Sarah Aziza, The Nation, 31 enero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Sarah Aziza es una escritora y activista palestino-estadounidense nacida en Chicago, Illinois. Ha trabajado con poblaciones de refugiados en Argelia, Jordania, Sudáfrica y Cisjordania. Recientemente se mudó de Ammán, donde pasó un año como becaria Fulbright en la UNRWA. Además de cursar estudios de posgrado en la Universidad de Nueva York (NYU), Sarah trabaja en educación y defensa de las comunidades inmigrantes e indocumentadas en la ciudad de Nueva York. Blog: www.sarahaziza.com.
Tuve sensaciones extrañas todos esos meses en los que el mundo pareció vibrar con la cuestión de Palestina. Como hija de refugiados en la diáspora de ‘Ibdis y Deir al-Balah, Gaza, nací con esta pregunta: las heridas abiertas de la Nakba, la obra inconclusa de la liberación y el retorno. Sin embargo, al crecer en la diáspora, descubrí la hostilidad obstinada y estructural hacia nuestra existencia, intrínseca a gran parte del mundo occidental. En ningún lugar esto era más evidente que en Estados Unidos, donde “Palestina” era en su mayoría una laguna, borrada por el silencio o las narrativas coloniales de nuestra barbarie. Al oír que era palestina, la mayoría de los estadounidenses me miraban con la mirada perdida o respondían: “¿Eres de Pakistán?”. Algunos respondían con una negación vehemente: “¡Los palestinos no existen!”, mientras que otros me miraban con una mezcla de lástima y miedo.
Y entonces, el 7 de octubre de 2023, Palestina invadió los discursos y las calles, irrumpiendo en espacios que, hasta entonces, se habían considerado inalcanzables.
Ese día, militantes palestinos escaparon de Gaza y atacaron asentamientos y bases militares cercanas, lo que acabó con la muerte de aproximadamente 373 miembros de las fuerzas de seguridad israelíes, 695 civiles israelíes y 71 extranjeros, incluyendo varias personas asesinadas en virtud de la propia Directiva Aníbal de Israel. Los ataques y la captura de 251 rehenes representaron una ruptura sin precedentes en la presunta impenetrabilidad de Israel y, con ella, una crisis para el paradigma imperial occidental.
En cuestión de horas, esta maquinaria imperial se puso en marcha a toda velocidad, luchando por contrarrestar esta división con una fuerza espectacular. Expertos y políticos explotaron frenéticamente la retórica islamófoba, racista y antiindígena existente. Jefes de Estado occidentales dieron fe de historias infundadas de bebés decapitados, uniéndose a los funcionarios israelíes que declararon que toda la población de Gaza, de dos millones de habitantes, era terrorista y animal. A medida que los llamamientos a un ataque militar desenfrenado e indiscriminado contra la Franja alcanzaban su punto álgido, las voces disidentes palestinas y de otros grupos fueron brutalmente reprimidas mediante medidas que abarcaban desde cancelaciones y despidos hasta chantajes y violencia descarada. En todo momento, estas acciones se movieron con una eficiencia orquestada que sugería que la vorágine antipalestina no era tanto histeria como el desenmascaramiento de deseos profundos y arraigados.
