Sami Al-Arian, Middle East Eye, 11 febrero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Sami Al-Arian es director del Centro para el Islam y los Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul. Originario de Palestina, vivió en Estados Unidos durante cuatro décadas (1975-2015), donde fue profesor titular, destacado conferenciante y activista de derechos humanos antes de trasladarse a Turquía. Es autor de varios estudios y libros. Contacto: nolandsman1948@gmail.com.
El mundo se ha estado preparando para un posible ataque estadounidense contra Irán desde que la administración Trump lanzó una serie de amenazas y desplegó en la región una “armada” compuesta por docenas de aviones, 12 buques de guerra y el portaaviones USS Abraham Lincoln.
Tras las protestas en Irán, que comenzaron a finales del año pasado y se extendieron por todo el país, el presidente estadounidense, Donald Trump, instó a los manifestantes a “seguir protestando” y “tomar el control” de las instituciones estatales, prometiendo que “la ayuda está en camino”, al tiempo que advertía sobre una posible acción militar estadounidense.
Esta escalada se produjo tras el descarado secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y su esposa durante el Año Nuevo, y las declaraciones de que Estados Unidos “gobernaría” el país y se haría con el control de su petróleo.
A pesar de sus reiteradas afirmaciones de ser un “pacificador”, Trump ha mantenido una política exterior estadounidense cada vez más beligerante, desde bombardear instalaciones nucleares iraníes el pasado junio hasta apoyar la peligrosa política de cambio de régimen del régimen sionista en Irán, incluyendo el asesinato de más de una docena de científicos nucleares iraníes. También ha declarado la soberanía estadounidense sobre Gaza y ha prometido apoderarse de Groenlandia “de una forma u otra”, convirtiéndose en enemigo incluso de sus aliados occidentales.
Las amenazas de Trump han ido acompañadas de la habitual movilización de medios de comunicación y centros de investigación política que sientan las bases para la intervención, generando un flujo constante de análisis destinados a normalizar la violencia militar estadounidense.
Durante décadas, las potencias occidentales se han presentado como observadores neutrales que predicen el colapso inminente de los gobiernos del Sur Global, mientras trabajan activamente para derrocarlos.
Ya fuera Irán y Guatemala en la década de 1950, Chile en 1973 o Iraq en 2003, utilizaron el mismo lenguaje predecible, afirmando con certeza que el régimen se está pudriendo y al borde del colapso.
Hoy, esta retórica se está desplegando una vez más en el período previo a posibles ataques estadounidenses e israelíes contra Irán, con los principales medios de comunicación siguiendo la misma estrategia. Estos argumentos afirman que el gobierno carece de legitimidad y apoyo popular, al tiempo que niegan el papel documentado de fuerzas externas en el fomento de la violencia y la inestabilidad. E ignoran, asimismo, el papel de las medidas coercitivas, como el estrangulamiento económico y las operaciones encubiertas, mientras abogan por ataques militares y cambios de régimen como respuestas a un sistema supuestamente moribundo.
Un ensayo publicado en la edición de enero de 2026 de Foreign Affairs, considerado durante mucho tiempo un referente del consenso en política exterior de Washington, continúa esta estrategia. Bajo la apariencia de un análisis objetivo, busca preparar el terreno para la deshumanización de una sociedad y el eventual desmantelamiento de su gobierno, formando parte de un corpus más amplio de comentarios políticos cuyo objetivo es condicionar al público occidental para que vea el cambio de régimen como el resultado de la decadencia interna y la voluntad popular, en lugar de una intervención externa sostenida.
Por lo tanto, los medios de comunicación y el discurso político funcionan como un pilar de una estrategia más amplia de cambio de régimen dirigida contra Irán, funcionando como una guerra de propaganda junto con la guerra económica, la desestabilización interna y la escalada militar.
Aunque Estados Unidos se ha abstenido, por ahora, de un ataque directo, la estrategia sigue en pleno desarrollo y no puede entenderse sin tener en cuenta la postura de Irán sobre Palestina y su papel central dentro del eje de la resistencia, que desde hace tiempo lo ha llevado a una confrontación directa con los objetivos regionales de Estados Unidos e Israel.
Un largo asedio
Desde 1979, Washington ha aplicado una política de cambio de régimen y desestabilización contra Irán, incluyendo su apoyo a la invasión de Sadam Husein en la década de 1980, durante la cual Estados Unidos proporcionó inteligencia y cobertura política mientras Iraq utilizaba armas químicas.
