Rachelle Wilson Tollemar, The Conversation, 30 enero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Rachelle es profesora adjunta en la Universidad de Saint Thomas y anteriormente fue profesora en la Universidad de Wisconsin-Madison y en la Universidad de Michigan. Centra sus investigaciones en los estudios culturales medioambientales españoles de los siglos XX y XXI, examinando el controvertido contacto entre el trabajo, el medio ambiente y el capitalismo. Le interesan especialmente las perspectivas ecofeministas, la justicia socioeconómica, los conocimientos indígenas y la escritura pública.
Los residentes de Minneapolis dicen que se sienten asediados por lo que algunos denominan una ocupación fascista. Miles de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas han invadido una ciudad cuya gran mayoría no votó en 2024 por Donald Trump, ni por una redada paramilitar contra su diversa población.
Trágicamente, dos residentes han sido asesinados por agentes federales. En consecuencia, las redes sociales están en llamas con comparaciones entre los agentes de inmigración de Trump y la Gestapo de Hitler.
Aunque las comparaciones con el régimen fascista de Hitler se están volviendo comunes, yo diría que tal vez sea más apropiado comparar el momento actual con un régimen fascista menos recordado, pero más duradero: el de Francisco Franco, dictador de España desde 1936 hasta su muerte en 1975.
En 2016, los críticos advirtieron que la retórica de la campaña de Trump se basaba en un fascismo de manual, mostrando signos como el racismo, el sexismo y la misoginia, el nacionalismo, la propaganda y más. A cambio, los críticos se encontraron con una intensa reacción, acusados de ser histéricos o excesivamente dramáticos.
Ahora, incluso las voces normalmente sobrias están dando la voz de alarma de que Estados Unidos podría estar cayendo en un régimen fascista.
Como estudiosa de la cultura española, yo también veo paralelismos preocupantes entre la España de Franco y los Estados Unidos de Trump.
Creo que compararlas nos proporciona herramientas muy útiles para comprender la magnitud de lo que está en juego hoy en día.

El general Francisco Franco, en el centro, comandante en el sur, visita el cuartel general del frente norte en Burgos, España, el 19 de agosto de 1936, durante la guerra civil del país (Imagno/Getty Images)
El ascenso y mandato de Franco
El partido de la Falange comenzó siendo un pequeño partido extremista al margen de la sociedad española, una sociedad profundamente afectada por la inestabilidad política y económica. El partido predicaba principalmente un nacionalismo radical, una forma muy exclusiva de ser y actuar como español. Los roles de género tradicionales, el monolingüismo y el catolicismo unieron a un fragmento determinado del pueblo al ofrecer un consuelo absolutista en tiempos de incertidumbre. Rápidamente, la Falange creció en poder y prevalencia hasta que, finalmente, se convirtió en la corriente dominante.
En 1936, el partido había obtenido suficiente apoyo de la Iglesia católica, el ejército y los terratenientes y empresarios ricos como para que una parte considerable de la población aceptara el golpe de Estado del general Francisco Franco: una especie de cruzada militar que pretendía poner fin a la supuesta anarquía de los liberales que vivían en ciudades ateas. Su lema, «¡Una, Grande, Libre!», movilizó a las personas que compartían las inquietudes de la Falange.

Frente a la embajada de Estados Unidos en Madrid, un manifestante sostiene un cartel en el que acusa al presidente Trump de ser fascista y narcoterrorista (Marcos del Mazo/ Getty Images)
Al igual que la Falange, MAGA, la facción del Partido Republicano estadounidense que toma su nombre del eslogan de Trump «Make America Great Again», vilipendia repetidamente a la izquierda, que vive principalmente en las ciudades, tachándola de grupo de anarquistas ateos que viven como alimañas.
Una vez en el poder, el régimen franquista encargó a una fuerza policial secreta, la Brigada Política-Social (BPS), que «limpiara la casa». La BPS se encargaba de reprimir o matar a cualquier disidente político, social, cultural o lingüístico.
Debilitar la resistencia
Franco no sólo armó al ejército, sino que también reclutó a la Iglesia católica. Se confabuló con el clero para convencer a los feligreses, especialmente a las mujeres, de su deber divino de multiplicarse, inculcar valores católicos nacionalistas en sus hijos y, así, reproducir réplicas ideológicas tanto del Estado como de la Iglesia. Desde el púlpito, se ensalzaba a las amas de casa como «ángeles del hogar» y «heroínas de la patria».
Juntos, Franco y la Iglesia construyeron el consenso para las restricciones sociales, incluyendo la ilegalización o criminalización del aborto, la anticoncepción, el divorcio, el trabajo de las mujeres y otros derechos de las mujeres, además de tolerar incluso el uxoricidio, o el asesinato de esposas, por sus supuestas transgresiones sexuales.
Algunos estudiosos sostienen que la derogación de los derechos reproductivos de las mujeres es el primer paso para alejarse de una sociedad plenamente democrática. Por esta y otras razones, muchos están preocupados por la reciente revocación de la sentencia Roe versus Wade por parte del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.
La tendencia #tradwife (esposa tradicional) en las redes sociales implica que las plataformas de extrema derecha se hacen eco de ideologías de estilo franquista de sumisión, restricción, dependencia y dominio masculino blanco. Una de las influencers tradwife más populares de TikTok, por ejemplo, publicó que «no hay mayor vocación para una mujer que ser esposa y madre». También cuestionó a las jóvenes que asisten a la universidad y reprendió, en directo, a las esposas que niegan a sus maridos la intimidad sexual.
Debilitar la economía
En el ámbito económico, Franco aplicó políticas autárquicas, un sistema de comercio limitado diseñado para aislar a España y protegerla de las influencias antiespañolas. Recurrió a aranceles elevados, cuotas estrictas, controles fronterizos y manipulación monetaria, lo que empobreció efectivamente a la nación y enriqueció enormemente a él mismo y a sus compinches.
Estas políticas se aplicaron bajo el lema «¡Arriba España!», y provocaron casi de inmediato más de una década de sufrimiento conocida como «los años del hambre». Se estima que 200.000 españoles murieron a causa del hambre y las enfermedades.
Bajo el lema «America First», el régimen arancelario mutable pero agresivo de Trump, los más de 1.000 millones de dólares que ha acumulado en riqueza personal mientras ocupaba el cargo, junto con sus repetidos intentos de recortar las prestaciones nutricionales en los estados demócratas y las políticas antivacunas de su administración, pueden parecer inconexos. Pero juntos, impulsan una estrategia autárquica que amenaza con debilitar la salud del país.

