Jamal Kanj, CounterPunch.org, 23 febrero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Jamal Kanj es autor de Children of Catastrophe: Journey from a Palestinian Refugee Camp to America (Hijos de la catástrofe: viaje desde un campo de refugiados palestino a Estados Unidos) y otros libros. Escribe con frecuencia sobre temas relacionados con el mundo árabe para diversos medios nacionales e internacionales.
Más de 75.000 palestinos han sido asesinados en Gaza, y decenas de miles más siguen desaparecidos bajo los escombros. No murieron para «construir un hogar» o privatizar sus playas. Tenían hogares y playas libres. Gaza era una ciudad viva —aunque sometida a décadas de asedio israelí— antes de ser arrasada por la maquinaria terrorista más avanzada del mundo, armada, financiada y protegida diplomáticamente por sucesivas administraciones estadounidenses.
Esta realidad no se vio reflejada en la reunión inaugural de la Junta de Paz en Washington. Vendida como una iniciativa diplomática, la reunión funcionó más bien como un espectáculo que condonaba los crímenes de guerra israelíes, disciplinaba la resistencia y rebautizaba la ocupación como paz. El simbolismo estaba por todas partes. Donald Trump abrió la reunión reconociendo al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, como si se tratara de una gala deportiva mundial, antes de presentar a los líderes políticos del mundo. La puesta en escena hablaba más que las palabras. La reunión fue una representación, en la que la jerarquía se impone a la humanidad y la imagen sustituye a la rendición de cuentas.
Trump aprovechó el momento, como era de esperar. Se prodigó generosamente en elogios hacia sí mismo y recicló las mismas tonterías de siempre, condenando la resistencia palestina y guardando silencio sobre las violaciones sistemáticas del alto el fuego por parte de Israel. En lo que quizá fue uno de los momentos más preocupantes de su discurso, Trump afirmó que la guerra en Gaza había terminado, salvo por «pequeñas llamas».
Las «pequeñas llamas» eran las vidas de más de 600 palestinos asesinados por Israel desde el inicio del alto el fuego. Seiscientos seres humanos habían sido aniquilados mientras Trump hablaba con metáforas. La paz no existe donde se excusa el asesinato de palestinos y se normaliza la ocupación.
No hubo ningún reconocimiento del genocidio ni de las atrocidades israelíes. Por el contrario, el enviado de Trump, Steve Witkoff, dio las gracias a Benjamin Netanyahu, un criminal de guerra acusado internacionalmente, y habló exclusivamente de los cautivos israelíes. No se mencionó a las decenas de miles de palestinos asesinados, ni a los 10.000 rehenes palestinos en las cárceles israelíes, ni se reconoció la existencia de fosas comunes, familias hambrientas o niños sin vida sacados de los escombros. La difícil situación de Israel se individualizó, humanizó y elevó. El sufrimiento palestino se borró por completo.
El pueblo de Gaza y del resto de Palestina no sufre sólo por la falta de hogares. Sufren, y siguen sufriendo, la negación total de sus derechos históricos. Lo que Gaza necesita no es la reconstrucción de fantasías inmobiliarias frente al mar, sino una solución política que reconozca a los palestinos como seres humanos con derecho a la libertad, la dignidad y a un Estado propio. Gaza no es ni un lugar de desarrollo ni un proyecto benéfico. Tratar a Gaza como un problema humanitario que hay que gestionar, y no como un pueblo al que hay que liberar, es precisamente lo que perpetúa la ocupación y hace que la resistencia sea inevitable.
Trump afirma defender la paz mientras respalda a Israel, un Estado que ha destruido o dañado más del 90% de los hospitales, el 100% de las universidades, ha atacado panaderías y sistemas de abastecimiento de agua, ha asesinado a cerca de 300 periodistas y prohíbe a la prensa internacional informar sobre sus crímenes de guerra en Gaza. Condena la resistencia a la ocupación mientras excusa las condiciones que hacen que la resistencia sea inevitable. Habla de estabilidad mientras apoya un sistema permanente de opresión. Porque, en el vocabulario de Trump, la paz significa sumisión institucionalizada.
A diferencia de muchos gobernantes árabes y musulmanes que hicieron fila para besar el anillo de Trump, varios líderes extranjeros, preservando cierta decencia y respeto por sí mismos, estuvieron ausentes de la extravagancia de Washington. La presidenta mexicana se negó a asistir porque Palestina no había sido invitada. El Vaticano y otros estuvieron ausentes porque el foro excluyó precisamente a las personas que están bajo ocupación. Incluso los Estados europeos cómplices de permitir el genocidio de Israel en Gaza no se atrevieron a unirse al circo de Washington.
Desde que se anunció el alto el fuego, Israel ha racionado repetidamente los alimentos, el combustible y los suministros médicos y ha asesinado a cientos de palestinos. Estas violaciones no se discuten. Están documentadas por organizaciones humanitarias y observadores internacionales. Durante todo este tiempo, Trump y su equipo, que antepone los intereses de Israel, las han normalizado mediante la desinformación y la omisión, y las han trivializado calificándolas de «pequeñas escaramuzas». El asedio se borró. La ocupación se volvió invisible. El apartheid se negó. La resistencia, separada de su contexto político, histórico y jurídico, se descartó como si de una molestia se tratara.
La descripción que hace Trump de la resistencia palestina completa la inversión moral. Culpa a las víctimas, incluso cuando Israel impide que su «comité de paz» civil, cuidadosamente seleccionado, entre en Gaza, obstaculizando las herramientas mismas de su supuesta paz. No menciona las décadas de ocupación militar, el asedio de 17 años a Gaza o el sistema de apartheid que privilegia la supremacía judía mientras niega a los palestinos sus derechos básicos.
Lo que hace peligrosa a la Junta de Trump es su ambición de absolver a Israel del genocidio y autorizar los asesinatos en masa bajo la bandera de la «paz». Tratar las violaciones israelíes como tolerables y la resistencia palestina como ilegítima no es sólo hipocresía, es algo que está impulsado por su impotencia política para hacer frente al poder de los sionistas estadounidenses que anteponen, por encima de todo, los intereses de Israel.
La Junta de Paz de Trump no fracasará sólo porque carezca de equilibrio o matices. Fracasará porque nunca tuvo la intención de enfrentarse a la opresión. Además de ser una oportunidad para engrandecer a Trump, se ha formado para eximir a Israel de sus crímenes de guerra, disciplinar a los ocupados y anestesiar a un público entrenado para aceptar la muerte palestina como un desafortunado ruido de fondo.
Cuando la paz exculpa a los verdugos y silencia a las víctimas, la guerra continúa. Cuando el asesinato se descarta como «pequeñas llamas» que deben ser apagadas con vidas inocentes, la resistencia se convierte en un imperativo moral. Los pueblos colonizados no logran la libertad renunciando a la resistencia mientras les roban sus tierras y borran su futuro. Eso no es paz, sino la normalización de la barbarie y la impunidad del genocidio.
Imagen de portada de Mohammed al Bardawil.