El silencio institucionalizado en Afganistán y el coste de la inacción

Nasratullah Taban, Foreign Policy in Focus, 10 febrero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Nasratullah Taban es un periodista independiente que cubre cuestiones relativas a Afganistán y Asia Central, con especial atención a medios de comunicación, extremismo y derechos humanos.

Cuatro años después del regreso de los talibanes al poder, Afganistán experimenta lo que muchos llaman un “gran silenciamiento”. Esto no es sólo resultado de la guerra o de problemas económicos, sino un esfuerzo deliberado de los talibanes por silenciar voces. En la teoría de la comunicación, un grupo se considera “silenciado” cuando quienes ostentan el poder controlan las principales formas de expresión, como el idioma, la legislación y los medios de comunicación. Esto impide que los grupos marginados compartan sus experiencias de forma comprensible para otros.

Para los periodistas, las mujeres y las minorías étnicas afganas, esto no es sólo una teoría; es una realidad cotidiana impuesta por los talibanes. Las calles están tranquilas, no porque haya paz, sino porque los talibanes han creado una cultura del silencio donde hablar puede costarle la vida a alguien.

Afganistán tuvo una vez uno de los panoramas mediáticos más dinámicos del sur y centro de Asia. Cientos de canales de televisión, emisoras de radio, periódicos y plataformas online informaban sobre política, corrupción y problemas sociales. Los periodistas arriesgaban sus vidas para exigir cuentas a los poderosos. Hoy en día, operan menos de 50 medios de comunicación independientes en todo el país, en comparación con los más de 400 de 2021. Human Rights Watch informa que decenas de periodistas han sido amenazados, detenidos arbitrariamente o golpeados sólo en el último año. Las reporteras, que antes eran voces destacadas en las redacciones y en la radio, se han visto obligadas a abandonar su puesto. Muchas periodistas informan que viven con miedo constante, conscientes de que cada artículo podría provocar represalias. En este clima, la verdad misma se ha vuelto peligrosa.

Mujeres y hazaras en el punto de mira

Las mujeres y las niñas han sufrido las pérdidas más dramáticas y visibles bajo el régimen talibán. La UNESCO estima que más de 22 millones de niñas tienen prohibido el acceso a la escuela secundaria y la universidad, lo que revierte décadas de progreso educativo. Muchas nunca volverán a las aulas. A las mujeres se les impide trabajar en la mayoría de los sectores, deben viajar con tutores masculinos y son vigiladas constantemente por la policía moral. Se les han cerrado prácticamente los espacios públicos, los lugares de trabajo y las áreas recreativas.

Los observadores describen haber visto desaparecer ante sus ojos a toda una generación de niñas. Las consecuencias se extienden mucho más allá de las aulas. Los hospitales operan sin personal femenino, las empresas pierden colaboradores vitales y las familias luchan por sobrevivir. En Afganistán hoy, la mitad de la población está prácticamente silenciada, incapaz de participar en la construcción de la sociedad que la rodea.

En medio de estas restricciones, la minoría hazara de Afganistán se enfrenta a una crisis silenciosa pero persistente. Los hazaras, que son mayoritariamente musulmanes chiíes, han sufrido discriminación desde hace mucho tiempo. Bajo el régimen talibán, se han intensificado los desalojos forzosos, la confiscación de tierras y los ataques selectivos. Los informes documentan ejecuciones extrajudiciales, tortura e intimidación contra civiles hazara. Las mujeres hazara son particularmente vulnerables y sufren opresión tanto por su género como por su etnia. Muchas viven bajo un miedo constante, con escasa protección del Estado. A nivel internacional, su difícil situación es a menudo ignorada, pero refleja un ataque sistemático contra una población minoritaria y la fragilidad de los derechos bajo el régimen talibán.

