Henry Giroux, CounterPunch.org, 13 febrero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Henry A. Giroux ocupa actualmente la cátedra de Estudios de Interés Público de la Universidad McMaster en el Departamento de Estudios Ingleses y Culturales y es Paulo Freire Distinguished Scholar in Critical Pedagogy. Sus libros más recientes son: The Terror of the Unforeseen (Los Angeles Review of books, 2019), On Critical Pedagogy, 2ª edición (Bloomsbury, 2020); Race, Politics, and Pandemic Pedagogy: Education in a Time of Crisis (Bloomsbury 2021); Pedagogy of Resistance: Against Manufactured Ignorance (Bloomsbury 2022) e Insurrections: Education in the Age of Counter-Revolutionary Politics (Bloomsbury, 2023), y, en coautoría con Anthony DiMaggio, Fascism on Trial: Education and the Possibility of Democracy (Bloomsbury, 2025). Giroux es también miembro de la junta directiva de Truthout.
Los espectáculos de violencia de Estado y la cultura de la crueldad
Estados Unidos no sólo está inundado de actos brutales y asesinos de violencia sancionada por el Estado. Está siendo reestructurado por ellos. Los asesinatos de Rachel Good y Alex Pretti no son aberraciones ni errores trágicos; pertenecen a una historia más larga y oscura que la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color describió con escalofriante precisión. En períodos anteriores de agitación estadounidense, estos asesinatos se denominaban linchamientos, actos “llevados a cabo por turbas al margen de la ley, aunque sí participaran agentes de policía, con el pretexto de la justicia”. Hoy, esta violencia se extiende mucho más allá de las balas y las porras. Se materializa en la expansión de los campos de prisioneros, lo que Thom Hartmann llama con acierto campos de concentración, la guerra contra los inmigrantes y el ataque sistemático a las vidas de personas negras y morenas, descartadas por la política, la indiferencia y la negligencia. Al mismo tiempo, el país está saturado de una cultura impregnada de espectáculo fascista y despliegue autoritario. Bajo la administración Trump, la estética misma se convierte en un campo de batalla, un campo armado donde el poder opera sobre el deseo, la memoria, los cuerpos y el placer para consolidar la dominación.
Como advirtió Toni Morrison en su discurso de entrega del Premio Nobel, el lenguaje opresivo no sólo describe la violencia; la ejerce, limitando el pensamiento, eliminando la responsabilidad y preparando el terreno para la crueldad. Para Morrison, este es un lenguaje muerto “que bebe sangre, lame vulnerabilidades, se cubre las botas fascistas con miriñaques de respetabilidad y patriotismo mientras avanza implacablemente hacia el fondo y la mente desmoralizada… Despiadado en sus labores policiales, no tiene otro deseo ni propósito que mantener la libertad de su propio narcisismo narcótico, su propia exclusividad y dominio”. En su monumental obra The Work of Art in the Age of Mechanical Reproduction, Walter Benjamin captó este peligro con una claridad profética, insistiendo en que el tejido conectivo entre la violencia estatal y la colonización de la conciencia pública reside en los aparatos pedagógicos, controlados por las corporaciones, de la cultura impresa, la cultura cinematográfica y las redes sociales. En una sociedad hipermediada, como argumenta el historiador Richard J. Evans, el fascismo no se basa únicamente en la fuerza o el decreto. Estetiza la política misma, convirtiendo la violencia en placer, la dominación en entretenimiento y la obediencia en deseo. Esta perspectiva sustenta discretamente gran parte de lo que sigue. Esta fusión de lenguaje, imagen y poder constituye la base teórica para comprender cómo opera actualmente la estética fascista en Estados Unidos.
El fascismo educa antes de gobernar
Vivimos en una época en la que la estética fascista se ha convertido en una poderosa herramienta de la pedagogía autoritaria, que funciona, en parte, para movilizar el mito, la emoción, el ritual y el espectáculo con el fin de celebrar sentimientos fascistas como el nacionalismo blanco, las jerarquías raciales y étnicas, el terrorismo de Estado y la crueldad performativa de los poderosos, pero también para reprimir la disidencia e impedir la redistribución del poder.
El fascismo educa antes de gobernar, trabajando a través del espectáculo, la crueldad, el mito, la belleza superficial y la supresión mucho antes de consolidar el poder mediante las instituciones políticas formales. En la era Trump, este autoritarismo impulsado por el espectáculo ilumina la estetización del poder al ofrecer la pompa y el placer de la sumisión como prácticas embellecedoras que celebran la guerra, la jerarquía, la ética de la supervivencia del más apto, el individualismo regresivo y la militarización de la vida cotidiana. El fascismo estetiza la política para hacer placentera la dominación, convirtiendo el poder en espectáculo y la obediencia en deseo. Esta lógica es ahora inequívocamente visible en la cultura visual que satura el autoritarismo de la era Trump. La política, en este sentido, sigue a la cultura porque la propia agencia política se produce culturalmente, no sólo a través de políticas o ideas, sino a través del afecto, la imagen y la encarnación.
