Nuri al-Maliki: El viejo desastre con un nuevo envoltorio (Iraq)

Karam Nama, Middle East Monitor, 25 enero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Karam Nama es periodista y escritor. Fue editor jefe del periódico londinense  Al-Arab. Ha escrito seis libros, entre ellos Unlicensed Weapon: Donald Trump, a Media Power Without Responsibility  y The Sick Market: Journalism in the Digital Age. Su último libro, The False Promise: Don’t Ask AI for What You Don’t Deserve, se encuentra actualmente en imprenta.

Nuri al-Maliki nunca ha sido la solución para Iraq. Ni durante sus ocho años en el poder. Ni en la década que siguió a su salida. Ni durante el largo colapso del país desde 2003. Siempre ha sido parte del problema, nunca la solución. Hoy, en medio de los crecientes rumores sobre su posible regreso a la presidencia, Iraq parece estar volviendo deliberadamente a la tragedia de la que lleva 22 años tratando de escapar. Es como si dos décadas de fracasos, corrupción y decadencia institucional no hubieran sido suficientes para convencer a la clase política de que la ruina no se puede reciclar. El regreso de Al-Maliki no es un acontecimiento político rutinario, sino una recaída histórica que devuelve a Iraq al punto de partida, al momento en que comenzaron todas sus crisis: el sectarismo, la corrupción, el colapso del Estado y el auge del ISIS.

Esta semana he revisado un estudio estadounidense de circulación limitada que ofrece una imagen cruda y detallada del desastre que le espera a Iraq si al-Maliki vuelve al poder. El estudio afirma: «A-Maliki ya no tiene la influencia que tenía antes, y sus alianzas actuales son producto de la presión iraní más que de su propia fuerza política». Esta frase resume perfectamente la situación: al-Maliki regresa no porque sea un político capaz, sino porque Irán y sus milicias en Iraq lo necesitan. No regresa con una visión, sino como parte de un proyecto más amplio. Es el eslabón más débil de la cadena de influencia de Irán, una figura que Teherán prefiere precisamente porque es maleable, porque no es independiente. Esto por sí solo hace que su regreso sea una receta para una renovada inestabilidad. Iraq no necesita a un hombre débil impulsado por el resentimiento sectario, sino un Estado capaz de protegerse de tales individuos.

Incluso dentro del Marco de Coordinación —el paraguas que agrupa a los partidos y milicias alineados con Irán—, al-Maliki no es un «líder del momento», sino una carga del pasado. El estudio afirma: «El regreso de al-Maliki desencadenará protestas y tensiones intrachiíes que podrían escalar hasta convertirse en un enfrentamiento armado». Hay que recordar que Muqtada al Sadr sigue guardando un profundo resentimiento hacia al-Maliki, en primer lugar por combatirlo militarmente y, en segundo lugar, por impedirle formar un Gobierno tras su victoria electoral. Esta es una descripción precisa de la posición de al-Maliki dentro de su propio bando: es un feroz enemigo del movimiento sadrista, un némesis de la generación de las protestas de octubre y un símbolo de corrupción y sumisión a Irán. Su regreso reavivaría las líneas divisorias dentro de la propia comunidad chií, convirtiendo Bagdad en un campo de batalla para facciones unidas únicamente por la hostilidad mutua. Al-Maliki no entiende que los chiíes de hoy no son los chiíes de ayer —ya no están cautivos de la mitología del dominio sectario— y que la generación de octubre no aceptará el regreso de un hombre que encarna lo peor del sistema político iraquí.

Para los iraquíes, al-Maliki es más que un simple político: es un símbolo de una época oscura. El estudio señala: «Al-Maliki representa un Estado vengativo que practicó la exclusión bajo la bandera de la desbaasificación y la criminalización de las comunidades suníes». No se trata de una mera observación académica, sino que describe una herida que nunca ha cicatrizado. Su regreso reavivaría la política excluyente y la retórica sectaria, creando la sensación de que el Estado pertenece a un solo grupo. Esto por sí solo bastaría para empujar a los suníes hacia una de estas tres respuestas: retirada, boicot o levantamiento. Las tres recrearían las condiciones de 2013-2014, los años que allanaron el camino para el ISIS. Al-Maliki nunca ha entendido que la exclusión no construye un Estado, sino un monstruo que espera bajo los escombros.

