Patrick Strickland, TomDispatch.com, 25 enero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Patrick Strickland, periodista y director editorial de Inkstick Media, es autor de tres libros sobre migración y extrema derecha, el más reciente de los cuales es You Can Kill Each Other After I Leave: Refugees, Fascism, and Bloodshed in Greece (Melville House, abril de 2025).
Tras un año de destripar el Gobierno de los Estados Unidos, desplegar botas armadas en ciudades estadounidenses y bombardear al menos siete países, la Administración Trump comenzó el año 2026 invadiendo Venezuela y secuestrando a su presidente, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores. A raíz de ese asalto, el presidente Trump redobló su abandono de las posiciones aislacionistas que supuestamente había mantenido, amenazando con una acción militar contra Colombia, Cuba, Irán y México. A continuación, prometió que Estados Unidos se «apoderaría» de Groenlandia, ya fuera «por las buenas» o «por las malas».
La verdad es que el imperialismo estadounidense define gran parte de la historia de este país, pero la última escalada se produce en un momento en el que también se han desplegado agentes de Inmigración y Aduanas por todo el país para detener a inmigrantes en las calles y llevarlos a centros de detención. Mientras tanto, Trump ha seguido predicando el evangelio patriotero de detener la llegada de nuevos refugiados y migrantes, al tiempo que critica agriamente a los gobiernos europeos por la migración, incluso cuando promete lanzar campañas militares que sin duda provocarán nuevos desplazamientos masivos y la huida de personas que cruzan las fronteras en busca de seguridad.
Desestabilizar países en todo el mundo y luego atacar a las personas que huyen de esas guerras no es, por supuesto, nada nuevo. Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 hasta septiembre de 2020, la guerra contra el terrorismo de este país, según un estudio, desplazó a unos 37 millones de personas en ocho países. Y esa cifra ni siquiera incluye a los varios millones de desplazados durante conflictos menores en los que participó Estados Unidos, desde Chad hasta Túnez, pasando por Mali y Arabia Saudí. Tampoco incluye el número de personas desplazadas por las cinco guerras de Israel desde 2008 en la Franja de Gaza y sus alrededores, su robo de tierras en la Cisjordania ocupada o sus frecuentes ataques aéreos en el Líbano, Siria e incluso Irán, todo ello posible gracias al apoyo financiero y militar de Washington.
En lo que respecta a Washington demonizando a las personas desplazadas por sus armas, no hay más que preguntar a los palestinos. Millones de ellos viven dispersos por todo el mapa de Oriente Medio y más allá gracias a la continua ocupación militar de Israel y a los dólares de los contribuyentes estadounidenses que la han hecho posible.
«Ocho vidas desaparecidas, así sin más»
En marzo de 2015, me senté en la parte trasera de un taxi con destino a Saida, una ciudad costera libanesa a poco menos de una hora al sur de Beirut. El taxi avanzaba por la autopista, con el mar difuminándose a través de las ventanas a nuestra derecha, y luego se desvió hacia el interior. Saida se encuentra a más de 48 kilómetros al norte de la frontera del país con Israel y a unos 80 kilómetros al oeste de la frontera con Siria, pero incluso en ese lugar tan profundo del Líbano, una frontera de facto apareció en el parabrisas delantero. El conductor hizo una serie de giros, frenó y avanzó lentamente hacia un puesto de control militar a las afueras de Ain al-Hilweh, un campo de refugiados palestinos.
Soldados libaneses aparecieron a ambos lados del vehículo. Su trabajo consistía en decidir quién podía entrar en el campo y quién no. Después de leer nuestros documentos y asegurarse de que teníamos el permiso militar adecuado para entrar en el campo, los soldados le indicaron al conductor que siguiera adelante. Nos adentramos en medio de un conjunto de casas destartaladas, muchas de ellas construidas unas encima de otras. Era un día polvoriento y húmedo, pero la gente abarrotaba las calles. Los niños jugaban al fútbol en la carretera. Las motos vibraban al pasar por los baches. Los hombres se agrupaban en corrillos, fumando cigarrillos y bebiendo café, y algunos pasaban con kaláshnikovs colgados al hombro.
Junto con un fotógrafo estadounidense y un reportero libanés, fui a Ain al-Hilweh, el mayor de los doce campos palestinos del Líbano, para hablar con personas que habían sido doblemente desplazadas por la guerra en la vecina Siria. Mientras la guerra civil devastaba el país —una guerra que provocó la intervención de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Israel, Rusia, Irán y varios otros países—, los refugiados palestinos de Siria se vieron obligados a huir al Líbano. Sólo la población de Ain al-Hilweh se había incrementado en decenas de miles de personas.
