Ori Goldberg, +972.com Magazine, 26 febrero 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Ori Goldberg es un analista y comentarista independiente israelí. Tiene un doctorado en Estudios sobre Oriente Medio y ha impartido clases y conferencias en universidades de todo el mundo. Es autor de cuatro libros sobre el pensamiento revolucionario chií en Irán.
Durante la guerra de Israel con Irán en junio del pasado año, los misiles balísticos iraníes causaron daños a la infraestructura militar y civil israelí a una escala que los israelíes no habían experimentado en los últimos tiempos. A lo largo de los 12 días que duró el enfrentamiento, Irán lanzó más de 550 misiles balísticos y más de 1.000 drones contra territorio israelí, y al menos 31 misiles penetraron los sistemas de defensa aérea de Israel y alcanzaron centros de población y lugares estratégicos. Veintiocho civiles israelíes murieron y miles resultaron heridos. Las pérdidas materiales también fueron considerables: se estima que el coste de la guerra para la economía israelí ascendió a 12.000 millones de dólares.
Sin embargo, a principios de este mes, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, viajó a la Casa Blanca, donde instó al presidente estadounidense, Donald Trump, a garantizar que cualquier acuerdo alcanzado en las conversaciones nucleares en curso con Irán incluya también medidas para neutralizar el programa de misiles balísticos de Teherán y poner fin a su financiación de grupos interpuestos como Hamás y Hizbolá.
Estas demandas son consideradas por muchos como inviables, más que una postura negociadora seria no es sino un intento de hacer descarrilar la diplomacia y crear un pretexto para un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica. Tal medida podría desencadenar fácilmente una nueva guerra prolongada, en la que tanto Israel como Irán probablemente sufrirían daños mucho mayores que los que sufrieron durante el conflicto de junio.
Además, Netanyahu no es el único en adoptar esta postura. Los legisladores israelíes de todo el espectro político, junto con gran parte de los medios de comunicación del país, parecen inclinarse por iniciar otro conflicto importante, a pesar de las consecuencias potencialmente devastadoras para Israel y toda la región.
Yair Lapid, líder nominal de la oposición, afirmó esta semana que «es hora de atacar los cimientos del régimen iraní» y dijo que «no habrá coalición de oposición durante la guerra con Irán». El diputado del Likud Nissim Vaturi insinuó incluso el posible uso de armas nucleares. «Tenemos armas que no hemos utilizado. Los iraníes tienen alfombras persas, nosotros tenemos una fábrica textil», dijo, en una referencia apenas velada al reactor nuclear israelí de Dimona.
Independientemente de si la actual ronda de conversaciones entre Estados Unidos e Irán en Ginebra da lugar a un acuerdo, la pregunta sigue siendo: ¿por qué Israel presiona con tanto ahínco para que se produzca una escalada?

Equipos de rescate israelíes retiran los escombros y buscan a los desaparecidos en la ciudad de Beersheba, en el sur de Israel, tras un ataque con misiles iraníes que alcanzó un edificio de siete plantas y se cobró la vida de al menos cuatro personas, el 24 de junio de 2025. (Foto: Oren Ziv)
Una derrota continua
Parte de la respuesta radica en el cambio de posición de Israel dentro del nuevo orden regional. La libertad de acción de Israel en Gaza, que antes era casi total, se ve limitada por los acontecimientos sobre el terreno en Palestina. La denominada «Junta de Paz» de Trump, que el patriarca latino de Jerusalén, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, ha descrito acertadamente como una «operación colonialista», contiene sin embargo una característica redentora que preocupa a los planificadores israelíes: redistribuye la influencia alejándola de Israel y acercándola a las potencias regionales cuyas agendas chocan con la búsqueda tradicional de Israel de la impunidad total.
De hecho, Turquía, Qatar, Arabia Saudí y Egipto, a pesar de sus numerosas rivalidades, comparten una creciente preocupación por la capacidad de Israel para desestabilizar la región y, potencialmente, sus propios ámbitos nacionales. Incluso los Emiratos Árabes Unidos, un firme aliado de Israel, han condenado las recientes declaraciones del embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, sobre el derecho bíblico de Israel a gran parte de Oriente Medio.
Si bien estos Estados han demostrado repetidamente su indiferencia hacia la difícil situación de los palestinos, su posible papel en la configuración del futuro de Gaza podría imponer límites prácticos a la libertad de Israel para seguir destruyendo la vida palestina en el enclave, que podrían resultar tan eficaces como un embargo sobre los envíos de armas.
