Israel en los Juegos Olímpicos: ¿Por qué la mancha del genocidio no puede borrarse?

Ramzy Baroud y Romana Rubeo, The Palestine Chronicle, 22 febrero 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Ramzy Baroud es periodista y director de The Palestine Chronicle. Es autor de seis libros, el último de ellos es  Before The Flood.  El Dr. Baroud es investigador senior no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su sitio web es http://www.ramzybaroud.net.

Romana Rubeo es una escritora italiana y directora de The Palestine Chronicle. Sus artículos han aparecido en numerosos periódicos online y revistas académicas. Es licenciada en Lenguas y Literaturas Extranjeras y está especializada en traducción audiovisual y periodística.

En los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina, Gaza se negó a permanecer fuera del estadio.

Durante la retransmisión en directo de la prueba de bobsleigh a dos, el comentarista suizo Stefan Renna se apartó de la narración deportiva habitual para plantear lo que calificó como «una pregunta legítima» sobre la presencia de Israel en los Juegos.

Refiriéndose al piloto israelí Adam Edelman, Renna señaló que el atleta había publicado mensajes en las redes sociales apoyando la campaña militar de Israel en Gaza y lo describió como «un sionista hasta la médula». Añadió que esto suscitaba dudas sobre si tales posiciones se ajustaban a los principios del Comité Olímpico Internacional (COI) en materia de neutralidad y participación de atletas vinculados al genocidio en curso.

El vídeo circuló ampliamente por Internet antes de que la cadena suiza RTS lo retirara, alegando que, aunque dejaba espacio para el debate, el comentario «no era apropiado en cuanto a su duración y tono en el contexto de una retransmisión deportiva».

Días antes, un empleado del Cortina Sliding Center fue apartado de su turno tras gritar repetidamente «Palestina libre» cuando los aficionados israelíes entraban en el recinto. Los organizadores defendieron la decisión, afirmando que «no es apropiado que el personal o los contratistas de los Juegos expresen sus opiniones políticas personales mientras desempeñan sus funciones» y haciendo hincapié en la necesidad de preservar un «entorno neutral, respetuoso y acogedor».

Estos son sólo algunos ejemplos de toda una serie de acontecimientos relacionados con Palestina que comenzaron con la ceremonia oficial de inauguración. Más tarde, una gran multitud de activistas propalestinos se manifestaron en favor de Gaza, protestando por la participación de un país genocida en un evento deportivo destinado a destacar la paz y la unidad mundiales.

En los pasillos del estadio, en las tiendas y en las redes sociales, los Juegos volvieron repetidamente al mismo tema: el genocidio de Gaza. Los abucheos durante las apariciones de Israel, las pancartas de protesta fuera de las sedes y los vídeos virales desde el interior de los recintos olímpicos dejaron claro que el genocidio no podía aislarse del espectáculo deportivo.

Las Olimpiadas estaban destinadas a funcionar como un espacio seguro para Israel, aislado de la política y alejado de todo lo que ha hecho y sigue haciendo en Gaza. En cambio, revelaron lo contrario. Ni siquiera los eventos internacionales estrictamente controlados pudieron evitar que el genocidio resurgiera espontáneamente, a través de los espectadores, los trabajadores, los comentaristas y el público.

En el momento en que el deporte exigió silencio para poder continuar, la narrativa ya había escapado al control institucional.

No se trata de un fallo temporal de comunicación. Es estructural, y estas son las razones:

En primer lugar, cada víctima palestina se ha convertido en un testigo permanente.

Según el Ministerio de Salud de Gaza, más de 72.000 palestinos han sido asesinados desde octubre de 2023. Sin embargo, un examen más amplio del número de víctimas mortales sugiere cifras significativamente más altas. Un estudio reciente de The Lancet, basado en una encuesta de población, estimó que entre el 7 de octubre de 2023 y principios de enero de 2025 se produjeron 75.200 muertes violentas. Concluyó que las muertes violentas «superaban sustancialmente las cifras oficiales». Los investigadores señalaron que las mujeres, los niños y las personas mayores constituían más de la mitad de los fallecidos, y que las muertes violentas representaban aproximadamente entre el 3% y el 4% de la población de Gaza antes de la guerra.

No se trata de estadísticas abstractas. Son nombres, fotografías, funerales, niños huérfanos y barrios destruidos. Circulan a diario por las plataformas digitales, difundidos no sólo por los periodistas, sino también por los propios supervivientes.

Cuando Sudáfrica presentó su caso contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia, argumentó que las acciones de Israel tenían «carácter genocida», citando declaraciones de funcionarios israelíes y patrones de destrucción. Israel rechaza la acusación e insiste en que sus operaciones tienen como objetivo a Hamás. Pero la contienda legal discurre en paralelo a una transformación más profunda: la percepción global.