De los palestinos que conocimos ese día, los únicos que habían pisado alguna vez la tierra de sus antepasados eran los que habían nacido antes de la guerra de 1948 que condujo a la creación de Israel y la habían vivido. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que un término como «doble desplazamiento» no lograba captar hasta qué punto las fronteras habían gobernado todos los aspectos de sus vidas en un exilio permanente y repetido.
En una tienda de barrio con estantes vacíos, encontramos a Afaf Dashe sentada en una pequeña silla cerca del mostrador. A sus 70 años, había sobrevivido a la Nakba —catástrofeen árabe, término que los palestinos utilizan para describir la limpieza étnica de su país desde 1948— cuando era una niña de tres años y su familia huyó a Siria. Había crecido en un suburbio de Damasco, se había casado y había criado a sus hijos. Cuando la guerra civil comenzó a devastar Siria en 2011, ella y su familia aguantaron cuatro años de bombas de barril, ataques aéreos y bombardeos antes de escapar finalmente.
Aunque Ain al-Hilweh ofrecía cierto respiro, no proporcionaba ni verdadera seguridad ni estabilidad. En el Líbano, décadas de represión estatal, intervenciones letales de Israel y rebeliones palestinas fallidas habían dejado a esos refugiados en una situación especialmente vulnerable. En lugar de echar nuevas raíces en ese lúgubre campamento, explicó Afaf, tres de sus hijas, junto con cinco de sus nietos, habían decidido arriesgarse a emprender el largo y a menudo mortal viaje a Europa. Después de cruzar de Siria al Líbano, se separaron de Afaf y continuaron por mar hasta Libia. Luego pagaron a unos traficantes para que los subieran a un barco con destino a Italia. Cuando Afaf llegó a ese punto de su historia, se le llenaron los ojos de lágrimas y se detuvo, mirando fijamente a lo lejos durante un largo momento, aparentemente sin ver nada, antes de volverse hacia nosotros. El barco que transportaba a su familia, dijo, había naufragado en el mar Mediterráneo. «Ocho vidas, perdidas así, sin más. Durante toda mi vida, he visto a los palestinos pasar de tragedia en tragedia, y de nakba en nakba».
Más de una vez en su vida, pensé, las guerras la habían empujado a ella, a sus hijos y a sus nietos a cruzar fronteras y, en un mundo claramente en conflicto, las fronteras decidían dónde podían desplazarse ella y sus seres queridos, dónde podían vivir y dónde podían morir. Pensé en el pasaporte estadounidense que llevaba en el bolsillo, en la relativa facilidad con la que había cruzado fronteras a lo largo de mi vida adulta y en los dólares de los contribuyentes estadounidenses que habían contribuido a condenar a Afaf a una vida de exilio permanente. Ella sería la primera persona que conocí que había perdido a seres queridos simplemente por intentar cruzar una frontera en busca de seguridad, pero de ninguna manera la última.
Fronteras violentas
Para decenas de millones de personas, las fronteras no son sólo lugares donde existe el riesgo de violencia. Las fronteras son, por definición, violentas. Las fronteras no sólo se cruzan. Las fronteras deben sobrevivirse y soportarse. Las fronteras no son sólo muros y alambre de púas. Las fronteras son guardias y policías, cámaras de vigilancia y drones, porras y balas. Para esas decenas de millones de personas, las fronteras no terminan donde acaba un país y empieza el siguiente; las persiguen y las acechan a lo largo de kilómetros y años interminables. Las fronteras son tanto escenas del crimen como crímenes, con el nacionalismo como motivo.
Para las personas que se ven obligadas a huir, la violencia no cesa una vez que escapan de países bombardeados o estrangulados económicamente. El viaje en sí mismo conlleva sus propios peligros. La Organización Internacional para las Migraciones ha registrado más de 33.200 casos de refugiados y migrantes muertos o desaparecidos sólo en el mar Mediterráneo desde 2014. Entre 1994 y 2024, los grupos de derechos humanos estiman que más de 80.000 personas murieron en los desiertos o ríos de la frontera entre Estados Unidos y México y sus alrededores.
