M.V. Ramana, CounterPunch.org, 24 febrero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

M. V. Ramana es titular de la Cátedra Simons de Desarme, Seguridad Global y Humana en la Escuela de Política Pública y Asuntos Globales de la Universidad de la Columbia Británica y autor de The Power of Promise: Examining Nuclear Energy in India (El poder de la promesa: análisis de la energía nuclear en la India).
¿Qué tienen en común el general retirado canadiense Wayne Eyre y el príncipe saudí Mohammed Bin Salman? Respuesta: cada uno a su manera, ambos han advertido inadvertidamente al público sobre la profunda relación que existe entre las armas nucleares y la energía nuclear.
La advertencia del primero se produjo a principios de este mes, cuando el general retirado declaró en una conferencia en Ottawa que, en lo que respecta a la adquisición de armas nucleares, Canadá debería mantener «abiertas sus opciones», señalando que Canadá contaba con «una buena empresa nuclear», que incluía «la infraestructura civil» y «los científicos». Eyre, que fue jefe del Estado Mayor de la Defensa de Canadá entre 2021 y 2024, argumentó: «Creemos las condiciones necesarias para que, si decidimos seguir ese camino, podamos hacerlo en menos tiempo que otros países que no tienen empresa nuclear. Se trata de cubrirnos las espaldas». Parte de la estrategia que recomendó consistía en invertir en tecnología aeroespacial y de misiles.
Los funcionarios del Gobierno canadiense se apresuraron a declarar que el país seguía oponiéndose a la adquisición de armas nucleares, y otros señalaron que dicha adquisición no iba a ser tan sencilla. Pero Eyre señalaba una profunda verdad: el programa de energía nuclear de Canadá facilitaría la construcción de armas nucleares, en el caso de que el país decidiera hacerlo. De hecho, el Globe and Mail, el principal periódico de Canadá, destacó este hecho en su editorial («La fuerte industria nuclear civil podría servir de trampolín si Ottawa decidiera seguir ese camino»), incluso mientras se oponía a que Canadá construyera armamento nuclear.
Este hecho es igualmente aplicable a todos los países que adquieren la tecnología para generar energía nuclear: estarían más cerca de tener la capacidad de fabricar armas nucleares que si no hubieran construido centrales nucleares.
La última vez que esta conexión se difundió de forma tan destacada fue en marzo de 2018, cuando el príncipe saudí Mohammed bin Salman habló con CBS News sobre la estrategia de cobertura equivalente de Arabia Saudí. Anteriormente, el país había anunciado que estaba interesado en desplegar centrales nucleares con «fines pacíficos», pero durante la entrevista, MBS señaló la posibilidad de que Irán desarrollara una bomba nuclear y declaró que Arabia Saudí «seguiría su ejemplo lo antes posible».
Esfuerzos de borrado
¿Por qué son importantes estas declaraciones? Porque existe un largo historial de intentos por parte de la industria nuclear y los defensores de la energía nuclear de borrar o, al menos, camuflar la conexión entre las tecnologías utilizadas para desarrollar la energía nuclear y la capacidad de fabricar armas nucleares. Un ejemplo temprano del intento de hacer que ambas actividades parecieran no estar relacionadas fue el programa «Átomos para la paz» del presidente Dwight Eisenhower, que el presidente anunció en la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1953 con el objetivo declarado de acelerar «el día en que el miedo al átomo comience a desaparecer de las mentes de los pueblos y los gobiernos de Oriente y Occidente».
El discurso «Átomos para la paz» se produjo solo siete años después del Informe sobre el control internacional de la energía atómica de 1946, que advertía explícitamente que «el desarrollo de la energía atómica con fines pacíficos y el desarrollo de la energía atómica para fabricar bombas son, en gran medida, intercambiables e interdependientes». Los años transcurridos entre ambos acontecimientos fueron testigos de un cambio drástico en la política de Estados Unidos, que se decantó por construir un arsenal nuclear más grande y destructivo, incluyendo bombas de hidrógeno, y, al mismo tiempo, se produjo un movimiento creciente a favor del desarme nuclear y la paz. El Gobierno estadounidense también participó en una iniciativa para inducir a las empresas privadas a construir centrales nucleares, en parte con el fin de mejorar la capacidad militar. El discurso de Eisenhower es un intento de ocultar la contradicción entre el supuesto interés por la paz y el desarrollo de la capacidad nuclear.
En las décadas siguientes, la industria nuclear y sus partidarios han recurrido a negar simplemente cualquier conexión entre la energía nuclear y las armas. Por ejemplo, Ted Nordhaus, que recientemente elogió la energía nuclear de Trump en el Washington Post, exhortó a la gente a «dejar de confundir las armas nucleares con la energía nuclear».
Solapamientos
Hay cinco solapamientos entre la energía nuclear y las armas nucleares: técnicos, históricos, geográficos, de personal e institucionales.
Comencemos por los técnicos. El mayor desafío para desarrollar un arsenal nuclear es obtener los materiales fisionables necesarios, es decir, uranio altamente enriquecido o plutonio. Estos materiales son «los ingredientes clave de las armas nucleares». Ninguno de ellos se encuentra en la naturaleza.
