El nuevo consenso nacional de Israel: Volver al 6 de octubre

Meron Rapoport, +972.com Magazine, 23 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Meron Rapoport es un periodista y escritor israelí, ganador del Premio Internacional de Periodismo de Nápoles por una investigación sobre el robo de olivos a sus propietarios palestinos. Exdirector del Departamento de Noticias de Haaretz, actualmente trabaja como periodista independiente

En colaboración con Local Call

Con la proximidad de las elecciones generales israelíes y las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, 2026 se perfila como un año difícil para las previsiones políticas. Las elecciones israelíes podrían redibujar el mapa político nacional, con la posible destitución del primer ministro Benjamin Netanyahu, mientras que las elecciones estadounidenses podrían debilitar significativamente la posición del presidente Donald Trump y limitar su libertad de acción.

Sin embargo, hay una predicción que se puede hacer con confianza: sean cuales sean los resultados de las elecciones, todo el establishment político y militar de Israel seguirá unido en torno al deseo de volver atrás, de regresar al 6 de octubre de 2023.

Esta aspiración no supone un retorno a la normalidad o la calma; al contrario, es probable que las tensiones internas de Israel se agraven durante el próximo año. Esto no se debe únicamente a que el periodo anterior a la guerra ya fuera uno de los más turbulentos de la historia del país, ni a que los años electorales tiendan a intensificar las tensiones políticas. En esta ocasión, la polarización es mucho más profunda.

Por un lado, tenemos un Gobierno que se dedica a diario a deslegitimar al poder judicial, a los medios de comunicación y a cualquier voz disidente. Por otro lado, tenemos una oposición que considera a Netanyahu y a sus socios como la encarnación del mal absoluto, y su continuo gobierno como una amenaza tanto para la supervivencia del Estado como para su propio futuro. Entonces, ¿qué significa realmente la aspiración de devolver el país al 6 de octubre?

Antes de la guerra, los políticos de todo el espectro político vendieron al público israelí una tesis común: que Israel no podía o no necesitaba resolver su relación con los palestinos que vivían bajo su dominio, y que el poderío económico, social y diplomático de Israel podía crecer independientemente de ello. Sobre esta base, el ejército adoptó una doctrina que abandonaba cualquier pretensión de buscar una solución política, centrándose en cambio en «gestionar» el conflicto mediante la disuasión y lo que denomina la «campaña entre guerras».

El 7 de octubre destrozó estas suposiciones. El ejército se derrumbó ante un ataque llevado a cabo por palestinos «con chanclas, kaláshnikovs y camionetas», como dijo más tarde Netanyahu al defender su política de facilitar las transferencias de dinero de Catar a Hamás. Por primera vez desde 1948, Israel perdió el control sobre partes de su territorio soberano. Más de 1.100 civiles y soldados murieron en lo que se convirtió en el día más oscuro de la historia del país. 

Familiares y amigos lloran en el funeral del soldado israelí Ron Sherman, secuestrado por Hamás el 7 de octubre y cuyo cuerpo fue recuperado durante una operación militar en la Franja de Gaza, en el cementerio de Lehavim, al sur de Israel, el 15 de diciembre de 2023. (Flash90)

Cientos de miles de israelíes fueron movilizados para luchar en Gaza y el Líbano. Cientos murieron y muchos miles resultaron heridos. Los recursos económicos del país se destinaron al esfuerzo bélico, y los crímenes de guerra que Israel ha perpetrado, y sigue perpetrando, en Gaza lo han convertido en un paria internacional a los ojos del mundo.

Entre los logros que Hamás reivindica en su reciente documento que resume la guerra de Gaza se encuentra el de haber devuelto la cuestión palestina al centro del discurso mundial, regional e israelí. Aunque Hamás ignora convenientemente sus propios fracasos —sobre todo la devastación que sus acciones causaron a los palestinos en Gaza y Cisjordania—, es difícil descartar este éxito concreto. En esencia, pues, volver al 6 de octubre refleja el deseo colectivo israelí de eliminar una vez más «la cuestión palestina» de la agenda política.

Volver a meter al genio en la lámpara

Durante los últimos dos años, la cuestión de las relaciones de Israel con los palestinos ha impregnado casi todos los aspectos de la vida israelí: desde las manifestaciones masivas para exigir la liberación de los rehenes, hasta la lucha política por el reclutamiento de los ultraortodoxos, pasando por el creciente déficit presupuestario y la transformación de las relaciones exteriores de Israel. El alto el fuego ha permitido a diversos actores del sistema israelí imaginar que aún es posible volver a meter al genio en la lámpara.