Desde mi casa en la ciudad de Nueva York, observé con horror cómo estas fantasías asesinas caían con fuerza atómica sobre mis familiares. En los primeros 10 días, con más de 4.200 palestinos asesinados en Gaza y más de un millón desplazados violentamente, quedó claro que Israel planeaba algo mucho más devastador que sus bombardeos rutinarios del pasado sobre este pequeño enclave asediado. Entre los cortes de electricidad y los ataques aéreos, mi joven prima Hanin enviaba noticias apresuradas desde Nuseirat:
Vivimos otra Nakba, nos matan a cada instante. Vivimos en completa oscuridad, con bombardeos crecientes y continuos. No podemos dormir por la noche. A veces siento ganas de gritar por la magnitud de la injusticia a la que se ve sometida Gaza… ¡Cuánto desearía que terminara la guerra! Israel amenaza con aislar gran parte de Gaza y anexarla…
Para mí y millones de compatriotas palestinos fuera de la Franja, la realidad se convirtió sólo en Gaza: su momento suspendido de desastre, interminable y repetido una y otra vez. A medida que el invierno se filtraba en los días cada vez más cortos, me tambaleaba a través de un vendaval de dolor, inseparable de las pantallas. Vertí mis días en ellas, falsos portales que sólo imitaban la proximidad a mi familia asediada. En píxeles, recibía destellos parciales de su terror, despachos incompletos de lo impensable que estallaba hora tras hora: un primo vaporizado en la ducha, una tía desplazada muriendo de frío, recién casados destrozados en su hogar improvisado. Cada instante, insoportable, palpitaba con un dolor que detenía —y avergonzaba— el lenguaje en seco.
Todo esto, si bien horroroso y de una escala sin precedentes, también era profundamente predecible. Incluso sin las repugnantes declaraciones genocidas de los líderes israelíes tras el 7 de octubre, la historia es clara: Israel se estableció mediante la limpieza étnica y las masacres, basándose en una lógica de asentamiento colonial. Y en Occidente, siempre ha habido muchos —especialmente entre los más ricos y poderosos del mundo— que con alegría perpetúan y explotan la demonización de palestinos, árabes y musulmanes (entre otros grupos). Sin embargo, en los primeros y sangrientos días posteriores al 7 de octubre, ocurrió algo más: el espectáculo de la guerra genocida de Israel obligó a muchos de los previamente indiferentes a considerar, o reconsiderar, la cuestión de Palestina.
Al mirar, sus visiones atravesaron las múltiples distorsiones de la distancia y la censura, azotadas por el multimillonario aparato de la hasbará de Israel y sus frecuentes mentiras; sin embargo, lo que vieron los transformó. Día tras día, veían la historia centenaria de Palestina condensada y expuesta cada vez que Israel bombardeaba un hospital o lanzaba bombas incendiarias contra tiendas de campaña de civiles. Hora tras hora, la verdad del sionismo se revelaba, mientras una violencia asombrosa borraba lazos familiares y expulsaba a cientos de miles de personas de una zona asediada a otra. Ahí estaba la Nakba, que nunca había terminado, reproducida como una hipérbole. Ahí estaba la cacareada “única democracia en Oriente Medio” —el título autoproclamado de Israel, declarado para contrastar su utopía neoliberal con el supuesto atraso de sus millones de vecinos no judíos—, revelando su persistente agenda de limpieza étnica y barbarie.
Palestina, y Gaza en particular, había escapado a los márgenes de la conciencia global. Vislumbrada como un mosaico de sufrimiento abrumador, coraje asombroso y ternura incondicional, Palestina hizo más que destrozar corazones. Palestina expuso las contradicciones —y desafió el marco— del orden mundial existente.
Y así se produjo otra ruptura. Esta ha supuesto un ajuste de cuentas global entre los millones de ciudadanos comunes que se retractaron de la masacre descontrolada de palestinos, y sus instituciones y gobiernos que se aliaron, inequívocamente, con la maquinaria de guerra sionista. En los meses siguientes, presenciaríamos no sólo un genocidio, sino también una batalla campal entre una creciente solidaridad global y los brutales guardianes del statu quo.
“¡Alto el fuego ya!” fue un estribillo precoz entre los activistas occidentales, y en las primeras semanas del ataque israelí, esta demanda básica se interpretó como radical. En las calles, me uní a ese llamamiento, aunque albergaba cierto recelo hacia la frase. Por desesperados que estuvieran los palestinos por un indulto, cualquiera con un mínimo conocimiento de historia sabía también que un alto el fuego por sí solo nunca ha detenido, ni jamás detendrá, el proyecto genocida de Israel.
