiene derecho a veto.

Al parecer, su mandato como presidente podría extenderse incluso más allá de su etapa como presidente de Estados Unidos.

Los miembros tienen un mandato de tres años. Un puesto permanente en la nueva alternativa de Trump al Consejo de Seguridad de la ONU se puede adquirir con 1.000 millones de dólares en “fondos en efectivo”.

El líder de ultraderecha húngaro, Viktor Orban, fue uno de los primeros en apuntarse. Netanyahu se le unió el miércoles. Otros participantes madrugadores incluyen a los Emiratos Árabes Unidos, Vietnam, Uzbekistán, Kazajistán, Marruecos, Bielorrusia y Argentina.

Se informa que Vladimir Putin, de Rusia, está considerando un lugar en la mesa principal.

La importancia de esto no pasa desapercibida para la comunidad diplomática. Uno de ellos declaró a Reuters: “Son unas ‘Naciones Unidas de Trump’ que ignoran los fundamentos de la Carta de la ONU”.

De igual manera, en un intento desesperado por mantener el tipo, el Ministerio de Asuntos Exteriores francés emitió una triste declaración que “reitera el apego de Francia a la Carta de las Naciones Unidas”.

Pero el documento fundacional de la ONU, con sus compromisos formales de no agresión, autodeterminación, obligaciones multilaterales y protección de los derechos humanos, ha sido triturado por la Casa Blanca.

Los gánsteres no tienen tiempo para reglas.

Durante décadas, Israel ha soñado con este momento: demoler la ONU y sus instituciones jurídicas y humanitarias.

Con un número récord de resoluciones de la ONU en su contra, Israel cree que el organismo mundial ha limitado con demasiada frecuencia su margen de maniobra. Ahora esperará que Trump le dé libertad para llevar a cabo su anhelado plan de erradicar al pueblo palestino de su patria.

En un acto de celebración, las excavadoras israelíes irrumpieron el martes en Jerusalén Oriental ocupada para demoler los edificios de UNRWA, la agencia de la ONU para los refugiados que ha servido como principal salvavidas de ayuda para el pueblo de Gaza.

UNRWA calificó la acción de Israel de “ataque sin precedentes” y que “constituye una grave violación del derecho internacional y de los privilegios e inmunidades de las Naciones Unidas”. No esperen con ansia que la “Junta de Paz” plantee alguna objeción.

Décadas para reconstruir

La marginación de la ONU por parte de Trump significa que sus evaluaciones de la realidad que enfrenta Gaza, tras la campaña de destrucción genocida de dos años de Israel, pueden quedar relegadas discretamente a la sombra.

Trump ha establecido un plazo de cinco años para la transición de Gaza. Pero las cifras simplemente no cuadran.

El organismo mundial ha advertido que, incluso si Israel levantara su bloqueo mañana, se necesitarían décadas para reconstruir Gaza, prácticamente desde cero, para albergar a los 2,1 millones de habitantes que alcancen a sobrevivir.

Según estimaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, en el mejor de los casos, podría llevar siete años limpiar unos 60 millones de toneladas de escombros. Otras evaluaciones de la ONU sugieren un plazo más realista de 20 años, con 10 años para limpiar las municiones sin detonar.

El brazo comercial y de desarrollo de la ONU ha advertido además que Israel ha borrado 70 años de desarrollo humano en Gaza y destruido casi el 90% de las tierras de cultivo, provocando “el peor colapso económico jamás registrado”.

Las escuelas, universidades, hospitales, bibliotecas y oficinas gubernamentales de Gaza han desaparecido. Y la llamada “Línea Amarilla” israelí, que divide Gaza en dos, se ha anexionado, a todos los efectos, casi el 60% de lo que ya era un territorio diminuto, uno de los más densamente poblados del planeta.

Lo cierto es que estos enormes obstáculos para restaurar la vida en Gaza a algo que se acerque a la “modernidad” apenas tienen reflejo en el plan de paz de Trump. Y hay una buena razón para ello: si se elimina la fanfarria, el plan no tiene nada sustancial que decir sobre el bienestar de la población de Gaza.

O, dicho más claramente, el plan de Trump para Gaza no se interesa por la población de Gaza porque no prevé su presencia en el enclave por mucho más tiempo.

El objetivo, apenas disimulado, de Israel durante los últimos dos años ha sido la limpieza étnica generalizada de Gaza. El bombardeo masivo pretendía convertir el territorio en totalmente inhabitable.

El plan de Trump no contradice esa ambición. La complementa. Su “Junta de Paz” es el medio para alcanzar el destino final deseado por Israel.

Profundizar la complicidad

La primera función práctica de la “Junta de Paz” será consolidar la complicidad de los Estados occidentales y árabes en la erradicación de Gaza por parte de Israel. Nadie puede eludir su responsabilidad en lo que sigue.