El primero y más importante de esos actores es el propio Netanyahu. La idea de que se puede simplemente ignorar a los palestinos es en gran medida creación suya, y en los años previos a octubre de 2023, incluso parecía estar funcionando. La posición diplomática y económica de Israel mejoró a pesar de —Netanyahu probablemente diría que gracias a— su continua ocupación, la expansión de los asentamientos y la negación de la autodeterminación palestina. Mientras tanto, el llamado «campo de la paz» israelí se marchitó hasta perder toda relevancia.

Como Netanyahu argumentó en un artículo de opinión publicado en Haaretz en 2022, los Acuerdos de Abraham eran, en su opinión, la prueba definitiva de que «el camino hacia la paz no pasa por Ramala, sino que la elude». De esta misma lógica surgió la idea de Hamás como un «activo» y la política de larga data de facilitar la financiación del grupo. Las fuerzas de seguridad, incluso cuando se mostraban escépticas ante la tesis general de Netanyahu, la aplicaban en la práctica: mantuvieron la ocupación y el asedio de Gaza, al tiempo que confiaban en la disuasión y en «rondas» periódicas de combates contra Hamás.

En un artículo de opinión publicado en el Wall Street Journal ese mismo año, Netanyahu se jactaba de haber creado un «triángulo de hierro de la paz», basado en el poder económico, diplomático y militar. El 7 de octubre y durante los dos años siguientes, los tres lados de ese triángulo se han resquebrajado.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, habla en el pleno del Knesset en Jerusalén, el 8 de diciembre de 2025. (Chaim Goldberg/Flash90)

Aunque no se acepte del todo el argumento de que Israel se ha convertido en una «economía zombi» abocada al colapso, el propio Netanyahu ha admitido que la economía israelí se encuentra bajo una gran presión. El aislamiento diplomático de Israel es aún más difícil de discutir, ya que el país parece ahora depender casi por completo de los caprichos de Donald Trump: un día insta públicamente al presidente de Israel a indultar a Netanyahu en su juicio por corrupción y al día siguiente lo humilla explicando cómo le obligó a aceptar el alto el fuego con Hamás.

El primer ministro puede argumentar que el lado militar del triángulo permanece intacto, y tal vez incluso más fuerte que el 6 de octubre. Israel controla ahora más de la mitad de la Franja de Gaza; Hamás se ha debilitado considerablemente; Hizbolá ha sido machacado mientras Israel bombardea libremente el Líbano; las fuerzas israelíes se han apoderado de territorio en Siria sin apenas respuesta; e Irán ha recibido golpes importantes.

Sin embargo, todos estos frentes, como señalan acertadamente los críticos de Netanyahu, «siguen abiertos». Hamás, aunque debilitado, sigue gobernando casi la mitad de Gaza. La «victoria total» prometida al pueblo israelí nunca se materializó. Las encuestas muestran que más israelíes creen que la guerra en Gaza terminó en empate que los que piensan que Israel o Hamás ganaron de forma decisiva.

Para Netanyahu, sin embargo, este estancamiento parece ser el resultado preferido, porque, en efecto, supone un retorno al paradigma anterior al 6 de octubre de «gestionar el conflicto». La larga historia del primer ministro reforzando el dominio de Hamás en Gaza ejemplifica esta lógica política: fragmentar el movimiento nacional palestino geográfica e institucionalmente y, de ese modo, impedir el surgimiento de un Estado palestino.

Ocultar el fracaso de una doctrina

Al menos en teoría, el plan de 20 puntos de Trump para Gaza incluye el regreso de la Autoridad Palestina a la Franja, el levantamiento del asedio y referencias a la «autodeterminación y la condición de Estado palestinos», todos ellos avances que Netanyahu considera amenazas existenciales. Sin embargo, más allá de estos elementos, Netanyahu está haciendo todo lo que está en su mano para impedir que el acuerdo avance a su segunda fase, no a pesar de que incluya el desarme de Hamás, sino precisamente porque lo incluye. Mientras Hamás siga controlando Gaza, no hay riesgo de que se produzca ningún proceso político significativo.