Estetizar el poder: El trumpismo y la gramática visual del fascismo
La gramática visual del fascismo se exhibe plenamente en los vídeos producidos por el gobierno sobre inmigrantes filmados encadenados y conducidos a aviones de deportación. Estos vídeos transforman la violencia estatal en espectáculo, escenificando la crueldad como orden administrativo y enseñando al público quién pertenece y quién es desechable. La grotesca fantasía de Trump, generada por inteligencia artificial, sobre Gaza, reinterpretada como un parque de recreo de lujo, extiende esta lógica estética hacia el exterior, blanqueando la devastación colonial a través de la gramática visual de la marca inmobiliaria, el ocio imperial y la fantasía tecnológica. La violencia no se niega en estas imágenes; se estetiza, se despoja de historia y consecuencias, y se re-presenta como el progreso mismo. La crueldad, las deportaciones y los ataques del ICE contra inmigrantes y personas de color se reinterpretan como entretenimiento de telerrealidad a través de un flujo constante de ingeniosos videos de propaganda producidos por el Departamento de Seguridad Nacional.
Supremacía blanca como pedagogía: La nación como proyecto biológico
La misma pedagogía del desprecio anima la circulación de espectáculos grotescos, incluyendo imágenes que muestran a Trump defecando desde un avión sobre manifestantes que se encuentran abajo, una alegoría escatológica que convierte el odio a la disidencia democrática en placer visual y afirmación colectiva para sus seguidores. Esta estética no sólo señala la opresión; se deleita en ella, invitando al público a disfrutar de la humillación misma. En su núcleo reside una aceptación descarada de la supremacía blanca. Los espectáculos MAGA, las imágenes racistas y las políticas gubernamentales se organizan en torno a la presunción de una jerarquía racial con la blancura fijada en la cúspide. La supremacía blanca no es incidental en la política de Trump; es su ADN vital. Como argumentó el historiador Robert O. Paxton en The Anatomy of Fascism, un rasgo distintivo del fascismo es la redefinición de la nación como entidad biológica, no cívica. Fundamentalmente, esta redefinición no se transmite sólo a través de la doctrina o la ley, sino también a través de un denso campo pedagógico de imágenes, rituales, performances, espectáculos y aparatos culturales que enseñan al público a ver la nación, a reconocer a los enemigos y a sentirse justificado en su exclusión.
Bajo el régimen de Trump, la ciudadanía se ve desvinculada incluso de la frágil promesa de valores democráticos compartidos y anclada en la pertenencia racial, una violenta recalibración que redibuja el mapa moral y político de la nación, determinando quién cuenta, quién es descartable y quién debe ser expulsado. En esta lógica, la mera reivindicación de la ciudadanía por parte de las poblaciones no blancas se considera un acto criminal, y su presencia en Estados Unidos se reinterpreta como la escena de un crimen. La exclusión se eleva a la categoría de virtud cívica, mientras que los ataques a las comunidades racializadas no sólo son permisibles, sino necesarios. Este razonamiento no sólo autoriza la crueldad; normaliza el lenguaje y la práctica de la limpieza racial y, en su extremo más letal, invoca el espectro del genocidio mismo.
Una vez que la nación se define como proyecto biológico, la exclusión ya no se presenta como un exceso, sino como una necesidad. Lo que sigue es una cascada de políticas, imágenes y representaciones que dan forma administrativa a la jerarquía racial y entrenan al público para aceptar la crueldad como forma de gobierno. Esta lógica se manifiesta en políticas que acogen exclusivamente a sudafricanos blancos como refugiados, en el debilitamiento sistemático de las protecciones de los derechos civiles y en las afirmaciones de que los inmigrantes con “genes malos” están “envenenando la sangre” de la nación. Se manifiesta en el despliegue de agentes federales armados en estados con poblaciones desproporcionadamente no blancas, creando lo que los defensores de los derechos civiles han descrito como una nueva y aterradora realidad para las comunidades afectadas. La retórica racista de Trump es evidente en su menosprecio por las personas de países africanos y Haití, considerándolas procedentes de “países de mierda”, y en su deshumanización de los somalíes, llamándolos “basura”.
La aceptación de la supremacía blanca por parte de Trump se revela aún más en su afirmación, en una entrevista con el New York Times, de que el movimiento por los derechos civiles y las políticas que generó perjudicaron a las personas blancas, que fueron “muy maltratadas”. Extendió esta lógica al escenario global, afirmando en un discurso ante las Naciones Unidas que Europa enfrentaba una crisis de civilización debido a la migración masiva, la cual, según él, representaba una amenaza para la propia cultura occidental. Esta cosmovisión alcanzó su expresión más descarada cuando Trump publicó en Truth Social un video descaradamente racista, generado por inteligencia artificial, que retrataba a Barack y Michelle Obama como simios, una imagen extraída directamente del archivo del racismo colonial y fascista. Un lenguaje e imágenes tan viles encajarían perfectamente en los panfletos del Ku Klux Klan. Como observó Susan Sontag, estas fantasías autoritarias son inseparables de «la fetichización de la dominación presente en la estética fascista», donde la crueldad se convierte en espectáculo y el odio racial se presenta como entretenimiento.