La Armada estadounidense también derribó el vuelo 655 de Iran Air en 1988, matando a 290 civiles. En 1996, el Congreso aprobó la Ley de Sanciones entre Irán y Libia, lo que profundizó el aislamiento económico de Irán, ya que muchos en Occidente buscaban fomentar la tensión étnica y el separatismo.
En 2006, Washington intensificó la guerra financiera multilateral, separando a Irán de los sistemas bancarios globales. Desde 2009, la inteligencia estadounidense e israelí ha desplegado cibersabotaje mediante el virus Stuxnet y la operación de los Juegos Olímpicos, dañando las instalaciones nucleares iraníes de Natanz y otras. Durante el mismo período, Israel también llevó a cabo una campaña de asesinatos masivos contra científicos nucleares iraníes en todo el país.
En 2018, la administración Trump se retiró del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés), el acuerdo nuclear que Estados Unidos firmó con Irán en 2015, a pesar de que se verificó su cumplimiento por parte de Irán, e impuso sanciones de “máxima presión”.
Durante los cuatro años siguientes, Irán perdió cientos de miles de millones de dólares de ingresos petroleros y acceso a los mercados globales. En enero de 2020, Trump ordenó el asesinato del general Qasim Soleimani en Bagdad, artífice de la estrategia de disuasión regional de Irán.
Pocos Estados en la historia moderna han soportado este nivel de presión sostenida sin colapsar. El hecho de que Irán permanezca políticamente intacto casi 50 años después de su revolución refleja la fortaleza de sus estructuras estatales y su resiliencia frente a las agresiones externas.
Es en este contexto en el que deben entenderse los recientes disturbios en Irán.
Cuatro pilares
El último plan estadounidense-israelí para un cambio de régimen no surgió espontáneamente en respuesta a los acontecimientos sobre el terreno. Fue una estrategia deliberada formulada a finales de 2025, tras una reunión entre el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y Trump en la residencia de este último en Florida.
Según múltiples versiones regionales y occidentales, el plan se basaba en cuatro componentes interrelacionados: intensificación de la guerra económica destinada a debilitar la moneda iraní y explotar los agravios económicos; infiltración de agitadores entrenados en manifestaciones masivas para provocar violencia y una reacción exagerada en materia de seguridad; campaña de propaganda coordinada que presentaba a Irán como ingobernable y el colapso del régimen como inevitable; y posible fase de intervención extranjera directa por parte de Israel y Estados Unidos mediante ataques militares contra el régimen y objetivos de seguridad.
La estrategia fracasó antes de que se implementara el cuarto componente. Las autoridades iraníes arrestaron a miles de agentes e interrumpieron las redes de coordinación externas, en parte mediante el corte del acceso a internet tras, según informes, descubrir decenas de miles de terminales Starlink introducidas de contrabando en el país.
Diversos analistas, entre ellos John Mearsheimer, Scott Ritter y Alastair Crooke, señalaron que las instituciones de seguridad iraníes habían descubierto el plan, posiblemente con la ayuda de Rusia y China, y lo habían neutralizado antes de que lograra el resultado previsto.
El ensayo de Foreign Affairs fue una de las muchas intervenciones que promovieron una visión engañosa de las protestas en Irán, priorizando las dinámicas internas y presentando el colapso como inevitable, mientras que marginaban el papel de la sostenida presión externa.
Durante semanas, esta narrativa se utilizó para sugerir que cualquier posible intervención liderada por Estados Unidos estaría motivada por su preocupación humanitaria por los manifestantes pacíficos.
Ese pretexto ha quedado ya abiertamente descartado.
A medida que las protestas han disminuido, Estados Unidos e Israel han comenzado a articular sus objetivos subyacentes: el programa nuclear iraní, su capacidad de misiles balísticos y su apoyo a los movimientos de resistencia en toda la región, en particular en Yemen, el Líbano y Palestina.
De hecho, el compromiso occidental con Irán nunca ha estado motivado por la preocupación por su pueblo, las dificultades económicas ni la democracia, si tenemos en cuenta ante todo que esos mismos gobiernos han impuesto sanciones que han diezmado la economía y el sistema sanitario del país.
