Jamal Kanj, CounterPunch.org, 9 febrero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Jamal Kanj (jamalkanj.com) es autor de Children of Catastrophe: Journey from a Palestinian Refugee Camp to America (Hijos de la catástrofe: viaje desde un campo de refugiados palestino a Estados Unidos) y otros libros. Escribe con frecuencia sobre temas relacionados con Palestina y el mundo árabe para diversas publicaciones nacionales e internacionales.
Como argumenté en un artículo la semana pasada, la coacción económica nunca es un fin en sí misma, sino el preludio. Cuando las sanciones fracasan, cuando la presión financiera no puede doblegar la realidad para satisfacer las exigencias de Washington de dar prioridad a Israel, el siguiente instrumento es siempre el mismo: la guerra. Estados Unidos ha caído en esta trampa repetidamente, ignorando la lección cada vez, especialmente cuando los intereses de Israel están en el núcleo.
Promocionadas como lucha contra el terrorismo y exportación de la democracia, las intervenciones estadounidenses en Iraq, Siria, Irán, Libia, Yemen y otros lugares no fueron más que guerras por poder libradas para asegurar la supremacía militar regional de Israel, consolidar su ocupación de Palestina y preservar y expandir un sistema de apartheid judío. El resultado era predecible y perverso: proliferación del terrorismo, nuevos dictadores, Estados pulverizados, guerras interminables y una región sumida en un caos artificial y una inestabilidad permanente.
No se trató de fracasos en la ejecución, sino de éxitos en el diseño. Fue la receta precisa de los ideólogos del «ante todo, Israel» en Washington. Guerras que fueron comercializadas por medios de comunicación gestionados por Israel y pagadas con vidas y dinero estadounidenses. Los sionistas partidarios del «ante todo, Israel», en coordinación con agentes israelíes, fabricaron las «armas de engaño masivo», transformando al ejército estadounidense en el brazo armado de Israel, dejando a los soldados estadounidenses abandonados en los pantanos creados por Israel durante más de veinte años, y suma y sigue…
El líder israelí que testificó ante el Congreso en 2002, afirmando que una invasión estadounidense de Iraq tendría «enormes repercusiones positivas», está trabajando duro. La predicción de Benjamin Netanyahu fue parcialmente correcta: fueron «enormes repercusiones (negativas)». Su engaño intencionado supuso un coste enorme para los contribuyentes estadounidenses —3,9 billones de dólares— y la vida de soldados estadounidenses. No obstante, Israel logró destruir a su supuesto enemigo y consiguió lo que quería sin perder la vida de un solo soldado israelí ni un solo centavo.
Los partidarios del «ante todo, Israel» en Washington aún no habían terminado. Irán siempre estuvo en la lista de Netanyahu para la espada de Estados Unidos. Hoy en día, la armada estadounidense que desfila cerca o alrededor de Irán sigue la misma trayectoria de la estrategia del «ante todo, Israel» para arrastrar a Estados Unidos a otra guerra al estilo de Iraq. Al igual que con este país, el objetivo de Netanyahu no es prevenir las armas de destrucción masiva, sino, junto con los sionistas partidarios del «ante todo, Israel» en Estados Unidos, desplegar «armas de engaño masivo» para empujar a Estados Unidos a una nueva guerra extranjera contra Irán.
Sin embargo, para que este plan salga adelante, habría que neutralizar la oposición estadounidense a las guerras en el extranjero, especialmente en la derecha, donde el escepticismo hacia otra aventura en el extranjero había ido ganando terreno. Según Candace Owens, Charlie Kirk recibió un mensaje amenazador apenas 48 horas antes de su asesinato. Kirk había presionado activamente a Trump para que no se involucrara en otra guerra en el extranjero.
La estrategia de los partidarios estadounidenses del «ante todo, Israel» es un monstruo parasitario. Se aferra al poder estadounidense, lo agota para destruir a sus rivales, fracturar a los Estados vecinos y sembrar el caos permanente. Cuanto más débil se vuelve la región, más engorda el parásito, mientras Estados Unidos sigue sangrando. Lo que Estados Unidos pagó en Iraq puede que algún día se recuerde como un mero anticipo en comparación con la devastación que una guerra con Irán infligiría a la región, al orden mundial y al coste interno.
