Jonathan Cook, Middle East Eye, 12 febrero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net
Hace unos 30 años, la política británica se convirtió, por diseño, en una caja negra: un espacio para que los adinerados con poder ejercieran influencia política, herméticamente aislado de la vista de los votantes.
Sólo ahora, con la publicación de una parte de los archivos Epstein, está apareciendo una tenue luz sobre sus secretos, lo que indica hasta qué punto la clase multimillonaria se ha apoderado de la vida política británica.
El proceso comenzó en la década de 1990, cuando el entonces primer ministro Tony Blair reinventó el otrora democrático Partido Laborista socialista como el “Nuevo Laborismo”, aceptando las presunciones neoliberales de su predecesora conservadora, Margaret Thatcher.
Blair abandonó progresivamente el apoyo sindical tradicional y, en su lugar, convirtió al Partido Laborista en un partido gestor del capital, prometiendo servir a los intereses de las mayores corporaciones del mundo.
La figura que personificó esta tendencia fue Peter Mandelson, uno de los arquitectos del Nuevo Laborismo. En 1998, durante un viaje a Silicon Valley como secretario de Comercio para reunirse con los nuevos multimillonarios tecnológicos, declaró: “Nos relaja mucho la idea de que la gente se vuelva inmensamente rica”.
Le gusta señalar que añadió: “siempre que paguen sus impuestos”. Pero Blair y Mandelson ayudaron a diseñar condiciones preferenciales que garantizaron que los gigantes tecnológicos apenas pagaran impuestos en el Reino Unido, todo con el objetivo, por supuesto, de “atraer inversiones”.
El problema no fue sólo que las prioridades del Nuevo Laborismo se asemejaran a las de los Conservadores.
Tampoco fue sólo que la condescendencia del Partido Laborista con los superricos empujara a los Conservadores aún más a la derecha en un esfuerzo por diferenciarse, un proceso que finalmente condujo a la implosión del Partido Conservador y al surgimiento de un nuevo pretendiente al trono de la derecha: el Partido Reformista de Nigel Farage.
No, el problema más grave fue que, mientras el Nuevo Laborismo y los Conservadores competían por igual con los superricos y los medios de comunicación que poseían con la esperanza de llegar al poder, ninguno se atrevió a revertir las ganancias económicas inesperadas que los multimillonarios habían acumulado.
Ninguno de los partidos tenía incentivos para denunciar la creciente captura y corrupción de la política británica por parte de la clase multimillonaria, ya que dicha captura se había convertido en el meollo del juego político.
Así nació la caja negra de la política británica, hasta que los archivos Epstein, publicados por una administración Trump más preocupada por proteger sus propios secretos que los de los políticos británicos, abrieron la tapa lo suficiente como para revelar lo que ocurría en su interior.
Primer ministro creado en laboratorio
La policía británica investiga ahora a Mandelson por “mala conducta en cargo público” tras las acusaciones de que filtró información privilegiada del gobierno a Jeffrey Epstein en 2009 y 2010, información que Epstein pudo utilizar para enriquecerse.
Andrew Mountbatten-Windsor, un miembro menos formal del sistema político, parece haber hecho prácticamente lo mismo en su calidad de enviado comercial de Gran Bretaña.
Casi al mismo tiempo, se sabe que Mandelson presionó al Tesoro, a sugerencia de Epstein, para que suavizara un impuesto previsto sobre las bonificaciones de los banqueros. Animó al director ejecutivo del banco de inversiones JP Morgan a “amenazar levemente” al entonces ministro de Hacienda para disuadirlo de respaldar el impuesto.
Mandelson y su actual esposo, Reinaldo Ávila da Silva, habían recibido con anterioridad grandes pagos de Epstein.
Desde las revelaciones, los políticos laboristas han competido por distanciarse de Mandelson, incluso aquellos, como el secretario de Salud, Wes Streeting, que eran conocidos por su cercanía.
Pero, en realidad, es difícil imaginar que Mandelson, el consumado miembro del Partido Laborista y mentor del círculo de funcionarios que llevaron a Keir Starmer al poder, fuera una especie de excepción.
Detengámonos un momento para analizar los últimos cuatro primeros ministros de Gran Bretaña: tres conservadores —Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak—, seguidos por el laborista Starmer.
Todos ellos son prueba suficiente del éxito con el que la clase multimillonaria ha vaciado las estructuras políticas británicas hasta el punto de que ya no pueden producir líderes serios.
Johnson no sólo era un mentiroso empedernido, sino que incluso logró la asombrosa hazaña de convertir toda una vida de payasadas en una cualificación de liderazgo. Era el político de pan y circo por excelencia.
