Jonathan Cook, Middle East Eye, 19 febrero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó al Reino Unido en 2021. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net
El discurso del secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich el fin de semana pasado fue otra preocupante declaración de intenciones por parte de la administración Trump.
Según Rubio, el objetivo explícito de la política exterior estadounidense es resucitar el orden colonial occidental que persistió durante unos cinco siglos, hasta la Segunda Guerra Mundial.
El colonialismo tradicional, impuesto por el hombre blanco, ha regresado sin complejos.
En la disparatada narración de Rubio, la colonización europea de gran parte del planeta y el saqueo de sus recursos fueron una era gloriosa de exploración, innovación y creatividad occidentales. Occidente trajo una civilización “superior” a los pueblos atrasados, manteniendo al mismo tiempo el orden global.
Al reflexionar sobre la época anterior a 1945, observó: “Occidente se había expandido: sus misioneros, peregrinos, soldados y exploradores salían de sus costas para cruzar océanos, colonizar nuevos continentes y construir vastos imperios que se extendían por todo el mundo”.
Ese rumbo se revirtió hace 80 años: “Los grandes imperios occidentales habían entrado en una decadencia terminal, acelerada por revoluciones comunistas ateas y levantamientos anticoloniales que transformarían el mundo y extenderían la hoz y el martillo sobre vastas franjas del mapa en los años venideros”.
Según Rubio, ese declive se aceleró por lo que él desestimó como las “abstracciones del derecho internacional” establecidas por las Naciones Unidas en la inmediata posguerra. En la búsqueda de lo que él denominó con desdén “un mundo perfecto”, estas nuevas leyes universales —que trataban a todos los seres humanos como iguales— sólo sirvieron para frenar el colonialismo occidental.
Rubio olvidó mencionar que el propósito del derecho internacional era evitar el regreso a los horrores de la Segunda Guerra Mundial: el exterminio de civiles en campos de concentración y el bombardeo de ciudades europeas y japonesas con bombas incendiarias.
Durante su discurso, Rubio ofreció a Europa la oportunidad de unirse a la administración Trump para revivir la era de dominio de Occidente y así renovar la mayor civilización de la historia de la humanidad.
“Lo que queremos es una alianza revitalizada que reconozca que lo que ha afectado a nuestras sociedades no es sólo un conjunto de malas políticas, sino un malestar de desesperanza y complacencia. Una alianza, la alianza que queremos, que no se deje paralizar por el miedo: miedo al cambio climático, miedo a la guerra, miedo a la tecnología”, afirmó.
Sin paz, sin orden
Sorprendentemente, Rubio fue recibido con un entusiasta aplauso durante todo su discurso por una audiencia compuesta por jefes de estado, políticos, diplomáticos y militares. Se dice que la mitad de los asistentes se puso en pie para ovacionarle.
Parecían absortos en la visión triunfalista del imperio de Rubio, completamente ajena a las realidades bien documentadas de la “dominación occidental”, en particular sus brutales tiranías coloniales, sus genocidios a escala industrial y la esclavización masiva de las poblaciones nativas.
Todos esos no fueron episodios desafortunados ni errores del pasado imperial de Occidente. Fueron parte integral de él. Fueron los medios coercitivos mediante los cuales se despojó a los pueblos colonizados de sus bienes y mano de obra para financiar el imperio.
También parecía ciego a otra desventaja del Occidente colonial, que fue demasiado evidente durante esos cinco siglos. La competencia despiadada entre los Estados europeos, que competían por ser los primeros en saquear los recursos del Sur Global, condujo a guerras interminables en las que los europeos, así como las personas que colonizaban, fueron asesinados.
El imperio no garantizaba el orden, y mucho menos la paz. El colonialismo consistió en un robo sistematizado, y, como dice el dicho, rara vez hay honor entre ladrones.
En el mundo despiadado que precedió al derecho internacional, cada potencia colonial buscaba su propio avance frente a sus rivales. Esto culminó en dos terribles guerras en la primera mitad del siglo XX que diezmaron a la propia Europa.