La crueldad como espectáculo: Mítines, rituales y placer autoritario
Los mítines de Trump intensifican esta estética autoritaria tóxica, transformando la política en una representación masiva que fusiona crueldad teatral, agravio racial, supremacía blanca y obediencia ritualizada. Lo que emerge es una política carnavalesca donde se recompensa la humillación, se celebra la sumisión y se disciplina la disidencia mediante el espectáculo. Esta dinámica alcanza una apoteosis escalofriante en el video viral de Kristi Noem posando como una muñeca Barbie plastificada frente a la infame prisión CECOT de El Salvador, donde el encarcelamiento masivo y el castigo autoritario se estetizan como claridad moral, fuerza y orden. En esta grotesca representación estética, la violencia estatal se despoja de su brutalidad y se re-presenta como virtud, determinación y renovación nacional. La escena revela una verdad central: la estética fascista no desaparece con la derrota histórica de regímenes anteriores; se reinventan sin cesar, adaptándose a nuevos contextos, a la vez que preservan su lógica central de dominación, crueldad y sumisión forzada.
En conjunto, estos espectáculos conforman un paisaje pedagógico continuo de poder, que une la crueldad, la obediencia y el exceso en un único régimen visual. La llamativa reinvención de Mar-a-Lago como monumento dorado resucita el lenguaje visual de la Edad Dorada, convirtiendo la opulencia obscena en virtud política y la desigualdad en exhibición patriótica. Una estética similar anima la película de propaganda Melania, respaldada por Jeff Bezos, que, como observa Xan Brooks, funciona menos como documental que como “una elaborada pieza de taxidermia de diseño”, gélida, grotesca y espectacularmente poco reveladora. Brooks la compara con una versión dorada y basura de The Zone of Interest, un espectáculo en el que la alta costura, las joyas doradas, el glamur vacío y los vestidos de diseñador funcionan como distracciones, desviando cuidadosamente la atención mientras el poder se consolida en un segundo plano y las instituciones democráticas se desmantelan silenciosamente.
En estas imágenes, el fascismo no persuade mediante argumentos o políticas; se escenifica a sí mismo. El poder se vuelve seductor a través del espectáculo, la crueldad y la fantasía, enseñando al público no a pensar políticamente, sino a sentir obediencia, admirar la dominación y confundir la violencia con el destino. En este sentido, la estética MAGA funciona, tomando prestada la frase de Frederick Exley de Pages from a Cold Island, como “un gran hongo humano” que envenena la atmósfera de la sociedad, convirtiendo la imagen actual de Estados Unidos en “homicida y amenazante”.
Lo que comienza como una estrategia visual no se limita a imágenes aisladas. La estética MAGA no es un fenómeno cultural aislado ni una serie de excesos incidentales. Su poder, y cada vez más su legitimidad, deriva de un denso ecosistema de rituales, imágenes y performances autoritarios que circulan por múltiples sitios e instituciones. Los saludos nazis de figuras prominentes como Elon Musk y Steve Bannon, las canciones nacionalistas blancas integradas en las campañas oficiales de reclutamiento del Departamento de Seguridad Nacional, los lemas y símbolos fascistas normalizados a través de subculturas online y los hábiles videos que estetizan las agresiones del ICE a migrantes y manifestantes funcionan como escenas que se refuerzan mutuamente en un drama autoritario más amplio. Amplificados por la maquinaria afectiva de los medios de comunicación de la derecha, estos rituales van más allá de comunicar ideología; habitúan al público a la fuerza, el miedo y la crueldad racializada como instrumentos comunes de gobierno. Lo que emerge no es mera propaganda, sino una gigantesca máquina pedagógica racista que satura los sentidos, disciplina la imaginación política y educa a los sujetos para que confundan la represión con el orden y la dominación con la fuerza. Es a través de este condicionamiento cultural/pedagógico acumulativo, y no sólo a través de la ley, como el fascismo se afianza.
El fascismo no se anuncia sólo mediante decretos de emergencia, arrestos masivos o la suspensión de derechos. Llega primero a través de imágenes, estilos, rituales y placeres que entrenan a las personas a experimentar el poder como algo deseable y la dominación como algo normal. Mucho antes de gobernar, el fascismo educa. Actúa mediante el espectáculo y el afecto, mediante la pompa y la representación, transformando la violencia en belleza y la obediencia en sentido común. La advertencia de Sontag de que el fascismo es la estetización de la política sigue siendo escalofriantemente relevante porque no sólo menciona una estrategia de propaganda, sino una lógica cultural mediante la cual la catástrofe social se convierte en espectáculo y el sufrimiento colectivo en fascinación.