Después de todo, Israel no puede «reanudar los combates» en Gaza —el eufemismo más duradero del país para referirse al genocidio— si ello supone el riesgo de enfrentarse a una coalición regional más amplia. Tampoco es probable que tal escalada atraiga el respaldo automático de Estados Unidos, especialmente en un momento en que Trump parece cada vez más receptivo a las opiniones de los líderes de Doha y Ankara y visiblemente menos confiado en Netanyahu. Trump incluso ha advertido a Israel de que perderá todo el apoyo estadounidense si sigue adelante con la anexión formal de Cisjordania, ya que tal medida arruinaría las relaciones de Estados Unidos e Israel con los Estados árabes.
Mientras tanto, la gradual internacionalización de Gaza avanza con creciente confianza. A pesar de las objeciones de Israel, Turquía se ha comprometido a contribuir con sus tropas a una fuerza internacional de estabilización en Gaza, e incluso ha comenzado los esfuerzos preliminares de reconstrucción en la Franja, incluida la reapertura de mezquitas y el despliegue de personal humanitario. Ha tenido cuidado de evitar la confrontación directa con Israel y se ha abstenido en gran medida de la retórica de represalias en respuesta a la masacre en curso de palestinos por parte de las fuerzas israelíes.
Las condiciones previas impuestas por Israel con el fin de obstaculizar la reconstrucción —en particular, la exigencia del desarme total de Hamás— parecen haber sido ignoradas, ya que el plan estadounidense permite al grupo conservar las armas pequeñas. En la práctica, Israel carece de la capacidad para desarmar a Hamás por sí solo, y tampoco parece probable que las potencias que ahora controlan Gaza le concedan permiso para siquiera intentar tal operación.

Miembros de las Brigadas Qasam de Hamás aseguran la zona mientras equipos utilizan maquinaria pesada para buscar los cuerpos de los rehenes israelíes, en el campo de refugiados de Nuseirat, en el centro de la Franja de Gaza, el 27 de octubre de 2025. (Foto: Ali Hassan/Flash90)
En resumen, aunque Israel ha logrado infligir una destrucción masiva a la sociedad y las infraestructuras palestinas, no ha conseguido sus propios objetivos bélicos declarados: la destrucción de Hamás y la recuperación de los 251 rehenes, 85 de los cuales fueron asesinados. Sin embargo, curiosamente, muchos israelíes siguen considerando la campaña como una victoria. Si se define la victoria de forma restrictiva como maximizar el sufrimiento palestino y hacer Gaza inhabitable, esa interpretación puede ser cierta. Según cualquier otra definición —militar, política o moral—, Israel fue y sigue siendo derrotado.
Desintegración interna
Más allá del creciente aislamiento internacional de Israel, la profundización de la crisis interna y el vaciamiento de las instituciones estatales también están reduciendo el margen de maniobra de sus dirigentes para emprender acciones militares. En estas condiciones, otra guerra con Irán se perfila como la única vía que queda para intentar unificar el país y mantener una agenda regional agresiva.
Un aspecto de esta crisis es la continua violencia de Israel contra los palestinos en Cisjordania, como parte de sus esfuerzos para llevar a cabo una limpieza étnica y anexionarse el territorio. Aunque gran parte de esta campaña la llevan a cabo los colonos, es el ejército y las instituciones estatales israelíes quienes la permiten y protegen. Al mismo tiempo, las autoridades israelíes se ven obligadas a dedicar cada vez más recursos políticos e informativos a ocultar y negar la profundidad de esta colaboración. En otras palabras, el ejército tiene la doble responsabilidad de defender y repudiar la violencia civil israelí en Cisjordania.
Se observa un patrón paralelo dentro de las fronteras reconocidas de Israel. La violencia letal en las comunidades palestinas dentro de Israel ha aumentado drásticamente, pero la policía israelí ignora sistemáticamente las repetidas peticiones de los ciudadanos palestinos para que intervenga de manera significativa y detenga la ola de asesinatos. El evidente fracaso de la policía en las comunidades palestinas también está erosionando la confianza del público judío en la fuerza policial nacional, que se percibe como totalmente politizada. Una fuerza policial bajo el mando del ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, que dedica recursos sustanciales a promover una manifiesta agenda política, debilita inevitablemente su capacidad general para hacer cumplir la ley.
En términos más generales, la sociedad israelí está experimentando una normalización sin precedentes de la violencia que se extiende mucho más allá de la esfera física. En todo el espectro político, cada vez más judíos israelíes han interiorizado la creencia de que, en el fondo, están solos y, por lo tanto, deben «cuidar» de sí mismos y de sus comunidades más cercanas. El desprecio abierto hacia instituciones estatales veneradas desde hace mucho tiempo —incluido el ejército israelí, que en su día se consideraba el sanctasanctórum de la vida cívica israelí— está aflorando en lugares cada vez más insospechados.