La historia ya no está mediada exclusivamente por las instituciones. Vive en la memoria.

En segundo lugar, el movimiento solidario ha cambiado radicalmente.

Durante el último año, millones de personas normales y corrientes —estudiantes, académicos, artistas, sindicalistas, trabajadores sanitarios— se han movilizado al margen de las estructuras activistas tradicionales. Los campamentos universitarios se extendieron por Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Australia y otros países. Las manifestaciones reunieron a cientos de miles de personas en Londres, París, Nueva York y Washington.

Este movimiento no está impulsado principalmente por la ideología. Está impulsado por la percepción moral, por lo que la gente ha visto.

Este cambio de percepción sólo puede describirse como un «terremoto moral». De hecho, la magnitud de la participación popular en las campañas a favor de Palestina señala un cambio estructural: la cuestión ya no puede contenerse con lenguaje diplomático o campañas de relaciones públicas.

En tercer lugar, los dirigentes israelíes no han moderado la retórica racista y deshumanizadora que marcó la fase inicial del genocidio.

En octubre de 2023, el ministro de Defensa, Yoav Gallant, anunció un «asedio total» a Gaza, declarando: «No habrá electricidad, ni comida, ni agua, ni combustible. Estamos luchando contra animales humanos y actuamos en consecuencia». El lenguaje no era un exceso retórico aislado, sino que acompañaba a políticas que cortaban los suministros esenciales a una población civil de más de dos millones de personas.

El primer ministro Benjamin Netanyahu ha enmarcado repetidamente el genocidio en términos civilizatorios y bíblicos, describiéndolo como una lucha entre «los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas» e invocando la historia de Amalec, lenguaje que, en las escrituras judías, se refiere a la destrucción total de un enemigo. Tales declaraciones fueron difundidas por los medios de comunicación internacionales y posteriormente citadas en documentos legales, incluida la presentación de Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia, como prueba de intencionalidad.

Es fundamental señalar que este tono no disminuyó a medida que aumentaba el número de víctimas civiles. Los funcionarios israelíes continuaron hablando en los mismos términos absolutistas y deshumanizadores mientras expandían la guerra genocida por todo el norte y el sur de Gaza. El lenguaje del asedio, la erradicación y la victoria total siguió siendo fundamental en los mensajes oficiales.

En cuarto lugar, el entorno informativo ha cambiado de forma permanente.

A pesar de las políticas de moderación de contenidos y las restricciones de las plataformas, las imágenes de Gaza —hospitales bombardeados, barrios arrasados, padres afligidos— han circulado por todo el mundo en tiempo real. Amnistía Internacional describió las acciones de Israel en Gaza como «un genocidio a plena vista». Human Rights Watch y otras organizaciones también han acusado a Israel de «acciones genocidas», crímenes de guerra y castigo colectivo.

Una vez que ese lenguaje entra en el discurso general sobre los derechos humanos, no puede borrarse mediante etiquetas.

Las redes sociales garantizan que ninguna ceremonia olímpica, ningún himno y ningún podio de medallas puedan desplazar por completo esas imágenes. La marca de «Israel como Estado genocida» sigue viajando a través del tiempo y el espacio.

En quinto lugar, las principales instituciones occidentales que defienden a Israel se enfrentan a su propia crisis de credibilidad.

La confianza pública en los gobiernos y los principales medios de comunicación se ha erosionado en toda Europa y América del Norte. Cuando las declaraciones oficiales insisten en el derecho de Israel a defenderse, mientras que las imágenes de la devastación civil dominan los medios de comunicación mundiales, algunos sectores de la opinión pública interpretan esa defensa no como autoridad, sino como parcialidad.

El resultado es una inversión. La validación institucional ya no garantiza la legitimidad.

En última instancia, podemos afirmar con certeza que el genocidio no puede revertirse en términos de reputación.

Las campañas de marketing, las giras diplomáticas o las apariciones internacionales cuidadosamente preparadas no pueden deshacer el exterminio masivo presenciado en tiempo real por un público conectado a nivel mundial. La reputación sigue a la realidad.

En los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina, Israel buscaba la normalidad. En cambio, se encontró con una ruptura.

Los Juegos fueron diseñados para aislar el deporte de la política. Pero el genocidio no es una opinión política, es una ruptura histórica. Y las rupturas históricas no se quedan educadamente fuera de las puertas del estadio.

La crisis de imagen global de Israel no es un fallo de comunicación. Es la consecuencia de la memoria, de la memoria colectiva.

El mundo ha visto demasiado. Y la memoria no se puede negociar, renombrar ni cancelar.

Foto de portada: En los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina, Gaza se negó a quedarse fuera del estadio. (Diseño: The Palestine Chronicle)

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