La élite criminal expuesta en los archivos Epstein está ocultando la verdad

Jonathan Cook, Middle East Eye, 5 febrero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net

Si les cuesta lidiar con la incesante presión de comunicarse en un mundo cada vez más conectado, piensen en el serial del difunto pedófilo Jeffrey Epstein.

La avalancha de tres millones de documentos publicados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos durante el fin de semana confirma que Epstein dedicó una cantidad desmesurada de tiempo a comunicarse con la enorme red de conocidos poderosos que había llegado a desarrollar.

Tan sólo enviar correos electrónicos parece haber sido casi un trabajo de tiempo completo para él, y en realidad lo fue.

La atención personalizada que dedicó a multimillonarios, miembros de la realeza, líderes políticos, estadistas, celebridades, académicos y élites mediáticas fue la forma en que se mantuvo en el centro de esta vasta red de poder.

Su agenda de contactos era un quién es quién de aquellos que moldean nuestra idea de cómo debería gobernarse el mundo. Pero también fue crucial para atraer a algunas de estas mismas figuras poderosas a su círculo más íntimo, a un mundo de grupos privados depravados y explotadores en Nueva York y su isla caribeña.

Al parecer, hay otros tres millones de documentos aún retenidos. Su contenido, debemos suponer, es aún más condenatorio para la élite global cultivada por Epstein.

Cuantos más documentos salen a la luz, más se perfila la imagen de cómo Epstein se protegió de las consecuencias de su propia depravación gracias a esta red de aliados que, o bien consintieron en sus delitos, o bien participaron activamente en ellos.

El modus operandi de Epstein se parecía sospechosamente al de un jefe mafioso, que exige que los iniciados participen en un golpe antes de convertirse en miembros de pleno derecho de la mafia. La complicidad es la forma más segura de garantizar una conspiración de silencio.

Red de poder

No se trata sólo de que el difunto pedófilo financiero se escondiera a plena vista durante décadas. Su red de amigos y conocidos se escondía con él, asumiendo todos que eran intocables.

Su abuso de mujeres jóvenes y niñas no fue sólo un delito personal. Después de todo, ¿para quién estaban él y su proxeneta, Ghislaine Maxwell, llevando a cabo todo este tráfico sexual?

Precisamente por eso, muchos de los millones de documentos publicados han sido cuidadosamente censurados, no para proteger principalmente a sus víctimas, que al parecer son identificadas con demasiada frecuencia, sino para proteger a los círculos depredadores a los que servía.

Lo destacable de la última tanda de archivos de Epstein es lo sugestivos que son de una cosmovisión asociada con los “teóricos de la conspiración”. Epstein estaba en el centro de una red global de figuras poderosas de ambos lados de una supuesta —pero en realidad, en gran medida performativa— división política entre la izquierda y la derecha.

El pegamento que parece haber unido a muchas de estas figuras fue su trato abusivo a mujeres jóvenes y niñas vulnerables.

De igual manera, las fotos de hombres ricos con mujeres jóvenes sugieren que Epstein acumuló, formal o informalmente, kompromat (pruebas incriminatorias) que presumiblemente le sirvieron como posible dominio sobre ellas.

Al más puro estilo masónico, su círculo de iguales parece haberse protegido mutuamente. El propio Epstein sin duda se benefició de un trato muy preferencial en Florida en 2008. Terminó encarcelado por sólo dos cargos de prostitución —el menos grave entre una serie de cargos de tráfico sexual— y cumplió una corta condena, gran parte de ella en libertad condicional.

Y el misterio de cómo Epstein, un contable glorificado, financió su estilo de vida increíblemente lujoso —cuando su agenda parece haber estado dominada por el correo electrónico, las tareas domésticas y la organización de fiestas sexuales— se vuelve un poco menos misterioso con cada nueva revelación.

Su trato con los superricos y sus secuaces, y las invitaciones para ir a su isla a pasar tiempo con mujeres jóvenes, todo recuerda a la tradicional trampa de seducción empleada por las agencias de espionaje. Lo más probable es que Epstein no estuviera financiando todo esto él mismo.

Las huellas de Israel

Esto no debería sorprendernos. Una vez más, las huellas de los servicios de inteligencia, en particular las de Israel, se encuentran en la última filtración de archivos. Pero las pistas ya estaban ahí desde mucho antes.