La estética MAGA y el cuerpo autoritario
El resurgimiento de la política autoritaria en Estados Unidos no se ha producido únicamente a través de propuestas políticas, fallos judiciales o apropiaciones del poder ejecutivo. Ha avanzado con la misma fuerza a través de imágenes, cuerpos, representaciones y estilos que acostumbran a las personas a la dominación antes de que se las invite, si acaso, a pensar críticamente sobre ella. Como argumentó Umberto Eco en sus reflexiones sobre el Ur-Fascismo, el autoritarismo se afianza a menudo primero como un proyecto estético. Al escribir sobre el régimen de Benito Mussolini, Eco señaló que el fascismo italiano fue “el primero en establecer una liturgia militar, un folclore, incluso una forma de vestir, mucho más influyente, con sus camisas negras, de lo que Armani, Benetton o Versace jamás serían”. El fascismo, en este sentido, educa a través de las apariencias antes de gobernar a través de la ley, habituando a los sujetos a la jerarquía, la disciplina y la sumisión como cuestiones de gusto, identidad y pertenencia. Lo que Eco identificó bajo Mussolini no ha desaparecido, sino que ha migrado, resurgiendo en los movimientos autoritarios contemporáneos que, de igual manera, tratan el estilo, el espectáculo y el afecto como instrumentos primarios de formación política.
En ningún otro ámbito es esta dinámica más visible que en la estética MAGA, un régimen cultural contemporáneo definido por la fealdad estudiada, la crueldad teatral y la normalización de la dominación como espectáculo. Rostros hiperestilizados, recargados con rellenos y cirugía plástica, mandíbulas cuadradas, posturas militarizadas, exhibiciones masculinas rígidas y representaciones pornográficas de castigo y control se han vuelto centrales en la gramática visual del trumpismo. Estas estéticas no sólo señalan lealtad política; operan pedagógicamente, moldeando el deseo, disciplinando los cuerpos y ensayando la violencia como sentido común. Mucho antes de que el autoritarismo exigiera obediencia a través de la política, se aseguraba el consentimiento a través de la cultura.
La estética MAGA opera como una política encarnada, una forma de enseñar poder a través de la postura, la mirada y el gesto en lugar del argumento. Fusiona la crueldad con el glamur, el castigo con el placer y el agravio con el derecho. Los cuerpos son entrenados para sentirse dominantes, blindados contra la empatía y hostiles a la vulnerabilidad. Esto no es simplemente mal gusto ni exhibición vulgar. Es una formación estética que prepara a los sujetos para el gobierno autoritario al hacer que la dominación se sienta natural y la resistencia débil. La estética MAGA, en este sentido, es violencia antes del golpe, pedagogía antes de política.
Esta lógica cultural tiene una larga genealogía intelectual. La estética MAGA no es accidental. Los movimientos fascistas siempre han entendido la estética como pedagogía, como una forma de entrenar a las personas para sentir el poder antes de que se les permita pensar en él. Walter Benjamin advirtió que el fascismo estetiza la política para movilizar a las masas sin otorgarles derechos, reemplazando la participación democrática por el espectáculo, el ritual y la sumisión. Susan Sontag también observó que la estética fascista glorifica la obediencia, la jerarquía y la erotización de la fuerza, transformando la dominación en placer visual y la crueldad en estilo. Como Sontag argumentó posteriormente, esta estetización del poder no se limita a representar la autoridad; también fomenta el deseo. En términos de Sontag, el espectáculo no se limita a representar el poder, sino que educa la mirada para desearlo. La estética MAGA sigue este guion con precisión. Abandona la apelación de la democracia al juicio razonado, la responsabilidad ética y la rendición pública de cuentas, sustituyendo la persuasión cívica por el espectáculo, la agresión visual y la coerción emocional. Su fealdad refleja su política con una precisión escalofriante: cruel, nostálgica, obsesionada con la jerarquía y abiertamente hostil al pluralismo. Lo que vemos aquí no es mal gusto, sino un lenguaje visual deliberado de autoritarismo, una estética diseñada para normalizar la exclusión, glorificar la fuerza, despojar de alegría e imaginación a la vida pública y preparar el terreno para la represión.
Este espectáculo contemporáneo, presente en el régimen de Trump, ofrece un punto de acceso crucial a una lógica cultural mucho más antigua y peligrosa. Los movimientos fascistas siempre han comprendido que el poder debe sentirse primero para poder obedecerse. Mucho antes de que los regímenes autoritarios se consolidaran mediante la ley y la fuerza, operaban a través de la cultura, movilizando imágenes, rituales y placeres que transforman la dominación en belleza y la sumisión en pertenencia. Es esta lógica estética más profunda la que Walter Benjamin mencionó cuando advirtió que el fascismo resuelve las crisis sociales no redistribuyendo el poder, sino estetizando la política misma.