Los kurdos conocen igualmente bien a al-Maliki. Están familiarizados con su volatilidad, sus promesas incumplidas y su enfoque conflictivo en materia de petróleo, territorio y autoridad federal. El estudio advierte: «El regreso de al-Maliki podría empujar a los kurdos una vez más hacia la independencia». No se trata de una exageración, sino de una lectura sobria de la historia. El hombre que desencadenó la crisis de 2014 con Erbil y contribuyó a empujar a los kurdos hacia el referéndum de 2017 es perfectamente capaz de reabrir la misma herida. Al-Maliki no entiende que Iraq no puede gobernarse mediante una autoridad central autoritaria y que los kurdos no volverán a aceptar el chantaje político.

Los indicadores disponibles también sugieren que Irán no quiere a al-Maliki porque sea fuerte, sino porque es lo suficientemente débil como para poder controlarlo. Como dice el estudio: «Irán está impulsando a al-Maliki con la condición de que siga siendo débil y bajo su supervisión». Por lo tanto, su regreso no es una decisión iraquí, sino parte del intento de Teherán de recalibrar su influencia tras los reveses regionales. Para Irán, al-Maliki no es un líder, sino un instrumento, alguien que puede lograr lo que otros no pueden y que puede ser descartado una vez que ya no sea útil. Esto por sí solo hace que su regreso sea peligroso para Iraq, que no necesita un primer ministro que actúe como representante político de un Estado extranjero.

Toda la región pagaría el precio si al-Maliki regresara. El estudio advierte: «El regreso de al-Maliki empujará a Arabia Saudí y a los Emiratos Árabes Unidos a congelar sus inversiones, a Turquía a intensificar su presencia militar y a Estados Unidos a imponer sanciones». Esto significaría que Iraq entraría de nuevo en una fase de aislamiento regional e internacional, tal y como ocurrió durante el anterior mandato de al-Maliki. Él no entiende que el mundo ha cambiado y que Iraq no puede sobrevivir aislado. Ninguna economía puede crecer mientras se enfrenta a todos los actores regionales y globales importantes.

El estudio esboza cuatro posibles escenarios para el regreso de al-Maliki, todos ellos sombríos: un gobierno débil y asediado que se derrumba en dos años; una renovada violencia sectaria, incluidos enfrentamientos entre chiíes y suníes; una reconciliación nacional imposible que contradice todo su historial; o un consenso internacional engañoso que conduce a un conflicto regional prolongado. Ninguno de estos escenarios es hipotético, sino que son la continuación natural de su anterior mandato. Al-Maliki no entiende que el tiempo no retrocede y que el Iraq que dejó en 2014 no es el mismo país al que volvería hoy.

La conclusión es clara: el regreso de al-Maliki no es sólo un error político, es un pecado histórico. Sería la resurrección de un período que dio lugar al ISIS, empoderó a las milicias, exacerbó las divisiones y llevó a Iraq al borde del colapso. Lo que Iraq necesita hoy es un Estado, no un hombre que vive en una mentira de su propia creación. Necesita un proyecto nacional, no un líder impulsado por la hostilidad sectaria hacia la mayoría de su propio pueblo. Iraq necesita un futuro, no una repetición de los acontecimientos que una vez destruyeron el país. El regreso de al-Maliki no es una opción, es un paso atrás, un retorno a la tragedia que los iraquíes creían haber dejado atrás sólo para verla reaparecer de una forma más frágil, peligrosa y explosiva.

Foto de portada: Nuri al-Maliki, presidente de la Coalición Estado de Derecho y ex primer ministro de Iraq, asiste al mitin electoral previo a las elecciones generales previstas para el 11 de noviembre, en Bagdad, el 7 de noviembre de 2025. [Murtadha Al-Sudani – Agencia Anadolu]

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