Por supuesto, existía su insólito vínculo íntimo con Maxwell, cuyo padre, un magnate de los medios, quedó expuesto como agente israelí tras su muerte. Y el mejor amigo de Epstein durante mucho tiempo, Ehud Barak, exjefe de la inteligencia militar israelí que posteriormente ejerció de primer ministro, debería haber sido otra señal de alerta.

Esa asociación ocupó un lugar destacado en una serie de artículos publicados por Drop Site News el otoño pasado, a partir de una publicación anterior de los archivos de Epstein. Estos mostraban a Epstein ayudando a Israel a negociar acuerdos de seguridad con países como Mongolia, Costa de Marfil y Rusia.

Un oficial de la inteligencia militar israelí en activo, Yoni Koren, fue huésped recurrente del apartamento de Epstein en Manhattan entre 2013 y 2015. Un correo electrónico también muestra a Barak pidiéndole a Epstein que transfiriera fondos a la cuenta de Koren.

Pero la última publicación ofrece pistas adicionales. Un documento desclasificado del FBI cita a una fuente confidencial que afirma que Epstein estaba muy “cerca” de Barak y que “se entrenó como espía bajo su mando”.

En un intercambio de correos electrónicos entre ambos en 2018, antes de una reunión con un fondo de inversión catarí, Epstein le pide a Barak que disipe las posibles preocupaciones sobre su relación: “Deberías dejar claro que no trabajo para el Mossad.)”.

Y en un audio recién publicado y sin fecha, Epstein aconseja a Barak que investigue más sobre la firma estadounidense de análisis de datos Palantir y que conozca a su fundador, Peter Thiel. En 2024, Israel firmó un acuerdo con Palantir para obtener servicios de inteligencia artificial que ayudarían al ejército israelí a seleccionar objetivos en Gaza.

Como era de esperar, estas revelaciones apenas están teniendo eco en los medios de comunicación tradicionales, los mismos medios cuyos multimillonarios propietarios y entregados editores cortejaron a Epstein en su día.

En cambio, los medios parecen estar mucho más absortos en pistas menos convincentes que sugieren que Epstein también podría haber tenido conexiones con los servicios de seguridad rusos.

Pacto fáustico

Hay una razón por la que la demanda de los archivos de Epstein ha sido tan clamorosa que incluso el presidente estadounidense Donald Trump tuvo que ceder, a pesar de las vergonzosas revelaciones que también le afectaron. Gran parte de lo que vemos en nuestra política, cada vez más degradada y corrupta, parece desafiar cualquier explicación racional, y mucho menos moral.

Las élites occidentales llevan dos años conspirando activamente en la masacre de Gaza —ampliamente identificada por los expertos como genocidio— y luego etiquetando cualquier oposición como antisemitismo o terrorismo.

Esas mismas élites se quedan de brazos cruzados mientras el planeta arde, negándose a renunciar a su enriquecedora adicción a los combustibles fósiles, incluso cuando una encuesta tras otra muestran que las temperaturas globales suben sin cesar hasta el punto de que el colapso climático es inevitable.

Una serie de guerras de agresión occidentales, imprudentes e ilegales, en Oriente Medio, así como la prolongada incitación de la OTAN a Rusia para que invada Ucrania, no sólo han desestabilizado el mundo, sino que corren el riesgo de provocar una conflagración nuclear.

Y a pesar de las advertencias de los expertos, la inteligencia artificial se está implementando apresuradamente sin apenas pensar en los impredecibles y probablemente masivos costes para nuestras sociedades, desde la destrucción de gran parte del mercado laboral hasta la alteración de nuestra capacidad para evaluar la verdad.

Los archivos de Epstein ofrecen una respuesta. Lo que parece una conspiración, sugieren, es efectivamente una conspiración impulsada por la avaricia. Lo que siempre hemos tenido ante nuestros ojos podría ser cierto: para ser aceptado en la pequeña élite del poder de Occidente hay que pagar un alto precio, e implica dejar de lado cualquier sentido de moralidad. Requiere descartar la empatía hacia cualquiera que no pertenezca al grupo.

Tal vez una élite desalmada y carnívora a cargo de nuestras sociedades sea menos caricaturesca de lo que parece. Quizás los archivos de Epstein tengan tanto impacto en nuestra imaginación porque nos enseñan una lección que ya sabíamos, confirmando una historia con moraleja que precede incluso al canon literario occidental.

