Trump le sirve el almuerzo a Pekín

John Feffer, Foreign Policy in Focus, 4 febrero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


John Feffer es autor de la novela distópica Splinterlands y director de Foreign Policy In Focus en el Institute for Policy Studies. Frostlands, original de Dispatch Books, es el segundo volumen de su serie Splinterlands, y la última novela de la trilogía es Songlands. Ha escrito asimismo Right Across the World: The Global Networking of the Far-Right and the Left Response.

China lleva un cuarto de siglo pisándole los talones a Estados Unidos. Según algunos indicadores, el tamaño de la economía china superó al de Estados Unidos hace aproximadamente una década. China tiene un enorme superávit comercial gracias a que es el principal socio comercial de 145 países (aproximadamente el 70% del mundo). Aunque el ejército estadounidense sigue siendo dominante a nivel mundial, gracias a unos gastos extraordinarios y a la investigación subvencionada por el Estado, el poderío militar de China ha ido creciendo y ahora supera al de Estados Unidos en algunos ámbitos, como el tamaño de la marina.

A nivel social, China deja en evidencia a Estados Unidos en cuanto al nivel de transporte público, puentes, túneles y otros servicios. La conectividad a Internet de alta velocidad de China es mucho mayor que la de Estados Unidos. Ocho de las diez mejores universidades del mundo, según su producción científica, son chinas.

Y no se trata sólo de Pekín o Shanghái. Dan Wang, analista tecnológico canadiense, escribe sobre su visita a la provincia de Guizhou: «Me sorprendió ver que la cuarta provincia más pobre de China tenía unos niveles de infraestructura mucho mejores que los que se pueden encontrar en lugares mucho más ricos de Estados Unidos, como el estado de Nueva York o California».

China ha estado también invirtiendo mucho en poder blando, pasando de una octava posición bastante modesta en 2020 en el Índice Global de Poder Blando al segundo puesto en 2025. Si no han visto la película Nhe Zha 2, ni han jugado al videojuego Black Myth: Wukong, ni han comprado un Labubu, entonces no han experimentado la influencia china. Pero está captando la imaginación de tus amigos y tus hijos.

China posee una cualidad por encima de todas las demás que la ha situado en esta trayectoria ascendente. Es coherente, o al menos lo ha sido desde la década de 1990 y tras las protestas de la plaza de Tiananmen. Con la ventaja de la planificación económica y una determinación implacable para reprimir a la oposición política, el Partido Comunista Chino ha llevado al país de las vicisitudes salvajes de la era de Mao al equilibrio predecible de la era actual.

La planificación, la previsibilidad y la expansión del poder blando, características distintivas del actual gobierno chino, son totalmente opuestas al enfoque político y económico de Donald Trump. Y es por eso que 2025 marcará un punto de inflexión en el poder relativo de ambos países.

China no sólo se está comiendo nuestro almuerzo. La administración Trump está preparando la comida y entregándosela en bandeja de plata a Pekín.

Trump le amputa la nariz a EE. UU.

Si los chinos hubieran logrado instalar a un verdadero candidato manchú en la Casa Blanca, no podría haberlo hecho mejor que Donald Trump.

Lo primero que hizo Trump fue eliminar el poder blando de Estados Unidos. Redujo a cero la ayuda humanitaria estadounidense, lo que ha provocado hasta ahora la muerte de cientos de miles de personas. Redujo los mensajes positivos sobre Estados Unidos, como las emisiones de radio a través de Voice of America, y retiró la financiación a programas científicos y artísticos que mostraban el talento estadounidense en el extranjero y fomentaban la colaboración con sus homólogos estadounidenses.

A continuación, hizo que fuera muy difícil venir a Estados Unidos. La administración suspendió la tramitación de visados de inmigrante para 75 países. Aumentó el coste del visado de trabajo H-1B de unos dos mil dólares a 100.000 dólares. Y olvídense de conseguir el estatuto de refugiado a menos que sean un sudafricano blanco.

Con una serie de aranceles punitivos, Trump ha empujado a los países a diversificar su cartera comercial. Se ha vuelto más caro vender productos en el mercado estadounidense, por lo que los países están buscando otros compradores. Al politizar los aranceles, condicionándolos, por ejemplo, a la aceptación de las políticas de la administración en materia de deportación, la administración ha alejado aún más a sus aliados. La absoluta imprevisibilidad asociada a la política económica estadounidense —los aranceles de Trump, la «cobardía» de Trump— ha añadido más tensión a las relaciones comerciales, que requieren al menos de un mínimo de estabilidad.

Por último, está la despreocupada repulsa de Trump por el derecho internacional. Sus amenazas de apoderarse de Groenlandia, por la fuerza militar si fuera necesario, fueron la gota que colmó el vaso para muchos gobiernos. Si Trump estaba dispuesto a entrar en guerra con los aliados de la OTAN, no se podía confiar en Estados Unidos para nada. Europa está alentando su capacidad militar independiente. Lo mismo ocurre con Japón y Corea del Sur. Ya nadie confía en Estados Unidos.

Toda esta imprevisibilidad ha tenido su efecto en el dólar estadounidense, cuyo valor se ha desplomado. Los enormes déficits presupuestarios del Gobierno, que contribuyen a una deuda global masiva, agravan el problema. Pero el «factor Trump» es el que está impulsando la reciente recesión, como explica David Lynch en The Washington Post:

Pero quizás la clave de la caída del dólar sea el efecto dominó de la errática política del presidente, que incluye paradas y arranques abruptos con aranceles y acciones militares contra una lista cada vez más larga de países. Después de más de un año de agitación incesante procedente de la Casa Blanca, muchos gestores de inversiones extranjeras están agotados.