Sin embargo, el verdadero poder de decisión no residirá en la Junta, sino en un órgano ejecutivo compuesto por siete figuras cercanas a Trump. Presumiblemente, se espera que la “Junta de Paz” apruebe y financie cualquier decisión.

Esta “Junta Ejecutiva Fundadora”, al igual que la “Junta de Paz”, no tendrá representantes palestinos.

En cambio, los palestinos sólo estarán presentes en un comité tecnocrático y de control estricto, llamado Comité Nacional para la Administración de Gaza. Este supervisará la administración de los asuntos cotidianos en la llamada Zona Roja, donde se encuentra acorralada la población de Gaza, en sustitución de Hamás.

Finalmente, una “Fuerza Internacional de Estabilización”, una fuerza de paz de la ONU remodelada, estará dirigida por un general de división estadounidense y presumiblemente colaborará estrechamente con el ejército genocida de Israel.

Incluso suponiendo que Trump se preocupe por el bienestar de los palestinos —no es así—, ninguno de estos organismos podrá avanzar hasta que Israel dé su aprobación.

Mientras tanto, su función será dar una apariencia de legitimidad a una mayor inacción, mientras más supervivientes de Gaza mueren en las condiciones de la Edad de Piedra que Israel les ha impuesto.

Disputa inmobiliaria

Fíjense bien en los tres verdaderos pesos pesados ​​designados para la «Junta Ejecutiva Fundadora»: Jared Kushner, Steve Witkoff y Tony Blair. El destino de Gaza está, en efecto, en sus manos.

Fue Jared Kushner, yerno de Trump y descendiente de una familia de empresarios inmobiliarios, quien, allá por febrero de 2024, mucho antes de que Trump asumiera el cargo, enmarcó el genocidio israelí en Gaza como “una disputa de carácter inmobiliario”.

Fue entonces cuando Kushner planteó públicamente por primera vez la idea de convertir el enclave en una propiedad costera “muy valiosa”, una vez que se hubiera “limpiado”.

Steve Witkoff, magnate inmobiliario neoyorquino y enviado especial de Trump, ha pasado largos meses con Kushner, mientras Israel se dedicaba a limpiar la Vieja Gaza, trabajando en un proyecto de 40 páginas para su propuesta de la Nueva Gaza.

En octubre, en el programa de noticias estadounidense 60 Minutes, el pánico se dibujó en el rostro de Kushner cuando Witkoff comentó que ambos llevaban dos años trabajando en un “plan maestro” para la reconstrucción de Gaza, mucho antes de que el ejército israelí arrasara Gaza.

Añadió: “Ha sido Jared quien ha estado insistiendo en esto”.

El desliz de Witkoff sugería que el equipo de Trump sabía desde el principio de la campaña de bombardeos israelí que la intención era vaciar toda Gaza, no sólo quitarse de en medio a Hamás. Por lo tanto, comenzaron a trabajar en un plan de negocios para sacar provecho de la masacre.

A través del llamado GREAT Trust —un acrónimo ingenioso para la Reconstitución, Aceleración Económica y Transformación de Gaza— han reinventado el enclave como un deslumbrante balneario y un centro tecnológico que genere miles de millones de dólares en ingresos anuales.

Un video surrealista que Trump difundió en redes sociales hace casi un año dio una idea preliminar de lo que la pareja podría tener en mente. Mostraba al presidente estadounidense y a Netanyahu tomando cócteles en tumbonas, en traje de baño, en medio de los altos rascacielos de la playa de Gaza, sometida a limpieza étnica.

La población de Gaza —empobrecida y desnutrida por décadas de aislamiento y bloqueo, incluso antes del genocidio— se considera un obstáculo para la realización del plan.

Los palestinos del enclave debían primero ser reasentados en otro lugar, en términos que aún no están claros, al parecer incluso para quienes formularon el plan.

 Congraciarse con dictadores

También aparece en la Junta Ejecutiva, como una falsa moneda, Tony Blair, el ex primer ministro británico que engañó al Parlamento y al público para defender su apoyo a la invasión ilegal de Iraq del presidente George W. Bush en 2003.

Una posterior, larga y violenta ocupación liderada por Estados Unidos consiguió el colapso de la sociedad iraquí, una despiadada guerra civil sectaria, el desarrollo de un extenso programa de tortura estadounidense y la muerte de más de un millón de iraquíes.

Esas parecen ser exactamente las cualidades que Trump necesita en alguien que supervise su plan para Gaza.

Por lo tanto, su administración presenta a Blair como una persona de confianza, un estadista aparentemente experto en sortear la enorme brecha entre las imperiosas demandas de Israel y las vanas esperanzas de los líderes palestinos.

Se nos asegura que las habilidades de Blair serán cruciales a medida que la Junta centre su atención en la reconstrucción de Gaza.