Hace más de 400 años, el escritor inglés Christopher Marlowe, contemporáneo de William Shakespeare, se inspiró en cuentos populares alemanes para escribir su obra Doctor Fausto sobre un erudito que, a través de Mefistófeles, acepta vender su alma al diablo a cambio de poderes mágicos.

Así nació el pacto fáustico, mediado por la figura de Mefistófeles, similar a la de Epstein. El gran escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe retomaría este relato 200 años después en su obra maestra en dos partes: Fausto.

Lógica degenerada

Sin embargo, quizá no sea sorprendente que el ruido mediático sobre los archivos de Epstein esté sirviendo principalmente para acallar una historia más veraz que lucha por emerger.

La misma élite que una vez valoró a Epstein como su maestro de ceremonias intenta ahora desviar nuestra atención de su complicidad en sus delitos para dirigirla hacia unos pocos individuos selectos, en particular en el Reino Unido: Andrew Mountbatten-Windsor y Peter Mandelson.

Es difícil considerar a esta pareja como chivos expiatorios. No obstante, cumplen el mismo propósito: saciar el creciente apetito del público por el castigo.

Mientras tanto, el resto de su círculo o bien niega las sólidas pruebas de su amistad con Epstein o, si se les acorrala, se disculpan rápidamente por un breve lapsus de juicio, antes de correr a esconderse.

Se trata de un cálculo erróneo. Los archivos de Epstein no sólo nos muestran las decisiones oscuras de unos pocos individuos poderosos. Más importante aún es que ponen de relieve la lógica degenerada de las estructuras de poder que hay detrás de estos individuos.

Las poderosas figuras que tomaron el Lolita Express de Epstein para ir a su isla; que recibieron “masajes” de mujeres y niñas jóvenes víctimas de trata; y que bromeaban despreocupadamente sobre los abusos que sufrían esas jóvenes, son las mismas personas que ayudaron discretamente a Israel a cometer una matanza masiva en Gaza y, en algunos casos, defendieron con vehemencia su derecho a hacerlo.

¿Nos sorprende que quienes no expresaron ni un ápice de oposición al asesinato y la mutilación de decenas de miles de niños palestinos, y a la hambruna de cientos de miles más, fueran quienes también consintieron los rituales de abuso contra niñas, o los toleraron, mucho más cerca de casa?

Estas son las personas que exigían a cualquiera que aspirara a alzar la voz en defensa de los niños de Gaza que dedicara su tiempo a condenar a Hamás. Estas son las personas que intentaron a toda costa desacreditar el creciente número de muertes infantiles atribuyéndolas al “Ministerio de Sanidad de Gaza, dirigido por Hamás”.

Estas son las personas que negaron que Israel atacara los tan necesarios hospitales para tratar a los niños heridos y enfermos de Gaza, e ignoraron la hambruna masiva que Israel inflige a toda la población. Y estas son las personas que ahora fingen que el continuado asesinato y tortura de los niños de Gaza por parte de Israel equivale a un “plan de paz”.

Neoliberalismo y sionismo

Dejemos a un lado, de momento, su pedofilia. Epstein fue la personificación definitiva de las dos ideologías corruptas del neoliberalismo y el sionismo que dominan las sociedades occidentales. Esa es razón suficiente para que sobresaliera durante tanto tiempo en sus altas esferas.

El destino final de esas ideologías iba a conducir siempre a un genocidio en Gaza y, en los próximos años o décadas, a menos que se detenga, a un holocausto nuclear o al colapso climático a escala planetaria.

Epstein podría servir de advertencia saludable de lo que está tan profundamente mal en la cultura política y financiera de Occidente. Pero la llamada de atención que representa se está viendo ahora tan atenuada en su ausencia como lo estaba en vida.

El neoliberalismo es la búsqueda del dinero y el poder por sí mismo, desvinculado de cualquier propósito superior o bien social. Durante el último medio siglo, se ha alentado a las sociedades occidentales a venerar a la clase multimillonaria —pronto billonaria— como el símbolo supremo del crecimiento económico y el progreso, en lugar del indicador definitivo de un sistema que se ha podrido desde dentro.

Como era de esperar, los superricos y sus seguidores se han sentido atraídos por los defensores del “largoplacismo”, un movimiento que justifica las graves desigualdades e injusticias actuales del mundo y se resigna a un apocalipsis climático y ambiental inminente a medida que se agotan los recursos del planeta.