Incluso los aliados más ecuánimes están hartos de Trump y sus berrinches.

Canadá marca el camino

Mark Carney, el por lo demás recto primer ministro de Canadá, lanzó una advertencia a Estados Unidos en el Foro Económico Mundial a principios de este mes.

«Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa, que los más fuertes se eximían cuando les convenía, que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica», dijo a la audiencia en Davos. «Participamos en los rituales y, en gran medida, evitamos señalar las diferencias entre la retórica y la realidad. Este acuerdo ya no funciona. Seré directo. Nos encontramos en medio de una ruptura, no de una transición».

Canadá, al igual que muchos países, no se queda de brazos cruzados viendo cómo se produce la ruptura.

Al visitar China justo antes de la reunión de Davos, Carney dejó claro que existen otras opciones menos estresantes. El acuerdo comercial —Canadá reduce los aranceles para unos 50.000 vehículos eléctricos chinos y China reduce los aranceles sobre la colza— es relativamente modesto en cuanto a su tamaño. Pero su importancia es enorme. Estados Unidos ha realizado un esfuerzo bipartidista para mantener los coches eléctricos chinos fuera de Norteamérica. La administración Trump estaba haciendo ruido sobre el uso del Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá —el sucesor del TLCAN— para cerrar filas contra China. La visita de Carney a Pekín supuso, en la práctica, un corte de mangas a Washington.

No se trata sólo de comercio. En diciembre, Canadá se unió al programa Acción de Seguridad para Europa (SAFE, por sus siglas en inglés) de la Unión Europea, una iniciativa para reorientar el gasto militar y reducir la dependencia de los contratistas estadounidenses. Carney afirmó que la participación en SAFE proporcionaría a las empresas de defensa canadienses «enormes oportunidades» en un «mundo peligroso y dividido». Normalmente, una frase así podría referirse a la rivalidad entre Estados Unidos y Rusia o entre Estados Unidos y China. Pero Carney también tenía en mente la frontera que separa Canadá de Estados Unidos.

El dilema del prisionero

Te han detenido junto con dos amigos tuyos. Los tres estáis recluidos en celdas separadas. El agente de policía te visita en tu celda y te ofrece un trato. Si delatas a tus dos amigos, serán indulgentes contigo.

Estás cansado y asustado. Pero tienes la suficiente presencia de ánimo como para saber que esta situación se está repitiendo en las otras dos celdas.

Entonces, ¿qué haces? Si los tres os negáis a llegar a un acuerdo con las autoridades, hay muchas posibilidades de que salgáis libres. Pero no puedes llamar a tus amigos para saber qué piensan. Tienes que tomar una decisión a ciegas.

Este es el «dilema del prisionero». La administración Trump está, en la práctica, manteniendo al mundo como rehén con sus erráticas políticas comerciales y de seguridad. Hasta ahora, cada país ha decidido llegar a acuerdos con Trump por miedo a terminar castigado.

Pero los países no son prisioneros encerrados en celdas sin capacidad para comunicarse entre sí. Carney ha declarado públicamente que hay otras opciones para las potencias medias. En respuesta a sus amenazas de apoderarse de Groenlandia, los líderes europeos amenazaron con tomar represalias. Incluso la extrema derecha europea, anteriormente gran admiradora de Trump, se ha dado cuenta de que el presidente estadounidense es un gran lastre, dada su impopularidad generalizada en todo el espectro político europeo.

Lo que falta hasta ahora es una respuesta colectiva decidida a la administración Trump. China está aprovechando discretamente todas las oportunidades que Trump le brinda. Canadá y la Unión Europea están coordinando cada vez más sus políticas económicas y de seguridad. Otros países están diversificando sus carteras para reducir su dependencia de las decisiones comerciales y financieras de Estados Unidos.

No hay suficiente terreno común entre estos diversos actores para crear un bloque anti-Trump. Pero podrían formar una alianza en defensa de, al menos, un mínimo cumplimiento del derecho internacional. Eso podría salvar algunas de las partes esenciales del orden basado en normas en lo que respecta a cuestiones como la soberanía, la seguridad marítima e incluso algunos derechos humanos básicos.

La solución óptima al dilema del prisionero, después de una ronda, es la egoísta: llegar a un acuerdo y olvidarse de los amigos. Pero si se lleva a cabo una simulación de varias rondas, los argumentos a favor de la cooperación y la solidaridad entre los «prisioneros» van ganando fuerza.

Trump, el matón, ha logrado hasta ahora imponer con éxito su estrategia de «ajuste de cuentas». Sólo ahora, cuando el mundo se encamina hacia más rondas de compromiso con unos Estados Unidos erráticos, los países han comenzado a explorar otras estrategias más útiles. China se ha autoproclamado como el socio más responsable, y es un argumento convincente. Mientras tanto, Pekín sigue disfrutando de los almuerzos que Trump le sirve a diario.

Foto de portada: El presidente chino, Xi Jinping, y el primer ministro canadiense, Mark Carney, se reúnen en el Gran Salón del Pueblo el 16 de enero de 2026 en Pekín. (Foto de Vincent Thian – Pool/Getty Images)

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