Desde 1948, la ocupación sionista de Palestina ha implicado que incluso los intervalos más “pacíficos” incluyan el asesinato rutinario, y a menudo diario, de palestinos, una dinámica mayormente ignorada o tolerada por el mundo. Incluso antes del 7 de octubre, el año 2023 se había definido por la creciente violencia y anexión de territorio por parte de los colonos, y ya era el más mortífero registrado para los niños palestinos. El último pogromo en Cisjordania había tenido lugar en la aldea palestina de Huwara justo el día anterior.
En las marchas y vigilias en Manhattan, Brooklyn y Washington, observaba los rostros a mi alrededor —sobrios, enfurecidos, aturdidos— y me preguntaba cuál habría sido el umbral de cada manifestante. ¿Habían oído hablar de Huwara? ¿Sabían algo de Yenín, Sheij Jarrah, Deir Yasin? ¿Cuántos de nuestros muertos hicieron falta para hacernos visibles? ¿Cuántos para impulsarlos a las calles? ¿Y cuánto de su horror permanecería si la matanza se redujera del rugido al zumbido monótono de antes? Cuando gritaban “¡Palestina libre, libre!”, ¿sabían lo que podría costar y cuánto habían pagado ya los palestinos?
A medida que las semanas de masacres se prolongaban, también lo hacía el espectáculo de sentadas, manifestaciones y marchas multitudinarias desde Sídney hasta Saná. El mundo contaba un mes, luego dos, luego tres meses de violencia inimaginable, posibilitada por los gobiernos europeos y estadounidense. Mi WhatsApp me traía noticias casi a diario de las bajas familiares, y olvidé cómo se sentía pensar en otra cosa que no fuera la muerte.
Una fría noche de la primera y cruel primavera del genocidio, me escabullí entre los guardias de seguridad y los bloqueos improvisados para entrar en el campus de Columbia y presencié a varias docenas de estudiantes haciendo valer sus derechos en el césped de su universidad. Algunos se acurrucaban bajo mantas o tiendas de campaña compartidas, mientras otros escuchaban una serie de presentaciones políticas intercaladas con canciones. En todo el país y el mundo, muchos más estudiantes y profesores valientes arriesgaban sus vidas y privilegios. Mientras los administradores intentaban tacharlos de niñatos engañados, estos estudiantes demostraron repetidamente un compromiso político sólido y con principios, incluso a un alto precio.
Estos momentos de colectividad fueron, a veces, gestos lo suficientemente grandes como para que pudieran vislumbrarse en las costas de Gaza. En medio de su horror inimaginable, los gazatíes respondieron con el saludo, expresando gratitud y solidaridad a los estudiantes que se manifestaban, así como a sus compatriotas libaneses y yemeníes que los apoyaron contra un mundo hostil. Estos momentos fueron más que simbólicos, me dijo mi primo Nabil, enviándome un mensaje desde el campo de refugiados de Nuseirat en Gaza. En esos instantes, su sensación de aislamiento absoluto flaqueó. En esos momentos, me dijo, rompimos el asedio.
Sin embargo, la abrumadora realidad permaneció en pantalla dividida. Incluso mientras los asesinatos selectivos israelíes se llevaban a cabo contra miembros de la prensa de Gaza, su valentía diaria permitió al público global presenciar la intensificación de las atrocidades de Israel. En todo el mundo, la gente aprendió nombres como “Yabalia” y “Shuyaiya” justo a tiempo para presenciar su aniquilación. Escucharon las palabras de Rifat al-Arir y Hiba Abu Nada justo cuando Israel destrozaba su carne. Más allá del bombardeo implacable, vinieron la hambruna intencionada, las epidemias generadas, los centros de salud diezmados, la destrucción sistemática de instituciones educativas y culturales y la exposición a los rigores del frío, la lluvia, el calor y la sed. En Gaza, la muerte se reinventó una y otra vez.