El largoplacismo argumenta que la salvación de la humanidad no reside en reorganizar nuestras sociedades política y económicamente en el aquí y ahora, sino en intensificar esas desigualdades para lograr el éxito a largo plazo mediante una clase de Übermensch nietzscheanos, o seres superiores.

Una pequeña élite financiera necesita libertad absoluta para amasar más riqueza en busca de soluciones —mediante innovaciones tecnológicas, por supuesto— que permitan superar las dificultades de sobrevivir en nuestro frágil planeta. El resto de nosotros somos un impedimento para que los superricos puedan encontrar un rumbo hacia la seguridad.

Los hombres, mujeres y niños normales y corrientes deben quedarse en el barco que se hunde, mientras los multimillonarios requisan los botes salvavidas. En palabras de uno de los gurús del largoplacismo, Nick Bostrom, filósofo de la Universidad de Oxford, lo que nos espera es “una masacre gigantesca para el hombre, un pequeño paso en falso para la humanidad”.

Tomando prestado un término de los videojuegos, los miembros de la élite neoliberal nos ven al resto como personajes no jugadores o como personajes de relleno generados en un juego para servir de fondo a los jugadores reales. Visto desde esta perspectiva más amplia, ¿qué importa si los niños sufren, ya sea en Gaza o en las mansiones de un multimillonario?

Sin excepciones morales

Si esto se parece mucho al colonialismo tradicional de la “carga del hombre blanco”, actualizado para una supuesta era poscolonial, es porque lo es. Esto ayuda a explicar por qué el neoliberalismo se complementa tan bien con otra ideología colonial depravada: el sionismo.

El sionismo ganó cada vez más legitimidad tras la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que conservó con descaro durante la posguerra la misma lógica depravada de los nacionalismos étnicos europeos que habían culminado anteriormente en el nazismo.

Israel, el hijo bastardo del sionismo, no sólo reflejó la supremacía aria, sino que hizo respetable su propia versión: la supremacía judía. El sionismo, al igual que otros nacionalismos étnicos repugnantes, exige la unidad tribal contra el Otro, valora el militarismo por encima de todo y busca constantemente la expansión territorial, o Lebemsraum.

¿Sorprende acaso que fuera Israel quien, durante muchas décadas, revirtiera los avances de un sistema jurídico internacional creado precisamente para evitar que se repitieran los horrores de la Segunda Guerra Mundial?

¿Sorprende acaso que fuera Israel quien perpetrara un genocidio a la vista del mundo, y que Occidente no sólo no lo detuviera, sino que participara activamente en la matanza masiva?

¿Sorprende acaso que, a medida que a Israel le ha resultado más difícil ocultar la naturaleza criminal de su empresa, Occidente se haya vuelto más represivo y autoritario a la hora de aplastar la oposición a su proyecto?

¿Sorprende acaso que los sistemas de armas, las innovaciones en materia de vigilancia y los mecanismos de control demográfico que Israel ha desarrollado y perfeccionado para utilizarlos contra los palestinos lo conviertan en un aliado tan preciado para la clase multimillonaria occidental que busca utilizar las mismas innovaciones tecnológicas en su propio país?

Por eso, el ministro del Interior del Gobierno británico, que apoyó con fuerza el genocidio en Gaza y calificó la oposición al mismo como terrorismo, quiere ahora revivir la idea del siglo XVIII de la prisión panóptica, una forma de encarcelamiento que todo lo ve, pero en una versión de inteligencia artificial. En palabras de Shabana Mahmood, su panóptico garantizaría que “los ojos del Estado puedan estar sobre ti en todo momento”.

Hace casi dos décadas, quedó claro que Jeffrey Epstein era un depredador. En los últimos años, se ha vuelto imposible mantener la idea de que era un caso moral atípico. Él destiló y canalizó, a través de formas depravadas de gratificación sexual, una cultura corrupta más amplia que cree que las reglas no se aplican a las personas especiales, a los elegidos, a los Übermensch.

Un puñado de sus aliados más desechables serán sacrificados para satisfacer nuestra sed de rendición de cuentas. Pero no se dejen engañar: la cultura Epstein sigue vigente.

Foto de portada: Un manifestante sostiene una pancarta exigiendo la publicación de todos los archivos relacionados con el pedófilo Jeffrey Epstein en Washington, D.C., el 18 de noviembre de 2025. (Roberto Schmidt/Getty Images/AFP)

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