El uranio se encuentra de forma natural en dos variedades principales, llamadas isótopos: el uranio-238, más pesado, y el uranio-235, más ligero. Este último es el que puede mantener una reacción en cadena, que es la base tanto de las centrales nucleares como de las bombas nucleares. Pero la concentración de uranio-235 en la naturaleza suele ser demasiado baja para que se produzca dicha reacción en cadena. Tanto si se trata de fabricar armas nucleares como de utilizarlo como combustible nuclear en la mayoría de las centrales nucleares comunes, la concentración de uranio-235 debe «enriquecerse», pasando del 0,7% al 3-5% en la mayoría de las centrales nucleares e, idealmente, alrededor del 90% en el caso de las armas nucleares. Una coincidencia técnica entre los procesos utilizados para fabricar armas nucleares y generar energía es que las instalaciones utilizadas para producir uranio poco enriquecido para alimentar las centrales nucleares pueden modificarse para producir uranio altamente enriquecido utilizable para armas, un detalle técnico que está en el centro de la controversia sobre el programa nuclear de Irán.
El plutonio tampoco se encuentra en la naturaleza, sino que se produce cuando el combustible de uranio se irradia en un reactor nuclear. Para que este plutonio pueda utilizarse como combustible para reactores nucleares o en armas nucleares, primero debe separarse del uranio y otros productos químicos del combustible irradiado mediante un proceso químico denominado reprocesamiento.
Históricamente, muchos países construyeron sus primeros reactores nucleares para producir plutonio para utilizarlo en armas nucleares. Estados Unidos, por ejemplo, construyó reactores en Hanford para producir plutonio, y los primeros usos del plutonio así producido fueron el arma nuclear probada en Nuevo México en julio de 1945 y la bomba lanzada sobre Nagasaki.
Hay algunos países, como Israel, que sólo operan reactores nucleares para producir plutonio para armas nucleares. Eso es poco habitual. Lo que apunta a la conexión geográfica entre las armas nucleares y la energía nuclear: una coincidencia significativa entre los países que han construido centrales nucleares y los que tienen armas nucleares. Si se observan los 413 reactores nucleares que figuran como operativos en la lista de la Agencia Internacional de Energía Atómica a fecha de febrero de 2026, 279 de ellos se encuentran en países con armas nucleares. Si se añaden los países que forman parte de alianzas militares con Estados poseedores de armas nucleares, como los miembros de la OTAN, la coincidencia es abrumadora.
También existe una coincidencia en la formación necesaria para contar con personal capaz de diseñar y operar centrales nucleares y de producir material fisionable para armas nucleares. Algunos ejemplos son Pakistán e Irán, que recibieron formación para científicos e ingenieros de Estados Unidos.
Munir Ahmed Khan, responsable de poner en marcha el programa de armas nucleares de Pakistán, lo explicaba así:
«El sistema de educación superior pakistaní es tan deficiente que no tengo dónde encontrar científicos e ingenieros con talento para trabajar en nuestro centro nuclear. No tenemos un sistema de formación para el tipo de personal que necesitamos. Pero si conseguimos que Francia u otro país venga y cree una amplia infraestructura nuclear, y construya estas plantas y estos laboratorios, podré formar a cientos de personas de mi país de una manera que de otro modo nunca podrían formarse. Y con esa formación, y con los planos y otras cosas que obtendríamos por el camino, podríamos crear plantas independientes que no estarían sujetas a salvaguardias, que no se construirían con ayuda extranjera directa, pero ahora tendría a la gente que podría hacerlo. Si no consigo la cooperación, no puedo formar a la gente para que dirija un programa de armamento».
Por último, existe una profunda conexión entre las instituciones que supervisan la energía nuclear y los programas de armas, como lo ejemplifica en Estados Unidos el Departamento de Energía (DOE). La Administración Nacional de Seguridad Nuclear (NNSA) es una agencia semiautónoma dentro del DOE que se encarga de mantener el arsenal de armas nucleares de Estados Unidos y de «modernizarlo» (es decir, fabricar nuevas armas). El DOE también promueve la energía nuclear a través de múltiples mecanismos de financiación. Además, existe un solapamiento significativo entre las empresas privadas que participan en la construcción de centrales nucleares y las que prestan servicios a la industria de las armas nucleares.
Importancia
Comprender estas conexiones entre las armas nucleares y la energía nuclear ayuda a explicar por qué los gobiernos de todo el mundo siguen apoyando la energía nuclear a pesar de los múltiples problemas asociados con ella. Además de las enormes cantidades de financiación, que en última instancia provienen del público, que se ponen a disposición de las empresas nucleares, el vínculo con las armas nucleares también se utiliza para controlar los flujos de información y excluir a los ajenos a las discusiones sobre políticas, lo que debilita la democracia.
La expansión de la energía nuclear también frustra los esfuerzos por lograr un mundo libre de armas nucleares. No será posible eliminar las armas nucleares sin políticas y decisiones de asignación de recursos que se basen en la realidad de que la energía nuclear no puede separarse de las armas nucleares.
Imagen de portada de Planet Volumes.