Dado que Rubio no comprende el pasado, su visión del futuro también es inevitablemente defectuosa. Cualquier intento de la administración Trump de restaurar abiertamente el dominio colonial occidental resultará suicida. Como veremos, tal empresa nos condenaría a todos. De hecho, es posible que ya hayamos avanzado mucho por ese camino.
Fuerza imperialista
Existen varios fallos evidentes en el pensamiento de Rubio y de la administración Trump.
En primer lugar, la afirmación de Rubio de que Occidente abandonó el colonialismo hace unos 80 años es rotundamente errónea. Al final de la Segunda Guerra Mundial, las potencias coloniales europeas, físicamente maltratadas y económicamente agotadas, cedieron el testigo del imperio a Estados Unidos.
Washington no acabó con el colonialismo. Lo racionalizó y simplificó. Washington continuó la tradición europea de derrocar a líderes nacionalistas e instalar en su lugar a clientes débiles y obedientes.
También sembró el planeta con cientos de bases militares estadounidenses para proyectar poder duro, a la vez que explotaba las nuevas tecnologías globalizadoras para proyectar poder blando. Las zanahorias y los palos económicos, utilizados en gran medida de forma discreta a través del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, incentivaron la sumisión a sus dictados por parte de líderes no occidentales.
La libertad de maniobra de Washington se vio limitada principalmente por una potencia rival: la Unión Soviética, que armaba y subvencionaba a sus propios clientes. La Guerra Fría mantuvo al imperio estadounidense relativamente bajo control. Eso no fue “decadencia”, como afirma Rubio. Fue simple pragmatismo: evitar la confrontación en una era nuclear que, con un paso en falso, podría conducir a la aniquilación global.
En los últimos 30 años, desde la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos ha ejercido su poder imperial de forma cada vez más agresiva: en la antigua Yugoslavia, en Iraq, en Afganistán, de nuevo en Iraq, en Libia, en Siria y, ahora —con la ayuda de su principal cliente, Israel—, de forma más amplia en Oriente Medio, rico en petróleo, en Palestina, Líbano e Irán.
Mucho antes del primer mandato de Trump como presidente, los principales objetivos de la política exterior bipartidista de Washington consistían en acorralar a Rusia, principalmente mediante la colonización progresiva de los antiguos Estados soviéticos, y amenazar a China a través de Taiwán.
Al estilo típico de Trump, Rubio simplemente ha hecho explícito lo que ya estaba implícito. Estados Unidos ha sido una superpotencia imperial desde la década de 1940 y se ha vuelto cada vez más beligerante en un mundo con recursos cada vez más escasos, donde disfruta de la ventaja de ser la única superpotencia militar.
Rubio es simplemente más honesto que sus predecesores sobre la trayectoria de décadas de la política exterior estadounidense.
Un espectáculo terrorífico
Hay una buena razón por la que los “comunistas ateos” y sus sucesores, obsesionados con Dios, libraron “levantamientos anticoloniales” que, en última instancia, el imperio occidental no pudo contener.
La élite colonial gobernante de Occidente había pasado siglos convirtiendo la vida en el Sur Global en un espectáculo de terror, ya fuera mediante la brutal tiranía, las masacres o la trata de esclavos. Las poblaciones nativas ansiaban desesperadamente liberarse del “orden” impuesto por Occidente, razón por la cual, después de la Segunda Guerra Mundial, muchos recurrieron a la Unión Soviética comunista en busca de apoyo en lugar de a Estados Unidos.
En los últimos asentamientos coloniales de Occidente —la Sudáfrica del apartheid hasta 1994 y el Israel del apartheid en la actualidad— se produjeron constantes revueltas masivas por parte de aquellos a quienes oprimían.
Vivir bajo el dominio de la minoría blanca en Sudáfrica era peligroso y devastador para quienes no eran blancos, al igual que vivir bajo un sistema de supremacía judía en Israel y la Palestina ocupada es peligroso y devastador para quienes no son judíos.
Cabe destacar también que ambos regímenes de apartheid dieron origen a movimientos globales de solidaridad.