En este sentido, los líderes estadounidenses harían bien en volver a escuchar a los sabios padres fundadores. En su discurso de despedida, George Washington —como si se refiriera a los males actuales del «ante todo, Israel» y del AIPAC— advirtió contra las «conexiones antinaturales» con potencias extranjeras, advirtiendo que un apego excesivo podría nublar el juicio, corromper la independencia y subordinar los intereses de la república a los de otro Estado. Instó a no involucrarse en asuntos extranjeros y advirtió explícitamente sobre la influencia externa que «desvíe la opinión pública» o «influya en los consejos públicos».
Por desgracia, la influencia extranjera da ahora forma a la política estadounidense y a lo que los estadounidenses escuchan y leen en los medios de comunicación. Los multimillonarios judíos y las organizaciones de presión como el AIPAC disciplinan a los políticos influyentes y a los legisladores estadounidenses mediante amenazas de financiación y desafíos en las primarias. Las carreras políticas dependen de la lealtad de los donantes. Criticar a Israel se tacha de antisemita y la disidencia se criminaliza como deslealtad. Periodistas como Candece Own y Tucker Carlson, o incluso Megyn Kelly, que cuestionan acertadamente la influencia irracional de Israel, son tachados de odiosos y antijudíos. En los medios de comunicación gestionados por Israel, la claridad moral se considera traición.
Estados Unidos es posiblemente el único país del mundo que pide prestados cerca de 5.000 millones de dólares cada año, sin contar las asignaciones militares especiales, para regalárselos a un Estado extranjero. Además, en los últimos dos años, Estados Unidos ha dado a Israel más de 25.000 millones de dólares (ayuda anual + ayuda militar adicional). Se trata de fondos que podrían haberse utilizado para evitar recortes en la sanidad o reparar infraestructuras obsoletas por todo Estados Unidos.
Lo anterior es un ejemplo vivo de la «conexión antinatural con cualquier potencia extranjera…» contra la que advirtió George Washington. Hoy en día, esa advertencia parece una profecía.
En 2025, sólo los pagos de intereses de la deuda nacional consumieron una quinta parte de todos los ingresos federales, 970.000 millones de dólares, o el 13,8% del presupuesto total de Estados Unidos. Sin embargo, ambos partidos siguen pidiendo más préstamos, no para reconstruir la economía estadounidense, sino para financiar a Israel y librar guerras contra los enemigos de Israel.
No se trata de cifras abstractas. Son recursos desviados de la mejora de la salud de Estados Unidos y de inversiones productivas, como la ayuda financiera para la educación universitaria, donde el dinero volvería a circular en la economía al aumentar los ingresos, la productividad y las contribuciones fiscales de los futuros trabajadores estadounidenses. Los aranceles no eliminarán la deuda. Las barreras comerciales protegen a las empresas, no a los consumidores. Las sanciones y las guerras debilitan la economía, tensan el dólar y dejan a los estadounidenses de a pie pagando la factura a través de impuestos más altos y precios inflados en las cajas registradoras durante años.
Los imperios caen cuando gastan en exceso, se extienden demasiado y permiten que la corrupción subaste su soberanía a potencias extranjeras, corporaciones y oligarcas. Palestina ha puesto de manifiesto el defecto fatal que se encuentra en el corazón de esta corrupción. Un gobierno que afirma defender el derecho internacional castiga a los jueces que lo aplican. Un Estado que da lecciones sobre derechos humanos criminaliza a quienes documentan los crímenes. Una nación que se jacta de su virtud humanitaria permite que 2,3 millones de personas pasen hambre; un Estado que permite que los extranjeros ricos leales dominen su estructura política pierde su soberanía.
La redención moral de Estados Unidos reside en prestar atención al discurso de despedida de George Washington, volver a aprender las lecciones de la historia, restaurar los valores morales estadounidenses y recuperar una política exterior basada en los intereses del país, no externalizada a los sionistas estadounidenses que anteponen los intereses de Israel y están dispuestos a arrastrar a Estados Unidos a una nueva guerra hecha a medida de Israel.
Imagen de portada de Walter Martin.