En esencia, la estética MAGA rinde homenaje al sujeto fascista, incorpóreo, cruel, racista, moralmente vacío y rígidamente militarizado. Se configura en una cultura de imágenes impulsada por máquinas de desimaginación corporativa que adormecen la sensibilidad moral y anestesian las heridas producidas por el capitalismo mafioso y sus tecnoestructuras militarizadas de dominación y desechabilidad. Dentro de este régimen visual, el cambio social no sólo se pospone, sino que se deshace activamente mediante la circulación incesante de imágenes que normalizan el entumecimiento psíquico y la parálisis política, entrenando a los sujetos para consumir la crueldad como espectáculo. En el núcleo de la estética MAGA se encuentra una representación estilizada de la masculinidad autoritaria que recurre a la gramática visual del fascismo para estetizar el propio mando. Glorifica el cuerpo como guerrero militarizado, disciplinado y blindado, animado por lo que Sontag denomina “desprecio por todo lo reflexivo, crítico y pluralista”.
Estilo militarizado y representación del poder irresponsable
Cuerpos hipercontrolados, rigidez exagerada, vestimenta militarizada y siluetas autoritarias resucitadas se combinan para hacer que la dominación parezca natural, inevitable e incluso deseable. En ningún otro lugar es esta estética más pronunciada que en ICE, cuyos uniformes paramilitares proyectan una imagen de poder comunitario y solidaridad forjada a través del miedo, la coerción y la ilegalidad sancionada, en lugar del consentimiento democrático. Esta lógica se manifestó plenamente en la teatralidad disfrazada del comandante de la Patrulla Fronteriza, Gregory Bovino, cuya larga gabardina negra funcionaba menos como vestimenta que como una representación visual de autoridad irresponsable, presentando el poder como espectáculo y la intimidación como legitimidad. Como observó el Wall Street Journal, el abrigo recordaba inquietantemente al vestuario de Hermann Göring, una comparación que se agudizó posteriormente cuando Gavin Newsom comentó que era como si el atuendo hubiera sido extraído de las insignias de las SS. Aquí, la autoridad no se defiende ni se justifica; se lleva. En este registro estetizado, el poder elude la razón y excluye la disidencia. Lo que emerge no es un mero espectáculo, sino una pedagogía autoritaria que enseña la sumisión a través de la intimidación, fomenta el deseo de admirar la dominación y moldea sujetos dispuestos a confundir la fuerza con legitimidad.
Lo que se está configurando en la estética MAGA pertenece a una larga y consolidada tradición en la que la cultura funciona como una forma de educación política, moldeando cómo se siente, admira e internaliza el poder antes de justificarlo. Los movimientos fascistas siempre han comprendido que la dominación debe ser primero emocionalmente convincente. Las imágenes, los rituales, los estilos y los placeres cumplen la función que los argumentos no pueden, entrenando a las personas a experimentar la jerarquía como algo natural, la disciplina como algo bello y la violencia como algo redentor. Esta es la lógica cultural que Susan Sontag identificó en su análisis de la imaginería fascista, donde se glorifica la obediencia, se erotiza la fuerza y la sumisión se transforma en placer visual. Las secciones siguientes trazan esta lógica estética a través del espectáculo fascista, la violencia erotizada e incluso las culturas de oposición, revelando cómo la dominación se aprende mucho antes de imponerse.
Esta lógica alcanzó su expresión más refinada en las películas de Leni Riefenstahl, cuyas masas coreografiadas, arquitectura monumental y ritmos hipnóticos no sólo representaban el poder nazi, sino que incitaban activamente al público a desearlo, vinculando el éxtasis estético a la sumisión política. Esa misma lógica resurge en el cine décadas después, de forma más inquietante en El portero de noche, una película que critiqué en Cineaste, donde el fascismo es arrancado de sus fundamentos históricos y genocidas y reformulado como un psicodrama íntimo y erotizado. Al privatizar el terror y estetizar la crueldad, la película despoja a la violencia de su significado político, transformando la dominación en una cuestión de fascinación psicológica en lugar de nombrarla por lo que es: un crimen colectivo organizado por el Estado y sostenido por la cultura. Fundamentalmente, incluso las culturas de resistencia se han mostrado vulnerables a esta captura estética, donde la propia disidencia puede ser despojada de su fuerza política y reconfigurada como estilo.
Sin embargo, la lucha por la estética no termina con el espectáculo fascista; también se despliega dentro de los movimientos que buscan oponerse a él. La estética punk temprana, en particular en la obra de Vivienne Westwood, buscaba profanar la autoridad mediante la fealdad, la provocación sexual, la furia antinacionalista y el rechazo a la respetabilidad. Como observa Mika Nijhawan, Westwood fue pionera en la producción de diseños de base durante las etapas formativas del movimiento punk. Su ropa no se limitaba a reflejar la moda punk: “vestía a todo el movimiento”, dando forma visual a su ira, rechazo y política insurgente. En sus inicios, el punk no era simplemente un estilo, sino una intervención cultural, un ataque al romanticismo fascista del orden, la pureza, la disciplina y la masculinidad heroica. Rechazaba lo monumental, el uniforme y el cuerpo disciplinado en favor de la fragmentación, la ironía y la profanación, orquestando la indignación como una contrapedagogía destinada a ridiculizar la autoridad en lugar de sublimarla. Sin embargo, a medida que el punk fue absorbido por la cultura de consumo, su fuerza opositora se debilitó, conservándose como estilo, mientras que su contenido político se neutralizó y reutilizó dentro de los mismos sistemas que una vez buscó desafiar. En conjunto, estos ejemplos revelan cómo el capitalismo gansteril opera con mayor eficacia en el plano del sentimiento, colonizando el deseo, suspendiendo el juicio ético y enseñando a las personas a relacionarse emocionalmente con la violencia, la autoridad y la pertenencia mucho antes de que la coerción se vuelva explícita, normalizada o legalizada.