Al intentar buscar formas de describir las atrocidades descontroladas de Israel, las ONG y los expertos comenzaron a recurrir al lenguaje del tiempo, declarando una cuenta atrás tras otra. Ya el día 26 del ataque, las Naciones Unidas habían declarado que “A Gaza se le está acabando el tiempo”. Dos meses después, UNICEF informó que “a los niños de Gaza se les está acabando el tiempo… violencia, asesinatos, bombardeos y cautiverio… todo el sufrimiento ha sido demasiado”.
Demasiado. Mi familia en Gaza coincidió: Ya no tenemos energía para aguantar, escribió Hanin en diciembre de 2023. Su hermano, Nabil, me escribe sobre sus sueños postergados: viajar, trabajar como farmacéutico, enamorarse, escribir un libro. Nunca nos acostumbraremos a esta matanza. Ni un solo mártir carecía de corazón, tan pleno como el mundo.
Demasiado. ¿Qué significa cuando el tiempo se acaba y continúa? En 2024, y luego en 2025, más informes revolotearon por internet como panfletos lanzados desde el aire, declarando: “Se acaba el tiempo para las mujeres y las niñas, para prevenir una hambruna, para prevenir el genocidio”.
Como la mentira de las líneas rojas alrededor de Rafah, estos relojes clamorosos estaban hechos sólo de palabras. Una y otra vez, Gaza fue forzada más allá de todo límite imaginable, sumida en todas las pesadillas anunciadas y aún más. Mientras palabras vacías circulaban en inglés, alemán y francés, la verdad hablaba en cuerpos: cuerpos secuestrados bajo los escombros, cuerpos desgarrados y carbonizados, cuerpos despojados de órganos y extremidades, cuerpos cercenados de todo pariente vivo. Cuerpos acurrucados en una resistencia hambrienta, acunando corazones mutilados. Cuerpos abrazándose en la larga noche de nuestro abandono. Estamos solos, decidieron finalmente mis primos. No tenemos a nadie más que a Dios.
La magnitud de nuestro fracaso supera nuestra capacidad de comprensión.
Quizás, de ahora en adelante, siempre mediré el tiempo de esta manera: como capítulos de desastre, iteraciones de pérdidas irreparables, que las estadísticas —como el informe de The Lancet sobre “tres millones de años de vida perdidos”— jamás alcanzarán.
Sin embargo, también es cierto que el mundo fuera de Gaza ha vivido sus propios capítulos. La represión contra la solidaridad con Palestina fue rápida y violenta, y su legado perdura. Desde el principio, la clase dominante utilizó el movimiento de solidaridad con Palestina como chivo expiatorio para crear nuevos y alarmantes precedentes.
En una fría noche de abril de 2024, me encontraba frente a las puertas del CUNY City College, muy cerca de Columbia. Era la noche en la que la policía de Nueva York allanó violentamente los campamentos estudiantiles de ambas universidades. Llegué y me encontré con una multitud de unas 200 personas que se habían reunido frente a las puertas de la universidad tras varios días de retórica cada vez más intensa por parte de la administración. Entre ellas se encontraban estudiantes y profesores de CUNY, con la esperanza de que su presencia ayudara a proteger a los miembros de su comunidad. Tras varias horas de cánticos, charlas y espera bajo la vigilancia de un puñado de policías con aspecto somnoliento, una caravana de vehículos de la policía de Nueva York apareció a la vista. Frente a la universidad, sus puertas blindadas se abrieron de golpe para dejar salir a docenas de agentes armados y antidisturbios. Bajo el destello de la luz roja y azul, la expresión de sus rostros era inconfundible. Se mostraban ansiosos y arrogantes. Unos minutos después, se lanzaron hacia nosotros. De pie a un lado, sin teléfono ni movimiento, no estaba preparada cuando un agente se giró hacia mí y corrió con la porra en alto. Mientras los gritos de dolor estallaban a mi alrededor, me di la vuelta y eché a correr.