A lo largo de la última década, he recorrido la ruta europea de los refugiados, haciendo escala en países de los Balcanes y de Europa Central y Occidental, al tiempo que informaba desde comunidades estadounidenses situadas a lo largo de la fuertemente militarizada frontera entre Estados Unidos y México. Dondequiera que he ido, los desplazados tienen historias horribles que contar: de personas ahogadas en el mar, de migrantes abatidos a tiros en las fronteras y de otros que simplemente desaparecieron a lo largo de «la ruta de los refugiados». En un refugio de Belgrado, Serbia, los afganos que habían huido de las consecuencias de la guerra de Estados Unidos en su país y habían recorrido la interminable ruta terrestre desde Turquía hablaban de la policía fronteriza búlgara que los había detenido, amenazado o golpeado durante el trayecto. En la frontera serbia con Hungría, marroquíes y argelinos me contaron que los policías les golpeaban los pies con porras para disuadirles de volver a intentar cruzar la frontera. En Grecia, jóvenes de Sudán y Somalia —países que no son ajenos a la intervención estadounidense— describieron el gas lacrimógeno y las balas de goma a los que se enfrentaron en la frontera norte del país con Macedonia. En Turquía, los sirios me hablaron de los perros que la policía fronteriza búlgara les echó encima. En Arizona, la gente recordaba haber caminado tanto tiempo por el desierto mexicano que se les rompieron las suelas de los zapatos.
Quizás más que cualquier otra cosa, la idea de fronteras fuertes ha alimentado el auge fascista que ahora se apodera de Estados Unidos y de partes importantes de Europa. Desde que Donald Trump entró por primera vez en el Despacho Oval en enero de 2017, los partidos de extrema derecha y ultranacionalistas de toda Europa también han ganado terreno de una forma que antes habría sido inimaginable, y allí donde la extrema derecha aún no ha tomado el poder, los partidos de centroizquierda y liberales a menudo han dado un giro radical hacia la derecha en sus políticas de inmigración y control fronterizo.
En un abrir y cerrar de ojos, incluso los dirigentes del Partido Demócrata en Estados Unidos, que siguen alabando la democracia liberal, también prometen tomar medidas drásticas contra la inmigración y reforzar la seguridad fronteriza en un intento desesperado por parecer más duros en la era de Donald Trump. En el Reino Unido, el Partido Laborista, de centroizquierda, derrocó a los conservadores en 2024, sólo para poner en práctica políticas antiinmigrantes que se alinean con las de la extrema derecha, como Nigel Farage y su Partido por la Independencia del Reino Unido. En Grecia, incluso después de que se prohibiera el violento partido neonazi Amanecer Dorado, tras años de violencia contra los inmigrantes, el Partido Nueva Democracia, nominalmente de centroderecha, adoptó y reformuló su retórica de forma ligeramente modificada, al tiempo que puso a un antiguo fascista al frente de su Ministerio de Migración. Desde Estados Unidos hasta Europa, la inmigración se debate cada vez menos como una cuestión humanitaria y se describe cada vez más en términos de «invasión», lo que supone una reformulación funcional que reconvierte a civiles desesperados en soldados armados.
Políticamente, la historia de la invasión es más fácil de digerir que las sombrías historias reales de las personas desplazadas. Como era de esperar, ha encontrado un público cada vez más amplio. Y consideremos eso una sombría ironía, ya que muchas de las personas que cruzan a Estados Unidos y Europa, incluso antes de enfrentarse a viajes mortales por mar y fronteras militarizadas, fueron expulsadas de sus países, al menos en parte, debido a la participación estadounidense y europea en la violencia masiva y las políticas diseñadas para fomentar el colapso económico en sus países de origen.
Por supuesto, estas historias sobre la invasión de inmigrantes no son nada nuevo, después de siglos en los que el deseo nacionalista de fronteras estrictas ha sustentado tantas afirmaciones de que la guerra y la violencia son necesarias. En 1908, una década antes de que ella misma fuera deportada de los Estados Unidos, la anarquista lituano-estadounidense Emma Goldman señaló la violencia que subyace en ese nacionalismo durante un discurso en San Francisco. «El patriotismo asume que nuestro planeta está dividido en pequeños puntos, cada uno rodeado por una puerta de hierro», dijo a su audiencia. «Aquellos que han tenido la suerte de nacer en un lugar concreto se consideran más nobles, mejores, más grandiosos e inteligentes que los seres vivos que habitan en cualquier otro lugar. Por lo tanto, es deber de todos los que viven en ese lugar elegido luchar, matar y morir en el intento de imponer su superioridad sobre todos los demás».