Antes del 7 de octubre, Netanyahu y las fuerzas de seguridad no consideraban a Hamás una amenaza militar seria. Ahora, tras la devastación de Gaza y la eliminación de gran parte de los líderes de Hamás, es probable que Netanyahu considere que la organización representa un peligro aún menor que antes.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, junto al presidente estadounidense, Donald Trump, en la Casa Blanca, anunciando el plan de 20 puntos de Estados Unidos para poner fin a la guerra en Gaza, Washington, DC, 29 de septiembre de 2025. (La Casa Blanca/CC BY 3.0 EE. UU.)

En este sentido, los intereses de Netanyahu y los del ejército están estrechamente alineados. Ambos buscan ocultar la magnitud del fracaso del 7 de octubre y el colapso de toda la doctrina de «disuasión» que lo precedió. Y a través de los continuos ataques en el Líbano y Gaza, así como de la amenaza inminente de otra guerra con Irán, ambos quieren desviar la atención pública del hecho de que Israel, en la práctica, ha vuelto al 6 de octubre.

Netanyahu y el ejército —que, tras los recientes cambios en el liderazgo, también se han convertido en aliados ideológicos más cercanos— ya ni siquiera fingen ofrecer al público israelí la perspectiva de la paz. Lo que prometen, en cambio, es un resurgimiento de la doctrina de la disuasión, lo que significa un conflicto permanente y una «campaña entre guerras» cada vez más violenta.

Los socios de coalición de Netanyahu en la derecha nacionalista-religiosa-fascista también están a favor de volver al 6 de octubre. El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, y el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, habrían preferido que Israel aplicara una «solución final» en Gaza, expulsando a los palestinos de una forma u otra del territorio y reconstruyendo los asentamientos judíos. Pero una vez que quedó claro que ese curso era insostenible, se mostraron dispuestos a aceptar la narrativa de Netanyahu y a apoyar la congelación de la situación en Gaza tal y como está para impedir cualquier negociación política, haciéndose eco de la estrategia de Israel de «desengancharse» de la Franja en 2005.

Mientras Israel no pase en la práctica a la segunda fase del alto el fuego —en forma de retirada de tropas y permiso de entrada de fuerzas internacionales, con los «peligros» políticos asociados de ofrecer a los palestinos siquiera una pizca de esperanza futura—, Smotrich puede aprovechar su control sobre la Administración Civil para acelerar la anexión de facto de Cisjordania, mientras que Ben Gvir puede aprovechar su autoridad sobre la policía para intensificar la represión de los ciudadanos palestinos de Israel y aplastar cualquier oposición política al Gobierno.

Oposición sólo de nombre

Aunque nunca invoque explícitamente la frase «6 de octubre», es probable que la estrategia electoral de Netanyahu se base en un retorno al familiar paradigma de «gestionar el conflicto».

Afirmará que ha mejorado el «equilibrio de la disuasión» frente a todo Oriente Medio, al tiempo que bloquea cualquier avance hacia un Estado palestino. Destacará que, a pesar del deterioro de la imagen de Israel en la opinión pública mundial, Donald Trump sigue firmemente a su lado y que, en última instancia, eso es lo que importa (la decisión de otorgar a Trump el «Premio de la Paz de Israel» en el próximo Día de la Independencia encaja perfectamente en esta narrativa). Y, salvo que se produzca una crisis económica importante antes de las elecciones, es probable que Netanyahu vuelva a hablar del «triángulo de hierro» del poder militar, diplomático y económico.

Pero lo que llama la atención es que la oposición al primer ministro, tanto política como periodística, acepta en gran medida la misma premisa: que el único lenguaje que Israel puede hablar con los palestinos —y con la región en general— es el lenguaje de la fuerza.

Las figuras de la oposición Naftali Bennett y Yair Lapid durante una marcha en apoyo al reclutamiento de judíos ultraortodoxos en el ejército israelí, Jerusalén, 15 de enero de 2026. (Yonatan Sindel/Flash90)

Esto es así a pesar de que esta misma política fracasó el 7 de octubre; de que el apoyo de Netanyahu a Hamás representa una de sus vulnerabilidades más graves ante la opinión pública israelí; y de la creciente presión para que se cree una comisión de investigación estatal independiente sobre los fallos políticos y de seguridad que permitieron que los ataques de Hamás fueran tan mortíferos. En lugar de desafiar a Netanyahu en el terreno de la «gestión del conflicto», la oposición abandona en gran medida ese campo y se concentra en cuestiones como la reforma judicial, el «Qatargate» y la corrupción.