Truss llegó al cargo tan embriagada por las fantasías multimillonarias sobre mercados desregulados que rápidamente echó abajo el mismo sistema que creía estar liberando.
En Sunak, los multimillonarios tenían a uno de los suyos al mando; en su caso, un casi multimillonario, con una fortuna similar a la del rey Carlos. Como ministro de Hacienda, Sunak estaba tan desconectado del mundo real que no sabía cómo usar una tarjeta de crédito sin contacto.
Y ahora, en Starmer, los multimillonarios han encontrado a su “hombre del pueblo” sintético, creado en laboratorio: alguien tan despistado en política y poder que sus asesores más cercanos, ocultos a la vista, dijeron a los periodistas que era un recipiente vacío a través del cual dirigían el gobierno.
O, según manifiestan utilizando una metáfora que resuena principalmente entre las élites bancarias y mediáticas de Londres: “Keir no conduce el tren. Cree que conduce el tren, pero lo hemos sentado en la parte delantera del DLR”, en referencia al ferrocarril ligero automatizado y sin conductor de Docklands que conecta el centro empresarial, bancario y mediático de Canary Wharf con el resto de Londres.
“No hay otro lugar adónde ir”
Starmer, el primer ministro más impopular de la historia, se aferra al cargo con uñas y dientes. Lo está logrando en gran medida porque Mandelson y sus protegidos —incluido Morgan McSweeney, jefe de gabinete de Starmer, quien se vio obligado a dimitir el fin de semana pasado en un intento por salvar a su jefe— hace tiempo que eliminaron del Partido Laborista a cualquiera con talento o independencia de criterio.
¿Por qué? Porque el Partido Laborista de Mandelson rechazaba las políticas sustanciales que requieren la confrontación con los ricos. Ya no se veía a sí mismo como representante de los intereses de los trabajadores frente a la explotación de la élite corporativa.
Su único objetivo era convencer a los multimillonarios de que proteger sus ganancias era primordial. Todo lo demás era secundario.
Jon Trickett, quien fuera secretario privado de Mandelson, señala que el Nuevo Laborismo asumió que “los votantes de la clase trabajadora no tenían adónde ir. Según esta lógica, el gobierno no necesitaba usar el poder del gobierno para asegurar sus votos”.
Concluye: “En última instancia, el Nuevo Laborismo debía ser menos un movimiento de renovación y más una reorientación hacia las redes de élite del capital global”.
El exactivista laborista James Schneider observa sobre Mandelson: “Trabajó para modernizar el lenguaje laborista y reconfigurar sus lealtades, para hacer del partido un entorno seguro para las juntas directivas, dócil a los grupos de presión y hostil a cualquier recuperación de sus antiguos compromisos con los sindicatos o la propiedad pública”.
Fue esta cercanía con la clase multimillonaria la que garantizó que Mandelson volviera una y otra vez al gobierno como si fuera un céntimo, por mucho que fuera despedido en desgracia.
Práctica de tiro al blanco
La perspectiva adecuada para evaluar la crisis actual del Partido Laborista, y el escándalo de Mandelson, es el predecesor de Starmer como líder, Jeremy Corbyn.
La clase política y mediática que una vez veneró a Mandelson, y ahora se apresura a repudiarlo, es la misma clase que pasó cinco años destruyendo a Corbyn.
De hecho, Mandelson y Corbyn sirvieron como los dos ejes del Partido Laborista en torno a los cuales se unieron las diferentes visiones del futuro de Gran Bretaña.
Bajo el liderazgo de Blair, Mandelson se propuso rehacer a los parlamentarios y la burocracia del Partido Laborista a su imagen y semejanza: como un partido gestor de la clase emergente de amos tecnológicos.
Pero no logró convencer al tercer centro de poder del Partido Laborista: sus miembros, razón por la cual Corbyn eludió las salvaguardias institucionales en 2015 y fue elegido líder.
Para entonces, el Partido Laborista llevaba mucho tiempo siendo un partido tecnocrático y desalmado que competía con los conservadores por complacer a los ricos, mientras mantenía la frágil esperanza de que, por ósmosis milagrosa, una parte de su riqueza iba a llegar al resto de nosotros.
Las prioridades políticas de Corbyn eran la antítesis de todo lo que Mandelson representaba, y lo opuesto a lo que deseaban los multimillonarios a quienes durante décadas se les permitió saquear los servicios públicos británicos.