Por ejemplo, incluso el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, artífice político de la actual campaña de limpieza étnica en Cisjordania, ha declarado públicamente que animaría a su hija a negarse a cumplir el servicio militar. El comentario fue en parte táctico, destinado a fortalecer las alianzas con los partidos ultraortodoxos y consolidar su base religiosa y colonizadora de línea dura. Sin embargo, la disonancia subyacente es sorprendente: un ministro de alto rango que repetidamente enmarca la guerra de Gaza como parte de una campaña de redención divinamente ordenada que debe proseguirse hasta la «victoria total», señala ahora abiertamente su desvinculación personal del mismo esfuerzo militar que exige que otros mantengan.

El ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, habla durante una conferencia con líderes colonos, en el asentamiento de Psagot, en Cisjordania, el 17 de febrero de 2026. (Foto: Oren Ben Hakoon/Flash90)
Las contradicciones son cada vez más difíciles de ignorar y suponen una carga significativa para la coherencia a largo plazo de las instituciones estatales. Una fuerza policial que permite el terrorismo y los delitos mortales de los colonos patrocinados por el Estado, al tiempo que intenta negar dicho apoyo, es una fuerza policial fallida. Un movimiento político que se define a sí mismo a través del imperativo de destruir a sus enemigos, pero que rehúye el servicio militar, pone de manifiesto su propia fragilidad estructural.
Estas tensiones no se limitan a la derecha judía israelí. La izquierda sionista, que sigue autodenominándose el bando liberal de Israel, muestra las mismas incoherencias. Las decenas de miles de personas que protestan regularmente contra el liderazgo de Netanyahu son a menudo los mismos votantes que han impulsado el genocidio en Gaza y apoyan la limpieza étnica en Cisjordania al servir en el ejército, donde defienden y, en ocasiones, ayudan a los colonos.
Sus críticas se centran normalmente en la corrupción personal de Netanyahu, la incompetencia de su fanática coalición y la atribución de la culpa de los fracasos militares de Israel el 7 de octubre. Pero nunca se negarán a participar en otra guerra «necesaria» —ya sea en Gaza o contra Irán— emprendida para eliminar «amenazas terroristas» o hacer frente a supuestos «peligros existenciales».
Naftali Bennett, que ocupó brevemente el cargo de primer ministro de Israel en 2021-2022 y que actualmente se presenta como la alternativa «liberal» sionista a Netanyahu, ilustra la gravedad del problema. Bennett ha descartado recientemente formar una coalición con partidos palestino-israelíes y ha afirmado que siete de cada diez palestinos de Gaza y de la Autoridad Palestina quieren asesinar a todos los judíos israelíes. Se trata del mismo Bennett que, como ministro de Economía y Comercio en 2013, pronunció la famosa frase: «Ya he matado a muchos árabes en mi vida y no hay ningún problema con eso».
Cuando la oposición se hace eco de la lógica genocida de la propia coalición, según la cual la supuesta amenaza a la vida israelí da licencia para matar sin fin, la persistente afirmación de que Israel es una «democracia sólida y diversa» suena aún más hueca.
El efecto acumulativo es un deterioro constante de la vida cotidiana dentro del propio Israel. El espacio público físico se caracteriza cada vez más por el acoso, la fricción social y el conflicto, desde «activistas» que acosan a figuras públicas hasta la proliferación de planes fraudulentos de permisos por discapacidad que perjudican directamente a los ciudadanos con discapacidades reales. El coste de la vida sigue aumentando. Los sectores culturales y de ocio, desde las artes hasta la restauración, se están contrayendo y se están volviendo menos asequibles.

Israelíes comprando comida antes de la festividad judía de Rosh Hashaná, en Jerusalén, el 16 de septiembre de 2025. (Foto: Rachel Alroey/Flash90)
Al mismo tiempo, los israelíes se enfrentan a una creciente reacción negativa en el extranjero. Los sindicatos profesionales, las empresas privadas y las instituciones culturales de un número cada vez mayor de países se muestran reacios a colaborar con sus homólogos israelíes. Los viajes aéreos se han vuelto más caros y menos fiables, con una reducción de las rutas y un aumento de las cancelaciones. El discurso público dentro de Israel también se ha vuelto más tóxico y violento, insistiendo con frecuencia en que la conducta del país no tiene ninguna relación con el resurgimiento del antisemitismo en todo el mundo. El espacio para los matices se ha derrumbado: si no estás «con nosotros», eres nuestro enemigo mortal.