Este fracaso es evidente en la gestión del asunto del Qatargate. El hecho de que personas cercanas a Netanyahu, que operaban desde su propia oficina, fueran pagadas por Qatar y promovieran sus intereses durante la guerra es un escándalo político de primer orden, que ha creado fisuras incluso entre sus partidarios. La etiqueta de «financiador de Hamás» ha comenzado a pegarse a Netanyahu.

Sin embargo, la oposición y gran parte de los medios de comunicación liberales no llegan a sacar la conclusión principal. La historia no es que Catar sobornara a la oficina de Netanyahu para ayudar a Hamás, sino más bien lo contrario: que Netanyahu cortejó a Catar para que financiara a Hamás, sobre todo para bloquear el surgimiento de un Estado palestino.  Si estuvieran dispuestos a plantear ese argumento de forma explícita, podrían argumentar que para evitar el próximo 7 de octubre hay que hacer precisamente lo contrario de lo que hizo Netanyahu: poner fin a la ocupación y permitir la creación de un Estado palestino.

Naftali Bennett, quien según las encuestas es la figura con más posibilidades de liderar un gobierno de oposición, no parece que vaya a ofrecer una alternativa significativa a Netanyahu. Lo mismo ocurre con otros legisladores que formaron parte del llamado «gobierno del cambio» que Bennett dirigió brevemente en 2021-22. Por el contrario, el éxito de Bennett se basa precisamente en la promesa de volver al 6 de octubre y a la lógica de «gestionar el conflicto».

Bennett ofrece a la sociedad israelí un retorno a la «normalidad» y al respeto por las instituciones estatales, así como una «corrección» en las relaciones entre los diferentes segmentos de la sociedad israelí, y esto, como sugiere su mensaje nada sutil, sólo puede lograrse dejando de lado a los palestinos. Cabe señalar que el propio Bennett continuó con la política de permitir la transferencia de dinero de Catar a Hamás durante su mandato como primer ministro, aunque a través de un mecanismo más indirecto.

Casi todos los líderes de los partidos sionistas del bloque de la oposición están igualmente interesados en volver a «gestionar el conflicto». Esto se refleja claramente en su negativa declarada a formar un gobierno que dependa de los partidos árabes —ya sea Hadash, Balad, Ta’al o incluso Ra’am, de Mansour Abbas— en parte porque exigirían avances hacia un acuerdo político y un Estado palestino.

En otras palabras, los partidos de la oposición que plantean las próximas elecciones como una lucha a vida o muerte contra el «régimen malvado» de Netanyahu están, sin embargo, dispuestos a que este permanezca en el poder, siempre y cuando ello signifique que no haya proceso de paz con los palestinos.

Soldados israelíes en una zona de concentración cerca de la valla que rodea la Franja de Gaza, 17 de octubre de 2023. (Yonatan Sindel/Flash90)

No hay vuelta atrás

Según una encuesta realizada en septiembre de 2025 por el Israel Democracy Institute, aproximadamente tres cuartas partes de los judíos israelíes niegan que los palestinos tengan derecho a un Estado, lo que supone un aumento del 11% en comparación con antes de la guerra. Pero esto puede contraponerse a otro hallazgo: una escasa mayoría de los votantes de la oposición apoya la idea de confiar en los partidos árabes para formar un gobierno, a pesar de que los líderes de la oposición rechazan categóricamente esta opción. En otras palabras, la opinión pública es más maleable de lo que parece a primera vista.

Sin embargo, incluso si todo el sistema político israelí —tanto la coalición como la oposición— quisiera volver al 6 de octubre, no está nada claro que tal retorno sea posible. Congelar la situación en Gaza será extraordinariamente difícil: es imposible mantener a dos millones de personas en las condiciones actuales de forma indefinida; Hamás sigue en su sitio; y el prestigio del propio Trump —así como el de los Estados que mediaron en el acuerdo y ejercen influencia en Washington, como Turquía y Catar— depende de que se produzcan avances tangibles en Gaza.

La opinión pública mundial ha cambiado drásticamente a favor de los palestinos, y aunque la sensación de urgencia ha disminuido al ralentizarse el ritmo de la destrucción en Gaza, es poco probable que se invierta. El camino hacia una mayor normalización con el mundo árabe parece bloqueado, y dentro del propio Israel, incluso en ausencia de combates activos en Gaza, sigue planeando la sombra de la guerra.

Foto de portada: Soldados israelíes montan guardia en el lado israelí de la valla que rodea la Franja de Gaza, 18 de marzo de 2025. (Chaim Goldberg/Flash90)

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