Abogó por la reconstrucción de una economía redistributiva más justa basada en los principios del socialismo democrático. Quería recuperar el control de los servicios públicos nacionales y expandir los servicios públicos. Su énfasis estaba en construir comunidad y solidaridad de clase: “Para la mayoría, no para unos pocos”.
En 2017, Mandelson reveló que su misión política era deshacerse de Corbyn como líder laborista: “Trabajo cada día, en alguna pequeña medida, para adelantar el fin de su mandato. Cualquier cosa, por pequeña que sea —un correo electrónico, una llamada telefónica o una reunión que convoco—, cada día intento hacer algo para salvar al Partido Laborista de su liderazgo”.
Los medios de comunicación, propiedad de multimillonarios, por supuesto, estaban más que dispuestos a colaborar.
Corbyn era considerado demasiado “descuidado” para ser primer ministro. Era sexista. O no era lo suficientemente patriota o representaba una amenaza para la seguridad nacional. O era demasiado tonto para dirigir el país o era un espía de Rusia.
Y finalmente, por supuesto, él y los cientos de miles de nuevos miembros atraídos al Partido Laborista por su mensaje de cambio y esperanza eran antisemitas por criticar la ocupación permanente e ilegal de los palestinos por parte de Israel.
En la sombra, se preparaban planes de contingencia en caso de una victoria de Corbyn. Un general del ejército declaró a The Sunday Times que la oficialidad se amotinaría para derrocar cualquier gobierno liderado por Corbyn. Imágenes filtradas mostraban a soldados en Afganistán usando su rostro para practicar el tiro al blanco.
“Afrontar el reto”
Detrás de todo esto se encuentra el poderío de Estados Unidos, el núcleo imperial cuya política está aún más controlada por la clase multimillonaria.
En una grabación filtrada de 2019, el secretario de Estado estadounidense y exdirector de la CIA, Mike Pompeo, advertía que era vital impedir que el líder laborista llegara al poder, sugiriendo que ya estaba en marcha una campaña organizada para desacreditar a Corbyn.
“Podría ser que el Sr. Corbyn consiga superar el reto y salga elegido. Es posible”, dijo Pompeo. “Deben saber que no esperaremos a que haga esas cosas para empezar a contraatacar. Es demasiado arriesgado, demasiado importante y demasiado difícil una vez que ya haya sucedido”.
¿Por qué las élites estadounidenses y británicas estaban tan decididas a frenar el avance de Corbyn, aunque eso significara sabotear abiertamente el proceso político democrático del Reino Unido?
Precisamente porque Corbyn era el único político británico importante que no había sido capturado.
Durante su mandato como líder laborista, las elecciones británicas dejaron de ser puro teatro político. El voto importaba. La política, por una vez, se centraba en la sustancia. Surgió un líder que no equiparaba los intereses de los votantes normales y corrientes con la riqueza de los multimillonarios.
Si Corbyn hubiera logrado superar el desafío de Pompeo y entrar en el número 10 de Downing Street, habría podido erradicar la camarilla de Mandelson que controlaba el Partido Laborista y devolver la voz a la gente común.
Corbyn planeaba poner fin al régimen de austeridad bipartidista de 16 años en el Reino Unido, la política económica que justificaba el saqueo permanente de las arcas públicas por parte de los multimillonarios.
Los impuestos sobre el patrimonio, las restricciones a los salarios excesivos, la participación de los trabajadores en grandes empresas, la nacionalización y los impuestos sobre las ganancias extraordinarias habrían afectado duramente al bolsillo de los multimillonarios.
Las líneas rojas de Corbyn
Es igualmente difícil imaginar que la política exterior británica hubiera seguido el mismo rumbo bipartidista de los últimos años bajo el mandato de Corbyn.
Nunca habría priorizado las ganancias de los fabricantes de armas sobre la vida de decenas de miles de niños palestinos en Gaza.
Nunca habría aceptado el uso de aviones británicos para transportar bombas estadounidenses de 900 kilos a Israel para arrasar Gaza, ni habría operado vuelos espía de la RAF sobre el enclave para proporcionar a Israel la inteligencia utilizada para machacar a los palestinos.
Huelga decir que nunca habría aceptado, como hizo Starmer, que Israel tuviera “derecho” a privar de comida, agua y combustible a la población de Gaza.
Y habría rechazado la panoplia de restricciones resultantes a la libertad de expresión y a las protestas en el país para proteger a Israel de quienes se oponen a su genocidio documentado —ahora reclasificados como “terroristas”—, que están allanando el camino hacia un Estado policial.