La mayoría de las personas, incluso los occidentales, comprenden que oprimir a otro pueblo, negar su humanidad y su derecho a la igualdad, es profundamente injusto e inmoral. Esto no va a cambiar porque Washington tenga una visión neutra del colonialismo y el apartheid.
La lección de la historia es que cualquier intensificación del imperialismo estadounidense por parte de la administración Trump provocará una mayor resistencia. Esto ya debería estar claro para cualquiera que no haya estado dormitando durante los últimos 20 años.
Extorsión a Ucrania
El presidente ruso, Vladímir Putin, fue duramente criticado en Occidente cuando expuso la justificación geoestratégica de su invasión de Ucrania a principios de 2022. El filósofo esloveno Slavoj Zizek, por ejemplo, acusó a Putin de imaginarse a sí mismo como Pedro el Grande e intentar restaurar el pasado imperial de Rusia.
Zizek citó como prueba un discurso pronunciado por Putin ante un grupo de jóvenes emprendedores en Moscú en junio de 2022, pocos meses después de la invasión. Putin declaró: “Cualquier país, cualquier pueblo, cualquier grupo étnico debe garantizar su soberanía. Porque no hay término medio, ningún estado intermedio: o un país es soberano o es una colonia, independientemente de cómo se llamen las colonias”.
El significado de lo expuesto por Putin debería haber sido obvio en aquel momento, dado que, durante más de dos décadas, una serie de administraciones en Washington habían incorporado a los antiguos Estados soviéticos a la OTAN —la alianza militar del imperio estadounidense— y habían ubicado bases militares cada vez más cerca de Moscú.
La promesa hecha en 2008 por la OTAN de permitir que Ucrania se uniera a la alianza en algún momento futuro sólo podía ser interpretada por los líderes rusos de una manera: como una amenaza. De cumplirse, las ojivas nucleares de la OTAN estarían a minutos del Kremlin.
Putin estaba decidido a mantener la soberanía rusa y evitar convertirse en otra colonia intermedia del imperio estadounidense, como casi sucedió bajo el régimen de su predecesor, Boris Yeltsin. El líder ruso rechazó el modelo europeo de entregar a Washington las llaves de sus recursos, economía y sistemas de defensa.
Sin duda, Putin observó con satisfacción la extorsión de Trump a Ucrania el año pasado, cuando el presidente Volodymyr Zelensky se vio obligado a ceder la riqueza mineral de su país a cambio de la protección estadounidense. Fue una ilustración perfecta del argumento de Putin de que no hay estados intermedios en un mundo de política de poder desastrosa: o se es soberano o se es colonia de una potencia más fuerte.
Fue esa misma lógica la que motivó la decisión de Rusia de invadir Ucrania. Si eso fue difícil de entender en aquel momento, debería ser más fácil de comprender ahora a la luz del discurso de Rubio.
Dadas las ambiciones imperialistas de Washington, Ucrania iba a caer en la órbita geoestratégica de Estados Unidos, convirtiéndose en otro puesto colonial de su maquinaria de guerra, a menos que Rusia obligara primero a su vecino a entrar en su propia órbita geoestratégica.
La nueva normalidad de Gaza
La administración Trump está dejando clara su realpolitik: la eliminación genocida de Gaza es la nueva normalidad, al igual que el secuestro de líderes mundiales como el venezolano Nicolás Maduro.
Los países europeos están cada vez más nerviosos por el imperialismo descarado de Trump y lo que podría significar para ellos. La amenaza de arrebatarle Groenlandia a Dinamarca fue una llamada de atención; según se ha informado, dominó los debates en la conferencia de Múnich.
En línea con la advertencia de Putin de hace cuatro años, los líderes europeos se apresuran a considerar cómo podrían recuperar cierto grado de soberanía para detener su colonización irreversible por parte de Estados Unidos.
Rubio intentó apaciguarlos invitando a Europa a unirse a Washington para resucitar el imperio occidental. La oferta era una engañifa total.
No se trata de un proyecto conjunto, como deberían haber comprendido cuando Trump introdujo los aranceles como una forma de someterlos a una mayor servidumbre; cuando abandonó el apoyo a Ucrania, su proclamada defensa contra el “imperialismo ruso”; y cuando exigió la propiedad de Groenlandia.