La estética fascista como educación política
La obra de Antonio Gramsci, Paulo Freire, Walter Benjamin, la Escuela de Frankfurt, Václav Havel, Stuart Hall, bell hooks, Angela Davis y otros en la tradición de la política cultural sigue siendo indispensable porque desvía nuestra atención del fascismo como una formación puramente política y la centra en la cultura como su condición habilitante. El fascismo no busca la participación democrática ni el consenso crítico; sustituye la deliberación por el espectáculo y el juicio razonado por el afecto. La política se convierte en ceremonia, la guerra en pompa y la dominación se vuelve hermosa, inevitable y emocionalmente satisfactoria. En este sentido, la estética funciona como una forma de educación de masas, una pedagogía que entrena a las personas a aceptar la jerarquía como algo natural, a experimentar la obediencia como pertenencia y a ver la violencia no como una ruptura moral, sino como una expresión necesaria del orden.
Este poder pedagógico se vuelve más peligroso cuando la violencia fascista se separa de la historia y la ética y se re-presenta como algo íntimo, seductor o abstraído de la responsabilidad colectiva. La estética fascista ejerce su influencia más duradera no sólo mediante la propaganda abierta, sino mediante formas culturales que disuelven la responsabilidad política en sentimientos, fascinación y placer privados. A medida que las imágenes circulan sin contexto, la repetición reemplaza el juicio y el afecto desplaza el análisis. Lo que emerge no es ignorancia, sino una indiferencia entrenada, una incapacidad aprendida para conectar el espectáculo con la estructura, el deseo con la dominación o la belleza con la brutalidad.
Lo que esta historia deja claro es que el fascismo no se impone desde arriba sólo por la fuerza; se aprende, se internaliza y se normaliza a través de la cultura. Esta idea es la base de la insistencia de Gramsci en que “toda política es pedagógica”. La política no se limita a gobernar los cuerpos; moldea la conciencia, los hábitos, los deseos y los modos de identificación. La educación, entendida universalmente, es el terreno principal donde se desarrolla esta lucha. Cuando las escuelas, los medios de comunicación y las instituciones culturales desalientan la indagación crítica y premian el conformismo, contribuyen a producir la pasividad y el entumecimiento moral de los que depende el autoritarismo.
Por lo tanto, la educación desempeña un papel decisivo a la hora de reproducir o resistir la cultura fascista. Cuando desafía las suposiciones que se dan por sentadas, cultiva la alfabetización crítica y fomenta la solidaridad en lugar del miedo, puede perturbar la producción del sujeto fascista. Pero la resistencia al fascismo no puede limitarse únicamente a la política electoral o a la reforma política. Sin una base cultural que sustente el pensamiento crítico, la responsabilidad colectiva y la imaginación democrática, la acción política seguirá siendo frágil y fácilmente desmantelable. La pedagogía fascista funciona de forma lenta, afectiva y persistente; contrarrestarla requiere una lucha igualmente sostenida sobre cómo las personas aprenden a ver, sentir, recordar y juzgar el mundo que habitan.
Fascismo erótico y las seducciones del cine
Pocos textos culturales revelan este peligro con mayor claridad que la película “El portero de noche”. A menudo defendida como una meditación sobre el trauma, la memoria o la transgresión, la película ejemplifica cómo la violencia fascista puede transformarse en un espectáculo erótico estilizado, desprovisto de responsabilidad histórica. Al replantear el nazismo como una relación psicosexual íntima entre dos adultos que consienten, la película despoja al fascismo de sus realidades políticas, institucionales y genocidas. El campo de concentración se convierte en un telón de fondo; el uniforme de las SS, un disfraz erótico y el terror sistémico son reemplazados por la obsesión privada. El asesinato en masa se desvanece, la responsabilidad histórica se disuelve y el poder se reduce al deseo estetizado.
Esta privatización del fascismo es precisamente lo que hace que la película sea tan peligrosa. Al estetizar la dominación y sexualizar la sumisión, “El portero de noche” invita al espectador a interactuar con el fascismo desde la fascinación, en lugar de desde el juicio. La violencia ya no es algo que se confronte políticamente, sino algo que se consume afectivamente. En este sentido, la película no se limita a tergiversar el fascismo; recrea uno de sus mecanismos centrales: la conversión del terror en placer y de la historia en estilo.