Esperanza en la resistencia
En la década transcurrida desde que comencé a cubrir temas relacionados con la migración y las fronteras, también he sido testigo de cómo puede ser la resistencia a la extrema derecha antiinmigrante. En Grecia, activistas y voluntarios, anarquistas, socialistas y gente común trabajaron juntos para hacer lo que pudieran con el fin de ofrecer una alternativa a la cruda realidad que vivían las personas desplazadas. En islas griegas como Lesbos, los humanitarios se reunían en la costa para ayudar a los desplazados a desembarcar de los barcos. Otros se adentraban en el mar para rescatar a personas de embarcaciones que se hundían. En Atenas, anarquistas y otros izquierdistas ocuparon edificios abandonados y los convirtieron en viviendas ocupadas donde los inmigrantes desplazados podían vivir sin el hacinamiento y las condiciones de vida precarias de los campamentos oficiales. En Alemania, la gente común abrió sus hogares a los refugiados recién llegados. En Austin, Texas, los feligreses de una iglesia me contaron cómo habían acogido a solicitantes de asilo que se enfrentaban a la deportación.
Y hoy, los estadounidenses de ciudades como Chicago o Los Ángeles se han movilizado para rechazar las redadas migratorias del Gobierno de Trump. Desde que un agente del ICE disparó y mató a Renee Good en Minneapolis en enero, cada vez más manifestantes han salido a las calles para expresar su oposición a los asesinatos sancionados por el Estado y a la campaña del Gobierno de Trump para llevar a cabo deportaciones masivas impulsadas más por la crueldad que por cualquier preocupación por la seguridad del país. A medida que el presidente intensifica los despliegues federales y amenaza con utilizar el ejército contra lo que él denomina la «invasión desde dentro», esos manifestantes comprenden sin duda que su propio destino está ligado al de los inmigrantes y los refugiados. Las ocupaciones, la ayuda humanitaria y las protestas masivas quizá no detengan la cruel maquinaria política antiinmigrante, pero ofrecen un rayo de esperanza en un momento en el que la esperanza escasea.
En los primeros meses de 2026, esa esperanza puede ser más necesaria que nunca, en parte porque demasiados estadounidenses y europeos siguen dando poder a políticos que reciclan el manido argumento de que, si hubiera menos inmigrantes, la vida en sus países sería más próspera y pacífica. En el período previo a las elecciones de 2024, Donald Trump aseguró sin rodeos a los estadounidenses que los inmigrantes eran invasores que «envenenaban la sangre de nuestro país». Durante el primer año de su segundo mandato, su administración arrebató a estudiantes internacionales de las calles, separó familias y deportó a inmigrantes a prisiones extranjeras. Mientras tanto, siguió repitiendo a los estadounidenses que estaban siendo «invadidos», una historia que conlleva un doloroso recuento de víctimas mortales, al tiempo que cortejaba lo que inevitablemente se esconde detrás del nacionalismo y el nativismo: el miedo.
En su novela White Teeth, Zadie Smith puso todo esto en perspectiva de la siguiente manera: «Pero a un inmigrante le hace gracia escuchar los temores de los nacionalistas, asustados por la infección, la penetración, el mestizaje, cuando esto es insignificante, una minucia, en comparación con lo que teme el inmigrante: la disolución, la desaparición».
El año pasado, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estimó que más de 122 millones de personas en todo el mundo se habían visto desplazadas como consecuencia de la guerra, la violencia o la persecución, una cifra que marcó un máximo en una década y que también supuso el décimo año consecutivo en el que aumentaba el número total de personas desplazadas en todo el mundo. Peor aún, las guerras y las campañas militares siguen expulsando a personas de sus hogares en todo el mundo.
Más pronto que tarde, esas guerras y otros desastres provocarán que aún más personas busquen refugio en Europa y Estados Unidos. Cuando eso ocurra, no cabe duda de que los líderes de extrema derecha, con la esperanza de descargar la culpa de sus propios fracasos, se plantarán una vez más ante nosotros y afirmarán que la violencia estatal es necesaria para proteger a nuestro país de una «invasión». Entonces, tendrán que tomar una decisión: pueden creer la afirmación de que los países más poderosos del planeta son víctimas de invasiones o recordar que las invasiones reales y las campañas militares que crean ciclos letales de desplazamientos masivos están ocurriendo en demasiados lugares de este planeta. Esa elección determinará cuánta esperanza hay para un mundo en el que las personas desesperadas que huyen de desastres que no han provocado no tengan que considerar cruzar una línea trazada por el hombre como una cuestión para negociar su propia supervivencia.