Esas “traiciones” estimularon el discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en el Foro Económico Mundial de Davos el mes pasado.
Allí, advirtió que el orden basado en normas de 80 años de antigüedad era una “ficción agradable”, una fachada que permitía a los aliados de EE. UU. beneficiarse de la hegemonía estadounidense “con bienes públicos, rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para la resolución de disputas”.
Y por esa razón, los aliados de Washington habían colaborado en el engaño: “Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa, que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera, que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según la identidad del acusado o de la víctima”.
Era hora ya, dijo Carney, de dejar de “vivir en una mentira”.
Muchos asumieron que el líder canadiense estaba expresando, en nombre de aliados tecnocráticos en Europa como el británico Keir Starmer y el francés Emmanuel Macron, un nuevo compromiso con la transparencia y la honestidad como contrapeso a las violaciones de la ley estadounidenses en el extranjero.
Nada más lejos de la realidad, como lo demuestra la continua complicidad de Carney, Starmer y Macron en el genocidio de Gaza y su silencio ante las amenazas de Trump de lanzar una guerra de agresión contra Irán.
El propósito del discurso de Carney en Davos fue algo completamente distinto. La sinceridad propia de Trump —su abierto desprecio por el derecho internacional y su entusiasmo por el imperialismo tradicional— amenaza con exponer su hipocresía al aprovecharse de la influencia estadounidense.
No han cambiado su forma de actuar. Simplemente quieren que Trump deje de desmantelar la fachada que construyeron para ocultar y embellecer su complicidad con el colonialismo estadounidense.
Rubio volvió a detonar esas mentiras en Múnich. Y cuando declaró el regreso al imperialismo declarado del más fuerte, la conferencia estalló en aplausos.
Ursula von der Leyen, tecnócrata-en-jefe de la Comisión Europea, dijo sentirse “muy tranquilizada” por el discurso de Rubio, calificándolo de “buen amigo”.
Armagedón nuclear
El mayor error en las declaraciones de Rubio fue omitir la verdadera razón por la que Occidente abandonó el colonialismo manifiesto tras la Segunda Guerra Mundial y creó instituciones internacionales como las Naciones Unidas.
No se trataba de una aceptación de la derrota o el declive por parte de Estados Unidos, sino más bien del reconocimiento de que, con el rápido desarrollo de los arsenales nucleares por parte de las superpotencias tras la guerra, se había vuelto necesario un sistema capaz de mediar en los peores excesos de poder.
Era la única esperanza de prevenir una competencia colonial temeraria y la confrontación que podría desencadenar una Tercera Guerra Mundial que probablemente derivaría rápidamente en un armagedón nuclear.
Nada ha cambiado en las últimas ocho décadas.
Rusia y China siguen teniendo grandes arsenales nucleares, y Moscú cuenta ahora con misiles hipersónicos capaces de transportar estas ojivas a velocidades sin precedentes.
Todavía no existe un mecanismo infalible para evitar que los malentendidos se conviertan rápidamente en un ataque mutuo.
La naturaleza humana no ha cambiado desde la década de 1940, sólo la arrogancia de una superpotencia decidida a impedir que grandes potencias como China o Rusia la desbanquen de su posición imperial.
La amenaza de la aniquilación nuclear no ha disminuido. Ha crecido exponencialmente a medida que las limitaciones de los recursos globales —los necesarios para sostener el consumo occidental y el “crecimiento económico” sin fin— ejercen una presión cada vez mayor sobre Estados Unidos para que se despoje de su máscara de guardián de valores superiores.
Rubio aprovechó la conferencia de Múnich para poner al descubierto la nueva realidad: Washington ya no se limitará a decir de boquilla que es el bueno o que respeta las líneas rojas.
Estados Unidos está decidido a aplastar toda oposición a su estatus permanente como líder imperial, incluso si eso significa destruirlo todo, y a todos nosotros, en el proceso.
Foto de portada: El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, habla durante la 62.ª Conferencia de Seguridad de Múnich, Alemania, el 14 de febrero de 2026 (Alexandra Beier/Pool/AFP).