Este peligro fue diagnosticado con extraordinaria claridad por Susan Sontag en “Fascinating Fascism”. La estética fascista, argumenta, erotiza la jerarquía, santifica la disciplina y promete trascendencia mediante la sumisión. Glorifica la entrega del yo al poder, ofreciendo una pertenencia extática a cambio de obediencia. La fascinación, en este contexto, no es una interpretación errónea del fascismo; es uno de sus principales instrumentos culturales. Cuando el fascismo se estetiza, el juicio ético se suspende, la memoria histórica se erosiona y la violencia se vuelve pensable precisamente porque se ha embellecido.
Riefenstahl y la arquitectura del espectáculo fascista
La lógica estética que anima el clásico “El Portero de Noche” encuentra su expresión histórica más explícita en las películas de Leni Riefenstahl. Obras como El triunfo de la voluntad perfeccionaron la gramática visual del fascismo: cuerpos coreografiados, arquitectura monumental, repetición rítmica y la fusión de la sumisión individual con la exaltación colectiva. Estas películas no eran documentales que registraran el poder nazi; eran máquinas de propaganda que construían la realidad al servicio de la imagen. Como insistía Sontag, el mitin del Partido existía para ser filmado. La imagen no reflejaba el poder, lo producía.
Las películas de Riefenstahl celebran lo que Sontag identificó como el ideal fascista: la vida como arte, la política como belleza y la comunidad forjada mediante el autocontrol extático y la obediencia. La fuerza se erotiza, la debilidad se desprecia y la reflexión crítica se presenta como contaminación. El énfasis visual en los cuerpos purificados, el movimiento sincronizado y la sumisión reverente al líder ensaya una teología política en la que la disidencia aparece como deformidad y el pluralismo como decadencia.
La rehabilitación contemporánea de Riefenstahl como “artista pura”, desvinculada de la ideología, reproduce una ficción profundamente peligrosa: la creencia de que la estética puede separarse de la política. Esta negativa a juzgar políticamente la estética fascista es en sí misma un acto político. Permite que el espectáculo autoritario sobreviva como forma cultural incluso cuando se reniega de su contenido ideológico explícito, asegurando que los anhelos fascistas persistan en el plano del deseo, el estilo y el afecto mucho después de la caída de los regímenes.
El punk, Vivienne Westwood y la captura de la disidencia
Si la estética fascista consolida el poder haciendo deseable la dominación, la resistencia ha buscado a menudo perturbar esa pedagogía en el plano del estilo y la sensación. Sin embargo, la historia, ahora distante, de la moda punk revela cuán vulnerables son los estilos de oposición a la apropiación, la mercantilización y la neutralización. El punk temprano, en particular en la obra de la diseñadora Vivienne Westwood, buscaba profanar la autoridad mediante la fealdad, la provocación sexual, la furia antinacionalista y el rechazo a la respetabilidad. Atacó el romanticismo fascista del orden, la pureza, la disciplina y la masculinidad heroica en su núcleo simbólico, priorizando el desorden, la desviación y el exceso corporal. Westwood, tanto en su política como en su estética, abrazó “la esencia del punk temprano que era la ira calculada”.
En sus inicios, el punk no era simplemente un estilo, sino una intervención cultural, o como observó Malcolm McLaren: “Nunca se trató de tener un corte de pelo mohicano ni de llevar una camiseta rota. Iba de destrucción y del potencial creativo que ello conlleva”. El punk rechazó lo monumental, el uniforme y el cuerpo disciplinado en favor de la fragmentación, la ironía y la profanación. Fue una orquestación de la indignación. Se burló del nacionalismo, desestabilizó las normas de género y expuso la violencia oculta tras las reivindicaciones de orden moral. Muchas bandas de punk, como The Clash y los Sex Pistols, crearon arte, música y ropa como parte de un movimiento social del que Westwood fue pionera por su combinación de estética, moda y política. En este sentido, el punk representó una contrapedagogía, un intento de desaprender la obediencia haciendo que la autoridad pareciera ridícula en lugar de sublime. Fueron los Sex Pistols y las principales subculturas británicas quienes le cantaron “que te jodan” a la cultura burguesa a pesar de un mal final.
El lenguaje visual del punk se desvinculó gradualmente de su contexto político y fue absorbido por la cultura de consumo. Lo que comenzó como un ataque a la dominación se transformó en una estética comercializable. La transgresión se convirtió en estilo, el impacto en marca y la resistencia se conservó sólo como superficie. Como advirtió Sontag en sus reflexiones sobre la fotografía y el espectáculo, el impacto por sí solo nunca es suficiente; se desvanece, se vuelve familiar y corre el riesgo de reforzar las mismas estructuras a las que pretende oponerse. La absorción del punk en la cultura de la moda demuestra una lección crucial: el fascismo no sólo impone su propia estética, sino que también coloniza a quienes disienten, vaciándolos de significado político al tiempo que preserva su forma estética. En muchos sentidos, la vida de Westwood ofrece una advertencia. Su fusión radical de la moda y la política punk no conservó su pureza política ni siquiera su integridad, considerando su eventual celebridad, estatus, prácticas comerciales y su papel en la cultura del consumo en los niveles más altos de la élite. Al mismo tiempo, su papel en la creación de lo que podría llamarse una estética antifascista, su incesante participación y apoyo al movimiento ecologista, su apoyo a la libertad sexual y de género, y su apoyo a Julian Assange, dejan claro que su rol como diseñadora de moda y activista de celebridades no es sino un gran homenaje a ella y ofrece un ejemplo político y pedagógico de la fusión de la estética, las creencias políticas radicales y el activismo.