Los talibanes gobiernan sin elecciones, tribunales independientes ni partidos políticos. Las leyes se promulgan por decreto, las detenciones arbitrarias son rutinarias y las protestas pacíficas son violentamente reprimidas. Periodistas, activistas y ciudadanos comunes viven con miedo, sopesando cada palabra, cada publicación en redes sociales y cada gesto público ante la posibilidad de represalias. La falta de rendición de cuentas ha creado una cultura de impunidad, donde el silencio es a menudo el único medio de supervivencia y la valentía conlleva un gran riesgo personal.

Estado de impunidad y ruina económica

El colapso económico ha agravado estas dificultades. Las sanciones internacionales, combinadas con la reducción de la ayuda exterior, han dejado a millones de personas en riesgo de hambre. Casi la mitad de los hogares afganos dependen de la ayuda humanitaria, y más de 23 millones de personas se enfrentan a la inseguridad alimentaria, incluyendo casi 10 millones al borde de la hambruna, según las Naciones Unidas. Las restricciones al trabajo de las mujeres han reducido aún más los ingresos familiares, mientras que las agencias humanitarias tienen dificultades para entregar la ayuda porque el personal femenino no puede desempeñar muchas funciones esenciales.

Las niñas permanecen ociosas en casa, las escuelas están cerradas y las familias luchan a diario por sobrevivir. El país se enfrenta no sólo a una crisis humanitaria, sino también a una crisis social y generacional, a medida que se desvanecen las oportunidades de aprendizaje, trabajo y libertades básicas.

Cuatro años bajo el régimen talibán han dejado a Afganistán más tranquilo, pero no en paz. Las voces están silenciadas, no ausentes. Organismos jurídicos internacionales, incluida la Corte Penal Internacional, han comenzado a investigar a altos líderes talibanes por crímenes de lesa humanidad, en particular persecución por motivos de género. Sin embargo, la aplicación de la ley sigue siendo difícil. Mientras tanto, los afganos comunes siguen viviendo con miedo y privaciones.

¿Qué puede hacer el mundo?

Si el orden global continúa tratando el silenciamiento de Afganistán como un problema interno afgano en lugar de una violación de las normas internacionales, se corre el riesgo de sentar un precedente de que el apartheid de género y la persecución de minorías son costes aceptables para la estabilidad regional.

Para superar el estancamiento actual, la comunidad internacional debería considerar estos cambios de política:

  • Convertir el apartheid de género en un crimen de lesa humanidad: La ONU y sus Estados miembros deberían respaldar la inclusión del término “apartheid de género” en el borrador de la Convención sobre Crímenes de Lesa Humanidad. Esto crearía las herramientas legales necesarias para responsabilizar a los líderes talibanes por la exclusión de mujeres y niñas, como se describió anteriormente.
  • Establecer un Observatorio Internacional Permanente para los Derechos de las Minorías: Dado que la comunidad hazara ha sido blanco de ataques, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU debería crear un equipo dedicado y bien financiado para rastrear e informar sobre la violencia étnica y las confiscaciones de tierras a medida que se produzcan.
  • Vincular la diplomacia con la libertad de prensa: No se deben llevar a cabo futuras conversaciones diplomáticas ni asistencia técnica a menos que los talibanes restablezcan las licencias de los medios de comunicación independientes y pongan fin a la detención arbitraria de periodistas.
  • Apoyar un “santuario digital” para la educación superior: Los donantes internacionales deberían pasar de la construcción de escuelas físicas a la financiación de plataformas educativas online sólidas y acreditadas, e internet satelital. Esto ayudará a garantizar que el cierre de escuelas por parte de los talibanes no cree una “generación perdida”.

Afganistán es hoy una nación silenciada. A las niñas se les niega la educación, a las mujeres se les impide trabajar y las minorías viven bajo constante amenaza. Para muchos, la esperanza se ha convertido en un acto silencioso y privado, oculto tras puertas cerradas. Pero la gente resiste, sobrevive y espera. Y en su silencio yace un duro recordatorio: cuatro años de gobierno talibán han cambiado Afganistán, y el mundo no puede ignorarlo.

Foto de portada de Shutterstock.

Voces del Mundo

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