En todo el país, se produjeron escenas similares: estudiantes fueron sometidos a granadas aturdidoras, balas de goma e incluso munición real por parte de fuerzas municipales, estatales y de autodefensa. Estas medidas represivas, perpetradas bajo la administración de un presidente demócrata, normalizaron aún más las prácticas de represión política contra ciudadanos estadounidenses y civiles nacidos en el extranjero por igual. Poco después, las prácticas de secuestro, encarcelamiento y deportación del ICE alcanzarían un nuevo nivel de crueldad performativa, como ocurrió con el secuestro de estudiantes pro-Palestina como Mahmud Jalil y Rümeysa Öztürk. Meses después, presenciar el horror y el heroísmo que se desplegaban en Minneapolis es reconocer cómo la represión bipartidista contra el movimiento de solidaridad con Palestina (así como los levantamientos de George Floyd, entre otros) fueron claros presagios de lo que sucede hoy.
Estos acontecimientos, junto con una legislación orwelliana, el aumento de la mala praxis periodística, los crímenes de odio antipalestinos e incluso la demonización de figuras como la estrella de la televisión infantil Miss Rachel, la lucha contra el genocidio revelaron las drásticas fallas que atraviesan el “mundo libre”. Estas fronteras palpitantes y sangrientas derriban a menudo las barreras de clase y raza, a medida que los defensores del sionismo exhiben los enredos del capital, la supremacía blanca, el tecnofascismo, la explotación ambiental y el imperialismo occidental en términos cada vez más explícitos. En otros ámbitos, las redes sociales y los medios de comunicación tradicionales se han consolidado rápidamente bajo el control de un número cada vez menor de señores feudales.
Mientras tanto, las lamentaciones de las Naciones Unidas sólo lograron ceses del fuego fallidos y, ahora, un respaldo a la macabra y corporatizada “Junta de la Paz” de Trump, un conglomerado de naciones que paga por participar, encabezada por el presidente estadounidense, quien la presidiría vitaliciamente. Esta farsa se agravó con el estatuto de la junta, que, a pesar de su premisa inicial, no menciona a Gaza. En cambio, busca un mandato global que algunos ven como un desafío directo a la propia ONU. Mientras tanto, el yerno de Trump, Jared Kushner, miembro de la Junta de la Paz y entusiasta de la limpieza étnica, presentó recientemente una propuesta para el futuro de Gaza como un sueño inmobiliario, con rascacielos y complejos turísticos incluidos.
Estas negaciones cada vez más flagrantes del llamado derecho internacional han reforzado un mundo en el que un presidente estadounidense secuestra a líderes mundiales —y masacra civiles en el proceso— con pretextos muy superficiales y sin pensar en las consecuencias. El mundo del genocidio transmitido en vivo es un mundo que no reconoce soberanía, sino una voluntad impuesta por la fuerza.
Por lo tanto, la emergencia primaria del genocidio también ha puesto de manifiesto una crisis global conectada. Quienes estén dispuestos a presenciar estas conexiones comprenderán las palabras de Ghasan Kanafani, quien, antes de ser asesinado por un coche bomba colocado por Israel, declaró: “La causa palestina no es sólo una causa para los palestinos, sino una causa para todo revolucionario… una causa de las masas explotadas y oprimidas de nuestra era”, y explicó: “El imperialismo ha extendido su poder sobre el mundo… dondequiera que lo golpees, lo dañas y sirves a la revolución mundial”.
Pero el monstruo devolverá el golpe y apostará contra la capacidad humana de resistir.
En ningún lugar es esto más evidente que en Gaza, donde más del 90% de las estructuras de la región están en ruinas, y 2 millones de personas (o quizás unos 1,5 millones, si las recientes estimaciones de muertes resultan ciertas) permanecen privadas de suministros vitales y aisladas del mundo. Obligada a superar todos los límites imaginables, de alguna manera sobrevive, levantándose para enfrentar otro día de destino desconocido. Mientras tanto, la rampante violencia israelí en Cisjordania ha asesinado a más de 1.000 hombres, mujeres y niños, ha establecido 69 nuevos asentamientos ilegales y se ha apropiado de más del 16% de las escasas tierras palestinas restantes desde octubre de 2023.