En términos más generales, se habría opuesto al continuo apoyo británico a las “guerras eternas”, el sustento de una clase multimillonaria que necesita controlar los recursos globales para sí misma y se enriquece cada vez más con las ganancias de la industria armamentística.
Nunca habría aceptado, como Starmer, más del doble del gasto británico para la maquinaria bélica de la OTAN, una pequeña fuente de ingresos para los multimillonarios, en la que insiste el multimillonario Donald Trump.
Con Corbyn, ¿habría cedido Gran Bretaña el control de su enorme base de datos del NHS —es decir, datos sobre ti y sobre mí— a un gigante estadounidense de la tecnología de espionaje como Palantir, que ya es fundamental en el genocidio de Israel sobre Gaza y en la incipiente milicia fascista de Trump, el ICE?
Sabemos la respuesta, porque Corbyn nos la ha dicho.
¿Acaso algún ministro de Corbyn estaría pidiendo, como la ministra del Interior, Shabana Mahmood, usar IA para reinventar una idea de vigilancia del siglo XVIII, el Panóptico, que garantizaría, en sus palabras, que “los ojos del Estado puedan estar sobre ti en todo momento”?
Vínculos turbios con multimillonarios
Hay una razón por la que ahora se ha abierto la temporada de caza de Mandelson. Porque los multimillonarios, y sus medios de comunicación, preferirían que dirigieras tu odio hacia su archienemigo que hacia ellos directamente.
La teoría de la “una manzana podrida” —o dos, si contamos a Mountbatten-Windsor— desvía nuestra atención de a quién y a qué se estaba sirviendo.
La atención se centra en la relación personal de Mandelson con Epstein. Pero su red de vínculos comerciales se extendía mucho más allá de un único depredador sexual.
Hasta este mes, cuando se vio obligado a desinvertir bajo un intenso escrutinio tras la publicación de los archivos Epstein, Mandelson fue el fundador y socio principal de la firma de lobby Global Counsel. Sus clientes son algunas de las corporaciones más poderosas del planeta.
Varias están abandonando sus negocios para evitar cualquier asociación con Mandelson. Pero entre sus clientes actuales o recientes se encuentran gigantes tecnológicos como Palantir, TikTok y OpenAI; empresas de combustibles fósiles como Shell, Anglo American y Glencore; empresas de servicios financieros como JP Morgan, Standard Chartered, Barclays y Bank of America; y empresas de consumo como Nestlé, Shein, BMW y la Premier League inglesa.
No es que estas empresas hayan cometido algún delito al ser representadas por Global Counsel, ni que Global Counsel en sí misma cometa algún delito. Es que la interacción, en gran medida invisible, entre el mundo de la política y las empresas más poderosas de la historia de la humanidad ha moldeado lo que se considera legal.
La esencia misma de este sistema es su opacidad.
En 2010, Mandelson le comunicó a Epstein que Global Counsel, que él mismo estaba fundando, proporcionaría “asesores sobre las políticas de los acuerdos que desea negociar y los problemas que desea resolver o los cambios regulatorios necesarios para su protección/éxito comercial”.
Al menos ahora, bajo presión, nuestra clase política, bajo control, está empezando a plantearse preguntas muy limitadas sobre lo que realmente ha estado sucediendo.
Por ejemplo, ¿cómo logró Palantir, cliente de Mandelson, obtener un contrato de 241 millones de libras esterlinas (277 millones de euros) con el Ministerio de Defensa del Reino Unido sin una licitación abierta? ¿Y por qué no se levantó acta de una reunión oficial en Washington D. C. entre Mandelson, Starmer y el director ejecutivo de Palantir, Alex Karp?
Otro cliente de Global Counsel, OpenAI, que recientemente firmó un acuerdo con el Reino Unido para explorar la integración de su IA en los sistemas de justicia, seguridad y educación, nombró recientemente a George Osborne, exministro de Hacienda británico, como su representante principal. Osborne será responsable de colaborar con los gobiernos de todo el mundo en sus políticas de inteligencia artificial.
Desprestigio personal
Es imposible imaginar que Corbyn se hubiera integrado voluntariamente en este mundo de control corporativo, ahora el requisito mínimo de entrada para cualquier político que aspire a un puesto en el gobierno. Por eso, no sólo los multimillonarios y sus medios de comunicación, sino también la burocracia del Partido Laborista, trabajaron incansablemente en el desprestigio personal de Corbyn.
El ascenso y la caída de Morgan McSweeney, hasta el fin de semana jefe de gabinete de Starmer, ejemplifica esta oscura operación conjunta de las élites políticas y empresariales.