En España, las víctimas del régimen de Franco siguen siendo exhumadas de fosas comunes (Manu Fernández/AP)
Debilitar la mente
La dictadura de Franco purgó, exilió y reprimió sistemáticamente a la clase intelectual del país. Muchos se vieron obligados a emigrar. Los que se quedaron en el país, como el artista Joan Miró, se vieron obligados a ocultar sus mensajes en símbolos y metáforas para evadir la censura.
Actualmente, en Estados Unidos, los libros prohibidos, las palabras y frases prohibidas y los recortes en la financiación académica y de investigación en todas las disciplinas están provocando que el país sufra una «fuga de cerebros», un éxodo de miembros de las clases altamente educadas y cualificadas de la nación.
Además, Franco unió la Iglesia, el Estado y la educación en uno solo. Movimientos análogos se están registrando en Estados Unidos. El grupo conservador Turning Point USA tiene una división educativa cuyo objetivo es «recuperar» el plan de estudios de primaria y secundaria con el nacionalismo cristiano blanco.
La legislación en curso que obliga a las aulas públicas a exhibir los Diez Mandamientos viola de manera similar las garantías de libertad religiosa ratificadas en la Constitución.
Trazando comparaciones
Trump ha expresado con frecuencia su admiración por los dictadores contemporáneos y la semana pasada declaró que «a veces se necesita un dictador».
Es cierto que sus tácticas no reflejan perfectamente el franquismo ni ningún otro régimen fascista del pasado. Pero el trabajo de la académica especializada en derechos civiles Michelle Alexander nos recuerda que los sistemas de control no desaparecen. Se transforman, evolucionan y se adaptan para colarse en contextos modernos de formas menos detectables. Así es como veo el fascismo.
Consideremos algunas de las actividades recientes en Minneapolis y preguntémonos cómo se describirían si tuvieran lugar en cualquier otro país.
Individuos enmascarados no identificados en coches sin distintivos entran por la fuerza en viviendas sin órdenes judiciales. Estos agentes matan, disparan y maltratan a personas, a veces mientras están esposadas. Lanzan gases lacrimógenos sobre manifestantes pacíficos, agreden y matan a observadores legales y lanzan granadas aturdidoras contra transeúntes. Están haciendo desaparecer a personas de color, entre ellas cuatro nativos americanos y una niña de tan sólo dos años, y los envían a centros de detención donde ahora son frecuentes las denuncias de abusos, negligencia, agresiones sexuales e incluso homicidios.
Los funcionarios del Gobierno han difundido narrativas engañosas o, lo que es peor, han mentido sobre las acciones de la Administración.
A raíz de la reacción pública y política tras el asesinato de Alex Pretti, Trump señaló que reduciría las operaciones de control de la inmigración en Minneapolis, pero luego dio un giro y el secretario de Defensa, Pete Hegseth, autorizó el uso de una antigua base militar cerca de St. Paul, lo que sugiere una posible escalada, en lugar de una distensión. Decir una cosa y hacer lo contrario es un truco fascista clásico sobre el que se ha advertido tanto en la historia como en la literatura.
El mundo ya ha visto estas tácticas antes. La historia muestra el precedente y luego nos presenta el mal final. Comparar el franquismo del pasado con el trumpismo del presente conecta el pasado con el presente y nos advierte de lo que podría estar por venir.
Foto de portada: Miembros del grupo neonazi Hogar Social Madrid (Isabel Permuy).