La lucha por la liberación de Palestina sigue siendo su derecho y nuestro llamamiento moral, pero también debemos afrontar las formas en que le hemos fallado. A pesar de todas las marchas, todos los valientes actos de desobediencia civil y las interrupciones del comercio de armas, la difícil situación de los presos políticos en cárceles occidentales e incluso las flotillas —que, por un instante, nos recordaron que el mar no pertenece a ningún gobierno—, la matanza de Israel continúa.
Nuestras derrotas no tienen por qué ser definitivas, pero son múltiples: para la mayoría de nosotros, existe una brecha cada vez mayor entre la conciencia sin precedentes sobre Palestina y la acción vacilante con la que hemos respondido. Incluso mientras algunos continúan trabajando con ahínco por una Palestina liberada, y las encuestas muestran un número sin precedentes de personas que se vuelven contra el sionismo, los cambios culturales carecen de sentido si no se convierten en un cambio sistémico. Como siempre, más allá de los cientos de millones que Israel ha gastado en propaganda y censura, el verdadero horror del sionismo no reside en su retórica ni en su violencia simbólica, sino en su literalidad.
El terreno al que nos enfrentamos ahora es diferente, más hostil y evidente que hace dos años. La pregunta de Grace Lee Boggs se nos plantea ahora: “¿Qué hora es en el reloj del mundo?”.
Nos toca responder. Se nos acaba el tiempo.
Estamos entrando en una nueva fase sumamente peligrosa. Meses antes del actual y falso “alto el fuego” —que Israel ha violado hasta la fecha más de mil veces, asesinando directamente a casi 500 palestinos y a un número incalculable mayor mediante el continuado bloqueo de la mayor parte de los alimentos, medicamentos y refugio que el acuerdo le exige permitir—, comenzó a circular una oleada de libros y análisis que postulaban sobre el mundo “después de Gaza”. Ya sea intencionalmente o con una elección de palabras insensible, demasiados han comenzado a relegar Palestina al pasado. Para otros, el regreso a la “normalidad” se manifiesta como el deseo de mirar hacia otro lado, de aceptar una fina capa de porcelana de “paz”, de declarar que la “guerra” ha terminado.
Pero, así como Palestina siempre ha estado presente —reconocida o no—, Palestina, con Gaza como su corazón, permanece como una apuesta de realidad en una era de espejismos. Nunca estaremos después de Gaza, pues Gaza nos envuelve. Representa el lado oscuro de nuestras decisiones, el coste extremo de nuestra pasividad. Sufre con mayor intensidad por lo que nos oprime a todos, forzados al límite de esta era extrema. De esta manera, Gaza nos persigue, como una amenaza, como un precursor brutalizado que revela hacia dónde nos conducirá nuestra trayectoria actual: capitalismo desbocado, asesinatos impulsados por IA, derecho internacional desmoronado, ecocidio y mercenarismo.
El genocidio ha sido un pilar del orden colonial desde sus inicios hace más de medio milenio, pero en Gaza vemos su rostro emergente y moderno. Se parece a mi familia: los enterrados y los maltratados, y también a quienes siguen resistiendo. Les debemos el mundo, incluso cuando nos advierten sobre el nuestro. La liberación de Palestina es una causa justa en sí misma, pero un sistema que sustenta la impunidad asesina de Israel garantiza un futuro en el que sus crímenes seguirán propagándose, multiplicándose mucho más allá de la Franja.
Nunca estaremos detrás de Gaza. Sea cual sea nuestra decisión, su sangre es una mancha sagrada que perdurará sobre todos nosotros.
Foto de portada: Palestinos desplazados soportan duras condiciones invernales en tiendas de campaña improvisadas después de que los ataques israelíes destruyeran sus hogares en Nuseirat, Franja de Gaza, el 11 de enero de 2026. (Hassan Jedi / Anadolu / Getty Images)