Irán ha expresado desde hace tiempo su disposición a negociar límites al enriquecimiento nuclear, sosteniendo que su programa tiene fines pacíficos. Sin embargo, durante décadas, Israel ha afirmado falsamente que Irán está a punto de desarrollar un arma nuclear. Mientras tanto, el programa de misiles balísticos iraníes ha seguido siendo una línea roja, y Teherán argumenta que sólo se ha utilizado de forma defensiva, incluso en respuesta al ataque no provocado de Israel del pasado junio.
La verdadera razón
Los esfuerzos de Estados Unidos e Israel a favor de un cambio de régimen están, en última instancia, impulsados por la postura de Irán sobre Palestina y su papel central dentro del eje de la resistencia.
Desde principios de la década de 1980, Irán ha sido el único Estado importante de la región que ha situado la resistencia palestina en el centro de su política exterior. Tras la invasión israelí del Líbano en 1982, Irán contribuyó a la formación de Hizbolá, lo que obligó a Israel a retirarse del sur del Líbano en mayo de 2000.
En 2006, Hizbolá derrotó a Israel en una guerra de 33 días, desmintiendo el mito de la invencibilidad militar israelí. Desde principios de la década de 1990, Irán ha apoyado a Hamás y a la Yihad Islámica mientras el proceso de Oslo buscaba marginar la resistencia armada. Irán también contribuyó al sostenimiento de Gaza tras la imposición de un bloqueo devastador por parte de Israel en 2007.
En 2012, la tecnología y los misiles suministrados por Irán llegaron por primera vez a ciudades israelíes desde Gaza. Después de octubre de 2023, cuando el ataque de Hamás fue seguido por una guerra genocida israelí contra Gaza, Irán ha apoyado una estrategia de disuasión regional a través de Hizbolá en el Líbano, los hutíes en Yemen y milicias aliadas en Iraq.
Mientras tanto, Israel y su principal aliado, Estados Unidos, han buscado remodelar Oriente Medio mediante ataques al Líbano, Yemen, Siria y otros escenarios, apuntando tanto a grupos de resistencia como a poblaciones civiles.
No están atacando a Irán porque les preocupen los manifestantes ni la democracia, sino porque obstruye la hegemonía regional de Israel. Si bien gran parte del mundo árabe ha conspirado para marginar la lucha palestina, Irán ha rechazado su eliminación permanente.
Interpretación errónea respecto a Irán
Cuando los observadores occidentales insisten en que Irán gobierna por la fuerza y ha perdido legitimidad, ignoran la sociología política de los Estados revolucionarios y su capacidad para resistir la intervención extranjera y la subversión.
Irán emergió de una revolución popular masiva en 1979 que desmanteló una monarquía instaurada mediante un golpe de Estado respaldado por la CIA en 1953. Posteriormente, libró una guerra de ocho años contra Iraq, respaldada por las potencias occidentales, que se cobró la vida de más de medio millón de iraníes y atacó infraestructuras civiles.
Estas experiencias moldearon un sistema político estructurado para protegerse contra golpes militares, infiltraciones y cambios de régimen impulsados externamente.
Las predicciones sobre el colapso de Irán han surgido en 1999, 2009, 2017, 2019 y 2022, insistiendo en su inminencia. Sin embargo, su error de cálculo radica en la persistente incapacidad de comprender cómo la presión externa a menudo resulta contraproducente y, en cambio, une a una nación en la determinación de mantener su soberanía.
Argumentan además que Irán no puede alcanzar la democracia sin que se recurra a golpes de Estado o a fuerzas externas. Esta afirmación revela una creencia más profunda en que un Irán democrático que continuara resistiéndose al dominio israelí seguiría siendo inaceptable para las élites occidentales. Por ello, regímenes antidemocráticos y represivos como el egipcio de Abdel Fatah el-Sisi o las monarquías del Golfo no se enfrentan a sanciones ni a amenazas de cambio de régimen violento.
Cualquier cambio genuino en Irán provendrá de movimientos liderados por su pueblo, no de ejércitos extranjeros ni de las fantasías de periodistas.
Foto de portada: Un hombre iraní pasa junto a una pancarta antiestadounidense y antiisraelí colgada en un edificio de la Plaza Palestina, después de que Estados Unidos anunciara el despliegue de un grupo de ataque naval en la región, en Teherán, el 27 de enero de 2026 (Atta Kenare/AFP).