Gran parte de esta frenética energía política y social se dirige ahora hacia el interior, lo que conduce al vaciamiento gradual de las propias instituciones estatales de Israel y al desgaste de la cohesión social judío-israelí. Lo que Israel necesita desesperadamente es una distracción unificadora, lo que nos lleva a Irán.
Jugar la carta de Irán
En los años previos a los atentados del 7 de octubre, Israel invirtió un enorme capital político y financiero en convencer a la comunidad internacional de que Irán constituía una amenaza existencial, no sólo para Israel, sino también para la estabilidad regional y mundial. Teherán fue presentado como «la cabeza de la serpiente», empeñado en orquestar una toma del poder islamista en el Oriente Medio «moderado» y comprometido con la destrucción de Israel a través de su red de «representantes». Mientras Irán pudiera ser presentado como la principal fuerza desestabilizadora, Israel podría posicionarse más fácilmente como el contrapeso responsable.
Sin embargo, ese planteamiento ha perdido fuerza. Incluso después de que la República Islámica reprimiera brutalmente un levantamiento interno y matara a miles de sus propios ciudadanos, Irán está ahora inmerso en negociaciones para alcanzar un acuerdo global con Estados Unidos.
Israel, por el contrario, se encuentra con pocos escenarios en los que canalizar su maquinaria bélica. Su entorno regional inmediato ya no genera suficiente virulencia como para ocultar las contradicciones estructurales que desestabilizan el Estado israelí. En otras palabras, hay demasiada paz: la realidad se ha vuelto menos propicia para las narrativas preferidas por Israel sobre la necesidad de la guerra. Sólo Irán sigue funcionando, en el discurso israelí, como la encarnación del «islam político» enfrascado en una lucha civilizatoria con el orden mundial «judeocristiano».

Miembros de la comunidad judía iraní en Israel queman una foto del líder supremo de Irán, Alí Jamenei, durante una manifestación en supuesto apoyo al pueblo iraní en la ciudad de Holon, en el centro de Israel, el 14 de enero de 2026. (Foto: Chaim Goldberg/Flash90)
En estas condiciones, un enfrentamiento con Irán adquiere una importancia desmesurada en el pensamiento israelí. Representa quizás la última oportunidad disponible para que Israel reclame una rectitud ampliamente reconocida; en efecto, una última oportunidad para presentarse como un país disciplinado y alineado incluso con sus socios internacionales más comprometidos.
Pero el enfrentamiento de Israel con Irán en junio de 2025 no produjo ningún cambio significativo en el equilibrio de poder regional. Y hoy en día, el apetito por otra guerra parece limitado en casi todas partes, excepto en Israel, especialmente entre las potencias regionales emergentes e incluso en Washington, a pesar de las amenazas belicosas de Trump.
El establishment militar israelí, que aún no ha «ganado» de forma decisiva en ninguna de sus guerras eternas, sigue confiando en su ventaja cualitativa y cuantitativa en materia de armamento sobre sus vecinos y en su arraigada preferencia por la fuerza demostrativa. Al mismo tiempo, para Netanyahu, acosado por las presiones internas, la perspectiva de una escalada ofrece una evidente distracción política del genocidio que se está produciendo en Palestina. Su supervivencia política ha dependido durante mucho tiempo de presentarse como el único adulto en la ciudad, el indispensable «Mr. Seguridad» del Estado israelí.
Sin embargo, esa estrategia está mostrando signos de tensión en múltiples frentes de la vida pública israelí. Netanyahu parece inclinarse por una confrontación «a todo o nada» con Irán que, en teoría, podría restablecer la posición regional de Israel y su propia posición interna. Sin embargo, sus posibilidades de iniciar una segunda ronda de hostilidades sostenidas parecen ahora aún más escasas, ya que el jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos ha advertido a la administración Trump de la grave falta de equipamiento y capacidad para una guerra prolongada.
Es difícil predecir qué podría suceder si Trump evita un conflicto total e Israel se ve privado de una distracción unificadora de su crisis interna. Es probable que se produzca una mayor desintegración social, así como un aumento significativo del racismo y la persecución de los ciudadanos palestinos, especialmente en un año electoral.
Pero, como vimos en Gaza en octubre, una paz impuesta, por limitada que sea, sólo llevará a Israel a dirigir su violencia hacia otros lugares, ya sea mediante una limpieza étnica acelerada en Cisjordania u otras iniciativas genocidas. Al fin y al cabo, la guerra eterna es nuestra estrella polar.
Foto de portada: Miembros de la comunidad judía iraní en Israel y otras personas protestan contra el Gobierno iraní en Tel Aviv, el 14 de febrero de 2026. (Erik Marmor/Flash90)