Hannah Wallace, Middle East Eye, 7 febrero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Hannah Wallace es una periodista afincada en Londres que ha escrito para The New Arab, Qantara, DeFacto y Asharq Al Awsat, entre otros. Hannah tiene un máster en Política de Oriente Medio por la SOAS.
Idlib – El año pasado, mientras jugaba en un campo abierto con sus hermanos menores cerca de su casa en el noroeste de Siria, Mohamad, de 10 años, vio lo que parecía ser un juguete medio enterrado y comenzó a extraerlo.
Pero entonces se activó una mina antipersonal. La explosión arrasó con el grupo e hirió gravemente a Mohamad, junto con Abdul, de ocho años, y Azam, de cinco. Un enorme cráter sigue marcando el lugar en Jan Shayjun, una ciudad de la provincia de Idlib.
Al llegar al lugar, la Defensa Civil Siria, también conocida como los Cascos Blancos, recogió a los niños y los trasladó rápidamente al hospital más cercano, a 15 km de distancia, donde los cirujanos lucharon por salvarles la vida.
Abdul y Azam perdieron la pierna derecha y ahora tienen la izquierda sujeta con una estructura metálica. Azam también perdió la vista en un ojo. Mohamad murió a causa de sus heridas unas semanas más tarde.
Después de cinco años viviendo en un campamento de desplazados internos cerca de la frontera turca, la familia de los niños había regresado a su hogar unos meses antes, tras el derrocamiento en diciembre de 2024 del presidente Bashar al-Asad, que llevaba mucho tiempo en el poder.
Alrededor de 2,6 millones de sirios han regresado a sus hogares en los últimos 14 meses, muchos de ellos a ciudades y pueblos situados en antiguas zonas de combate, donde las minas terrestres ocultas y los artefactos explosivos sin detonar suponen un riesgo constante y mortal. Según la organización humanitaria Humanity and Inclusion, quince años después del inicio de la guerra civil, siguen esparcidos por Siria hasta 300.000 artefactos explosivos aún activos.
«Creíamos que por fin era seguro», declaró Mustafa al-Azraq, el padre de los niños, a Middle East Eye. «Si hubiéramos sabido que había minas terrestres por todas partes, nunca habríamos regresado».
Secuelas de la guerra
En toda Siria se producen incidentes similares casi a diario, ya que innumerables familias intentan reconstruir sus vidas en un paisaje devastado por la guerra.
Según la Organización Internacional para la Seguridad de las ONG (INSO, por sus siglas en ingle´s), más de 1.600 personas, entre ellas muchos niños, han muerto o resultado mutiladas por minas y municiones desde la caída de Asad.
Idlib sigue siendo una de las zonas más contaminadas. Antiguamente un cruce de caminos estratégico, ha sido testigo de algunos de los enfrentamientos más encarnizados entre las fuerzas gubernamentales y los grupos de la oposición.
En 2019, cuando las tropas gubernamentales, respaldadas por el apoyo aéreo ruso, lanzaron una gran ofensiva en Jan Shayjun, un misil alcanzó la casa de Mustafa y mató a su hijo de 18 meses.
A lo largo de la guerra, las fuerzas de Asad colocaron minas antipersonales y antitanque alrededor de sus posiciones y, al retirarse, colocaron artefactos explosivos improvisados y trampas explosivas en casas, vehículos y edificios públicos. Los grupos rebeldes también dejaron tras de sí un rastro de artefactos mortíferos.

Miembros de la ONG Halo Trust retirando minas de un campo en la localidad de Musibin, en la provincia siria de Idlib, el 19 de diciembre de 2024 (AFP).
Años de ataques aéreos y combates terrestres han dejado vastas extensiones de Siria en ruinas. Barrios enteros han quedado arrasados, las tierras de cultivo están devastadas y las infraestructuras básicas han sido destruidas o abandonadas.
En muchos lugares, la línea entre las zonas civiles y las antiguas posiciones militares ha desaparecido casi por completo, dejando explosivos enterrados bajo el suelo, los escombros y los edificios derrumbados, lo que supone un riesgo mortal para la población civil.
Organizaciones benéficas dedicadas al desminado, como Halo Trust, la mayor organización humanitaria de desminado del mundo, han asumido la peligrosa y laboriosa tarea de limpiar el terreno. Esta organización sin ánimo de lucro, que opera en Siria desde 2017, cuenta ahora con 250 personas trabajando por todo el país.
«La magnitud de la tarea es enorme», afirma Paul McCann, director global de comunicaciones del programa de Halo.