McSweeney se inició en la política a principios de la década de 2000, desarrollando para Mandelson una base de datos política conocida como “Excalibur” para refinar los mensajes de campaña laboristas y recopilar información para usarla contra oponentes políticos, incluidos parlamentarios laboristas, a menudo compartiéndola con periodistas afines.
McSweeney no fue sólo fundamental para crear al primer ministro de plástico definitivo, Starmer, sino también crucial en la anterior campaña de autodestrucción laborista para derrocar a Corbyn, como describe el periodista de investigación Paul Holden en su reciente libro “The Fraud”.
Poco después de la elección de Corbyn como líder laborista en 2015, McSweeney tomó las riendas de un grupo faccional que formó un think tank llamado Labour Together, cuya misión encubierta era destruir al nuevo líder y promover un sustituto del que los donantes corporativos tuvieran una visión más favorable.
Labour Together se convirtió en la práctica en un fondo secreto para sobornos, principalmente para donantes adinerados —uno profundamente preocupado por blanquear la imagen de Israel, otro con importantes inversiones en sanidad privada— para apoyar la causa.
Para cuando se celebraron las elecciones de 2020 para reemplazar a Corbyn, Labour Together había amasado una pequeña fortuna.
Por ley, debían haberse declarado a la Comisión Electoral unas 730.000 libras esterlinas (996.000 dólares). Pero McSweeney no lo hizo, y en 2021 la Comisión Electoral declaró al grupo culpable de más de 20 infracciones distintas de la ley. Fue multado, posteriormente.
Holden argumenta que la evasión de McSweeney tenía un propósito político: evitar el escrutinio de las operaciones de Labour Together.
El think tank utilizó los fondos no declarados para establecer de forma encubierta grupos de intoxicadores —falsos movimientos de base financiados por corporaciones— que impulsaron una campaña de desprestigio contra Corbyn y sus partidarios, tildándolos de antisemitas. Al mismo tiempo, Starmer fue promocionado, especialmente entre los miembros del Partido Laborista, como una persona limpia que, en gran medida, seguiría los pasos de Corbyn.
Una vez alcanzada la condición de líder, el escenario estaba preparado para que Starmer purgara a los izquierdistas del partido y desmantelara sus bases para que el control pudiera recaer en los donantes corporativos.
Holden concluye: «El proyecto político que nos trajo un gobierno Starmer ha sido una iniciativa imprudente y posiblemente ilegal, cuya mala conducta amenaza la salud de la democracia británica».
Mercancía deteriorada
Cabe destacar que Holden y un pequeño grupo de periodistas que también han estado intentando escudriñar la caja negra de la política británica bajo el liderazgo de Starmer descubrieron este mes que ellos mismos habían sido objeto de una investigación secreta por parte de un aliado de Starmer.
En 2023, Josh Simons, ahora ministro del gobierno laborista, pagó 30.000 libras esterlinas (34.500 euros) a una empresa de relaciones públicas especializada en gestión de crisis para identificar a periodistas, incluido Holden, que habían estado investigando las actividades de Labour Together, así como a sus fuentes.
En ese momento, Simons era el director de Labour Together, sucesor de McSweeney.
El objetivo parece haber sido ahuyentar a los periodistas o desprestigiarlos con historias falsas en los medios.
Holden abre “The Fraud” con un relato de The Guardian, tras la operación de vigilancia de Simons, advirtiéndole que estaban a punto de publicar afirmaciones de que estaba siendo investigado por un hackeo ilegal a la Comisión Electoral en 2021.
Cuando Holden amenazó con una demanda por difamación como respuesta, The Guardian cedió.
Lo cierto es que los escándalos que involucran a Mandelson, McSweeney y Starmer han sido demasiado obvios para los periodistas de Westminster durante años.
Esos periodistas optaron por conspirar guardando silencio, protegiendo la caja negra, en parte por miedo a contrariar directamente a estas poderosas figuras políticas y en parte por miedo a contrariar a los poderosos dueños de las plataformas mediáticas que los emplean.
Mandelson y McSweeney ya están fuera, y seguramente Starmer no les vaya a la zaga. Ahora son mercancía deteriorada sin posibilidad de reparación. Pero el sistema que los creó sigue tan fuerte como siempre. Y pronto encontrará un nuevo conjunto de avatares que cumplan sus órdenes.
Foto de portada: El primer ministro británico, Keir Starmer, se ajusta las gafas mientras poco antes de su discurso en St. Leonards, Reino Unido, el 5 de febrero de 2026 (Reuters).