Conclusión: La creación del sujeto fascista
El auge de la estética MAGA no puede separarse de una historia más larga de reproducción cultural y social en Estados Unidos. La sumisión a la autoridad, la intolerancia hacia los grupos marginados, el ultranacionalismo, el racismo sistémico y las rígidas jerarquías de género, raza y clase se han cultivado durante mucho tiempo en las escuelas, los medios de comunicación tradicionales y una amplia gama de instituciones culturales. La apelación de Trump a un mítico “tiempo mejor”, codificado como una era de dominación racial, orden patriarcal y autoridad indiscutible, se nutre directamente de esta herencia autoritaria. Aquellos que desafían estas normas son vistos rutinariamente como amenazas a la estabilidad, la tradición y la identidad nacional, una dinámica que recuerda la advertencia de Wilhelm Reich de que el fascismo florece donde la individualidad, la sexualidad y el disenso son sistemáticamente reprimidos.
Por lo tanto, la creación del sujeto fascista debe entenderse no como un fenómeno puramente psicológico, sino como el resultado de un adoctrinamiento cultural sostenido, un amplio aparato de socialización y propaganda. El panorama educativo contemporáneo no dota a menudo a los jóvenes de las herramientas intelectuales necesarias para cuestionar el poder, reconocer la manipulación y resistir la dominación. El lenguaje de Trump, basado en el “patriotismo”, los “valores tradicionales” y la “ley y el orden”, alimenta esta pedagogía hegemónica al enmarcar la disidencia como peligrosa, desviada o antiestadounidense. Como Reich y Theodor Adorno reconocieron en diferentes registros, la educación de masas y los medios de comunicación funcionan como instrumentos decisivos para producir sujetos que aceptan la jerarquía, la exclusión y la crueldad como características normales de la vida social, en lugar de como decisiones políticas que exigen resistencia.
La estética MAGA visibiliza este proceso al hacer que la pedagogía de la dominación sea inmediata, afectiva y corporizada. Los movimientos fascistas siempre han entendido que el poder debe sentirse primero a través de la cultura. El fascismo perdura no porque persuada mediante argumentos razonados, sino porque seduce mediante el espectáculo, educando a la gente para experimentar la dominación como pertenencia y la crueldad como fuerza. Imágenes, representaciones y estilos realizan esta labor pedagógica mucho antes de que se anuncien políticas o se apliquen leyes. La estética prepara el terreno para que el gobierno autoritario se vuelva concebible, incluso deseable, al moldear cómo las personas sienten el poder antes de que se les invite a pensar en él. Como argumenta Lutz Koepnick en su ensayo “Aesthetic Politics Today: Walter Benjamin and Post-Fordist Culture”: “El espectáculo fascista moviliza los sentimientos de las personas principalmente para neutralizar sus sentidos, masajeando mentes y emociones para que el individuo sucumba al carisma del poder vitalista”, a la vez que consolida el poder estatal.
Si el fascismo estetiza la política para hacer aceptable la injusticia y atractiva la dominación, entonces la resistencia debe politizar la estética, reivindicando la cultura como espacio de memoria, juicio ético y posibilidad democrática. Esto significa rechazar la separación entre belleza y responsabilidad, afecto e historia, y espectáculo y poder. La lucha contra el autoritarismo es, por lo tanto, inseparable de la lucha por cómo se ve, se siente y se aprende el poder en la vida cotidiana.
La responsabilidad que recae sobre educadores, trabajadores culturales e intelectuales públicos es, por lo tanto, profunda. Se encuentran entre los pocos agentes capaces de confrontar las imágenes y narrativas que normalizan el autoritarismo, a la vez que ofrecen visiones alternativas de la acción, la justicia y la vida democrática. Esta labor exige más que una crítica; requiere reivindicar la educación misma como una práctica democrática arraigada en la conciencia histórica, la responsabilidad ética y el imaginario colectivo. El fascismo triunfa no persuadiendo a las personas a renunciar a sus derechos, sino educándolas, a través de la cultura y el espectáculo, para que ya no reconozcan la dominación como injusticia. La resistencia, entonces, debe comenzar donde lo hace el fascismo: en la lucha por la cultura misma. Sólo recuperando la cultura como un proyecto educativo radical, capaz de transformar el modo en que las personas ven, sienten y juzgan el mundo, podremos construir una resistencia duradera, capaz no sólo de enfrentar al fascismo, sino de impedir su retorno sin fin en formas cada vez más seductoras.
Foto de portada: usicegov (dominio público).