Centrándose en un frente de varios cientos de kilómetros que se extiende desde el sur de Idlib hasta el norte de Alepo, el personal de la ONG destruye los artefactos explosivos sin detonar mediante «tareas puntuales», es decir, pequeñas detonaciones controladas. Los hallazgos más comunes son municiones en racimo, junto con proyectiles de artillería, cohetes y granadas.
«Hemos podido aumentar la formación de mujeres y hombres sirios locales para cualificarlos como expertos en desactivación de bombas, gracias al apoyo de donantes internacionales», dijo McCann. «Pero tenemos que hacer mucho más. Cada semana, cuatro o cinco personas mueren o resultan heridas por explosivos en Siria».
«Podríamos haberle salvado la mano»
Las devastadas instalaciones sanitarias de Siria no están preparadas para hacer frente a situaciones de emergencia ni para proporcionar atención especializada a largo plazo a las víctimas de las minas. Más de una década de ataques aéreos destruyó la mayoría de los hospitales y clínicas y provocó un éxodo de profesionales médicos, de los cuales sólo algunos han regresado desde entonces.
En el hospital quirúrgico especializado de Idlib, que atiende a una población de más de 100.00 personas, el personal lucha por hacer frente a un flujo constante de emergencias.
«Cada día es una carrera contra el tiempo y la falta de recursos», afirma Hamed Osman, jefe de enfermería del Hospital Quirúrgico Especializado de Idlib, tras un turno de 14 horas.
De media, cada día llegan cuatro pacientes con heridas causadas por minas terrestres o municiones sin explotar. La mayoría presenta heridas complejas que requieren cirugía inmediata, transfusiones de sangre y atención especializada.
«Uno de nuestros mayores problemas es la falta de medicamentos y de equipo quirúrgico», afirma Osman.
Sin las herramientas y los antibióticos adecuados, las infecciones pueden propagarse rápidamente, lo que deja a los médicos sin otra opción que la amputación. Osman recuerda a un niño de nueve años que ingresó de urgencia en el hospital la semana pasada tras pisar una mina terrestre cerca de su casa.
«Tuvimos que amputarle la mano», explica. «Pero con cierto equipo quirúrgico y un cirujano especializado en manos, podríamos haberla salvado».
Campañas de sensibilización
Para evitar más lesiones y muertes en toda Siria, los grupos de ayuda humanitaria piden que se realicen estudios a gran escala, se lleven a cabo operaciones de desminado y se imparta educación sobre los riesgos de las minas.
La organización sin ánimo de lucro Mines Advisory Group (MAG), con sede en Mánchester, ha ampliado en los últimos meses sus programas de educación sobre los riesgos de las minas en el país, centrándose en las zonas más minadas.
Los equipos de MAG visitan escuelas, hogares y centros comunitarios para enseñar a niños y adultos a reconocer las minas y los artefactos explosivos sin detonar, y cómo evitarlos. MAG, que lleva a cabo amplias operaciones de desminado en Siria, también ha ampliado sus iniciativas de educación digital en los países vecinos del Líbano y Jordania, que acogen a un gran número de refugiados sirios.

Un miembro del Mines Advisory Group imparte una clase de educación sobre los riesgos de los artefactos explosivos a niños en la aldea de Sabakh, en la provincia siria de Raqqa (MAG/MEE).
Mediante campañas en las redes sociales y anuncios online dirigidos a un público específico, la ONG pretende llegar a los sirios desplazados que están pensando en regresar a sus hogares, a menudo a zonas plagadas de minas.
«El riesgo de accidentes mortales es mayor que nunca», afirma Jon Brown, director del MAG. «Cada mensaje que transmitimos tiene el potencial de prevenir una lesión o salvar una vida».
Para millones de sirios que esperan reconstruir sus vidas, el fin de los combates no ha traído consigo la seguridad.
Hasta que no se eliminen las minas terrestres y los artefactos explosivos sin detonar, gran parte del país seguirá siendo letal y prácticamente inhabitable.
Para Mustafa, el sueño de volver a casa se ha vuelto a hacer añicos. Tras la muerte de Mohamad, la familia recogió las pocas pertenencias que tenía y regresó a un abarrotado campo de refugiados en la frontera norte.
«Pensábamos que el fin de la guerra traería seguridad», dijo el padre, «pero nuestra situación, con la muerte de mi hijo, es ahora peor que antes de la caída de Asad».
Foto de portada: Un miembro de la ONG Halo Trust trabaja en la eliminación de minas en un campo de la localidad de Musibin, en la provincia siria de Idlib, el 19 de diciembre de 2024 (AFP).