De hecho, la última persona que Gaza necesita es Blair, como demostró durante su desastroso mandato de ocho años como enviado especial a Oriente Medio, introducido con calzador por Estados Unidos en 2007 en nombre de un organismo internacional difunto y poco conocido como el Cuarteto.

En aquel momento, la mayoría de los observadores asumieron erróneamente que el mandato de Blair consistiría en reavivar un “proceso de paz” moribundo entre Israel y los palestinos.

Pero Blair evitó ejercer presión diplomática sobre Israel y guardó silencio sobre lo que entonces era un nuevo bloqueo de Gaza, instaurado en 2007, que destruyó rápidamente su economía y dejó a gran parte de su población mal alimentada y en la indigencia.

Confiscación del gas de Gaza

Una de sus batallas clave como enviado fue presionar a Israel, ignorando a los palestinos, para que permitiera a un consorcio liderado por el Reino Unido perforar en busca de gas natural en las aguas territoriales de Gaza, donde se sabe que existen grandes reservas.

Según informaciones, intentó persuadir a Israel para que aprobara un acuerdo de 6.000 millones de dólares prometiendo que el gasoducto se dirigiría directamente al puerto israelí de Ascalón. Israel sería el único cliente autorizado para comprar el gas palestino y, por lo tanto, podría imponer el precio.

Israel, que prefería mantener su control absoluto sobre la población de Gaza, se negó.

Blair afirmó haber promovido el proyecto de gas de Gaza a instancias de los palestinos. Pero ni siquiera los indolentes líderes palestinos de la Autoridad Palestina, con sede en Cisjordania, le tenían simpatía. En 2011, Nabil Shaath, entonces uno de los asesores de mayor confianza del líder palestino Mahmud Abás, observó sobre Blair: «Últimamente habla como un diplomático israelí que vende sus políticas. Por lo tanto, nos resulta inútil».

Otro funcionario lo calificó de «obstáculo para la consecución del Estado palestino».

Al igual que Blair, Trump no tiene ningún interés en que los palestinos se beneficien jamás de sus propios recursos. Pero sin duda estará dispuesto a aprovechar la «experiencia» del ex primer ministro británico como enviado para ayudar a saquear sus yacimientos de gas.

La centralidad de Israel en la visión moral del mundo de Blair quedó subrayada en un comentario suyo de 2011 sobre la Primavera Árabe, en la que los pueblos de Oriente Medio intentaron liberarse del control tóxico de los tiranos. El ex primer ministro británico consideró principalmente que estos levantamientos democráticos probablemente “representarían un problema para Israel”.

El nuevo orden mundial de Trump

Blair ha negado cualquier trato personal con el plan Riviera de Gaza de Kushner y Witkoff —ahora conocido como el Proyecto Sunshine—, que incluye resorts de lujo frente al mar y una “zona de fabricación inteligente” que lleva el nombre del multimillonario Elon Musk.

Pero una versión filtrada el pasado julio sugiere que su huella está presente en todo el plan, incluyendo una propuesta de “reubicación voluntaria” para comprar a terratenientes palestinos con pequeñas sumas de dinero para que abandonen Gaza.

Se supo que dos miembros clave de su grupo de expertos, el Tony Blair Institute for Global Change, habían estado contactando entre bastidores sobre el proyecto con empresarios israelíes y el Boston Consulting Group.

Esta semana, un comunicado del Instituto celebró el papel de Blair en la Junta Ejecutiva de Trump, señalando: “Para Gaza y su gente, queremos una Gaza que no se reconstruya como era, sino como podría y debería ser”.

Cuesta creer que el “debería” de Blair tenga otra connotación que el sueño de Israel de una Gaza libre de Palestina y la visión de Trump de Gaza como un paraíso para los ricos.

El modelo para un nuevo orden mundial trumpiano se está forjando en Gaza. El camino del presidente estadounidense hacia la toma de Venezuela y Groenlandia se está allanando en este pequeño territorio palestino.

Líderes europeos incompetentes, como el británico Keir Starmer, quien ayudó a armar a Israel y le proporcionó cobertura diplomática mientras arrasaba el enclave, fueron los que envalentonaron a Trump.

Quienes ahora intentan afirmar la primacía del derecho internacional y el “orden mundial basado en normas”, ya sea en Groenlandia o en Ucrania, fueron quienes ayudaron a Washington a destruir ese orden. Ahora sufren de un grave caso de remordimiento del comprador.

Aún podrían obstaculizar el último y siniestro proyecto de vanidad de Trump negándose a unirse a la “Junta de Paz” y, en cambio, defender a las Naciones Unidas y sus instituciones legales, como la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional.

¿Lo harán? Ni se les ocurra apostar por ello.

Foto de portada: El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ofrece una rueda de prensa con periodistas en la Casa Blanca, en Washington, D.C., 20 de enero de 2026 (Reuters).

Voces del Mundo

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